El Automático: un café convertido en nostalgia

El Automático: un café convertido en nostalgia

Este tinteadero era el de más pedigrí en Bogotá. 70 años después, sigue dando que hablar.

El Automático

En el local donde funcionó el café El Automático se encuentra hoy el restaurante Amarillo.

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

12 de enero 2018 , 07:10 p.m.

Dicho sin mucha originalidad, el hombre es él y los cafés que frecuenta para darle de comer a la palabra. En el ADN de todo café está la institución colombiana del tinto. El hombre de la calle ha tenido desde siempre el café por escenario, “ágora o garito”.

Alrededor del bebestible originario de Etiopía que llegó al país por la vía de las parsimoniosas carabelas, ha transcurrido buena parte de la historia de la parroquia. Más de una conspiración tuvo origen en sus relajados predios. Entre los de su especie, El Automático bogotano, una nostalgia con olor a café, es el que tiene más pedigrí. Sigue dando que hablar a los setenta años de vida y leyenda que cumple en 2018. Cuando nació no se conocía “coca ni morfina”. La gente se miraba a la cara, no a la pantalla de su iPhone.

Echar paja, despotricar, comer prójimo es uno de los grandes rituales nacionales que se practican en el café, para muchos el mejor cuarto de la casa. En su interior sucede todo lo que no pasa tejas adentro. “Van al café para estar en el café, sintetizó el cronista Julio Camba, al escribir sobre los sitios que frecuentaba en España. A la historia le gusta repetirse en otras latitudes.

Sobre la metafísica de esos sitios de encuentro, el escritor Jorge Regueros Peralta dejó dicho que en los cafés “se analizaban las nuevas obras, los poemas nuevos, las obras de arte novísimas y se establecía una frontera crítica, un cambio de criterios sincero”.

Para la poeta manizaleña —nada de poetisa, exige ella— Marujita Vieira, quien sigue cumpliendo años el 24 de diciembre, los cafés fueron espacios para “el intercambio y la comunicación de figuras literarias del siglo XX”. La esposa del poeta Vivas, otro habitué de El Automático, fue una de las que pasaron por encima de la norma dictada a las mujeres por la escritora venezolana Teresa de la Parra sobre la forma de conducirse entre los hombres: “Ser bella y callar”.

La primera en desobedecer fue la escritora Emilia Pardo Umaña. Lucy Tejada, Cecilia de Gómez, Cecilia de Ibáñez, Sofía Imber, también venezolana, fueron otras audacias femeninas que se instalaron en ese sancta sanctorum del macho alfa que fue durante años el legendario Automático.

Vivir en el café

“Duermen en su casa pero viven en el café”, decía una de las meseras al biografiar al cliente VIP del celebérrimo parche por el que pasó el matutino, el vespertino y el nocturno de la palabrería criolla. La frase la puede haber dicho Pina, o Carmen, o Edelmira o la ‘Negra’, para mencionar solo cuatro de las famosas meseras que atendían a una variopinta bohemia intelectual de tinto y/o aguardiente en el local de la avenida Jiménez n.° 5-28. Las meseras eran tan necesarias como el agua y la luz. En ese lugar funciona hoy el restaurante Amarillo. Nada en su escenografía recuerda al viejo café. Revistas de moda que airean las vanidades de la gente del gajo de arriba les alborotan la libido a los comensales con los pectorales de Sofía Vergara. Otros pechos inspiraron estos versos de León de Greiff, el cliente más famoso de El Automático: “Esa mujer es una urna, llena de místico perfume...”.

Curioso el fenómeno: De Greiff y El Automático han terminado siendo sinónimos, van de la mano como los puntos de la diéresis. Hasta el Nobel Gabriel García Márquez recuerda en sus memorias su paso por el café cuando Bogotá era un aguacero perpetuo y la gente vivía debajo de un paraguas.

El fabulista se había conocido con el panida en el café El Molino, cuando empezaba a figurar duro como narrador. El Espectador se encargó de darlo a conocer. Al principio, el futuro Nobel, tímido de profesión, se hacía lejos de sus colegas de letras. No se sentía con ropita para hablarles de tú a tú.

El Bogotazo del 9 de abril lo alejó a sombrerazos de la nevera (el célebre café es posterior al Bogotazo). Cuando regresó, cuenta Gabo que “el maestro se había mudado con sus bártulos y su corte de amigos al café El Automático, donde nos hicimos amigos de libros, y me enseñó a mover sin arte ni fortuna las piezas del ajedrez”. Cierto, los dos, estuvieron lejos de ser virtuosos en el juego que protege Caissa.

Entre sus múltiples características, El Automático fue sitio de encuentro de ajedrecistas desde 1972. Su dueño más famoso, el paisa Fernando Jaramillo Botero, era presidente de la liga de Cundinamarca a pesar de que no distinguía entre un haikú y un alfil. Fotos hay que muestran al maestro Boris de Greiff enfrentado a Daniel Arango, con el tiempo y algunos mates ministro de Educación. En la foto publicada en Jaque al olvido, uno de los tantos libros que nos dejó Boris, su taita sigue atento la partida, “la alta pipa” en su boca, como una prótesis. (También reproduce una partida del fundador de EL TIEMPO, Alfonso Villegas Restrepo).

