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La quijotesca labor de un restaurador de libros

Martes 17 de enero de 2017
Bogotá

La quijotesca labor de un restaurador de libros

Carlos Ernesto Barrera ha recuperado cientos de ejemplares en 40 años de oficio.

Por:  FELIPE MOTOA FRANCO | 

La estabilización o restauración es un trabajo artesanal que combina paciencia, tacto y experiencia con los materiales.

Foto: Mauricio Moreno / EL TIEMPO

La estabilización o restauración es un trabajo artesanal que combina paciencia, tacto y experiencia con los materiales.

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El taller de restauración de la Biblioteca Nacional es un laboratorio lleno de luz blanca. Allí, Carlos Ernesto Barrera usa guantes y máscara de respiración. En la sala de limpieza debe protegerse de los hongos adheridos a los libros. Con su bata y mirada analítica, más parece un científico que un restaurador de impresos.

La campana extractora opera sobre el mesón. Tras desempacar el libro de una bolsa aislante, usa una brocha como escobilla. A un costado, la aspiradora de hidrofiltro garantiza que las esporas no se dispersen. Hoja por hoja, ejecuta una suerte de barrido, lo que constituye la primera etapa de higienización.

Cuando hay contaminación biológica por hongos o insectos, es mejor retirar el ejemplar y ponerlo en una bolsa, aislarlo de la estantería porque acaban con uno y se pasan a los otros: en algunas colecciones se ven lomos en perfecto estado, pero se abren los libros y están comidos”, cuenta el experto, que desde 1976 le hace ‘medicina’ a los ejemplares de la Biblioteca.

Tras remover la costra evidente, unta un algodón con solución limpiadora. En seguida lo desliza por la superficie de cada folio, trazando líneas rectas hasta cubrir la hoja entera. Si el ejemplar es de considerable tamaño y su papel es endeble, puede resultar un trabajo de días e incluso semanas. Requiere paciencia.

Una vez acaba el aseo, se levanta lo que en medicina vendría a ser una historia clínica, para establecer en qué estado llegó el libro y cuáles son los paliativos requeridos. De allí lo conducen al salón de fotografía para tomar el registro gráfico. Abrasión (peladuras), hojas rasgadas, sombreritos y deterioro de las tapas son algunas de las heridas con que llegan sus pacientes.

Lo curioso, expone el sanador de libros, es que a veces los más viejos son los más vitales. “La fabricación de los papeles tiene que ver. En las publicaciones de hoy se usan fibras de papel con características que aceleran el deterioro. Vemos documentos ‘jóvenes’ en mal estado, en cambio hay del siglo XIX que están en buen estado, porque sus fibras son ciento por ciento de algodón”, apunta el maese.

Artesanía

“Suelto va por los senderos el autoproclamado justiciero. Cuando a un pobre muchacho encuentra, azotado en el camino, con el pellejo herido y pidiendo auxilio, no duda don Quijote en advertir al cruel castigador”, se lee en Don Quijote de la Mancha, palabras que bien podrían definir el oficio de Carlos, quien se apiada de las dolencias que encuentra en unos y otros ‘pacientes’.

Tijeras y pinceles de múltiples grosores. Espátula de hueso, cuchillo zapatero, reglas, agujas, hilos de algodón, brochas, bisturí y palitos japoneses (aquellos para comer sushi). Cueros, telas, escarpelo, agua destilada y alcohol. Papeles japoneses, cartón y cartulina. Esos elementos, grosso modo, constituyen el arsenal para enfrentar el paso de los años en tapas, lomos, guardas, contraguardas y cantos.

Dispuestas las herramientas en un poyo, paralelo al cual hay otros cuatro en los que fungen igual número de restauradores, Carlos inicia la cirugía final, que por ser la última no significa que sea rápida. A veces, pasan meses antes de acabar la restauración de una sola documentación.

