Los vendedores que pasan de trabajar en la calle a un empleo fijo

Los vendedores que pasan de trabajar en la calle a un empleo fijo

Ipes y Comfacundi firmaron una alianza para mejorar la oferta laboral para estos vendedores.

Ipes

Ceremonia de graduación en la que Rocío Cárdenas, vendedora informal durante 10 años, obtiene sus certificaciones ser vigilante.

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Cortesía Ipes

17 de octubre 2017 , 11:00 p.m.

Desde el 2016, el Instituto para la Economía Social (Ipes) implementó el programa de formación a vendedores ambulantes, iniciativa que busca hacer acompañamiento y formación para mejorar la calidad de vida de estos ciudadanos.

Los beneficiarios se capacitan en cinco programas específicos: jardinería, vigilancia (incluidos medios tecnología), arte floral, arte culinaria y reparación de edificios. Estos cursos se extienden entre uno y cuatro meses, dependiendo de la especialidad, y los vinculados tienen entre 18 y 47 años.

De igual forma, se gestiona la vinculación a un empleo formal. En el caso de las empresas de vigilancia, son más de 60 las que se vincularon al proyecto, que suma 191 personas formadas y 71 de estas ya fueron contratadas como vigilantes. Al finalizar este año se espera alcanzar la meta de 700 formados.

De acuerdo con Esperanza Sáchica, subdirectora de Formación y Empleabilidad del Ipes, del total de personas inscritas en el programa el índice de deserción es del 3 por ciento, y se hace un seguimiento desde el registro para identificar cuáles son las necesidades de los empleadores y así poder conectarlos con la mano de obra.

Según la entidad, se ha caracterizado a unos 52.000 vendedores ambulantes, en las localidades de Santa Fe, Teusaquillo, La Candelaria y Chapinero, sectores con mayor presencia de informales.

El pasado 12 de octubre se firmó la alianza entre el Ipes y la Caja de Compensación Familiar de Cundinamarca (Comfacundi) para fortalecer la oferta laboral a los vendedores que se encuentran en proceso de formación en vigilancia. A su vez, se presentó el pacto de empleo con la empresa de Vigilancia Naser, para generar un mayor número de vacantes. Este miércoles se graduarán 42 exvendedores como vigilantes.

Toda la iniciativa hace parte de la política de recuperación del espacio público que lidera la actual administración distrital.

EL TIEMPO conoció las historias de tres beneficiados con los programas de formación. A continuación, sus experiencias.

Rocío cuida las plazas de mercado del sur

Rocío Cárdenas tiene 37 años y toda su vida vivió del rebusque en las calles. Desde los nueve años trabajaba en el menudeo, pues junto a su madre tuvo que hacerse responsable de los cinco hijos que abandonó su hermana.

A los 16 años decidió independizarse para irse con el que sería el papá de sus 3 hijos. Desde ahí, tuvo su propio puesto ambulante de arepas y chorizos, con el que mantuvo a su familia por 10 años.

Se ubicaba en la vía principal de Bachué Sur (Bosa), en la esquina de una panadería. Su rutina empezaba desde las 6:30 de la mañana, cuando dejaba a sus dos hijos en el colegio, y luego se dirigía a la autopista Sur, en la frigorífica de Guadalupe, para comprar los insumos.

Después de dos horas de ida y vuelta, preparaba la comida, limpiaba la parrilla y a las cuatro de la tarde salía de su casa arrastrando el asador, para empezar a instalarse.

Normalmente estaba de 5 p. m. a 2 a. m., cuando se devolvía a su vivienda. Sus ingresos rondaban los 120.000 pesos diarios. De esta cifra solo le quedaban 40.000, porque en la compra de chorizos y arepas se gastaba unos 80.000 pesos.

Cansada de esta situación que vivió por una década, escuchó en la radio que el Ipes estaba convocando a los vendedores informales para capacitarlos, hace cuatro meses. Decidió vincularse y hoy se siente orgullosa de haberse formado con Bermac, la empresa de vigilancia con la que obtuvo su título.

Cuando estaba más joven, uno de sus sueños era ser policía. Aunque no lo logró, hoy viste el uniforme de Ancovit Ltda. y es la voz de mando a la hora del ingreso de visitantes en la plaza de mercado del 20 de Julio (en el suroriente) o en la plaza de La Perseverancia (centro), que son sus sitios de trabajo.

Afirma que su cotidianidad cambió, y no solo por la calidad de vida, sino que, por ejemplo, ya cotiza para su salud y pensión.

“En el 2015 recuerdo que me quemé la mano con la parrilla que manejaba. Fui a un hospital y me mandaban de un lado a otro, para que me atendieran. Hoy, como yo pago, la atención que me dan es prioritaria”, concluyó.

‘Yo no sabía ahorrar, conseguía lo del día’

David Sanabria llegó a los 21 años y ha trabajado literalmente en todo. Cuando tenía 15 años empezó vendiendo empanadas en la entrada del barrio La Victoria (San Cristóbal) y diariamente vendía entre 50.000 y 60.000 pesos, con lo que se ganaba 25.000 pesos.

En la temporada de fin de año pasado fue vendedor de ropa en el madrugón de la carrera 10.ª con calle 9.ª, en el centro. Allí se peleó por tener un espacio en el andén, pues comenta que “eso se hace dependiendo de la antigüedad y se respeta el espacio de cada uno”. Terminó ubicado en la plazoleta de la Mariposa, en San Victorino.

Su rutina empezaba a la medianoche, comprando jeans a 40.000 pesos y vendiéndolos a 80.000.

Después, pasó de vender retazos de embutidos en el 20 de Julio, hasta distribuir 100 bandejas diarias. Al salir del colegio estudió gastronomía en el Politécnico Internacional, pero le faltaron seis meses para graduarse.

Por cosas de la vida, dice, terminó en el Ejército prestando servicio, y cuando salió, hace ocho meses, empezó a vender vasos de arroz con leche en el 20 de Julio. Allí lo contactaron funcionarios del Ipes para ofrecerle capacitación: el 26 por ciento de los jóvenes entre 18 y 28 años habitan el espacio público, y la mayoría están desempleados.

Hoy es celador en una sede del Ipes: “No sabía ahorrar porque me conseguía la plata del día. Ahora sé hasta dónde puedo gastar”.

Vendía baratijas y ahora es celadora

Andrea Rodríguez León tiene 20 años y vive en el barrio Los Laches (Santa Fe), con sus dos hermanos y su madre. Desde los 17 años trabajaba vendiendo dulces, maní y lápices en TransMilenio y en un día ‘bueno’ se ganaba entre 60 y 70 mil pesos.

El reto era diario, ya que tenía que soportar el maltrato de la gente: “Siempre me trataban de ladrona”, comenta.

Tras graduarse del colegio duró dos años intentando ingresar al Sena para estudiar gastronomía y al no pasar decidió subirse a los buses que pasan por la avenida 1.° de Mayo. “Tenía que llevar plata a la casa para no pasar hambre”, confiesa.

Durante un mes se formó en uno de los programas del Ipes y en julio se graduó como celadora.

Hoy trabaja en un punto del Ipes, como vigilante, en Kennedy Central. Allí cuida un centro comercial de exvendedores ambulantes como ella.

Aunque su desafío más grande fue acostumbrarse a madrugar y salir de trabajar muy tarde, hoy dice que quiere esforzarse mucho para llegar a ser radioperadora o especializarse en seguridad de aeropuertos para ganar más y así estudiar gastronomía, lo que, resalta, es su sueño.

BOGOTÁ

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