La sala de cine triple X que se niega a cerrar en el corazón de Bogotá

La sala de cine triple X que se niega a cerrar en el corazón de Bogotá

El Esmeralda Pusycat, en la carrera 7.ª con calle 23, pasó de 2.600 espectadores a 50 o 60 cada día.

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Esta es la entrada del teatro, su ingreso cuesta 8.000 pesos y el cine es rotativo.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

07 de noviembre 2016 , 11:25 a.m.

El olor a desinfectante hace picar la nariz. Lo impregna todo. La oscuridad es paso obligado para ingresar a la desconocida sala del teatro.

Al fondo se escuchan los gemidos y palabras en inglés de una mujer en plena acción. Las luces que brotan del filme dejan ver las sombras de al menos 10 personas, algunas de pie, otras sentadas.

La pantalla gigante seduce al público con una voluptuosa rubia, protagonista de la cinta triple X. Las cabezas de los asistentes permanecen fijas de cara al ‘show’.

Los destellos que iluminan la instancia, intermitentes, permiten que rápidas miradas de los espectadores se crucen entre sí, antes de volver a cobijarse por la oscuridad. Nadie habla, aunque todos quieren hablar, preguntar.

Esto es lo que primero se ve al ingresar a esta sala. Solo sobreviven dos de este tipo en Bogotá. “Hace 20 años, el aforo en un día era de cerca de 2.600 espectadores. Hoy, el promedio es de 50 o 60 personas”, asegura un empleado que prefiere no revelar su nombre.

(Además: Lo que vendría para las salas de cine del futuro)

La carrera 7.ª con calle 23 ha sido testigo mudo durante casi 30 años de la existencia de este teatro, que se niega al paroxismo final: no quiere cerrar sus puertas.

Ha sobrevivido a internet y a la piratería, que acabaron con este tipo de cine, llamado rojo. Una de sus estrategias fue cambiar el proyector de 35 milímetros por un ‘video beam’, para bajar los costos en la factura de la luz. La entrada por la 7.ª es amplia y deja ver un aviso que exhibe la silueta de una gata que luce medias veladas de color rojo y fuma cigarrillo. Sus ojos delatan picardía y dan la bienvenida al cine Esmeralda Pusycat, como se lee en el piso, en letras doradas.

Al costado derecho está la cartelera con las proyecciones del momento. En un letrero pintado con marcadores rojo y azul, sobre una cartulina, se lee: ‘Prohibida la entrada a menores de 18 años’. Una pareja con pinta de universitarios se aproxima y mira fijamente la cartelera, se detallan, sonríen y salen.

“Hay mucha curiosidad por parte de los jóvenes. Cuando ven los avisos ingresan, leen, miran las imágenes para saber de qué se trata y vuelven a salir”, asegura el empleado. “No son clientes de este cine”, dice.

La mayoría de espectadores son adultos, en ocasiones parejas (hombre-mujer). Los varones que llegan solos son ubicados en el primer piso del teatro, mientras que las parejas van al segundo. También se ofrecen cabinas separadas, tal como reza en uno de los carteles que están a la entrada.

Para ingresar a la sala se pagan 8.000 pesos y le dan un tiquete de color rosado. Se traspasa una puerta de vidrio, donde lo saluda un señor de edad, vestido con saco y corbata, es el encargado de recibir el boleto y romperlo. A pesar de la petición de que le deje un pedazo de aquella boleta para el recuerdo, la respuesta es un “no” rotundo.

Cuadros de mujeres, parejas y hombres desnudos, finamente enmarcados, adornan las paredes del lobby. Letreros en luces de color rojo con la distinción Adán y Eva identifican los baños. En el de las mujeres también hay retratos; dos de ellos tienen los rostros de actores reconocidos como Tom Sellek y Sylvester Stallone, eso sí, mucho más jóvenes.

Como en cualquier teatro, existe una confitería, frente a los baños. Es atendida por una mujer que lleva 30 años allí, la acompaña una grabadora donde se escucha un vallenato.

Algo que marca la diferencia en el lugar es un ‘sex shop’. Los elementos sexuales están en una vitrina de color azul, no se ven muchos, pero se detallan consoladores y pastillas para evitar la eyaculación precoz.

Encima de una vitrina hay un televisor que da titulares noticiosos, un mundo diferente al que nos espera allá adentro, el que separa un portón de madera que lo componen tres puertas que se doblan, pero solo una permanece abierta.

En ese momento irrumpe uno de los clientes. Viste corbata y usa gomina en el pelo, se ve elegante. Alguien murmura que es la única persona que detalla más allá del sexo explícito que se ve en las películas.

“A veces dice que la cinta es vieja porque los actores no están depilados. En otras ocasiones se queja porque estos filmes no tienen un argumento definido”, asegura el empleado.

Dentro de la sala, la película termina y se encienden tenuemente algunas luces. Hay un receso de 10 minutos para volver a proyectar otro filme. La luz se vuelve a apagar y esta vez la protagonista es una actriz morena. Sigue la rutina.

JOHN CERÓN
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter johcer@eltiempo.com

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