Quemaron a su papá y nadie sabe por qué

Quemaron a su papá y nadie sabe por qué

A Inocencio Zambrano lo encontraron calcinado en diciembre del 2016. Continúa investigación.

Cristina Zambrano

Cristina Zambrano, hija de la víctima, reclama que los investigadores se apersonen del caso y revelen qué paso.

Foto:

Diego Caucayo / EL TIEMPO

14 de julio 2017 , 05:54 p.m.

“Manera de muerte: violenta, a determinar”. Eso dice parte de la necropsia que Cristina Zambrano pudo obtener sobre su padre, Inocencio, de 85 años. A él lo encontraron muerto en terrenos del humedal Juan Amarillo, el 17 de diciembre del 2016.

Siete meses después, la familia sigue a la espera de explicaciones, razones y culpables. Pero la Fiscalía no los atiende ni les da avances de lo sucedido. De hecho, cambiaron a los investigadores asignados, y los Zambrano temen que el caso quede en el limbo.

Investigador: ¿ustedes tenían amenazas, problemas con alguien?
Cristina: no, nada, en absoluto. ¿Por qué?
El funcionario guardó silencio. Miró al suelo.
Cristina: ¿actuaron con sevicia contra él?
Investigador: al parecer... sí.

Así fue la conversación que tuvo con el teniente de la Sijín asignado al caso, tres semanas después de los hechos. ¿Y después? Nada, o casi nada.

Si el detective advertía que hubo inquina contra el viejo es porque el cadáver lo encontraron calcinado. Lo reconocieron por el estudio de huellas dactilares.

“Olor que recuerda a gasolina... Bajo el cuerpo se encuentra una botella plástica, la cual es embalada junto al mismo”, precisa el documento del Instituto Nacional de Medicina Legal. “Los informe periciales –detalles– se encuentran sujetos a reserva legal, conforme con nuestro procedimiento legal vigente”, agrega un documento más.

Carlos Eduardo Valdés, director de Medicina Legal: el cuerpo ingresó al Instituto el día sábado. Se le practicó la necropsia. Un cuerpo de 85 años de edad que llega en estado de calcinamiento. En este momento la causa de la muerte está en análisis, y haremos los estudios para determinar la causa, manera y mecanismo de la muerte.

La anterior es la declaración que el 22 de noviembre del 2016 entregó Valdés en un noticiero de televisión.

Al fallecido lo enterraron en el parque cementerio El Paraíso (vía Cota, noroccidente de Bogotá). Era viudo hacía ocho años, pues su esposa murió a causa de un cáncer, misma enfermedad que se consumió el patrimonio familiar construido por décadas. No contaba con pensión, no frecuentaba a nadie y escasamente recibía un apoyo algo mayor de 100.000 pesos cada 30 días, por parte del Distrito. Cuentan que era una persona reservada.

Ese primer mes, tras el siniestro, fue de interrogatorios y visitas periciales al conjunto residencial de la Ciudadela Colsubsidio, donde Cristina vive con su esposo y su hijo menor (quien por aquel entonces prestaba el servicio militar en una unidad de Usme, y el día en que se desapareció Inocencio estaba de licencia; fue el último familiar que lo vio con vida y señaló que no tuvieron discusiones). Vecinos y porteros fueron interrogados.


Un video de seguridad del edificio muestra que el abuelo salió a las 11:05 a. m. del viernes 16 de diciembre del 2016. Regresa a las 11:08 a. m. y sale otra vez a las 11:11 a. m. Vuelve casi media hora después, a las 11:45 a. m., y abandona por última vez el conjunto a las 11: 50 a. m., pero esta vez torna hacia la izquierda (norte), donde se ubican el río y el humedal Juan Amarillo, a unas seis cuadras. Lucía mocasines, pantalón y una chaqueta deportiva, bajo la cual las imágenes dejan ver que esconde algo, como un paquete.

Desaparecido

Ese viernes, Cristina salió a trabajar a las 7:30 de la mañana (es oficinista del Distrito).

Cristina:
chao, padre. Ahí le queda el almuercito para que lo caliente.
Inocencio: no, Cris, hoy preparan morcilla en el restaurante y quiero comer (se frotó los manos).

En el apartamento también se quedó el hijo menor de ella, Santiago. Antes del mediodía su abuelo le habló.

Inocencio: ya vuelvo, mijo.

El muchacho pensó que el hombre iba a almorzar, o que iría a pasear a Alana, la perrita schnauzer que ‘cuida la casa’.

