La tía que viajó a Venezuela / Voy y vuelvo

La tía que viajó a Venezuela / Voy y vuelvo

Hoy la historia es al revés: miles de venezolanos colman pueblos y ciudades colombianas.

Venezolanos en Bogotá

Miles de venezolanos colman pueblos y ciudades colombianas. Bogotá no es la excepción, por el contrario, es una de las principales receptoras.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / Archivo EL TIEMPO

10 de febrero 2018 , 10:00 p.m.

Hace muchos años, la tía Stella anunció su partida hacia Venezuela. Decían que en ese país la plata rodaba a mares. Que impresionaba por sus autopistas, sus carros modernos, el precio ridículo del combustible y se mofaban porque un bolívar valía más que un peso colombiano. La tía partió, pues, en busca de futuro. Se empleó bien. En una empresa llamada Boulton, dueña de navieras, bancos, aerolíneas y algo más. Todos los años esperábamos a que la tía que mandaba razones desde Caracas llegara en Navidad.

De la veintena de sobrinos, ninguno se quedaba sin regalo. ¡Ninguno! La tía Stella era el centro de la fiesta. Una especie de ‘popstar’: siempre bien ataviada, con lindos vestidos y maquillaje, y no paraba de hablar de Caracas y de lo bien que la pasaba. Se casó, tuvo dos hijas y las cosas siguieron al pelo, incluso para su esposo, Héctor, hombre dicharachero y emprendedor. El tiempo fue pasando, la tía se pensionó, su esposo también; las hijas crecieron y, de repente, las cosas empezaron a cambiar. Ya no hablaba de abundancia: “tengo una bodeguita (armario) donde trato de almacenar harina, jabón, dentrífico, azúcar, café...”. Con cada llamada suya las cosas empeoraban: “hoy tampoco hubo carne... me tumbaron en la estampida... Héctor salió temprano para ver si hoy llegaba la harina pan”.

Luego vino lo peor: el cáncer, el tratamiento, el suplicio por una cita médica, las medicinas, las terapias... la crisis. Gracias a que un primo fue a visitarla, supimos que a la tía Stella había que traerla de urgencia a Bogotá. Salió del aeropuerto El Dorado directo al hospital San Ignacio. Allí duró casi dos semanas. “El cáncer está muy avanzado”, fue el diagnóstico. Ella nunca se quejó de esto mientras estuvo en Venezuela. No le gustaba molestar a nadie. Aún recuerdo sus ojos llenos de felicidad cuando la llevaron a un supermercado y vio el arcoíris de frutas y flores. “Esto no se ve por allá”, dijo. A los tres meses murió.

Hoy la historia es al revés: miles de venezolanos colman pueblos y ciudades colombianas. Bogotá no es la excepción, por el contrario, es una de las principales receptoras. Están en los puentes peatonales vendiendo arepas, caramelos en TransMilenio, atendiendo en los restaurantes, en las distribuidoras de lácteos, en los lavacarros; hay chefs en Usaquén, enfermeras que cuidan niños, médicos mensajeros, mujeres en la prostitución y hombres en la delincuencia.

Al lado de los venezolanos buenos están llegando los malos o los que han acudido a la maldad para sobrevivir, dicen. Se conforman con 15.000 pesos al día, “con eso pago la pieza y llevo comida”. Hay otros que pueden enviar esos mismos 10.000 pesos al país vecino y con eso vive otra familia allá, porque con el bolívar, su moneda, ahora fabrican bolsos. Sí, las cosas se han invertido. Mucho colombiano malo cruzó la frontera en tiempos de prosperidad e hizo de las suyas; noventa ladrones venezolanos fueron capturados en enero en Bogotá, según la Secretaría de Seguridad. Y la cifra aumenta. Y seguirán llegando. Y seguirán ocupándose en la informalidad o la formalidad. Algunos pasarán de largo hacia otros países, pero la mayoría se quedará. Cerca de mil millones de pesos destinó el Distrito en el 2017 para atender, mayoritariamente, a venezolanos en la red hospitalaria. Me temo que el tema tienda a agravarse y que desde ya es necesario que autoridades y ciudadanos nos preparemos para lo que viene, que no puede ser nada distinto a acogerlos. Los lazos son grandes.

A propósito: algunos olvidan que las canchas sintéticas no son para clubes de fútbol, sino para la comunidad.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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