El Automático

Sus principales clientes eran personajes de la cultura. En la foto, Boris de Greiff juega contra Daniel Arango. Observan León de Greiff y Hjalmar, otro de sus hijos.

Foto:

Tomada del libro 'Jaque al olvido'

Ducho en cafés

El histórico café era una especie de ONU en la que estaba representado el país. Empezando por su propietario en épocas de vacas gordas, Jaramillo Botero, uno de los quince hijos de Raimundo y Evelia, de La Ceja, Antioquia, quien antes de recalar en Bogotá hizo escalas en Medellín y Manizales. Terminó su andadura en 1971 en Girardot, adonde se retiró enfermo al final de sus días. Antes de coleccionar cafés, Jaramillo Botero —lo cuenta el cronista mayor Felipe González— se había dedicado en Manizales a otros menesteres menos poéticos, como fabricar fulminantes para escopetas de cacería, palillos de dientes, muebles...

Todo pasaba en el Centro

Jaramillo Botero desembarcó en la plaza bogotana en 1938. Tenía 25 años. “En la carrera Séptima todos nos encontrábamos con todos... transitaban las gentes humildes y las gentes importantes”, diría el poeta Fernando Arbeláez, uno de la logia automática. Jaramillo, insigne todero, sacó tiempo para enamorarse de Lina Botero, tolimense. El tsunami de amor fue tal que a los siete días se casaron.

Amigo de la cháchara, pronto se volvió parroquiano del café El Félixerre. Terminó comprándolo. Lo mismo hizo con el Mahoma, el Polo, el Luis XV, el Gato Negro.
Al insólito coleccionista de cafés lo esperaba El Automático, antes restaurante La Fortaleza, fundado por el piloto Benjamín Méndez Rey. En un primer cambio de propietarios fue rebautizado El Automático, porque la nueva administración, un matrimonio belga, tenía en mente convertirlo en una especie de autoservicio.

La importancia de un veto

El panida León de Greiff era cliente de El Automático, pero no gozaba de la simpatía del matrimonio que lo había comprado. Jaramillo Botero conoció del veto y lo compró con todo y su famoso mezanine habilitado en 1952 como galería de arte para que conocidos y anónimos colgaran sus cuadros y donde los nadaístas dieron una conferencia en cabeza de Gonzalo Arango, su creador y descreador, quien llegó con una caja de embolar de la que sacó el texto escrito en papel higiénico.

Conocidos pintores eran Marco Ospina, Ignacio Gómez Jaramillo, los Tejada, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, Fernando Botero. El joven Ómar Rayo (importado de Roldanillo, Valle) debutó con su “bejuquismo”. Y, como para todos había, los anónimos pintores que no contaban con el aval de Marta Traba se peleaban las paredes: Marco Ospina, Montaña, Sabogal, Rojas Herazo, Alfredo Soto.

El amigo de Gabo, el barranquillero Orlando Rivera, Figurita, fue el que puso la primera piedra a la naciente galería. Jaramillo lo rescató del vecindario, en el parque Santander. En reciprocidad, Rivera rebautizó a su mecenas como “Fernando-Automático”.

El galerista por accidente nunca se dio ínfulas de crítico. Los cuadros le gustaban porque sí. O no le gustaban. La crítica rebuscada se la dejaba a los intelectuales puros o impuros, que mojaban el ego con aguardiente del Estado, como escribió Pedro Restrepo Peláez, otro parroquiano cuando no andaba por México o los Estados Unidos.

Las grandes ligas

En Colombia todo está segmentado por estratos (hoy numerados en 1, 2. 3...), hasta los cafés. No todo el mundo podía sentarse a la mesa de mimados por las musas, como Jorge Zalamea, recién desempacado de Europa, De Greiff, Alberto Ángel Montoya, Guillermo Payán Archer, Gómez Jaramillo, Gaitán Durán, el capitán Juan Lozano (sí, el del soneto a la catedral de Colonia), Hernando Téllez. ¡Ah! Y había dos Téllez: el gran escritor, autor del tal vez mejor cuento colombiano, Espuma y nada más, y Hernando Téllez Blanco, lagarto que asistía a los cocteles como si fuera el otro.

Luis Vidales, el comunista de Suenan timbres, tío del poeta Roca, llegó de Calarcá a tirar línea marxista en su mesa. El periodista Juan Roca Lemus, Rubayata, taita de Juan Manuel, apacentaba su propio rebaño. Periodistas de EL TIEMPO y El Espectador, diarios vecinos de El Automático, caían como golondrinas a airear la lengua y a pescar alguna chiva suelta. El fallecido Rogelio Echavarría, de Santa Rosa “sobre oro edificada”, como la llamaba su paisano Barba Jacob, pulía los versos de El transeúnte.

