Un viaje por el clásico mundo de las grecas

Un viaje por el clásico mundo de las grecas

Aficionados del café las compran, en una tradición de décadas. Tiendas especializadas, en el centro.

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Yeimmy Martínez es experta en el diagnóstico de estas cafeteras, que de tanto uso terminan por averiarse.

Foto:

Mauricio León / EL TIEMPO

15 de agosto 2016 , 08:01 p.m.

Por la puerta sale Pío Quinto Cuervo, cargado con un costal sobre la barriga, como si fuera un bebé: es una greca recién arreglada. En La Feria de la Greca, negocio con casi cuatro décadas de tradición, se la recibieron, la repararon y se la devolvieron regia para sacarle bebidas por centenas.

Antes de abordar un taxi con su esposa, Blanca Forero (67 años) cuenta que vinieron desde Usme hasta la calle 19 con avenida Caracas. Son miembros de la junta de acción comunal de su barrio y, según dice ella, “Allá hace mucho frío y no nos puede faltar el tintico”. Hace 15 años que el artefacto les funciona a las mil maravillas, y no lo cambian porque “estas siempre han dado buen sabor y son conocidas de toda la vida”, complementa Blanca.

En la misma calle 19 hay cuatro negocios similares. Todos venden estas cafeteras de vieja usanza y se pelean la clientela. En Chapinero se ubican otras tantas. Pero, por años, son las del centro las que más recordación han generado.

Al entrar en La Feria, la mirada se inunda de tantas que hay. Yeimmy Martínez, especialista en el negocio, atiende el local. En menos de una hora llegan nueve clientes con sus clásicos artefactos averiados. Ella los recibe, los voltea, detalla con la mirada, les da vuelta y luego conecta un cable a las terminales eléctricas, que encienden una bombilla, a mayor o menor intensidad según el daño.

“Lo primero que se revisa es la parte eléctrica, porque todas funcionan con un termostato que permite regular el calor. La gente viene y dice que la greca no le calienta o que solo le calienta en alto; entonces, de una miro ahí”, explica Martínez, que lleva cerca de un año en el oficio, pero a fuerza de repetición (¡nueve por hora!) ya es una experta en dar diagnósticos. En el segundo piso está el taller.

Héctor Hernández, por ejemplo, labora en una oficina de administradores de empresas y llega con su greca de 20 tintos a pedir auxilio. La perita evalúa y en minutos diagnostica el mal.

“Lo segundo que miro es el agua, porque esa es la vida de ellas y es por lo que más se dañan: la llenan de agua, la ponen a calentar, preparan el tinto, luego se entretienen y dejan que el agua se seque: ahí se quema la resistencia (calentador)”, ilustra Yeimmy.

La inquieta pregunta de Héctor espera una respuesta de corto plazo: ¿cuándo puedo venir a recoger la cafetera? Ella le dice que dentro de dos días, y él esboza un mohín de desconsuelo: serán dos jornadas a palo seco o a punta de café instantáneo.

“A todos en la ‘ofi’ nos gusta el café de greca; usted sabe que el café de pepa siempre es mejor”, concede el oficinista.

Variedad

Una vez que el aluvión de gente pasa, queda chance para reparar en los distintos tamaños y averiguar por ellos. Las hay grecas, grequitas y grecotas, o lo que es igual: de 15, 20, 30, 60, 120, 160 y ¡480 tintos!

Solo es que el comprador venga y pregunte, porque si lo que quiere es sabor y aroma, se le tiene en qué prepararlos. En el barrio Santa Fe se ubica la fábrica que las pone en el mercado.

Desde 120.000 pesos (la más pequeña, en aluminio) hasta 1,8 millones de pesos (en bronce y coronada con un majestuoso cóndor de los Andes), hay para todos los bolsillos.

El curioso se cuestiona cuál es la diferencia entre una greca clásica y una exprés (de las que abundan en supermercados). Para el dato, basta con mirar a Yeimmy. Adelante, señorita: “La clásica, la que más vendemos, prepara el café y lo deja en baño maría. Mientras que la exprés, que también la tenemos pero se vende menos, está para hacer el tinto de inmediato, solo tiene agua caliente”.

Ahí aflora lo que otros, poco gustosos de lo clásico, señalan como el pecado de las grecas: que el tinto que se sirve de estas es recalentado. “Es un mito. Depende de cada persona cómo lo prepare. A veces lo preparan a las seis de la mañana, superoscuro, y lo van rebajando con agua hasta la tarde; entonces, claro que empieza a saber a quemado. Lo que se debe hacer es mantener un buen tinto en baño de maría”, puntualiza Yeimmy, que se baja 12 ‘negros’ cada día y sin embargo, no padece insomnio.

Aunque no presume de catadora, porque sabe que “en Colombia nos tomamos la pasilla”, apunta que es su bebida favorita y que lo importante es apreciar una buena preparación.

A la una de la tarde ingresa una mexicana de 30 años, Alma Jiménez. Pide la greca más pequeña y antes de llevársela empacada, dice: “En México no se ven y, bueno, no sé de café, pero me parece que son muy lindas. Tienen ese toque vintage que me encanta”. Como se ve, no hay que ser barista para enamorarse de estas viejitas pero buenas.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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