Lecciones de la semana / Voy y vuelvo

Lecciones de la semana / Voy y vuelvo

Los acontecimientos de estos siete días demostraron que la participación ciudadana es posible.

fg

Imagen de miles de manifestantes mientras avanzaban hacia la Plaza de Bolívar en Bogotá.

Foto:

Mauricio León / EL TIEMPO

08 de octubre 2016 , 09:51 p.m.

Decía yo esta semana que si alguien en el mundo no sabía aún dónde estaba ubicada Colombia en el mapa global, se dio por enterado en las últimas tres semanas. Ese es el tiempo en el que, como una montaña rusa, hemos estado apareciendo en el contexto mundial gracias a la paz. Primero fue el acuerdo de La Habana, luego el discurso del presidente Santos ante Naciones Unidas y la entrega del documento final; y, más tarde, la firma de este en Cartagena ante la crema y nata de la comunidad internacional.

Ocho días después volvíamos a las primeras páginas de los periódicos del mundo por el No a esos acuerdos de paz con las Farc. Hasta ahí ya era suficiente el vértigo. Pero cuando la mitad del país sucumbía al desencanto de la derrota, el viernes pasado, antes de las 4 de la madrugada estalló otra noticia que nos puso en la mira del universo: el presidente Juan Manuel Santos era reconocido con el premio Nobel de Paz por su tenacidad para terminar la guerra. Así es: para bien o para mal, somos el país de moda en el mundo.

Y por supuesto que como colombianos nos llena de orgullo semejante espaldarazo. No son muchas las oportunidades que se tienen para hacerse a semejante distinción, pero seguramente sí estamos entre los pocos países en los que hasta un honor de estos causa envidia y genera malquerencias. Somos un país de cafres, como decía el expresidente Echandía. O un país con mentalidad de Renault 4: solo piensa en chiquito, como señalaba el exvicepresidente Lemos.

Como quiera que sea, es una gran noticia. Y también lo es eso que ha venido sucediendo con los jóvenes del país, y particularmente los de Bogotá. No sé si a muchos de ustedes les sucedió lo mismo, pero si a quienes votamos por el Sí nos dio duro la derrota, a los niños los indignó. No pocos padres de familia me comentaron sobre la tristeza de sus pequeños ante lo sucedido.

Varios menores publicaron cartas sentidas en sus cuentas de Facebook, otros no pedían, “exigían” explicaciones coherentes a sus padres. Algunos más pintaron dibujos desconsolados. Eso me parece sobresaliente, como también lo es que otros hayan celebrado el triunfo del No; lo importante es que a los niños les queda el mensaje de que así es el juego de la democracia.

Como decía, cabe resaltar lo que vino después del triunfo del No: las marchas espontáneas de miles de jóvenes en Bogotá y el resto del país. Sondeos informales indican que muchos de ellos no votaron, seguramente, pero al menos tuvieron la gallardía de enmendar el error de forma simbólica haciendo una marcha del silencio que conmovió a propios y extraños; al menos tuvieron el gesto del arrepentimiento por no ir a votar, no importa por cuál opción.

Otros, en cambio, podrán alegar que no estaban de acuerdo ni con una ni con otra postura. O eso de que el voto no es obligatorio. O que le aburre la clase política. O que este es un país de m… como expresaron fríamente en las redes. Solo tengan en cuenta que si alguna vez querían hacer valer su voto de verdad, el suyo, sin la presión de un candidato, sin la tentación de un corrupto, sin la obligación de cuidar el puesto, sin esperar nada a cambio, esta era esa oportunidad y la perdieron.

La marcha de los muchachos tuvo otro ingrediente adicional: no generó violencia ni actos vandálicos; no se mancharon paredes ni se destruyó el mobiliario público; no se insultó a nadie, solo se pidió no abandonar la posibilidad de paz, no renunciar y conseguir un acuerdo ya.

Hubo políticos que quisieron aprovechar la convocatoria juvenil para apoderarse de las marchas y recibieron un ‘no’ como respuesta. Los políticos que no se hicieron sentir el día del plebiscito mal pueden ahora venir a cobrar réditos. Eso me encanta de la actitud de los jóvenes.

Dije en un trino que las marchas de esta semana demostraban que no estaban convocadas por politiqueros, ni sindicalista ni gremios y que por eso había tenido tanto eco la forma como se habían ejecutado. Y ojalá sigan siendo así, pues además de darnos una lección de democracia nos dan una lección de convivencia y de respeto con nuestras ciudades, como debe ser. Ojalá una actitud semejante tuviéramos con las jornadas de limpieza y aseo que promueve la Alcaldía, un esfuerzo que se pierde porque ya sea por simple salvajismo o por odio contra la administración, algunos prefieren destruir lo recuperado. Así no se puede.

Termino deseando que muchos niños hoy, con el Nobel de Paz, hayan podido reivindicar en algo la tristeza de hace ocho días.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPOerncor@eltiempo.com

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA