El silencioso ocaso de los teléfonos públicos

El silencioso ocaso de los teléfonos públicos

Quedan 8.000 de estos aparatos regados por Bogotá. La mayoría de ciudadanos ya no los utiliza.

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Son muy pocas las personas que aún llaman por este tipo de teléfonos tarjeteros.

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Abel Cárdenas / EL TIEMPO

07 de noviembre 2016 , 11:50 p.m.

Pepitas de granizo tamborilean sobre la cubierta del teléfono público. Se oscurece la tarde y el vendaval cae sobre Bogotá. La gente corre en busca de un alero que los proteja, mientras el teléfono se queda allí, estoico bajo la lluvia. Es su destino: aguantar frío, calor, viento o lluvia, a la espera de que alguien lo use.

Esquina de la calle 32 con carrera 18, Teusaquillo Armenia. Jimmy Alejandro Bonilla, de 37 años, cruza la cebra en busca de un sitio para escampar. Bajo el techo de la puerta vecina al teléfono público destila agua de su sudadera, frente y zapatos. Emparamado. “Hummm..., hace por lo menos 10 años que no llamo desde ahí. A esos aparatos deberían borrarlos de la ciudad, porque la gente también los maltrata. Ahora es puro celular, ya ni fijo tengo en la casa”, comenta el hombre, graduado en educación física.

En el Distrito, la Empresa de Teléfonos de Bogotá (ETB) informa que tiene “8.000 teléfonos públicos tarjeteros en servicio, distribuidos en 4.400 sitios de la ciudad, en donde se evidencia aún su uso, como en colegios, universidades, parques, cárceles, centros comunitarios, la Policía, TransMilenio y el Terminal de Transporte, entre otros”.

Sin embargo, tal uso es mucho menor del que la entidad quisiera. Así lo dan a entender los ciudadanos y la comprobación visual.

Por ejemplo, en la carrera 68 con calle 77, frente a los almacenes de cadena, hay dos de estos aparatos. Y en casi dos años que llevo transitando por allí, al menos un par de veces al día, nunca he visto que un usuario los descuelgue.

En un ejercicio de reportería periodística, me doy a la tarea de vigilar durante una hora, de 3 a 4 de la tarde, a ver si alguien los utiliza. Pasan los 60 minutos y ellos siguen intactos, cual si fueran árboles o postes de luz. Ni siquiera los perritos los marcan con orines.

(En archivo: Los teléfonos públicos se resisten a pasar al olvido)

“Nunca lo he usado, la verdad. De pronto servirá para una emergencia o para llamar a la Policía. Lo que soy yo, no pienso usarlo pronto”, aduce Ricardo Andrés Unca, de 18 años, al tiempo que levanta una de sus cejas observando el artefacto que le es completamente ajeno. Continúa su camino con la patineta en una de las manos.

Tecnología

Los archivos históricos de la telefonía pública bogotana revelan que los primeros teléfonos públicos, monederos, se instalaron a finales de los años 50. Funcionaban con monedas que el cronista ni siquiera conoció: de 2 y 5 centavos. Sus cabinas eran de estilo inglés. Eran los albores de la masificación.

En 1968 se pusieron en servicio los monederos con cabinas en forma de burbuja. Norte y sur de Bogotá acogieron estos aparatos, tan útiles y demandados que no faltaron las personas avivadas para instalar trabas en los orificios que recibían las monedas, y luego de que el usuario, indignado, se marchaba, llegaban a recoger el botín.

El servicio creció, creció y creció, hasta que “a principios de la década de 1990 había en Bogotá 8.600 teléfonos públicos monederos, y a comienzos del siglo XXI, su número llegó a 10.000”, recuenta la ETB. Cuatro años después comenzó, paradójicamente, lo que para muchos ciudadanos fue el principio del ocaso: la empresa cambió los monederos por ¡32.000 tarjeteros!, en aras de competir contra el aumento de celulares.

“Deberían quitarlos porque ya no se usan mucho. Yo que trabajo acá le digo que nadie para a usar ese que está ahí. Yo hace por lo menos siete años que usé la última vez uno de esos, cuando eran amarillos con casco redondo”, manifiesta Yulieth Buitrago, de 33 años, mientras corta el tallo de una gerbera en un negocio de Las Flores.

“Que lo quiten de ahí, que eso no es sino estorbo”, complementa otro dependiente.

El teléfono que allí sobrevive luce muy parecido a sus hermanos diseminados por la urbe: abollada la bocina, afeado con anuncios de papel que le pegaron para ofrecer clases de inglés y francés, rayado por ambos costados con grafitis que solo dan cuenta del vandalismo, usado como orinal de circunstancia.

“Es que no se necesita para nada, para eso están los celulares”, coincide una vez más Flor Latorre, de 39 años.

En fin, estos aparatos son los mártires de la calle: solo tratan de prestar un servicio que para la mayoría ya no es necesario. Y siguen plantados, con la única retahíla que saben emitir: el tono de llamada que aguarda la marcación de los números.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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