Las señales que nadie atendió antes del trágico final de Jáider

Las señales que nadie atendió antes del trágico final de Jáider

Decidió quitarse la vida. ICBF pide a adolescentes en situaciones difíciles llamar a la línea 141.

Jaider Iván

Con esta foto enviada por la familia que adoptó a Jáider, quiere demostrar que el joven fue feliz con ellos y que no son ciertas las versiones de que lo maltrataban. Dicen que al niño se le amaba.

Foto:

Cortesía familia

10 de mayo 2018 , 11:36 a.m.

A Jáider todos lo conocían en el barrio. Era un niño de cabello castaño que se movía por las calles buscando siempre alguien con quien hablar. Por eso reconstruir ese fragmento de su historia no fue difícil.

La gente que compartió con él dice que desde hace un tiempo vivía con sus tíos y su prima. Allá llegó luego de que su madre murió. Eso pasó hace 7 años.

A todos nos sorprendió
su muerte. Él nunca nos dijo que se quería morir, solo que se quería ir de la casa de sus tíos.

Pero su experiencia como víctima de violencia por parte de su padre biológico comenzó en el 2012. Ese año fue la primera vez que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) supo de su caso por maltrato físico. “Nosotros adelantamos todas las actuaciones correspondientes. Se inició la intervención a su familia para que tuvieran buenas prácticas de crianza”.

Pero la asesoría claramente no funcionó porque en el año 2015 las agresiones volvieron y el ICBF tuvo que abrir un proceso para restablecer los derechos del adolescente. “El defensor de familia decidió reubicarlo en un internado y luego, en un hogar sustituto”. Nadie se dio cuenta del proceso de duelo por el que estaba pasando y las grietas que este dejaba en su interior.

Así fue como Jáider terminó viviendo con sus tíos, una familia que, por alguna razón, nunca sintió cercana pero que el defensor de familia designó como garante de sus derechos. “Él no era feliz en esa casa. Me contaba que su prima hermana lo maltrataba, que le hacía la vida imposible con sus padres adoptivos. Se quería ir”, recordó *Lisa, una de sus amigas más cercanas del barrio.

Sus noches, contaba, trascurrían en una habitación sin alma, en un apartamento del conjunto residencial Ontario, del barrio Villa Ximena, de la localidad de Tunjuelito.
Su desespero era tal que decía que estaba haciendo las vueltas para volver al internado. “Él prefería estar encerrado que con esa familia que lo atormentaba”, dijo su amiga.

La vida de este niño conmovía a sus vecinos, pero también los sorprendía su personalidad extrovertida. A pesar de la tormenta que cargaba a cuestas, se esforzaba por parecer alegre y se las arreglaba para hacer reír a la gente. “Él siempre estaba de buen ánimo excepto los días que algo pasaba con sus tíos”.

Una de sus rutinas era asistir a la iglesia del barrio en donde le permitían tocar la guitarra. Era como un momento espiritual en el que el niño lograba exorcizar sus tristezas, sobre todo la más lamentable de su vida, la muerte de su madre, la que nunca pudo superar. Aun así, allá tampoco nadie se dio cuenta de que Jáider necesitaba una ayuda extra, más allá de la divina. “A todos nos sorprendió su muerte. Él nunca nos dijo que se quería morir, solo que se quería ir de la casa de sus tíos”, contó Lisa.

Pero no solo la gente del barrio conocía de su tragedia, también la comunidad del colegio Ciudad de Bogotá, en el sur de la capital.

Las madres de las estudiantes amigas de Jáider siempre lamentaron lo que contaban las niñas. “Él era muy cercano a mi hija, desde hacía una año, y a ella le confesaba todo lo que le sucedía en su casa. Recuerdo mucho que era muy hiperactivo. Él podía tener todos esos problemas, pero siempre se reía y era respetuoso”, dijo *Liana, una de ellas.

