Santos y la percepción de inseguridad / Voy y vuelvo

Santos y la percepción de inseguridad / Voy y vuelvo

La respuesta de la justicia debería ser tan efectiva como el mensaje de un atraco en imágenes.

Robos en Bogotá

Hoy en día se multiplican los reclamos por una mayor seguridad, se piden más cámaras, más policías, más mano dura contra todo lo que parezca peligroso.

Foto:

123RF

03 de diciembre 2017 , 02:09 a.m.

El presidente Juan Manuel Santos ha puesto sobre la mesa un tema que ojalá podamos debatir sin apasionamientos: hasta dónde son responsables los medios de comunicación –y particularmente la televisión– en promover la sensación de inseguridad entre los ciudadanos.

Según el primer mandatario, la percepción de inseguridad que asiste a millones de personas está asociada a esa tendencia que tenemos los medios de magnificar las imágenes que muestran asesinatos, asaltos, riñas, balaceras y con las que, según el mismo Santos, los noticieros suelen abrir sus emisiones.

Yo estoy parcialmente de acuerdo con el Presidente. Creo que la divulgación obsesiva de este tipo de hechos sin ningún tipo de contexto, sin valorar el impacto que genera en ciertos horarios y ciertas audiencias, sin ahondar en las causas, lugares, en la manera en que actúa la delincuencia y sin más afán que la espectacularidad de los videos, le hace un flaco favor a la información y a la propia sociedad. He visto a las 6:30 de la mañana, cuando miles de niños se alistan para ir al colegio, un sinfín de imágenes del sujeto que se baja de la moto y a sangre fría dispara a la cabeza de un hombre. ¿Qué pensará el espectador desprevenido? ¿Qué la familia de la víctima?

La primera reacción ya la conozco: eso pasa, eso se divulga, eso no se tapa, eso es libertad, eso ayuda. Nadie lo discute, pero algo va de difundir y promocionar hasta la saciedad un asesinato a entender si se trata de una conducta generalizada, si es episódica, si obedece a un patrón de comportamiento en la ciudad –lo cual sería más grave– o si se trata de casos aislados relacionados con estructuras criminales en ciertos sectores.

No se despliega con la misma fuerza la reducción de homicidios, asaltos a entidades, atraco callejero o el número de bandas que se han desmantelado en la ciudad. Ninguna cifra científica, ninguna evidencia contundente puede contra el video y el reclamo del Tino Asprilla indignado porque le robaron los retrovisores del carro. “Si eso le pasa al Tino imagínese a uno...”, es el comentario ineludible. Una imagen vale más que mil palabras o, en este caso, más que mil estadísticas. Es el poder avasallador de la percepción frente a la realidad.

En lo que difiero del primer mandatario es en señalar públicamente una conducta mediática cuando el problema es estructural. Me refiero a que tan efectivo como el mensaje, de un atraco callejero o un asesinato divulgado en imágenes, debería ser el accionar de la justicia.

Si hechos tan dolorosos y virales como la muerte de Daniela, la joven universitaria asesinada en un puente peatonal, estuvieran hoy resueltos y con los responsables en la cárcel o si los jueces en lugar de soltar a terroristas capturados con explosivos en las manos los envían a prisión y divulgan, ahí sí, el juicio y la condena, muy seguramente la confianza en las autoridades regresaría y amortiguaría el golpe diario de los videos que filtra la misma Policía a los noticieros.

Cuando no sucede esto, cuando ya a la gente le parece que un noticiero es malo porque no tiene la cuota diaria del video criminal, es muy poco lo que se puede hacer. Y entonces se multiplican los reclamos por una mayor seguridad, se piden más cámaras, más policías, más mano dura contra todo lo que parezca peligroso –un grafitero, un habitante de calle, un drogadicto– y esa presión lleva a las autoridades a buscar alternativas que generen esa sensación de una seguridad perdida.

Fue lo que hizo el alcalde Peñalosa esta semana cuando anunció la activación de un comando especial del Ejército en las calles para “contribuir” a la estrategia de seguridad, cuando el efecto puede ser totalmente contrario. Militares en el espacio público nos rememoran los tiempos terribles de las narcobombas, por ejemplo.

En contraste, recuerdo que la gente sintió un verdadero alivio el día en que capturaron a varios taxistas sindicados de haber atracado y dado muerte, en un ‘paseo millonario’, a un extranjero en cercanías al parque de la 93 de Bogotá.

La prontitud con que se hizo la investigación, se establecieron los responsables, se les capturó y fueron condenados fue ejemplar. Esto envía un mensaje claro de que sí es posible ganarles a los criminales. Pero si seguimos con antisociales que entran hasta 50 veces a la cárcel y vuelven a salir por la razón que sea, pues la percepción de inseguridad que tanto preocupa al jefe del Estado pasa a convertirse en obsesión; la obsesión de sentir miedo de andar en la calle. Y es eso lo que hay que evitar a toda costa.

A propósito: ¿Será que los conductores tienen que saber de una vez por todas que un megaaguacero siempre inundará el deprimido de la calle 94?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe de EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com@ernestocortes28

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