Enamorarse de la ciudad / Voy y vuelvo

Enamorarse de la ciudad / Voy y vuelvo

La inequidad y desigualdad no es el lenguaje que se habla hoy sobre el papel de los centros urbanos.

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Bogotá hace parte de las metrópolis más grandes del mundo.

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Mauricio Moreno / EL TIEMPO

16 de octubre 2016 , 02:24 a.m.

Acaba de culminar en Bogotá la Cumbre Mundial de Líderes Locales y Regionales. Nuestra ciudad fue, por decirlo de alguna manera, epicentro de una amplia reflexión sobre el lugar donde vivimos, donde hacemos realidad nuestros sueños, donde crecen nuestros hijos, pasean los abuelos, nos levantamos a trabajar, nos divertimos y sufrimos.

Esto debería ser motivo suficiente para entender por qué lo que le pase a nuestra capital nos involucra en mayor o menor medida. Bogotá hace parte de las metrópolis más grandes del mundo. En 40 años se estima que creceremos en no menos de 5 millones de personas más, que demandarán vivienda, servicios de salud, educación, transporte digno, espacios para la recreación y demás. Todo ello no solo hay que garantizarlo desde ya, sino que tendrá que hacerse de la mano del medioambiente, estimulando modos de transporte limpios, luchando de frente contra las emisiones de CO2 y protegiendo nuestros recursos.

No menos importante es el hecho de que Bogotá no puede seguir siendo sinónimo de inequidad y desigualdad. No es ese el lenguaje que se habla hoy en el mundo sobre el papel que cumplen los centros urbanos. Una ciudad inequitativa solo genera más pobreza y hace pervivir la segregación y el descontento con la misma ciudad. Pero es una tarea que no pueden acometer solo los gobiernos locales –como bien se dijo en una de las conferencias de la cumbre–, es una responsabilidad que compete al Estado en su conjunto, que debe trabajar más de la mano de las ciudades porque es el responsable de dictar las políticas de orden nacional; aunque muchas veces lo hace sin reparar en las necesidades que ellas demandan.

Otro mensaje en el que se insistió y que no debe pasar desapercibido es el de la relevancia del espacio público. Aquí seguimos rasgándonos las vestiduras cada vez que la Alcaldía intenta recuperar un andén o bajar un carro de la acera; aquí nos escandalizamos si se hacen andenes anchos o se promueven más extensiones para las bicicletas. Pues bien, el foro fue tajante en señalar que el espacio público es un derecho ciudadano, es sagrado; el espacio público es el que salva a las ciudades de la desidia, construye igualdad y permite que la gente se sienta respetada.

Y sin duda, la movilidad sigue siendo el gran desafío urbano. Si capitales de renombre como París, Barcelona o Berlín nos llevan años luz en este tema y aún tienen problemas, imagínense el caso bogotano. Por fortuna las ciclorrutas sacan la cara. Varios alcaldes resaltaron sus bondades y coincidieron en que todas las ciudades deberían imitar el caso nuestro. También alabaron los carriles preferenciales para buses, aunque, claro está, no se percataron de la bestialidad de nuestros conductores, que simplemente dejaron de respetarlos y hoy son un pálido reflejo de lo que quiso hacer en su momento la Secretaría de Movilidad. No deja de ser irónico que sean los de afuera los que encuentren virtudes en aquello que para nosotros es un estorbo.

El metro, como era de esperarse, recibió aplausos y críticas. Todos los expertos, sin excepción, ven en él una necesidad imperiosa, sobre todo cuando advierten el tamaño de Bogotá. Pero mientras algunos consideran que su construcción debe ser bajo tierra, otros destacan que no se pueden desangrar las finanzas en megaobras que han probado ser eficaces con estructuras aéreas.

Volviendo al principio, además de todas estas lecciones, resulta estimulante ver cómo quienes nos visitaron se deslumbraron con muchas cosas que nosotros simplemente dejamos de apreciar. TransMilenio recibe aplausos, pero acá lo desangramos a punta de colados; la ciclorruta más grande, la del Porvenir, la envidian alcaldes del mundo, pero acá la invaden las motos y los ladrones; les gustan nuestras montañas, y acá las tapamos de edificios. En conclusión, hay que querer más a Bogotá, que también es querernos un poquito más a nosotros mismos.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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