También les daba tristeza que el joven tuviera que vender dulces en el colegio para poder financiar sus alimentos. “Decían que el niño sacaba fiado en las tiendas para poder comer. Eso para mí es muy triste, si tenía supuestamente una familia que lo cuidaba”. A pesar de que su situación era conocida en el plantel, igual que antes, nadie alertó a las autoridades, o simplemente no sabían cómo proceder.

Otra versión totalmente diferente tiene su familia adoptiva. Diana Marcela Parrado, con quien vivía, dice que es verdad que su madre murió hace siete años, se reservan en qué condiciones sucedió, que el padre del niño no tenía tiempo para criar a su hijo y que por estas razones el joven terminó viviendo con ellos. “Todo lo que dicen los vecinos, que le pegábamos, es mentira. La Fiscalía no encontró señales de maltrato”.

Diana dice que Jáider, incluso, iba a la iglesia con la familia, que fueron ellos los que le enseñaron a tocar la guitarra y que nunca le faltó la comida en la mesa. “Lo único que tenía que hacer él era tender su cama y lo hacía. También compartía con sus amigos y salía a la calle con ellos. Nosotros queríamos darle el amor que nunca tuvo”.
La joven contó que Jáider ya había vivido con otros familiares, pero que siempre terminaba mal porque solía ser desobediente, un comportamiento que, dice, había cambiado mucho. “Él se escapó muchas veces de donde vivió , tenía conflictos, pero a pesar de las advertencias nosotros lo quisimos ayudar”.

Jáider sí les hablaba a sus parientes adoptivos de su madre y sí había dicho que quería morir para estar con ella. Aunque, igual, una cosa era lo que él manifestaba y otro su comportamiento. “¿Cómo saber qué era lo que pasaba en su interior?”, dijo Diana. Según esta versión, ellos tampoco supieron leer las señales. Nunca imaginaron que el adolescente terminaría suicidándose. “Él tenía toda una vida por delante. Mi mamá está destrozada”.

La Secretaría de Educación (SED) manifestó, a través de sus funcionarios, el dolor que la decisión del estudiante ocasionó en toda la comunidad, pero se negó a dar información.

Este caso ya está siendo investigado por la Fiscalía, los únicos que podrán determinar qué fue lo que realmente pasó en el interior de la casa en donde Jáider vivía y cuáles son los orígenes de esa decisión que se materializó el sábado 5 de mayo, a eso de las 10 de la noche, dicen, justo cuando se cumplían los siete años de la muerte de su madre.

Solo ellos determinarán si al menor de edad no se le permitió ir a la misa de conmemoración de su madre, si no se le salvó a pesar de que parecía tener signos vitales cuando la portera del conjunto se percató del asunto, si hay más detalles que no se conozcan o si el niño era amado y era otra la razón de todas esas historias que les contó a sus amigos.

El recuerdo lindo queda, sus chistes, cuando les decía a las niñas que ellas eran sus novias y se moría de la risa, cuando salía con apodos chistosos para la gente, cuando su risa y su hiperactividad llenaban de alegría los espacios.

También queda una maraña de retazos por unir, falta descifrar sin juzgar qué era lo que realmente pasaba por su cabeza, tratar de entender qué vacíos tenía.

Cifras que preocupan

Según el Instituto de Medicina Legal, durante el año 2017 se presentaron en Bogotá 301 casos de suicidio, 36 de menores de 18 años, la mayoría a través del ahorcamiento o la caída de altura.

Este año ya suman de enero a marzo 84 casos, 7 de menores de 18 años.

El ICBF hace un llamado a los niños y adolescentes que estén en situaciones desesperadas para que se comuniquen con la línea 141, donde contarán con el apoyo de un equipo de profesionales dispuesto a escucharlos, orientarlos y acompañarlos para superar cualquier situación, por difícil que parezca.

CAROL MALAVER
​carmal@eltiempo.com
En twitter: @CarolMalaver

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