Al caer la tarde, Cristina y Santiago volvieron al apartamento, y no estaba el anciano. “Se fue al rezo de los viernes”, pensó ella, pues su padre era cristiano y acudía a la Iglesia Discípulos de Cristo (sector del Polo), donde colaboraba con mandados y así se ganaba 20.000 pesos. Sin embargo, le extrañó que no dejara una nota, lo que acostumbraba hacer cuando se iba a demorar. Tampoco la había llamado al celular.
Anocheció. La hija marcó al celular de su anciano papá. Sonó dentro del apartamento, el móvil estaba junto a su billetera. La inquietud comenzó a aparecer. Marcó otro número.

Cristina: pastor, buenas noches, le habla la hija del hermano Inocencio Zambrano.

Pastor: buenas noches, hermana, cómo estás.

Cristina: preocupada, pastor. ¿Ustedes tuvieron reunión hoy? Mi papá está perdido, no aparece.

Pastor: no, ni tampoco hubo reunión de varones. El hermano Inocencio no vino hoy... Me avisas para estar pendiente.

Búsqueda

Operadora de la línea 123 (viernes, 10 p. m.): podemos tomar el registro para que la Policía esté atenta. Pero debe esperar 72 horas para reportarlo como desaparecido.

Cristina: pero es un adulto mayor. No toma, no tiene amigos, no visita a nadie, nunca se pierde. Solo visita a mi hijo en el batallón de Usme.

Operadora: sí, señora, pero ese es el protocolo.
Los familiares salieron a visitar hospitales próximos, y otros de las localidades de Engativá y Suba. Cristina cargaba una muda de ropa limpia. En vano.

Llegó el sábado. Un familiar lo reportó en la Unidad de Desaparecidos de Medicina Legal, y más tarde comenzaron a repartir y pegar volantes: “No sufre pérdida de memoria ni enfermedades mentales. Viste chaqueta negra, pantalón de lino y zapatos negros. Su estatura: 1,57 m (tez morena)”.

A las seis de la tarde, se organizó un bloque de búsqueda con miembros de la iglesia cristiana. La Ciudadela Colsubsidio fue barrida en su totalidad.

“Hasta las nueve de la noche solo un par de personas dijeron que lo habían visto, cerca de TransMilenio, y otro dijo que cerca del puente de guadua (salida de Bogotá por la calle 80). Solo coincidieron en que lo notaron desorientado”, reconstruye Cristina, que atiende al periodista en la sala y comedor de su apartamento. Un par de carpetas, llenas de documentos con seguimientos del caso, le sirven como paño de lágrimas.

Tendera (del otro lado del humedal Juan Amarillo): le reconozco. Él vino el sábado y yo no le entendía lo que decía. Solo entendí que dijo ‘deme un vaso de agua’. Pero me asusté y le dije que se fuera: cuando arrancó casi se cae. Se fue hacia el potrero, no lo volví a ver.

Eso fue lo que le contó la única mujer que del otro lado le dio pistas sobre su papá, el lunes 19 de diciembre.


La zona verde en mención queda a seis cuadras del conjunto donde viven. Una ciclorruta pasa cerca, y un brazo del río cuenta con un ducto que permite cruzar el cauce.

La noticia

Cristina: comandante, vengo a que me ayuden a buscar en esos potreros.
Comandante de Bomberos: doña Cristina, por allá estuvimos el sábado.
Cristina: no me importa, ustedes deben ayudarme.
Comandante: en estos días encontramos dos cuerpos, un señor de 35 años, ahogado; y otro de un habitante de calle, en estado de descomposición y calcinado.

“Yo qué iba a pensar que ese era mi papá”, expresa Cristina, contemplando la foto de su pariente. Con un cuadrito de papel se limpia las lágrimas.


Apenas el miércoles, una conocida de Cristina, que trabajaba en la Secretaría de Integración Social, la llamó y le pidió que la recibiera. Al abrir la puerta, el rostro de su amiga lo dijo todo, y Cris entró en shock...

Ahora, Cristina pide que las autoridades le den razón. Exige que la Unidad de Vida de la Fiscalía 15 seccional le cuente en qué va el proceso. Porque ya ni siquiera los investigadores le responden las llamadas de celular. Igual que sus familiares, solo esperan saber quién, cómo y por qué mató a su abuelo, un anciano hogareño que no tenía cuentas pendientes con nadie.


Felipe Motoa Franco
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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