Se volvieron amigos después de un secuestro y de vivir la guerra

Se volvieron amigos después de un secuestro y de vivir la guerra

Una víctima de un secuestro familiar y un exguerrillero se reconciliaron para enseñar a perdonar.

BAKONGO

Regis Ortiz y Daniel Buriticá trabajan juntos en varios proyectos. Buscan ser piezas claves en el proceso de reconciliación del país después de la firma de paz con las Farc.

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Carol Malaver /ELTIEMPO

18 de marzo 2017 , 12:55 a.m.

Regis estaba sentando en la sala de espera cuando Daniel irrumpió. Luego vino un saludo fraternal que parecía el de dos amigos de toda la vida. Ahí, en esa pequeña sala, confluyó la historia de un secuestro, la guerra y la lucha social. Lo que sería una causa de enemistad, a ellos los juntó en un mismo propósito: la paz.

Comencemos con Regis Ortiz, un cartagenero de 37 años, cuya infancia transcurrió en un barrio de invasión, El 9 de Abril. Allí había que bajar lomas para conseguir el agua; no había alcantarillado, ni luz. “Mis padres consiguieron un ranchito, ahí crecí con cuatro hermanos. Íbamos a la finca del señor Mingo y hacíamos una filota de hasta media hora para sacar agua de un tubo”.

A pesar de la pobreza, a la familia de Regis le gustaba la organización comunal y eso picó su curiosidad, por eso se empeñó en terminar su bachillerato a los 15 años.

El microtráfico y las pandillas nunca permearon su vida, él quería luchar por su barrio. En décimo grado, con solo 14 años, ya había organizado un grupo juvenil y era su presidente. “Fue chévere, 25 adolescentes en teatro y baile. Hacíamos parte de la Junta de Acción Comunal”. Era innegable su espíritu de líder.

Regis quería ser médico, pero la plata no alcanzaba, entonces, estudió Historia en la Universidad de Cartagena. Tenía solo 15 años. “Era tan pelao que en una clase me volé para ver el estreno de Dragon Ball Z. Yo todavía me encerraba a jugar en mi cuarto con carros”. Esos cinco primeros semestres fueron tranquilos hasta que le llegó la crisis a los 18 años. “Me cuestionaba mucho sobre lo que pasaba en el mundo. No volví a la universidad”.

En esos años recorrió Santa Marta, recogió café, limón, trabajó en un mercado, vendió perros calientes, y hasta fue DJ en discotecas. “Hice un montón de cosas en dos años hasta que un amigo me convenció de volver a la universidad, más metido en lo estudiantil, en la universidad extramuros”.

Visitas al Ponzón, Fredonia, barrios de desplazados y abatidos por la violencia de las Autodefensas, lo hicieron visible como líder en la comunidad con solo 23 años. “En 2002, 2003, estaban en un proceso de desmovilización y eso aumentó el número de víctimas.

Denunciamos que el Estado no tenía mecanismos para defender a estas personas. El mismo barrio rechazaba a las víctimas, éramos como mediadores”. Los protegían cuando armaban sus casitas con plástico y cartón, porque al fin y al cabo, no tenían nada más. Poco a poco estaba en la mira de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pero también de la ultraderecha.

Le voy a decir cuál es la diferencia entre las Farc y los cristianos. En los cristianos, usted entra, se arrepiente y se salva, en las Farc usted entra, se arrepiente y no tiene salvación.

Las amenazas

A Regis lo invitaban a reuniones clandestinas. El guiño era para que trabajara con el grupo revolucionario. “Me gustaba la lucha por la reivindicación de los derechos pero cuando hablaban de armarse ya no me sentía identificado”.

Tiempo después varios líderes de barrios deprimidos de la costa fueron amenazados. “A muchos los asesinaron, como al profesor Alfredo Correa De Andreis de la Universidad del Norte, en el 2004”.

En cuestión de días, las amenazas fueron para él. Su madre las recibió en un sobre de manila. “Hijo, vete, te prefiero lejos a muerto”. Al mismo tiempo gente extraña rondaba el barrio. Lo alertó más la desaparición de uno de sus compañeros cuando salía de la universidad. “A plena luz del día lo metieron a un carro. Así pasó con muchos que después encontrábamos muertos y torturados”.

