Las cicatrices del Bogotazo en la obra de Miguel Torres

Las cicatrices del Bogotazo en la obra de Miguel Torres

Con 'La invención del pasado', el escritor y dramaturgo cierra su saga sobre el 9 de abril.

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Los estragos del 9 de abril quedaron plasmados en las fotografías de Sady González, fallecido en 1979.

Foto:

Archivo particular / Sady González

07 de diciembre 2016 , 10:24 p.m.

Bogotá es una ciudad que llora. Sus construcciones están en ruinas y de sus escombros se escurren lamentos fantasmagóricos, reflejos de todas esas almas que han desaparecido sin rastro en revueltas históricas y en cruentas redadas oficiales. Es una ciudad que no se ha podido reponer a la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, que sigue suspendida en el tiempo. A pesar de que pasan las décadas, el coletazo de ese 9 de abril de 1948 parece haberla dejada inmóvil, incapaz de curar sus heridas.

Es una Bogotá imaginada por el escritor y dramaturgo bogotano Miguel Torres, que cierra su trilogía sobre el Bogotazo con La invención del pasado, su novela más compleja, arriesgada y extensa, que se acaba de lanzar.

“Es una novela que no se puede contar –comenta Torres–, las novelas por lo general son muy difíciles de contar, pero esta va desarrollándose en el tiempo por acontecimientos, al fin y al cabo es la vida íntima de una familia, que vive en Bogotá en la segunda parte del siglo 20”.

Esa familia son los Barbusse, que viven en una hermosa casa iluminada y llena de preciosas plantas y frutales, en el barrio La Candelaria. El 9 de abril marcó sus vidas de tragedia y de fortuna.

El esposo de Ana, Francisco, desapareció durante el día de la muerte de Gaitán y a pesar de que la ciudad aún estaba repleta de hordas armadas con machetes y palos, ella decidió salir a buscarlo. No lo pudo encontrar, pero sí rescato a un pequeño niño de 4 años que estaba abandonado en las calles del centro de la ciudad. Ana nunca pudo dar con el paradero de los padres del niño, así que decidió tomarlo como su hijo y lo llamó Henry.

Él es quien empieza a contar en primera persona la historia, relata la obsesión febril que llegó a tener con su hermosa madre adoptiva y también las aventuras de niños en las que se embarcaba junto a Martina y Juan Pablo, los otros personajes centrales de la novela. Con ellos, en sus días de infancia salía a recorrer las ruinas de la plaza de Bolívar jugando a las escondas.

La vida de esa familia es la columna vertebral de un relato que también está atravesado por episodios de la turbulenta historia colombiana: la violencia entre liberales y conservadores, el Frente Nacional, el nacimiento de las Farc, el exterminio de la Unión Patriótica...

“La novela no narra unos acontecimientos alejados de los personajes, sino que los personajes los sufren –afirma Torres–. La familia intenta por todos los medios ser feliz pero no puede porque esos acontecimientos los van tocando”.

Con una prosa demoledora y una prolífica descripción, Torres logra ubicar al lector en esos lejanos tiempos, lo adentra en las intimidades de los habitantes de La Candelaria y del centro de Bogotá, donde se concentra la mayoría del relato. Pero no es una construcción cuadro a cuadro de lo que fueron exactamente esos años, sino un trabajo de memoria impulsado por la imaginación.

“La investigación que hice para las dos primeras novelas fue bien agobiante y extensa, esta tercera un poco la viví a partir de los años 60. Fue más que todo un trabajo de memoria, pero con la ayuda de la imaginación para inventar ese pasado que realmente está por allá, del que no nos han quedado sino lágrimas, sudor y sangre”.

Es por eso, enfatiza el escritor, que el escenario en el que sucede la novela siempre es el mismo, Bogotá nunca cambia, no evoluciona, suceden cosas tan anacrónicas como que los tranvías aún recorren la carrera séptima en plena década de 1980.

“Hay entidades que permanecen, el Servicio de Inteligencia Colombiano que creó Rojas Pinilla sigue existiendo siempre; la ciudad llega hasta la avenida Chile, prácticamente hasta El Nogal”.

Los personajes viven en un ambiente lleno de brumas y además sufren la violenta represión de las fuerzas públicas, responsables de la desaparición de la mayoría de los personajes, como los padres de Juan Pablo y Martina, que murieron apuñalados días después de enfrentarse a la Policía en un violento desalojo en los cerros orientales.
Son tiempos en los que protestar se trata como un delito y en los que poner carteles contra el gobierno se castiga con la desaparición instantánea.

“El narrador le concede una importancia especial a la época del estatuto de seguridad de Turbay Ayala, a la persecución política, a la represión, a la tortura, a la detención de estudiantes, de líderes sindicales, de defensores de derechos humanos...”.

Gaitán

Con su tono reflexivo y preciso, Torres recuerda que empezó toda esta saga sobre el 9 de abril como una manera de saldar una especie de deuda personal con el político liberal. Su familia era gaitanista y en su infancia los niños de su barrio estaban convencidos de que Gaitán todavía estaba vivo.

“Esa presencia viva de Gaitán se ha ido desvaneciendo con el tiempo –añade el autor–... Un poco lo que se hace aquí es tratar de recobrar esa memoria, su pensamiento”.

