Así son 24 horas con el alcalde más ‘impopular’ del país

Así son 24 horas con el alcalde más ‘impopular’ del país

Enrique Peñalosa trabaja jornadas de más de 12 horas casi siempre. Dice que ningún día es normal.

Peñalosa en Suba

Enrique Peñalosa inició su jornada laboral el 18 de diciembre entregando una cancha de fútbol en Bilbao, barrio de Suba.

Foto:

Óscar Murillo / EL TIEMPO

23 de diciembre 2017 , 11:00 p.m.

Peñalosa no llegó a tiempo a su primera cita. Estaba programada para las 7:30 a. m. y ya son las 8 a. m. Es temprano, pero el sol parece de mediodía. Una multitud de niños, ciudadanos, funcionarios públicos y periodistas lo esperamos sobre el césped sintético de una de las cuatro canchas de fútbol que va a inaugurar hoy.

Es lunes 18 de diciembre del 2017. La jornada se inicia en el barrio Bilbao, en Suba.
Un sector humilde donde hace nueve meses, y en medio de un operativo de desalojo, más de 300 ocupaciones ilegales fueron consumidas por un incendio. Ya llegó. Son las 8:30 de la mañana. Viene vestido de funcionario público: una chaqueta azul del cielo bordada con el logo de Bogotá Mejor para Todos y un pantalón de dril oscuro.

Tose. Sonríe. Tose. Una de sus más cercanas consejeras me dice que lleva tres días luchando contra una gripa. Se abre paso entre la gente ofreciendo siempre su mano derecha. Percibo que lo alegran particularmente los niños y los ancianos, se detiene con ellos, les pregunta cómo están.

Yo no voté por él, y tampoco quería que ganara. Pero después le deseé suerte, si le va bien, le va bien a Bogotá. Hoy, tras dos años en el cargo, la ciudad mejora en sus principales indicadores, pero su imagen no despega. En la última encuesta de Gallup Colombia, revelada hace pocos días, aparece como el mandatario más impopular de las grandes ciudades del país; solo el 29 por ciento de los encuestados aprueba su gestión. Aunque el número es bajo, ha mejorado.

Un día con el Alcalde más impopular del paísAsí son 24 horas con Enrique Peñalosa, el alcalde más impopular del país.
Peñalosa en Suba

Ya superó el río de personas y ahora está en el centro de la cancha. Toma un micrófono y tras agradecer la presencia de los niños, la comunidad, los líderes sociales, los funcionarios, ediles y concejales arranca, en forma, su día de trabajo: “Estas canchas de pasto sintético son de las mejores, son calidad Fifa, si se cuidan, pueden durar 10 o 15 años antes de cambiarles el tapete”, presumió.

Luego prometió que al finalizar el 2018 habrá 100 escenarios de este tipo regados por la ciudad, y se despidió. Nos dirigimos al barrio Berlín, a pocas cuadras. Antes de salir, de nuevo, hombres, mujeres y niños se abalanzan en busca de una foto. Le agradecen la cancha y le piden la pavimentación de vías, la instalación de cámaras de seguridad, que metan a la cárcel al que no recoge las heces de sus perros, en fin.
La mayoría, solicitudes respetuosas. Confieso que, sin desearlo, esperaba que a Peñalosa le llovieran insultos, de esos tan comunes en redes sociales, pero no fue así.

Sin embargo, justo antes de irse de Bilbao, un grupo de personas lo increpa. Los aplausos y sonrisas se convirtieron en reclamos. Algunos dicen que durante el operativo de desalojo que terminó en incendio, a principios de año, hubo excesos en el accionar de las autoridades. “Rompieron las cosas, quemaron animales, señor alcalde”, le gritaban. “No somos narcotraficantes, ¡abusivo!”, reclamaron otros. Sobre esto, la administración ha manifestado que el sitio donde se realizó el operativo era una zona de alto riesgo, dada la cercanía al río Bogotá, y que cumplieron con los requisitos para proteger a quienes estaban en este lugar de manera irregular, antes, durante y después del operativo.

Rompieron las cosas, quemaron animales, señor alcalde

La mañana corre. Enrique Peñalosa continúa con su jornada. Lo sigo. Entrega canchas en el barrio Berlín, de Suba, y Villas de Granada y El Carmelo, de Engativá. En cada sitio, la gente lo aplaude, le agradece. En Villas de Granada, una señora incluso dijo que en ese barrio no lo querían, sino que lo amaban. “Gracias, alcalde,
en nombre de la comunidad, que Dios lo bendiga y lo comprometemos a que siga
adelante”, lo animó la ciudadana.


Son las 10:36 de la mañana. El sol parece de dos de la tarde. Se acabó la maratónica entrega de escenarios deportivos y ahora Peñalosa va a cortar el listón de un Supercade que beneficiará a más de 900.000 personas de Engativá. Pero, justo antes de ingresar a su camioneta gris, una mujer lo enfrenta y cuestiona por una reciente decisión que permite la construcción de ciclorrutas en humedales.

“Yo fui el que arregló aquí el humedal de Santa María del Lago”, alega el alcalde mientras abre la puerta del carro, y continúa, “yo fui el que paró la invasión en La Vaca, yo fui el que compró los terrenos alrededor de Capellanía, entonces nosotros hemos protegido los humedales más que nadie. Pero también son espacios para que la gente los use, no solo para que una rosca que quiere cuidarlos sean los únicos que vayan allá”, le respondió enérgicamente Peñalosa a la ciudadana.