De poco sirvieron las denuncias en los medios de comunicación, porque un día, a las 4 de la mañana, alguien tocaba a la puerta de Regis. “¡Nos van a matar!”. El rumbo ese 2004 fue Bogotá. “Después de hacer mil vueltas para que nos protegieran resultaron entregándonos unos avanteles para que avisáramos en caso de emergencia. Nos miramos las caras y dijimos: bueno, ahora nos matan con avanteles. ¿Si vienen a matarme qué, les tiro el avantel en la cara?”.

En ‘la nevera’, como dice el cartagenero, nunca hubo garantías, es más, vivió de la caridad, se mudaban cada tres días, hasta que Regis decidió partir pero más tardó en volver que en otra vez recibir amenazas. “Dos hombres armados en una moto sin placas me esperaban frente a la universidad. Me sacaron por una puerta pequeña y luego me tocó escabullirme por un centro comercial. Ahí dije: esto es en serio”.

La entrada a las Farc

En medio de la consternación Regis recibió una llamada y fue citado en una tienda por las Farc. Desesperado asistió sin falta, la idea era que se internara en la selva mientras pasaba el peligro, era como una especie de protección a cambio de un trabajo colaborativo en educación. “Me iban a matar, era la única salida”.

Al día siguiente Regis estaba en un carro con dos jeans y tres camisetas en un morral sobre una carretera destapada. Supo que estaba internado en una hermosa maraña, Los Montes de María. Al día siguiente se vio caminando con doce guerrilleros y casi pisa una mina antipersona.

Luego de semejante susto fue el encuentro con el comandante de las Farc. “Sabemos de tu situación, vas a estar por acá un tiempo, mientras se normaliza tu seguridad, acomódate”. Esa noche Regis durmió en una caleta recién hecha, no sin antes aprender a poner el toldo y las carpas para protegerse de la lluvia. A los ocho días lo sorprendió una entrega, la de su camuflado. “No me gustó, lo metí en el morral hasta que me dijeron: no es que te guste, es que tienes que hacerlo”. Regis ya era guerrillero.

Días después se vio empuñando un fusil, prestando guardia. Solo después de un campamento fue llamado a dictar un curso de historia económica de Colombia. “Al poco tiempo me di cuenta que la mayoría era analfabeta. Eran jóvenes que se aburrían con las clases. A los dos meses yo ya me quería ir”.

A las mujeres les hicieron enterrar sus peluches, a mí me tocó botar un libro de Benedetti de poemas. ¿Usted sabe qué es eso en la selva?


Lo único que disfrutaba Regis era el contacto con la naturaleza, el olor a tinto hecho en leña en las mañanas, la brisa. De resto, estar restringido hasta para hablar, era pura soledad. “Comandante, me estoy volviendo bruto, le dije”.

“Compañero, le voy a decir la diferencia entre las Farc y los cristianos. En los cristianos, usted entra, se arrepiente y se salva, en las Farc, usted entra, se arrepiente y no tiene salvación”. Regis supo que iba a morir en la selva porque 6.000 militares les estaban respirando en la nuca.

La persecución era tal que les prohibieron fumar, roncar, bañarse con jabón, usar cremas o perfumes, no podían permitirse ser detectados. “A las mujeres les hicieron enterrar sus peluches, a mí me tocó botar un libro de Benedetti de poemas. ¿Usted sabe qué es eso en la selva?”.

Alias ‘Cruz Roja’

Un año duró el operativo militar. La guerrilla los organizaba en comisiones para acercarse a las zonas veredales y entrar en contacto con los campesinos. “En esas me mandaron a recibir a tres personas para una capacitación”. Regis conoció a alias ‘Cruz Roja’. Era alto pero apenas abrió la boca, supo que era un niño. “Dios, tenía 12 años”. Lo único que tenía claro era quería ser guerrillero.

“Aquí te matan, no duermes, caminas todo el tiempo, siempre estás pensando cómo vas a morir”, le insistió Regis pero no lo convenció, tampoco insistirle en su otra pasión, el fútbol. Para un niño sin la posibilidad de adquirir un balón, eso era un imposible.

Regis informó al comandante que el joven no podía entrar porque era menor de edad. “Los estatutos decían que podían entrar a partir de los 15”. Pero de nada sirvió, un diciembre, mientras leía un libro en la caleta, lo vio llegar, con un camuflado más grande que él y un revólver 32 metido en el cinturón. “Lo jalé del brazo, lo llevé a donde el comandante, le dije que él era un niño y él respondió: si puede con el fusil y con el morral, es guerrillero”.

