La lucha de los hijos de Buenaventura en Bogotá

La lucha de los hijos de Buenaventura en Bogotá

Cuatro historias de jóvenes que salieron de su tierra natal por falta de educación y empleo.

William Yacer

William Yacer llegó a Bogotá a los 16 años. Es barbero y quiere estudiar una carrera universitaria.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

20 de junio 2017 , 10:52 p.m.

Hace unas semanas se conjuró un paro cívico en Buenaventura. El Gobierno Nacional y los líderes que organizaron la protesta llegaron a acuerdos con inversiones por 1,5 billones de pesos en los próximos años y el compromiso de no darle la espalda a este puerto sobre el Pacífico colombiano.

Fueron 22 días en medio de exigencias, confrontaciones, vandalismo, y por ahí mismo el país escuchó los históricos reclamos de la población por agua, salud, trabajo, seguridad o educación de calidad en un puerto que le genera a la nación 5,4 billones de pesos anuales de recursos fiscales, según cifras oficiales.

Lo que pocos saben es que por culpa de esa amplia brecha social y económica, muchos han tenido que migrar.

Bogotá se ha convertido en uno de esos destinos que, en medio de las dificultades, les ha brindado la posibilidad de conseguir trabajo (49,9 %) y educación (12,1 %), según la la Subdirección de Etnias del Distrito.

La Unidad de Planeación Zonal (UPZ) con mayor población afro en la capital es Rincón de Suba, aunque otros llegan a zonas de alto riesgo como Bosa, San Cristóbal o Ciudad Bolívar a causa del desplazamiento y de esas condiciones sociales que los afectan.

El director de la Fundación Cimarrón, Juan de Dios Mosquera, señala que en Bogotá hay unos 40.000 bonaverenses. Popo Ayara, líder de la comunidad afro, advierte que Buenaventura no solo trae condiciones difíciles y necesidades, sino que también exporta calidad artística, deportiva, intelectual y profesional. En este sentido, precisa que el Pacífico colombiano ayuda al crecimiento, a la productividad, a la economía del centro del país y de otras regiones.

Ese es uno de los retos que está por enfrentar: entender la caracterización de los migrantes a la capital; una ciudad que, dicen, es difícil, dura, pero que también les ha abierto oportunidades laborales y de educación. He aquí cuatro de esas historias de vida de jóvenes de Buenaventura en Bogotá.

‘Quiero estudiar y ser alcalde o gobernador’

En un rincón de un centro comercial sobre la carrera 7.ª entre calles 22 y 23, en el corazón de Bogotá, este joven trabaja haciendo cortes y diseño de cabello a la comunidad afro. Es barbero. Cada peluqueada vale 12.000 pesos, pero si el cliente hace cara, lo mira con la alegría que los caracteriza y el precio cambia.

“Sí, mira... porque lo que hacemos aquí es garantizado”, dice alargando las vocales en ese tono que marca el son de sus palabras.

Llegó en febrero del 2013 escapando de la violencia, que ya le pisaba los talones. Varios de sus amigos con los que jugó fútbol en las calles polvorientas están muertos.
Hace un par de semanas los recordó aún más con el corazón en la mano tras las protestas y refriegas que se presentaron en medio del paro cívico que duró tres semanas.

El ideal es que haya educación, salud y oportunidades de buen trabajo para no salir nunca de allá

Estoy que ahorro para estudiar ingeniería de sistemas o derecho. Me gustaría más ser abogado porque muchos de mis paisanos se reúnen a hablar de temas interesantes, y eso me gusta más”, señala este muchacho con los ojos aguados.

Dice que cuando termine su carrera quiere ser alcalde o gobernador de su pueblo para sacar a Buenaventura adelante.

Lo que más extraña de su tierra es la música, la comida, sus amigos, sus hermanos, su gente. Y el clima.

El ideal es que haya educación, salud y oportunidades de buen trabajo para no salir nunca de allá”, relata mientras hace un llamado a los jóvenes para que no se dejen seducir por el dinero fácil ni tentar por una moto, unas zapatillas o la ropa de moda, sino que hagan un alto en el camino, un cambio de mentalidad radical.

Sabe que el camino que le falta por recorrer es largo y nada fácil, pero “como dicen en nuestra tierra, ‘pa’lante es pa’llá’, y pues siempre de frente”; sonríe, se limpia los ojos y regresa a su trabajo.

Una oportunidad hecha realidad

Soy nacida y criada en Buenaventura y nunca dejaré de amar a mi tierra. Actualmente vivo en Bogotá, mi ciudad adoptiva, a la cual quiero mucho por todo mi aprendizaje y crecimiento personal y laboral”.

De su llegada a la capital le impactaron, como a muchos porteños, la diversidad, la diferencia y que “es un mundo en el que si uno no se para bien, se puede caer”.

Con el apoyo de su familia en Bogotá, Maby logró superar las dificultades y hoy ocupa un cargo en una reconocida compañía de cerveza artesanal, en la calle 127 con 53A.
Cuenta que su mamá, doña Targelia Asprilla Arboleda, quien falleció hace nueve meses, la ‘empujó’ hasta la capital para que saliera adelante. “Mi mamá es mi ejemplo por seguir”, afirma mientras se aferra a su hijo, Jhoel Vargas: “Él es mi bendición, mi polo a tierra”.