Curiosamente, ninguna de las novelas de la trilogía se centra específicamente en la personalidad o en la biografía de este personaje histórico. El crimen de abril ubicó su foco en el supuesto asesino de Gaitán, Juan Roa Sierra. La historia finaliza justo en el momento del magnicidio.

“La novela es la exploración del crimen, de las posibles causas del asesinato, de los posibles responsables, de las posibles conspiraciones, de la intervención de potencias internacionales y de la figura de Roa Sierra girando como una marioneta para un lado y otro en esa marejada de circunstancias. Al final, el novelista deja muy ambiguo si es o no es el culpable”.

En el incendio de abril, Torres decidió darle voz a una variedad de personajes que estaban en Bogotá en ese 9 de abril. Es una novela que se desarrolla en un lapso de 18 horas y se basa en los testimonios de taxistas, curas, linotipistas, incluso mujeres celosas. De esta manera, el escritor logra adentrarse en todos los dramas humanos que se desprendieron de ese sangriento día.

La segunda parte de esa novela tenía como protagonista a una hermosa mujer que sale a buscar a su pareja en las ruinas. Ella era Ana Barbusse, quien se prolonga como protagonista de La invención del pasado y también aparece como personaje central del prólogo y el epílogo de esta novela, ambos escritos por Torres.

En estas dos secciones, el autor relata que poco tiempo después de lanzar El crimen del siglo conoció a una hermosa mujer vestida de negro, cuya edad le costaba calcular. Ella le fue compartiendo los detalles secretos de su vida y además le entregó un manuscrito que se convertiría en la base de La invención del pasado.

Pero ¿es real esa Ana del prólogo y el epílogo? Así como el final de El crimen del siglo, Torres deja abierta la respuesta, enfatizando en que es más que todo un ejercicio literario, unas peripecias que le dan un juego distinto a la novela.

“Lo que pasa es que en Colombia el pasado está oculto, ha sido negado y uno como escritor no tiene más remedio que inventarse el pasado para contarlo a través de la ficción literaria. Entonces es una gran ficción que tiene referencia en sucesos reales que no se mencionan sino que suceden”.

Esa ambigüedad también impregna la historia de Ana en la novela. Ella se la pasó años buscando a Francisco y le llegó a confesar a Henry que en vez de encontrarlo en carne y hueso se topaba de tanto en tanto con un fantasma que se le escurría cada vez que lo veía en las calles o en su estudio. Henry quedó siempre con la duda de si aquel fantasma era real o una simple proyección de la desesperación de su madre.

“A ella la maneja mucho la ambigüedad, nunca se define. Uno nunca sabe muy bien si hay un fantasma, pero al final hay una cosa muy reveladora”, adelanta el autor.

Además de Henry, en la novela aparecen otros narradores, como uno omnisciente que cuenta los detalles secretos de los personajes: no solo está el fantasma que supuestamente ve Ana, sino el deseo infantil de Henry por su madre, la manera en cómo Martina busca al asesino de sus padres y las historias que Juan Pablo consigna en sus cuadernos inexpugnables.

“Ese narrador omnisciente, entre muchas cosas, se justifica porque cada personaje tiene una vida oculta, era muy complicado que un narrador en primera persona contara lo que les pasaba”, añade Torres.

El siemprevivo

Además de su trayectoria como escritor, Torres es un destacado dramaturgo reconocido por piezas como La siempreviva, una de las obras más importantes del teatro colombiano, en la que contaba el drama de los familiares de una de las desaparecidas en el holocausto del Palacio de Justicia.

En La invención del pasado hay un capítulo llamado ‘La siempreviva’. Solo el título es un detalle emotivo teniendo en cuenta la obra del autor, pero el capítulo no evoca aquella clásica pieza teatral sino que describe la partida de ajedrez que lleva el mismo nombre y fue ejecutada por el alemán Adolf Anderssen. Juan Pablo, un consumado ajedrecista, es quien recuerda esa anécdota.

“Ahí hay ciertas jugadas muy íntimas mías con mis lectores y la gente que conoce mi obra, si titulo un capítulo ‘La siempreviva’ seguramente van a pensar que voy a hablar de la obra teatro, pero no”, dice Torres.

Ese juego también aparece con la presencia en la nueva novela de la hija de Juan Roa Sierra, Magdalena, quien está dispuesta a demostrar que su padre no fue el asesino de Gaitán. Magdalena se reúne varias veces con Martina con el objetivo de empezar el proyecto de un libro.

“Hay un diálogo muy teatral, aquí aparece esa dramaturgia que yo manejo. Son una serie de entrevistas para que Martina emprenda la escritura de ese libro que Magdalena no puede escribir”, agrega Torres.

Puede que haya esas conexiones, esos guiños entre sus novelas, pero Torres enfatiza en que La invención del pasado no tiene que ser leída como una continuidad de sus anteriores libros. “La novela es absolutamente independiente, hay una ilación pero está resuelta en el mismo contenido, su trazado narrativo es muy distinto a las otras dos”.Lo ciertos es que con estas tres obras Torres logra plasmar cómo Colombia fue abriendo cada vez más sus grietas desde ese día en que murió Gaitán. Es por eso que el escritor no llamaría esta saga ‘La trilogía del 9 de abril’, sino ‘La trilogía del fracaso’.

YHONATAN LOAIZA GRISALES
En Twitter: @YhoLoaiza
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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