De ahí en adelante cada día llegaba con una nueva desilusión. Regis odiaba el abuso del poder, el trato hacia las niñas, guerrilleros sin educación con cargos de poder. Toda la ideología que escuchó alguna vez se le cayó al piso.

Regis trató de proteger al niño, hasta le armó una cancha de fútbol en medio de la selva, le enseñó a leer y a escribir. Todo estaba aparentemente tranquilo ese 2006 hasta que el 31 de diciembre a las 10 de la mañana hubo un ataque al campamento por tierra y aire. “Lo saqué a él y a una muchacha. Luego de todo el plomo, faltaban cinco unidades, incluido el hijo del comandante que pasaba vacaciones. Eso lo derrumbó porque se enteró de que lo habían arrastrado desnudo por todo el campamento. Fue una época tensa, pensaron que había infiltrados, hubo división de comisiones. No vi más a Cruz Roja”.

El ataque

Los guerrilleros cruzaban la vía que los llevaría hasta Zambrano (Bolívar), estaban muy cerca del Carmen de Bolívar, caminaban día y noche, y su dieta era de sopa de arroz, una sola vez al día. Estaban cercados. “Un día vimos llegar a una comisión, cuando de pronto, ahhh, lo vi, ¡era Cruz Roja! Hermano, por qué no se quedó en su casa, le dije”.

A los tres días, la guerra no daba tregua, les dieron más dotación, a Regis 200 cartuchos extras y un rumor comenzaba a inquietar el ambiente. “Nos tenían cercados”. A las 6 de la tarde de ese mismo día les cayó la primera bomba. “El impacto me tiró varios metros, me sacudió”. El ambiente era una mezcla de tierra y barro. Regis se percató de no estar herido y corrió hacia las rutas de escape.
Cae la segunda Bomba, silencio total. “Ya había visto gente morir, pero no a tantos. Una mujer de camuflado me decía: mátame, mátame, pégame un tiro. Había acabado de ver a su pareja muerta”.

Aturdido por todo lo que veía Regis escuchó un llamado: “Flaco, flaco, ayúdame”. Era Cruz Roja, el mismo niño al que no pudo librar de la guerrilla, el que le dijo “te hubiera hecho caso”, el que dé un momento a otro dejó de respirar, con su cabeza de niño recostada en un palo.

Regis llora con este recuerdo, todos lloraron en esa pequeña sala de juntas con ese relato. “En ese momento dije, me abro de acá”.

Exguerrillero

Regis Ortiz vivió una de tantas historias duras de la guerra. Fue un líder social desde niño que se vio obligado a convertirse en guerrillero.

Foto:

EL TIEMPO

La entrega

Suena un helicóptero, las tropas por tierra se sienten. De pie tres guerrillero vivos, dos cogen por un lado, Regis por el otro. Caminado sin rumbo internado en una cordillera, alcanzaba a escuchar las celebraciones por la muerte de Martín Caballero.

Fueron horas de camino, con miedo, hasta que cayó dormido. “No sé cuánto tiempo pasó, me despertó el sonido de una motosierra, creo que le estaban abriendo el campo al helicóptero. Escuché la voz de una mujer, eso me llenó de confianza hasta que la escuche decir: hijueputas guerrilleros a todos hay que matarlos. Entonces dije: mejor no me entrego”. Regis siguió caminando colina arriba, escuchaba las ráfagas de las metralletas, él atravesaba cerros, fueron tres días caminando hasta que se encontró de frente con dos soldados. “Los tres quedamos congelados, ellos tenían más miedo porque sus fusiles estaban detrás de mí, yo, como un acto de confianza, levanté los brazos. 'Tomen sus fusiles, lo que yo quiero es irme para mi casa'”. Era 31 de octubre de 2007, el día de cumpleaños de su mamá. Su proceso de reintegración fue en Bogotá.

En los hogares de paz se encontró con gente del ELN, del EPL, todos resultaban siendo una red de apoyo, todos vivieron el drama de la guerra.

Con 600.000 pesos mensuales que recibía de apoyo pagaba una pieza y luego tuvo que trabajar en construcciones del norte para sobrevivir en la ciudad como obrero.