Recuerda que ella le mandaba el mercado (plátano, yuca, arroz) que lograba sacar desde la finca en una vereda de Pizarro, en el Chocó, para amortiguar los gastos mientras su papá se hacía a la faena de la pesca en altamar.

Maby Asprilla

Maby Asprilla es contadora pública y trabaja en una empresa de cerveza artesanal. Fotos:

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Los recursos escasean

Ella quería estudiar medicina, pero los recursos escasearon porque su mamá era la que le pagaba la universidad.

Sobre su padre relata que él trabajó toda la vida como pesquero y en las madrugadas se embarcaba mar adentro a pescar.

“Él fue también un gran apoyo”. Ya no trabaja, dice, porque no hay pesca, no hay qué hacer, y ahora “yo soy su representante, soy su apoyo”.

Casi todos los jueves se reúne con sus amigos, no solo de Buenaventura sino de otras regiones del Pacífico colombiano, en lo que ellos llaman un ‘boro’: es una reunión coloquial o de sanación, como la llaman, para compartir, divertirse de forma sana y sin ningún tinte político o religioso. “Es para hablar de lo que vivimos, de nuestras experiencias, de nuestros sueños y de mi amado puerto”, cuenta.

No soy víctima de la pobreza ni de la violencia, ni tampoco soy rico, pero me duele lo que le pasa a mi gente

‘Sí hay racismo, sutil, en la capital’

Tras enviar un mensaje de gratitud y agradecimiento a sus paisanos que lucharon y resistieron en el paro, este abogado, magíster en intervención social, afirma que gracias a ellos, las futuras generaciones podrán tener una mejor Buenaventura. 

Llegó a estudiar derecho gracias al esfuerzo de su mamá, que trabajó en la Armada Nacional, cuenta.

No soy víctima de la pobreza ni de la violencia, ni tampoco soy rico, pero me duele lo que le pasa a mi gente”, dice.

Señala que le gusta vivir lo que Bogotá ofrece en lo cultural, académico, en el desarrollo, pero también señala que sí hay racismo, de forma sutil. “Aquí se siente que no somos aceptados, estamos lejos del acceso a empleo calificado, estereotipados... la gente del interior te quiere definir y no permite que te definas”.

Fue coordinador de varias casas de afrocolombianos y en ese ejercicio encontró cómo la migración está ligada a fenómenos, además de lo relatado en el paro, como la violencia y el desplazamiento por conflicto. Es entonces cuando la migración llega a ocupar espacios en terrenos en barrios de Ciudad Bolívar, Suba, San Cristóbal o en Soacha.

La UPZ con mayor afro es Rincón de Suba”, sostiene el experto al indicar que muchos paisanos llegan a ocupar los niveles de informalidad como la venta de alimentos del Pacífico, construcción, servicio doméstico o en una barbería.

‘Una ciudad tan buena como complicada’

Nadie imagina que esta rubia con acento porteño sea de Buenaventura. Proviene de una familia donde los recursos también escasean. Logró terminar su carrera en su tierra, de donde jamás pensó salir, pero se postuló a unas prácticas en el Ministerio de Comercio Exterior y así llegó, hace cinco años, a ubicarse en un cargo público. Su oficina está en un edificio de la calle 28 con 13A.

Lo que más me impactó fue ver tanta gente pasando en un semáforo, me daba mucho miedo salir y solo iba por donde me llevaba TransMilenio, que era lo que me hacía sentir segura”, afirma.

Y dice que Bogotá es una ciudad tan buena como complicada y que el secreto está en adaptarse al cambio: “Hay que trabajar duro para mantenerse y seguir escalando. Hay oportunidades, pero es un cambio en todo el sentido, en lo cultural, lo laboral, la comida... Lo más importante es que esta ciudad me ha dado trabajo, posibilidad de ascender, y eso ha sido fundamental”. También en lo cultural, porque a ella, como a la mayoría de su gente, le gustan el teatro, las artes, los conciertos, y “son cosas que aquí en Bogotá se pueden disfrutar a todo momento”.

Acerca del resultado del paro, Ramírez, que ama su tierra, dice: “Ahora nos va a permitir avanzar como sociedad; veo que la gente joven se involucró, y eso es importante porque somos nosotros los que vamos a tomar decisiones sobre los gobernantes”.

Sobre el color de piel, sostiene que su papá es de un pueblo de Antioquia pero que su familia decidió echar raíces en Buenaventura, de donde ya no quieren salir.

Las cifras del puerto

Como lo informó EL TIEMPO, según el informe de la Superintendencia de Puertos y Transporte, en el 2016 por el puerto de Buenaventura se transportaron 17’608.637 toneladas de carga. De otro lado, se calcula que en un día común y corriente entran y salen unos 2.600 camiones cargados desde bisutería hasta sofisticados automóviles de gama alta. Por allí mismo pasa entre el 60 y el 90 por ciento del café y el azúcar que se exportan al mundo.

HUGO PARRA
Redactor de EL TIEMPO

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