El sabor español que 'conquistó' el suroriente de Bogotá

El sabor español que 'conquistó' el suroriente de Bogotá

El español Paco Jiménez es reconocido por cocinar los platos de su país desde hace 7 años.

paellas

En el 2010 comenzó a preparar paellas en el barrio Santa Ana, localidad San Cristóbal Sur.

Foto:

Jaime Moreno / EL TIEMPO

17 de abril 2017 , 09:15 p.m.

Eh, bienvenido, pasa, pasa. ¿Cuántas paellas necesitas?
–Hola, Paco, dame cuatro para llevar, por favor.
–Sigue, siéntate y mientras las alisto te sirvo algo para calmar el paladar.
–Gracias, Paquito –apunta el cliente.

Paco Jiménez es un español que reside en Bogotá desde hace 12 años. El rebusque lo llevó a recorrer algunos negocios que al final lo conectaron con su patria.

Con unos cuadros de su tierra natal, la provincia de Alicante (España), y el escudo del equipo de fútbol Barcelona, al que admira desde su adolescencia por la forma en que juega, Paco Jiménez recibe a los clientes cada domingo para degustar una paella con sazón española.

Jiménez, quien ha cocinado para varios extranjeros y durante el 2015 también lo hizo para miembros del búnker de la Fiscalía, llegó a Bogotá hace 12 años, no por la crisis económica que vivió su país sino por amor a Sonia Ladino, una bogotana que conoció en España y que en ese entonces viajaba por estudios. Con ella estableció una relación y emprendió su camino a la capital colombiana.

Hoy, Paco tiene 51 años y se siente un poco rolo. El cocinero recuerda que llegó en febrero del 2005 y para esa época montó una papelería en Chapinero junto con su esposa. “Me cansé de trabajar allí. No tenía mucho tiempo para otras actividades; además, no generaba buenas ganancias para cubrir los gastos de mi familia”, indicó.

Cuenta que por eso decidió cerrar la papelería y trasladarse con su esposa y sus dos hijas, Selva y Aitana, hacia el suroriente, barrio Santa Ana, en la localidad de San Cristóbal.

Allí montó su pequeño restaurante, en donde caben cerca de diez personas, con una pancarta que decía ‘Paella’. Desde ese entonces, el lugar se conoció por el acento español de su cocinero y la divulgación de algunos de sus familiares.

“Como me había dedicado en España a la hostelería, de vez en cuando hacía recetas con algunos amigos y familiares. Ahí fue cuando, a mediados del 2010, comencé mi proyecto culinario”, menciona Paco, mientras le entrega una cerveza a su amigo Salva, un español proveniente de Sevilla a quien conoció a través de redes sociales.

Su casa es acogedora, cálida. En su antejardín enlosado tiene cinco sillas de tronco y dos mesas de madera cerca de la estufa de gas, donde se detalla la preparación de los platos, entre los que se encuentran calamares blancos, camarones, mejillones y langostinos, entre otros ingredientes.

“Recuerdo que el único problema que venía a mi cabeza era la aprobación del dueño de la casa donde vivimos actualmente. Tenía todo el material para comenzar un domingo de febrero, pero no le había consultado al propietario si había molestia por ello. Mi esposa, sin avisar, se acercó a su puerta y sin pensarlo les manifestó mi idea, por la que no recibió objeción. Fue así como instalé un tejado para que el aroma de mi sazón no causara malestar al segundo piso, donde resido”, comenta Paco con una sonrisa en el rostro.

Desde entonces su trabajo ha sido reconocido con los colores de la bandera española bajo el nombre de Paellas Paco, que ha venido presentando a Bogotá los domingos, de una a seis de la tarde, un sabor único por un precio accesible. Ya lo solicitan para eventos especiales dentro y fuera de la ciudad.

–Hija, hazme un favor.
–Dime, papá.
–Ve a la tienda del tío este y tráeme la gaseosa más grande; toma, coge de ahí y de paso te compras algo.
–Oye, papá, ¿la gaseosa es para la pareja que está afuera? Porque si es así, mejor traigo una más pequeña.
–¡Hostia!, si te lo pido así es por si desean algo más.
Ese es el secreto de Paco: la disposición y el servicio frente a sus comensales.

Además, le gusta ayudar a personas que pasan por su vida, como Edwin, un joven que dice que él le dio buena espina y le abrió las puertas de su local, pasó por dificultades económicas por un tiempo y durante este le colaboró entregando pedidos en la zona.

De su país ama muchas cosas, pero solo iría de visita. Pues como lo entona, su media vida está en Colombia, sus amistades, familia y trabajo ahora tienen un sentido, raíces y reconocimiento en Bogotá.

Al finalizar el día quedan sonrisas, ollas vacías y barrigas contentas, ya que el sabor que se degusta deja a varios con las ganas de volver.

* Escríbanos a edwric@eltiempo.com

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