Regis fue recuperando su vida, fue padre, y volvió a Barranquilla a trabajar con desmovilizados de la guerra gracias al apoyo de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR). “Sus historias eran terribles, había varios miembros de las AUC que sufrieron mucho. Un día se enteraron de que yo había sido guerrillero y no lo podían creer. ¿Por qué nos defiendes?, me dijeron. Porque yo veo solo a seres humanos, les dije”.

Regis terminó la universidad, hizo un técnico de administración en el SENA y seguía como promotor de reintegración en Bogotá, “en la nevera”. Eso fue en el 2014. En esas, un día le dicen: aliste el pasaporte. Regis nunca había salido del país.

Un día se enteraron de que yo había sido guerrillero y no lo podían creer. ¿Por qué nos defiendes?, me dijeron. Porque yo veo solo a seres humanos, les dije

La historia de Daniel

Otra fue la vida de Daniel Buriticá, el hoy primer embajador de Colombia en One Young World (OYW), uno de los eventos más importantes del mundo en materia de liderazgo. “Yo soy emprendedor en serie”, dice con un dominio de palabra que lo caracteriza.

Este joven es ‘cachaco’, de los que va a ciclovía y a misa los domingos, así, común y corriente. Su vida transcurrió en Cedritos, jugando fútbol y lleva con los amigos. Así es como se describe, como un graduado del colegio Campestre al que siempre lo cautivaron las causas sociales. Cuando terminó su bachillerato tenía 17 años y a cuestas la satisfacción de ayudar.

Pero justo en ese tiempo un evento conmocionó a toda su familia. Su tía, “el ángel de la casa”, María Esperanza Córdoba, fue secuestrada por las FARC. “La mujer más amorosa del mundo. Ella es enfermera y tiene una discapacidad en la cadera. A raíz de eso tiene una pensión temprana”, dijo Buriticá.

Con sus ahorros compró una casa de campo cerca a Barbosa, en Santander, en una tierra que siempre perteneció a su familia. “Una noche llegaron unos hombres encapuchados, armados, que encañonaron a mi abuela y se llevaron a mi tía, sacándola por el techo. El mayordomo fue el que se escapó y avisó lo que había pasado a los vecinos”. Todo eso pasó finalizando el 2012.

Fue un drama. Toda la familia se volcó a salvar a la abuela y a llamar a las autoridades, se trataba de un secuestro extorsivo. Luego comenzó un proceso con el Ejército para lograr su rescate.

Pensaron que ella era dueña del ganado pero la verdad era que alquilaba su tierra para poder costear los gastos de la casa. “A ustedes les vendieron un hueso”, le decía la tía María Esperanza a los milicianos. Lo más duro del cautiverio fue el rescate porque se vio inmersa en una lluvia de disparos que pensó, le iba a costar la vida, sintió la muerte cerca.

A pesar de la experiencia, del miedo, María Esperanza le dijo algo a Daniel que habría de recordar por el resto de su vida. “No guardes rencor, haz algo para que esto no nos dañe el corazón”.

Daniel prefirió quedarse con eso, fue difícil de asimilar pero su tía le paró el instinto humano de acumular odios de un ‘tacazo’, solo quedó un doloroso recuerdo.

Luego, la vida siguió para Daniel y su familia. Él estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Javeriana. “El 20 por ciento fueron clases y el 80 por ciento ser líder estudiantil. Armé todos los proyectos que pude, incluso una red de jóvenes emprendedores sociales del país y un campamento para niños de bajos recursos”.

Se ideó la forma de que líderes sociales se reunieran con niños a compartir una experiencia de vida y así fue llamado a dictar conferencias en varias regiones del país. “La primera la hice a los 19 años y luego, en 2008, me salió la primera conferencia internacional en Panamá”. No pasó mucho tiempo para que hiciera lo mismo pero en casi todos los continentes.

Con solo 30 años ya puede decir que ha visitado 35 ciudades del mundo y que 25.000 personas han escuchado sus charlas de liderazgo, de emprendimiento social, de Millennials; a este joven nada le queda grande.

Eso sí, su proyecto más querido es el campamento Bakongo, por el que ya han pasado 1.500 niños de todo el país. “Formarlos en liderazgo y valores es lo más bonito que nos ha pasado, no importa si es en el campo, en la playa o en la montaña”.

Al graduarse Daniel creó una firma de abogados y tenía claro que no quería trabajar para nadie, solo para sus causas nacionales e internacionales. Así terminó haciendo parte de una organización llamada IABI que promueve el voluntariado con miembros en 70 países, también en una red del Foro Económico Mundial, entre otros muchos logros.

