El drama de dos padres que han esperado 12 años por hijo secuestrado

El drama de dos padres que han esperado 12 años por hijo secuestrado

Juan Camilo Mora fue secuestrado el 19 de enero del 2006 en el barrio Santa Cecilia, de Bogotá.

Rafael y Myriam

Rafael y Myriam sostienen la foto de su hijo menor, que está ubicada en el corredor de su casa.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO.

01 de junio 2018 , 07:49 p.m.

Seis años antes de que lo secuestraran compró un viejo Mazda 323 modelo 85 de color negro, en el que conducía desde la universidad a casa por una ruta distinta todos los días con tal de hacer reír a su papá, el profesor de economía bogotano Rafael Mora.

Corría el año 2000. Juan Camilo Mora estudiaba Administración de Empresas en la Universidad San Martín, donde su papá dictaba clases. El carro, recuerda Rafael, tenía problemas en las puertas, se veía viejo pero nunca se quedó varado y el radio le funcionaba bien.

Era un chiste que se repetía todos los días. Un juego entre ambos. Rafael le preguntaba: “Hijo, ¿por qué siempre coges una ruta diferente?”, y Juan Camilo, al mando del viejo y desbaratado Mazda 323, le respondía: “por seguridad, papá. Hay que cambiar la ruta porque uno nunca sabe lo que pueda pasar”.

Rafael lo cuenta y ríe hasta las lágrimas, como lo hacía cuando volvía con su hijo a casa y sostenían la misma conversación noche tras noche. Los buenos recuerdos alivian las peores ausencias. Para Rafael son su mayor defensa ante el drama de que le hayan arrancado a un hijo del seno de su familia; un abrigo ante la maldad.

Ya han pasado 18 años desde que Juan Camilo apareció con el viejo Mazda 323 que le describía como “una cosa espectacular” cuando lo adquirió con sus primeros ahorros, y 12 años esperando saber qué pasó con él desde que dos hombres lo secuestraron en el barrio Santa Cecilia de Bogotá.

Es el mediodía de un sábado. Rafael está sentado en un sillón en medio de la sala del apartamento de la familia, en el barrio Hayuelos. Por las ventanas se ve un centro comercial y el sol se derrama sobre los cerros del occidente de Bogotá. En el corredor hay un portarretrato de color marrón con la foto de un sonriente Juan Camilo.

El día de la foto tenía puesta una camisa blanca de finas rayas oscuras. Se la tomaron en una Navidad. Myriam Torres, la mamá, acomoda las compras de un mercado en la cocina mientras Rafael abraza una camisa del equipo de fútbol amado por los hombres de la familia, el Santa Fe, que le regaló su hijo.

“Hoy en día, cuando pienso en él, estos recuerdos son los que le permiten a uno como sobrevivir”, dice el papá. Myriam se sienta a su lado.

Rafael es pastor de una pequeña iglesia evangélica en el norte de la ciudad y enseña Economía en dos universidades, La Salle y el Colegio Mayor de Cundinamarca. Ha sido profesor desde siempre. Myriam trabaja en una agencia de seguros desde hace 22 años, el mismo tiempo que lleva laborando en un banco el hijo mayor de ambos, Nicolás, quien tiene 43 años.

El hijo menor se dedicaba a la compra y venta de carros y solía ponerle apodos al resto de la familia cada vez que podía.

A Rafael, a quien le gusta escribir a mano para luego transcribirlo en el computador y por eso tiene una amplia colección de bolígrafos, le decía “don esferito”, a Myriam, por lo blanca y lo rubia, “cabeza de sol”, y a Nicolás nunca le perdonó, chiste tras chiste, su calvicie prematura.

Antes del secuestro una de las pocas cosas que hacía sufrir a esta familia eran las recurrentes derrotas del Santa Fe de aquel entonces. Rafael iba al Campín con Nicolás y Juan Camilo desde que eran niños cada vez que el equipo jugaba de local.

Iban con todo, dice Myriam: camisetas, banderas, gorros y pitos. “Nosotros fuimos de esos hinchas que a pesar de que Santa Fe iba tan mal siempre, nunca dejamos de estar con el equipo en el estadio ondeando la bandera”, añade el papá.

Santa Fe

Rafael sostiene una camisa del equipo de fútbol amado por los hombres de la familia, el Santa Fe, que le regaló su hijo.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO.

La mamá también recuerda que, de grande, Juan Camilo solía ir a su oficina en el norte de Bogotá –siempre sin avisar–, para decirle “hoy vamos a almorzar los dos”, o a invitarla a tomar un café en Crepes & Waffles.

“Un día me pidió que lo acompañara a una cita odontológica, cerca de mi oficina. Le iban a poner los brakets. Cuando llegué al consultorio encontré juguetes, balones, carritos y cosas de niños en toda la sala. Y le pregunté: ¿por qué acá, Juan?, y él me respondió que el mismo odontólogo que veía a su hija lo atendía a él. Era un doctor de niños. Como que los juguetes lo hacían sentir más tranquilo. Me dio mucha risa porque yo no podía entender cómo un hombre ya casado y con una hija podía visitar un consultorio así”.

