Nostalgia / Voy y vuelvo

Nostalgia / Voy y vuelvo

Yo he caído en esa tentación de decir que Bogotá es una m... Muchas veces.

Nostalgia por Bogotá

Bogotá está dispuesta a hacerse querer si solo le damos una oportunidad.

Foto:

Mauricio Moreno / Archivo EL TIEMPO

06 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Alguna vez lo dije en este mismo espacio: la gran diferencia que existe entre quienes habitan en Medellín y nosotros, los bogotanos, es que allá no hablan mal de su ciudad. Critican, cuestionan y vituperan al funcionario, con nombre propio, pero rara vez uno escuchará a un paisa decir que Medellín es una m...

En Bogotá, por el contrario, somos más dados a responsabilizar de todo a la pobre ciudad, como si fuera la culpable de cargar con ese cúmulo de males presentes y heredados. Si no fuera por la polarización –que le puso nombre a enemigos de cada bando– los dardos entre unos y otros se reemplazarían por frases soeces contra la capital. Y aún así, no es raro escuchar expresiones que desdicen de una Bogotá que no ha hecho otra cosa que brindar oportunidad a los millones de desamparados que han llegado en masa desde hace medio siglo, en busca de una oportunidad; a las víctimas de la violencia reciente, que por poco llegan al millón; a los emprendedores y empresarios que decidieron echar raíces acá hasta que sus negocios florecieron.

Para no ser injustos, no voy a particularizar. Por eso hablaré de los habitantes en general como los principales responsables de que la palabra ‘Bogotá’ se haya convertido en sinónimo de caos, trancones, delincuentes, crímenes, apretujones, huecos, filas, mamertos y demás. Olvidan esos críticos que la ciudad de hoy es la ciudad que nos merecemos porque hemos elegido a los gobernantes que la han convertido en lo que es, con sus cosas buenas, regulares y malas. Olvidan esos mismos críticos que en gran medida lo bueno o lo malo que en adelante le pase a la ciudad será nuestra propia responsabilidad, fruto de la indiferencia con que la vivamos y la tratemos. O puede ser tan espectacular según como la ayudemos.

Quienes piensan, per se, que la capital es la culpable de nuestros males deberían saber que esa misma capital es la que más empleo genera en el país, la que produce más riqueza para el país, la que alberga la mayor población proveniente de otros rincones del país, la que con gran esfuerzo puede decir hoy que tiene garantizados todos sus servicios públicos para la gente rica, pobre, negra o blanca; que es referente en cultura, gastronomía, educación; que adoptó el TransMilenio para acabar con un caos que era peor que lo que hoy vemos –y que los jóvenes que lo bloquean jamás conocieron–; que compite a hombro partido contra otras urbes del mundo para convertirse en la principal sede de megaeventos y foros de calidad; que inspira a otras capitales, que pese a su complejidad vial se da el lujo de ser la número uno en el uso de la bicicleta en América Latina; que en 15 años seremos 12 millones, que a pesar de que los informativos se empeñen en mostrar que la noche solo es para los criminales y no para la fiesta o el amor, hay extranjeros que, por el contrario, se enamoran de ella.

Yo he caído en esa tentación de decir que Bogotá es una m... Muchas veces. Lo repito cuando agarro el atasco de la hora pico, cuando me doblo un pie por un andén en mal estado, cuando me entero de otro robo de un celular y hasta cuando pierde Millonarios. Pero luego reflexiono y caigo en cuenta que esta es la ciudad que me lo ha dado todo, poco o mucho, pero que no sería capaz de cambiar por otra. ¿Para qué? ¿Para envidiar el orden de las ciudades gringas?, ¿la historia de las españolas?, ¿el misterio de las chinas? Al final, siempre se quiere volver al zigzagueo por la calle 13, en Chapinero; al tumulto del 20 de Julio los fines de semana; al mercado de pulgas, en Usaquén; al humedal con sus pájaros, a los recovecos de la Candelaria, al Tunal y su biblioteca, a la ciclovía, a la ensalada de fruta del barrio Restrepo o a los huesos de marrano de la Primero de Mayo; a los restaurantes del norte o a las panaderías del sur; a las pescaderías del oriente o a los postres de occidente. Cuando uno está lejos de Bogotá añora sus lloviznas y sus soles, sus montañas encapotadas y sus arcoíris espontáneos; sus amaneceres sabaneros y sus atardeceres rojos como el ladrillo; sus parques atestados de gente y sus centros comerciales relucientes; las flores de Paloquemao, el tinto en el Café Pasaje, el olor de la tienda, sus raperos de barrio, sus mendigos de esquina, sus estudiantes bajando de la loma de Ciudad Bolívar, sus mujeres siempre en gallada y los árboles del Park Way.

Bogotá es como esos potros que a veces lucen indomables y otras, resignados a su suerte; que pueden dar un salto inesperado o aparentar una calma sospechosa. Ha tenido mandatarios que han sabido entenderla, algunos han abusado de ella y otros se han aprovechado de su brillo para relucir más allá de sus montañas. Y sin embargo, ella sigue ahí, como una matrona en mitad del patio, enseñándonos a diario los atributos que la hacen especial, no importa que desde la calle le griten, la ensucien, la agredan; ella seguirá dispuesta a hacerse querer si solo le damos una oportunidad.

Felices 479, Bogotá.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com@ernestocortes28

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