Pero fue en 2010 cuando Daniel se entera de One Young World. “Supe que el evento iba a ser en Londres, entonces, apliqué y quedé seleccionado como embajador de Colombia”. Era una conquista grande porque se codearía con personajes de la talla de Paul Polman de Unilever o del profesor y nobel Muhammad Yunus. Fueron 7 minutos, 43 segundos que le cambiaron la vida. Eso pasó en 2011. Daniel se paró con toda la propiedad, puso a todo el auditorio a hacer un ruido con sus manos, imitando el sonido de un aguacero y luego hizo lo mismo, como si cesara la lluvia. “Si podemos hacer llover en este cuarto, imagínense lo que podríamos hacer juntos, después. Y así empezó la charla”. 

Para el 2014 volvió a ser invitado al evento pero en Dublín, solo que tenía que cumplir una misión especial: hablar de paz y viajar con un desmovilizado de la guerrilla. “Recordé la historia de mi tía, fue duro, pero hablar con ella fue un bálsamo”. Le dijo que durante su cautiverio había un guerrillero que la trataba de abuela, que le daba el primer tinto en la mañana para no tomar de un utensilio usado, le ayudaba a hacer la litera, y la cargaba en las largas caminatas. “Mijo, váyase de acá, usted está tan secuestrado como yo”, le decía a su captor.

Solo al día siguiente el guerrillero le respondió “abuela, si algún día salgo de aquí ¿usted se tomaría un café conmigo?”, “ahora no mijo, usted le está haciendo mucho daño a mi familia, quizás, en otro momento”.

Esa fue la anécdota que llenó a Daniel de la fuerza necesaria para lograr su cometido. “Mi tía remató con lo siguiente: Hijo, llévate a ese guerrillero para Dublín, y tómate ese café a nombre mío”. Así fue que Daniel buscó y buscó y conoció a Regis.

Lo encontró gracias a la Agencia Colombiana para la Reconciliación (ACR). Para ese momento, 2014, él era conocido por su liderazgo. “Al final me di cuenta que él y yo teníamos historias parecidas, su historia me impactó y además ambos queríamos trabajar por la paz”.

Campamento Bakongo

Bakongo es un proceso de liderazgo y desarrollo de habilidades a través del servicio que une a comunidades vulnerables y/o víctimas del conflicto con personas mayores de edad de diferentes contextos.

Foto:

Cortesía Bakongo

El Viaje

“Alístese Regis, se va para Dublín”, “¿Para dónde?”, “Para Dublín”. Se tuvieron que hacer todos los trámites diplomáticos para que este ex guerrillero pudiera salir del país pero, al final, valió la pena: Los dos, Regis y Daniel, estaban montados en un avión.

Una cerveza previa y el tiempo del vuelo fue suficiente para que cada uno se contara la historia de su vida, sin filtros, ahí comenzó el ejercicio de reconciliación.

Ya en Dublín Daniel fue el traductor de Regis en todos los eventos. Hablaron con militantes de las guerrillas palestinas e incluso almorzaron con Sean Murray, del IRA. Hablaron de desmovilización, de la guerra, del perdón, cada uno desde sus experiencias. “Las historias se encuentran. Es la misma lucha, las mismas injusticias sociales. Al final la historia de nosotros era lo que ellos necesitaban. Nos dieron la oportunidad de hablar ante 1.300 jóvenes de 190 países y muchas, muchas personalidades”.

Hubo momentos sublimes, pero, sobre todo, uno, un minuto de silencio por los niños que han fallecido en el conflicto. “Oré por Cruz Roja, el niño que me inspiró tanto para luchar por muchos más”, dijo Regis.

Ya en Colombia Daniel ha realizado más de 45 Bakongos, Regis trabaja en Ciudad Bolívar con población vulnerable, y cada día se inventan una nueva forma de reconciliar a las víctimas de la guerra. One Young World será de nuevo escenario para ellos, una oportunidad más de inspirar a los jóvenes.

Hoy no solo son amigos, sus esposas y sus familias también. Y claro que se dio esa esperada tarde en la que Daniel, su tía María Esperanza y Regis, pudieron sentarse a tomar un café juntos y en paz.

CAROL MALAVER
Subeditora Bogotá
*Escríbanos a carmal@eltiempo.com
@CarolMalaver

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