La odisea de mantener limpias las estaciones de TransMilenio

La odisea de mantener limpias las estaciones de TransMilenio

Aseadoras deben lidiar con chicles pegados al suelo, materia fecal y hasta malos tratos de usuarios.

Limpieza de las estaciones de TransMilenio

Adriana, a medianoche, limpiando la estación de la calle 45 en la troncal Caracas.

Foto:

TransMilenio Néstor Gómez. El Tiempo

10 de junio 2018 , 10:00 p.m.

A las nueve de la noche en la estación de la calle 45 de la troncal Caracas de TransMilenio, Adriana Isabel Canastero, auxiliar de aseo, se pone sus guantes, botas, tapabocas, y guarda una espátula en los zapatos para empezar a quitar los chicles que las personas durante el día botan dentro de la estación. “La mayoría arroja papeles, se orinan, y por si fuera poco son agresivos con nosotros si les decimos que no hagan sus necesidades dentro del sistema”, relata.

Adriana recuerda que en una ocasión una señora de porte elegante, con tacones y bien maquillada, descaradamente se bajó los pantalones, confundió su baño con una plataforma de abordaje del Portal Tunal y defecó, los usuarios que aún se movilizaban por allí e iban de afán pisaron las heces contaminando toda la estación.

“Cada que hay un episodio de estos nosotros debemos redoblar esfuerzos porque en nuestro horario de nueve de la noche a cinco de la mañana debemos lavar por completo la estación y el tiempo apenas alcanza. Cuando las personas hacen esas cochinadas nos ponen más trabajo e igual debemos dejar todo impecable”, comenta.

La parte más complicada de mi trabajo es dejar a mis hijas al cuidado de otra persona en la noche que es tan insegura

Adriana vive en la capital desde hace 16 años, es de Sincé, Sucre, ama su trabajo porque ha sido el sustento de sus hijas y su madre. “Yo trabajo en las noches para ganar un poco más del salario mínimo y poderle mandar dinero a mi mamá”, cuenta. Pero sus horarios la alejan de sus niñas de 5 y 12 años.

“La parte más complicada de mi labor es dejar a mis hijas al cuidado de otra persona”, expresa. “Me gusta mi trabajo porque he salido adelante gracias a él, pero la gente tiene que ponerse la mano en el corazón, cuidar su ciudad. Se quejan todos los días de transporte y yo me pregunto: ¿qué hacen para cuidarlo?”, cuestiona.

Por ejemplo, cuando pintan grafitis, los trabajadores como Adriana inician una carrera contra el tiempo porque dentro del horario deben limpiar las fechorías de la gente, dejando todo sin un solo papel en el piso ni una huella en los vidrios.
“Limpiar un grafiti es muy desgastante, pese a que usamos material industrial debemos restregar hasta 5 veces el vidrio, terminamos muy cansados”, relata.

Los chicles resultan ser el sufrimiento de Adriana, “unos 500 de estos debemos despegar todas las noches, uno termina con un fortísimo dolor de espalda, en ocasiones cuesta ponerse de pie. Por más amor que le tenga a mi trabajo, es triste pensar que la gente que seguramente tiene mejores empleos sea capaz de ser tan cochina”, dice.

Limpieza de las estaciones de TransMilenio

Grafiti en una de las estaciones de TransMilenio. 

Foto:

TransMilenio

“Los operarios de aseo se desmotivan cada que lavan una estación de TransMilenio y cuando creen haber finalizado, voltean a ver para sentir la satisfacción de que ya acabaron y se encuentran con que nuevamente está sucio como si no hubiese pasado una escoba por allí”, relata Wílmer Santamaría, uno de los encargados del personal de limpieza.

Incluso algunos usuarios se molestan cuando ven a las personas del aseo hacer su labor. “Una vez yo estaba empezando a hacer el aseo, y una mujer empezó a pelearme, me cuestionaba que por qué yo estaba limpiando a las 10 de la noche, yo no le contesté nada y me pegó con la chaqueta en la cara”, recuerda Adriana.

Ella quisiera expresar todo lo que siente, “la gente escupe en las paredes, es muy triste como ciudadana tener que ver esas babas escurridas por la pared, eso es no querer a Bogotá, ni tampoco tener un poquito de cultura ciudadana”, afirma.

Cuando ellos ven alguna acción de estas, optan por callar. “Por temor a que nos agredan no les decimos nada a los usuarios así sea injusto lo que ellos hacen”, comenta resignada.

La gente cree que el daño se lo hacen al alcalde o a las autoridades, pero ellos no son los que van a limpiar el desastre.

Luego de la exhaustiva jornada laboral se dirige a su casa para ver a sus hijas, hacerles el desayuno y llevarlas al colegio, el agotamiento la agobia, se siente cansada pero una madre cabeza de familia no puede parar, sus hijas dependen de ella. “Yo llego a la casa a las 6; mi hija Isabella, la mayor, por lo general está lista para llevarla al colegio, y con la pequeñita, Luisana, dormimos otro rato, me suele pasar que me quedo dormida y cuando me despierto son las 10 de la mañana, me toca correr para que llegué al jardín a tiempo.

Pero ese cansancio con el que llega Adriana a su casa, en parte es el resultado de la cochinada de los usuarios: de botar papeles o chicles, orinar, defecar, escupir. Ella y sus compañeros no tendrían una jornada tan pesada como hasta ahora les ha tocado, podrían disfrutar más tiempo con su familia, y en el caso de Adriana, llevaría a Luisana al jardín sin retrasos.

“La gente cree que el daño se lo hacen al alcalde o a las autoridades, pero ellos no son los que van a limpiar el desastre, somos nosotros, el personal de aseo, es nuestro trabajo y no tenemos problema en levantar un papel que se cae por accidente o barrer el polvo que se acumula, pero la gente ensucia aposta y es lo que duele”, concluye Adriana cabizbaja.

LUISA SÁNCHEZ
​Especial para EL TIEMPO
En Twitter: ​@lusanchez1240

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