“Comienzo a desencuadernar y trabajo con las cubiertas. Mire, este tenía el lomo fragmentado, le hice uno nuevo y le sobrepuse el original. Con una fotocopia de la tapa original se genera una nueva para complementar la que esté afectada, como este pedazo que se había perdido. Según el deterioro, uno decide si se va a remplazar o se va a reconstruir toda”, explica el sanador de libros, con una miscelánea de 1865 entre sus manos.

Miscelánea se denomina a los ejemplares que reúnen pasquines, manifiestos y periódicos antiguos. Cientos de este tipo reposan bajo el techo de la Biblioteca Nacional, que debe ocuparse de mantenerlos saludables. Al final de cuentas son la memoria escrita de la Nación.

Sus maneras las pulió gracias a una beca que recibió en 1991 para estudiar conservación en la Biblioteca Nacional de Venezuela, en aquel tiempo el centro de conservación más notable de América Latina y el Caribe. Con las técnicas aprehendidas se convirtió en multiplicador y hoy ya perdió la cuenta de los talleres que ha impartido a lo largo de los años.

Desde su primera labor (recuperar láminas producidas en la expedición corográfica Agustín Codazzi, 1850-1862) han pasado millones de letras, miles de hojas y cientos de ejemplares por sus manos. En contraste, no han sido tantos los títulos que ha leído, aunque se declara lector de Mario Vargas Llosa, Milan Kundera y de best sellers como Dan Brown y Ken Follet.

“Esta labor es artesanal, no hay una gran maquinaria. Estamos volviendo a los antepasados”, comenta Carlos, quien se autodenomina serio pero cada tanto una sonrisa deja ver sus grandes dientes, contrastantes con su piel morena.

“En parte mi labor es quijotesca”, reconoce. “Y lo triste es que a veces uno se tarda meses recuperando una obra, luego se deja para servicio al público y a los tres o cuatro días regresa al taller, porque alguien no la supo manipular”.

En el 2013, Carlos pasó del taller de restauradores a gozar del buen retiro en su hogar. Como es viudo y vive con su única hija, por ratos volvía a su viejo sitio de labores a medirse el aceite con ejemplares a punto de morir. Lo hacía de forma voluntaria, con la calma que da el tiempo transcurrido. Así convertía moribundos en seres listos para volver a abrir sus páginas.

La mejor restauración es la menor intervención, esa es mi filosofía”, expone el hombre. Extrae un frasco de pintura y explica que a las tapas clásicas de un solo tono hay que buscarles la mezcla de color exacta para darles una nueva capa, sin perder la característica inicial. “Me gusta respetarle lo que más pueda al documento, para no restarle originalidad. A veces hay quien no se preocupa por eso”.

Su retiro le duró hasta que nació el proyecto de José Manuel Restrepo y la Biblioteca Nacional requirió sus oficios. Se trataba de recuperar y estabilizar la documentación manuscrita y publicada por Restrepo, quien fuera el historiador más importante durante la época de la Independencia. Desde entonces (dos años atrás) el proyecto avanza al ritmo de lo previsto y Carlos no falta a su cita diaria para frenar el paso del tiempo.

El libro nunca se acabará, así lleguen nuevos aparatos. La tecnología hay que renovarla cada año o se queda obsoleta. En cambio lo escrito hace 60 años o más años ahí está, solo es buscar y ya: lo puede leer el nieto, el bisnieto y el tataranieto”, sentencia el viejo, que se pone un ejemplar bajo el sobaco y después le abre espacio entre el reguero más ordenado de libros que usted pueda encontrar en su taller.

Proteja su colección

Si usted tiene una biblioteca en casa, evite que los años la acaben. Carlos Ernesto Barrera, restaurador de libros, explica cómo protegerla: haga limpiezas cada dos o tres meses; esta consiste en bajar los libros y limpiarles los cortes (cabeza, pie y corte opuesto al lomo) con brocha; después limpie con algodón y alcohol estas mismas partes. Al final, pase un paño blanco por las estanterías, untado de alcohol y de arriba abajo. Vuelva los libros a su lugar.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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