Los dos coinciden en que el mejor recuerdo que tienen de Juan Camilo fue el día en que se casó. Los tres se reunieron, en la sala del apartamento de Hayuelos, y oraron por la aventura familiar que estaba por consolidar. “Le dijimos que un matrimonio no es para preguntarse hasta cuándo puede uno vivir con esa persona, sino porque sabe que sin ella no podría vivir”, recuerda la mamá.

Rafael y Myriam, que llevan 43 años casados, hicieron de su familia una fortaleza que se levantó alrededor de las pequeñas rutinas. Y solo se ha visto amenazada con venirse abajo cuando les arrancaron a su hijo menor.

A su hijo no lo van a encontrar acá, porque acá cuando matan a alguien lo dejan ahí tirado, a un lado de la vía. A su hijo se lo llevaron

El secuestro

Ocurrió el jueves 19 de enero del 2006. Juan Camilo, quien en ese entonces tenía 25 años, vivía en Chía con su esposa y su hija. Ese día madrugó y llegó temprano al apartamento de sus papás en Hayuelos, como casi todos los días, para hacer diligencias en Bogotá. Mientras esperaba que pasara el pico y placa leyó EL TIEMPO y tomó un tinto.

“El piloto Juan Pablo Montoya no sabe para qué equipo de la Fórmula 1 correrá en la temporada 2007”; “Según datos de Planeación Nacional en el 2005 dejaron de ser pobres 1’205.000 colombianos”; “Aún nadie da razón en Casa de Nariño sobre las pruebas que llevaron a señalar a Rafael Pardo como conspirador contra Uribe”; decían algunas noticias de la primera página de ese día.

Mientras leía recibió una llamada. Le dijo a una mujer al otro lado del teléfono que no podía radicar los papeles del traspaso de un vehículo porque había problemas con una firma y una huella y que iría a devolvérselos. Salió de casa y le avisó a la señora que ayudaba a Rafael y Myriam con las labores domésticas que regresaría justo al mediodía, para almorzar con su papá.

Myriam temía ese día que algo iba mal. Fue a cumplir una cita a Galerías pero “sentía en el corazón que algo había pasado”. Y Rafael, extrañado de que no cumpliera con la cita que tenían para almorzar en casa, llamó a Juan Camilo al celular sin encontrar respuesta. Entonces le dejó varias veces el mismo mensaje: “comuníquese que estamos asustados”.

A las 6:00 p.m. ambos llegaron hasta una sede de la Policía a decir que su hijo no aparecía, a dar la placa del carro. Les respondieron que debían esperar 72 horas. La peor noche apenas se iniciaba.

Rafael y Myriam recorrieron y llamaron a todos los hospitales de la ciudad en la más fría de las noches bogotanas que recuerdan. Nadie les dio razón de Juan Camilo. La Policía los llamó al día siguiente, a las 11:00 a.m., para decirles que el carro que manejaba su hijo en ese entonces, un Renault Twingo con el que había reemplazado el viejo Mazda de sus años de estudiante, apareció abandonado en el kilómetro 11 de la vía que conduce de Bogotá al municipio de Choachí.

Los papás, sin embargo, encontraron el carro en una estación de Policía que está ubicada varios kilómetros antes de ese punto. Los policías les dijeron que lo habían encontrado con las puertas abiertas, las llaves y las luces encendidas y lo trajeron de regreso. Myriam no entendía. ¿No se suponía que debían tomar huellas, investigar minuciosamente cualquier rastro sospechoso?, ¿no llegarían expertos a buscar pistas en el carro?, se preguntaba, pero no pasó nada.

Los uniformados le dieron las llaves para que regresara a casa. “¡Cómo voy a manejar un carro que es la evidencia de un delito, por Dios santísimo!, ¿las huellas?”, les reclamó ella. “¿Pero qué huellas si ya lo hemos manejado acá?”, fue lo que le respondieron, dice Myriam.

Myriam Torres

Myriam recuerda el momento en que habló con los policías

La madre no comprendía que no se le practicaran pruebas al vehículo.

Dos hombres de la zona, vestidos con ruana y machetes y botas de caucho, alcanzaron a decirle lo impensable: “a su hijo no lo van a encontrar acá, porque acá cuando matan a alguien lo dejan ahí tirado, a un lado de la vía. A su hijo se lo llevaron”.

“Yo me subí a ese carro y sentí que la vida se me iba”, recuerda la mamá.

El sábado 21 de enero Rafael viajó a Chía para estar junto a su nuera y decirle todo lo que pudiera a los investigadores del DAS que intentaban hallar una respuesta a la desaparición de Juan Camilo. Y Myriam subió de nuevo por la solitaria y estrecha vía a Choachí, que se abre paso entre pinos, montañas y niebla, hasta el punto donde apareció abandonado el carro.

La acompañaban hombres del Ejército y sus amigos de la iglesia. Recorrieron las montañas todo el día. Los militares iban con las armas desenfundadas. Se abrieron paso por el monte, marcharon y gritaron el nombre de Juan Camilo en medio de todos los caminos rurales posibles que encontraron hasta que el día les dio la espalda y tuvieron que volver.