Un día con Enrique Peñalosa

El Alcalde de Bogotá es abordado a donde llega por periodistas. Aquí durante la entrega de una cancha de fútbol en Engativá.

Foto:

Óscar Murillo / EL TIEMPO

Un día con Enrique Peñalosa

Muchas personas se le acercan en busca de una foto, o para pedirle ayuda en temas de la ciudad.

Foto:

Óscar Murillo / EL TIEMPO

Un día con Enrique Peñalosa

En algunos sitios es recibido con espectáculos culturales.

Foto:

Óscar Murillo / EL TIEMPO

Pese a los incidentes de Bilbao y el reciente de los humedales, la jornada transcurre con normalidad. Son las 12 del mediodía. Ya estamos en el Supercade de Engativá, una obra que costó 1.500 millones de pesos y en la que 13 entidades distritales y nacionales ofrecerán sus servicios y trámites. El discurso será fácil ante un grupo de periodistas y funcionarios. Sin embargo, justo antes de hablar, un anuncio le desencaja el rostro.

Una noticia inesperada

La Procuraduría acaba de ordenar la suspensión de una de las licitaciones más importantes de la ciudad, la de los semáforos, y abrió una investigación disciplinaria a su secretario de Movilidad, Juan Pablo Bocarejo. El discurso ya no es tan fácil.

Los periodistas hambrientos de explicaciones esperamos una respuesta a tamaño anuncio, pues se trata de un negocio de 235.000 millones de pesos. Sus asesores le hablan al oído las palabras que debe pronunciar, él asiente. Se nota tenso. No hay rastro de la sonrisa que traía y, finalmente, dice: “Yo respeto las decisiones y sugerencias de la Procuraduría, nosotros estamos convencidos de que hemos hecho un proceso transparente, abierto, y que no le da ninguna ventaja a ninguno, y no queremos que haya nada que le de ninguna ventaja a ninguno de los proponentes
con la licitación de los semáforos”.

Peñalosa recibe una mala noticia

El alcalde de Bogotá es informado de la decisión de la Procuraduría de suspender la licitación de los semáforos, en medio de la inauguración de un Supercade en Engativá.

Foto:

Óscar Murillo / EL TIEMPO

El recorrido por las instalaciones fue rápido, y en un instante, en medio del tumulto, desapareció. Me dicen que va para La Candelaria, a un almuerzo con periodistas. Me invitan. “Creo que este trabajo que hacemos es para dar una sensación a la gente de que van a tener una mejor ciudad. Cuando llegó el Papa y tuvimos la mejor organización del mundo, que no lo reconocieron, dijimos: ‘ahora sí subiremos en las encuestas’, bajamos. Que el metro, lo máximo, ahora sí voy a subir las encuestas, bajamos. Que vamos a limpiar el río Bogotá, eso ahora sí, baja. No sé exactamente
qué será lo que toca hacer, pero lo que sí es cierto es que estamos trabajando duro”,
le cuenta el alcalde a sus invitados.

Después del almuerzo se va a pie, acompañado por dos personas, hasta el palacio Liévano. Lo sigo. Un periodista lo aborda y le lanza dos preguntas. Él las responde mientras camina. Son las 3:32 de la tarde. A una cuadra de la plaza de Bolívar dos hombres venezolanos, padre e hijo, le piden una foto. “Estamos de visita, está todo muy bonito, lo felicitamos”, le dicen.

El día casi termina y no he escuchado el primer insulto. Ingresa rápido a la Alcaldía. Sube casi corriendo al segundo piso donde está su despacho. Lo sigo. Justo a la entrada de su oficina, un aturdido Bocarejo lo espera para darle explicaciones sobre la investigación de la Procuraduría. “Qué fue lo que le hicieron”, le pregunta, “me abrieron una investigación disciplinaria”, le responde el secretario de Movilidad.

Creo que este trabajo que hacemos es para dar una sensación a la gente de que van a tener una mejor ciudad

La puerta de su oficina se cerró y, por primera vez en el día, no lo sigo. Espero. Recorro el palacio. Minutos después, un grupo médico conformado por cuatro personas llega para hacerle al alcalde un chequeo de rutina. Esperan conmigo. Las horas pasan. La reunión será larga y su equipo de comunicaciones me sugiere que lo espere en el Hogar El Camino, un centro de Integración Social, en el barrio Bosque Popular. Allí les servirá, con un grupo de artistas, la cena navideña a más de 1.000 exhabitantes de calle.

No sé si le hicieron la revisión médica. Llega al último evento del día a las 7:47 de la noche, y de nuevo todos querían una foto. Es como una especie de estrella de televisión que siempre sonríe. No se le ve cansado, y ya no tose. Saluda con entusiasmo a cada persona que le extiende la mano. Sirvió la comida en cuatro mesas completas.

“Gracias a todos y todas los que han hecho este esfuerzo para dejar la calle, las drogas, les agradecemos de verdad. Son pacientes, sabemos las dificultades y sufrimientos que han enfrentado, sabemos que la historia de cada uno es dolorosa y ustedes nos dan ejemplo de disciplina y tenacidad”, agradeció Peñalosa en su último discurso del día. Son las 9 p. m., me le acerco y le pregunto que si así es un día normal del alcalde de Bogotá, y me responde que no, que ningún día es normal.

ÓSCAR MURILLO MOJICA
EL TIEMPO
Twitter: @oscarmurillom

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