Roca Rey, el mejor torero peruano de la historia, en Bogotá

Roca Rey, el mejor torero peruano de la historia, en Bogotá

Este sábado torea en Medellín y mañana alternará en la plaza de toros de Santamaría.

Roca Rey, el mejor torero peruano de la historia, en Bogotá

La firmeza y el valor frente al toro son dos grandes cualidades que resaltan los expertos del toreo de Andrés Roca Rey. 

Foto:

Manuel Alzate/ EL TIEMPO

27 de enero 2018 , 12:01 a.m.

Dicen los números que en el 2017, Andrés Roca Rey (Perú, 1996) ocupó el segundo lugar del escalafón taurino español, el más prestigioso del mundo. Las cifras también confirman que ningún otro participó más que él en corridas celebradas en plazas de primera categoría en España: 20, para ser exactos.

Si quieres alcanzar esos hitos hay que ser figura, debes tener algo particular. Y Roca Rey, el joven que en algo más de dos años como torero profesional se ha convertido en el mayor estimulante de la fiesta brava internacional, lo posee: firmeza, valor, puede con los toros, es vistoso con el capote, se arrima como pocos a esos pitones que rompen la piel cual si fueran puñales... Esos son apuntes que críticos y cronistas le dedican después de cada tarde.

A Bogotá regresa después de abrir la puerta grande en el 2017. Este domingo alternará junto a un veterano y figura absoluta, Enrique Ponce (España), y Juan de Castilla, el joven colombiano que de a poco se abre camino hacia los mejores carteles. La materia prima, los toros, vendrá de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo.

“Torear más o menos durante la temporada es algo secundario, solo un número; pero triunfar en plazas importantes y marcar momentos notables es el sueño de todo torero. Eso es lo que busco en cada tentadero (toreo en el campo) y en cada corrida”, comenta el peruano, único de su país que ha triunfado en la mayor plaza de toros del mundo, Las Ventas de Madrid.

También lo ha conseguido en Sevilla y en Pamplona, solo por mencionar dos templos de la tauromaquia. Ni existe ni ha existido otro peruano que en la historia haya puesto tan alto su bandera: en México, en Colombia y en la madre patria las aficiones se le han rendido y lo han premiado con indultos y orejas por montón.

Su hablar es pausado, sin afanes. Es la misma tranquilidad con la que se deja rozar la arteria femoral por los toros bravos, como si se tratara de inofensivos amigos. Pero el riesgo tiene su costo y a veces se paga con sangre. En el pasado mes de julio, un astado le marcó en el muslo una cornada de doble trayectoria: heridas de diez centímetros cada una y baja de varias semanas en corridas importantes.

“Las cornadas te generan muchas cosas. Te crean dudas, miedos, te ponen a pensar. Luego lo vas superando con mentalidad, y al superarlo te das cuenta de que te ha valido para ser más fuerte, aprender y sacar cosas de ti que no conocías. Cuando sales de una cornada das un paso más hacia adelante en tu vida”, apunta, horas antes de seguir su entrenamiento previo al compromiso que este sábado afrontará en Medellín (junto a Sebastián Castella, de Francia, y el paisa Sebastián Ritter).

No obstante esa aureola de celebridad, el limeño de 1,83 metros no se aleja del pueblo. Lo confirma la actuación que concedió en Celendín (Perú) el pasado mes de agosto, en una plaza de toros de madera, recóndita, a 2.642 metros sobre el nivel del mar. Allí no cabía ni una pizca de arena entre los 15.000 aficionados que abarrotaron los tendidos.

“Estábamos a mitad de temporada en España, pero siento que Perú siempre me apoyó. Era muy importante estar de nuevo en una plaza como esas, donde se vive el toro con tanta afición. Fue muy bonito ver a tanta gente. Eso te empuja a recordar tus inicios”, confiere el matador.

Coinciden los analistas en que desde la eclosión de ‘El Juli’, torero ibérico que con su calidad y juventud causó sensación a partir de 1998, no había llegado otro que en las plazas arreara con tanta fuerza. Luego se oyen voces que a Roca le piden más hondura y pureza, conceptos que suelen reservarse para los más maduros. Pasan por alto que hace menos de un lustro todavía era menor de edad.

“Más que cambiar he ido evolucionando. Gracias a las experiencias que vas dejando atrás, evolucionas, como cualquier otra persona en otra profesión. Soy el mismo ser humano de antes, pero con más experiencia”, cierra el matador, horas antes de afrontar sus faenas en Colombia.

FELIPE MOTOA FRANCO
EL TIEMPO
@FELIPEMOTOA

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