En esos días, dice Rafael, las autoridades les dijeron que el responsable del secuestro era el Frente 51 de las Farc, que por ahí operaba. En esta región las Farc habían secuestrado, seis años antes, al reconocido empresario de medios Guillermo ‘la chiva’ Cortés cuando salía de su finca en Choachí.

El lunes lograron localizar, en el sector de Álamos, la oficina de la mujer con la que Juan Camilo se encontraría para ajustar el papeleo de un vehículo. Ella misma los llevó hasta el parqueadero de un conjunto residencial en el barrio Santa Cecilia, el lugar donde el horror tomó las riendas. “Yo sé que le pasó a Juan Camilo”, les dijo. “De aquí fue que se lo llevaron, pero yo no estaba”, añadió. Luego admitió que sí había visto, pero de lejos, cuando lo secuestraron.

Rafael y Myriam

Rafael habla de la búsqueda de la mujer de la cita

El encuentro ocurrió cuatro días después del secuestro.

Fueron dos hombres. Cuando Juan Camilo llegó al parqueadero lo interceptaron. Uno lo hizo subir al vehículo de ellos y el otro tomó el Twingo. Rafael, quien conoce Bogotá como a sus manos y se ha imaginado lo que vino después por años cree que tuvieron que salir de Santa Cecilia rumbo a la Calle 26, estrellarse con la Avenida Circunvalar y desde ahí buscar la salida hacia Choachí. El resto es un misterio.

Somos ciudadanos tan importantes como cualquier otra familia colombiana y de verdad que nos han olvidado. Queremos una respuesta

Esperando respuestas

Las investigaciones nunca avanzaron como lo esperaban los padres. Lo último que supo Rafael, en el 2013, es que la mujer con quien se iba a encontrar su hijo en el barrio Santa Cecilia fue detenida en Medellín señalada de ser colaboradora de las Farc y de tener relaciones con bandas criminales, pero nunca reconoció tener responsabilidad en el secuestro de Juan Camilo.

“La última vez que hablamos con el investigador dijo no saber si ella ya está libre, o le dieron casa por cárcel”, recuerda Rafael. Y un documento de la Fiscalía, añade, dice que su hijo aparece en los registros oficiales como víctima de desaparición forzada.

Hoy, en este mayo del 2018, ya pasaron los días en que la ausencia de Juan Camilo no lo dejaba pensar, en que le hacía olvidar las horas en que debía comer. Ya pasaron las noches cuando Myriam dormía abrazando el saco que su hijo dejó en su casa la última mañana en que estuvo ahí, mientras Rafael lo escuchaba en sus sueños pidiéndole ayuda. Ya pasaron los días en que ambos le preguntaban a Dios, en sus oraciones, ¿qué había pasado?, ¿por qué había permitido que tal tragedia ocurriera?.

Es un dolor tan grande, dice Myriam, que no lo pueden describir.

Ya fueron a todas las marchas que hubo para reclamar la libertad de todos los secuestrados, para pedir la verdad sobre todos los desaparecidos. Ya estuvieron hasta en la última emisión de las Voces del Secuestro, de Caracol Radio, en febrero pasado, leyendo mensajes para su hijo. Y siguen, semana tras semana, hablando en otros programas esperando que Juan Camilo los escuche en algún rincón de Colombia como lo hicieron tantos otros secuestrados que luego volvieron a la libertad.

Hoy siguen aferrados a su fe. Van dos horas desde que empezaron a contar de Juan Camilo y de su ausencia. Rafael toma la mano de su esposa y ella se refiere a la última puerta que se abrió y que los hizo esperanzarse en saber del paradero de su hijo menor: el proceso de paz.

“Nosotros estamos de acuerdo con la paz”, dice la mamá. “Y es necesaria para este país, pero queremos una paz con verdad, y que nos digan dónde está nuestro hijo y todas las personas que están haciendo falta en cada hogar. Somos ciudadanos tan importantes como cualquier otra familia colombiana y de verdad que nos han olvidado. Queremos una respuesta. Queremos sanar este dolor que hay en el corazón. Que sea la noticia que sea: que ha fallecido o que está vivo, pero queremos esa noticia. Juan Camilo es una persona”.

Hoy siguen aguardando por el regreso de su hijo menor. Esperando a que la verdad, de una vez por todas, toque a la puerta.

Farc asegura que responderá por estos casos ante la JEP

En los últimos años la familia de Juan Camilo Mora ha escrito en repetidas ocasiones a la Farc sin encontrar respuesta. EL TIEMPO también consultó a esa exguerrilla, hoy convertida en partido político, a través de su oficina de prensa, por el paradero de Juan Camilo Mora.

Una fuente de esa colectividad le aseguró a un periodista de este diario a finales de abril que la consulta sería elevada a los líderes de la Farc, pero no hubo una respuesta posterior. La misma fuente de prensa indicó, sin embargo, que “la Farc ha declarado que la verdad sobre estos casos será contada exclusivamente en la Jurisdicción Especial de Paz (JEP)”.

ALBERTO MARIO SUÁREZ D.
Jefe de redacción ELTIEMPO.COM
Twitter: @albertomario57

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