El Loco Gonzalo Castellanos, venido de Málaga, Santander, intentaba entrevistar a la estrella del establecimiento. El nonagenario preguntaba, De Greiff callaba. El ‘Gorila’ Iáder Giraldo entapetaba el negocio con los vales que firmaba como si fuera una de sus famosas crónicas políticas en El Espectador.

La secta de los piedracielistas, liderada por Carranza y Carlos Martín (profesor de Gabo), tenía su república independiente en una de las mesas. Los “Nuevos” decían presente con los mencionados Zalamea y Vidales. Que no falten los “cuadernícolas”. El entonces tímido poeta Fernando Arbeláez, de esta corriente, le cazaba peleas con seudónimo al dueño del patio, León de Greiff. Luego, en reconocimiento a su talento, sería admitido en el festín de los hermanos mayores.

Anónimos con mesa propia

En uno de sus libros, editado por la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuenta el periodista Carlos J. Villar Borda, otro asiduo, que “al maestro León lo trataba todo el mundo con enorme respeto. Era silencioso y abstraído, fumaba cigarrillos prendidos de una larga boquilla y prefería las mesas en donde no había intelectuales, porque odiaba las conversaciones presuntuosas de estos últimos”.

Concurrían otros asistentes sin mayores nexos con las musas: “Al café, sigue Villar, hermano de Leopoldo, columnista de EL TIEMPO, asistían personas que tenían oficios menores, como el de vender libros, o estanterías o pólizas de seguros, o simplemente que estaban sin empleo y de alguna manera se sentían atraídos o hacían amistad con los contertulios intelectuales”. Costeños y cachacos hacían rancho aparte para desatrasarse de nostalgias y sentirse como en casa.

La cofradía de los hípicos tenía gurú propio: ‘el Mago’ Guillermo Dávila. El viernes, Dávila y su tribu hípica vivían su warholiano cuarto de hora de fama. Era explicable: a dos días de las carreras en el hipódromo de Techo, los parroquianos de El Automático tentaban la suerte, que se expresaba a través del 5 y 6.

El bumangués Dávila —linotipista y colega de García Márquez en la fugaz empresa de fundar en Cartagena el periódico más pequeño del mundo, Comprimido— y su séquito de locutores, comentaristas, preparadores y jinetes compartían sus conocimientos con quienes soñaban con ponerle fin a su “flaca bolsa de irónica aritmética”, dicha en la jerga del panida León.

Entre los vinculados a la hípica estaban Germán García y García, Jorge Torres Lozano, Manuel Escobar, Santiago Munévar, Alfonso Zuluaga, Francelino Murcia.

Donde hay poesía hay emboladores y, desde luego, loteros. También ellos formaban parte del paisaje con el mensaje de la buena fortuna escrito en quinticos de lotería.

Los estudiantes tenían nicho propio. García Márquez lo cuenta: “Al mediodía regresábamos al centro de la ciudad y nos íbamos a los cafés, donde todos estudiábamos. Si vivías en una pensión, no había lugar para trabajar. Los dueños de los cafés dejaban a los estudiantes apoderarse de un rincón, igual que a los clientes asiduos”.

Poco gastaban. El dueño, el paisa Jaramillo, se iba haciendo rico en vales de los intelectuales que finalmente no pagaban la cuenta. De todas formas, no tenía problemas de chequera. Era generoso por amor al arte.

Los cafés no mueren

Como todo tiene su tiempo bajo el sol, al mecenas Jaramillo Botero le fue llegando el ocaso. Una enfermedad lo obligó a retirarse a Girardot, en busca de mejores aires. Hizo valer el paisanaje y le vendió la niña de sus ojos a otro paisa de Jericó, coterráneo de la madre Laura, Enrique Sánchez, diminuto, imaginativo. Le tocó el trasteo de El Automático a un local cercano al parque Santander, donde funciona actualmente la cafetería Glück. Ningún cachivache recuerda tampoco la célebre cofradía de los automáticos.

Sánchez había hecho su primaria en cafés del centro donde despachaba como empleado en la Droguería Granada, recuerda Daniel Samper Pizano. Recetaba y les recitaba poemas a los achacosos. Un método curativo tan infalible. Uno de sus clientes fugaces fue un tal Jorge Luis Borges. De regreso a su Buenos Aires querido, Borges, eterno candidato al Nobel de literatura, cliente fugaz de El Automático por invitación de Sánchez, elogió a Bogotá, “en donde hasta los boticarios recitan poesía o hablan de Quevedo”. Sánchez, además del remedio, alivió a Borges con un extenso poema de Francisco Luis Bernárdez. El asesinato de Sánchez selló la suerte de El Automático.

Sobrevive con el mismo nombre un lánguido café en la calle 18 n.° 7-41. La tarde que visité el local, su dueño, Hernando Betancur, admitió que aparte de la reproducción de una foto de De Greiff con el fondo de una caricatura que le hizo Merino, no quedan huellas del viejo plante. Pero la leyenda continúa.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
Especial para EL TIEMPO
Exdirector de Colprensa

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