¿Bajar al parrillero? / Voy y vuelvo

¿Bajar al parrillero? / Voy y vuelvo

Tras ver el crimen cometido por un parrillero, apoyaría su prohibición. Pero ¿de qué serviría?

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En ocho capitales del país tomaron la decisión de prohibir el parrillero en motocicleta.

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Archivo / EL TIEMPO

24 de septiembre 2016 , 09:43 p.m.

Titulaba este diario hace poco que ocho capitales del país tomaron la decisión de prohibir el parrillero en motocicleta, esto es, que las mismas no pueden llevar un acompañante. Quienes ya lo hicieron, como Pasto, completan 3 años con la medida; en Ibagué y Cúcuta la norma también se aplica las 24 horas del día, mientras en Cartagena la prohibición se hace por sectores. Y muchos otros municipios andan en lo mismo. La razón es una sola: seguridad.

En una ciudad como Bogotá, en donde el número de viajes en moto pasó de 343.000 a 699.000 en solo cuatro años, en donde este medio de transporte ocupa el segundo lugar del parque automotor (21 %) después del carro privado (73 %) –según el último Observatorio de Movilidad de la Cámara de Comercio de Bogotá– y de la cual viven cerca de 2 millones de personas, plantear la prohibición del parrillero es casi suicida.

Pero hay quienes, como yo, no dudarían en respaldar una medida de este tipo. Sobre todo después de ver la muerte infame de la que fue víctima Yeison Méndez, en la localidad de Kennedy, por un fleteo. Enterarse del asesinato de alguien por culpa de un robo es doloroso, pero ver la acción en video –como la vimos muchos–, calculada, fría, miserable, causa repudio, indignación, rabia. Y es entonces cuando deseamos no solo que se capture a los responsables sino que se tomen medidas para que algo así no se repita.

Pero se repite. Una y otra vez. Cuando no es el asesinato de una persona es el raponazo a una indefensa mujer, con complicidad del parrillero, o el atraco a un establecimiento comercial, con parrillero a bordo, o el acecho a un comerciante o el seguimiento a un desprevenido ciudadano que acaba de retirar dinero de un cajero. Y el parrillero ahí.

Pero hay que ser realistas. Medidas de este tipo no solucionan problemas de semejante envergadura. Si ni siquiera se consigue que disminuya la accidentalidad, mucho me temo que bajar al parrillero permita reducir la inseguridad en la capital. En cambio, sí se generarían tres efectos perversos, a mi manera de ver: un golpe a las miles de familias que viven de la moto, protestas a granel y más ventas de estos aparatos. Y a las tres, las autoridades les tienen pavor.

Hagamos una ecuación simple. Bogotá cuenta con mil policías de tránsito y las motos que ruedan por la ciudad son cerca de medio millón. Por más que se quisiera, no habría cómo controlarlas ni cómo requisarlas o mirar los antecedentes de sus ocupantes. Las motos llegaron para quedarse, su número irá en aumento y los criminales saben de sobra que es el medio más efectivo para ejecutar sus fechorías.

Por eso, como señala el secretario de Seguridad, Daniel Mejía, lo que se necesita es inteligencia. Los asesinos que se llevaron la vida del muchacho en Kennedy han sido reconocidos por otras víctimas, sus fotos circulan por las redes, su modus operandi es el mismo; por tanto, su captura debería ser inminente. Y como esta banda, deben existir decenas. Hay que mostrar resultados, no dar tregua para que este flagelo no se extienda más.

Mientras eso sucede, podría pensarse en revivir el odioso chaleco con el número de la placa de la moto. Es jarto, ya lo sé, pero mucho más visible que unas placas ocultas, como las que lucía la moto que sirvió de escudo en el crimen ocurrido en Kennedy. Y algo habrá que inventarse para que el rostro de los ocupantes de una moto sea más visible.

La ciudadanía y las autoridades deberían sospechar de sujetos con tapabocas, tan simple como eso. O de placas mal cubiertas. O de cascos polarizados y motos modificadas. Y sí: dudar, sospechar, estar alerta del parrillero, qué le vamos a hacer. Hay que ser maliciosos, pues hablamos de proteger la vida misma.

Y como siempre, no sobra advertir que las motos y motociclistas no son los criminales. Por unos cuántos no pueden pagar todos. Pero es que da rabia tanta impotencia.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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