Un día siguiendo el rastro de la muerte en Bogotá

Un día siguiendo el rastro de la muerte en Bogotá

EL TIEMPO pasó un día con una de las técnicas de investigación criminal más respetadas del CTI.

Cuerpos CTI

Alicia y su equipo de trabajo llegan de primeras a la escena del crimen y recopilan los elementos de interés probatorio que dan inicio a la investigación.

Foto:

Mauricio León / EL TIEMPO

17 de agosto 2017 , 03:43 p.m.

Esa madrugada estaba pendiente un cuerpo por entregar; Medicina Legal se encontraba al tope.

Alicia*, técnica en investigación criminal del CTI de la Fiscalía, estaba sentada en una pequeña mesa redonda, ordenando en un fólder A-Z las actas de inspección de los cadáveres del fin de semana. En total habían sido 13 diligencias, 13 escenas, 13 muertes.Las inspecciones del 2017 sumaban 2.060; cada una con un código y un informe fotográfico. Un trabajo que hacen 50 investigadores en seis turnos.

En otra mesa, dos personas de chaquetas azules recibían llamadas, anotaban los datos de fallecidos y asesoraban a sus familias y allegados para saber cómo proceder. Ellos, los quinci, establecían si era una muerte natural o si el CTI debía asumir el caso.

A las 10:30 a. m. entró el reporte de un anciano con neumonía que había muerto. El caso sonaba sospechoso.

─¿Qué necesitan para hacer mejor su trabajo?  ─le pregunté a Alicia, mientras se fumaba un Mustang y bebía un tinto de termo que compró en la calle.

—Perfilación de la gente que se contrata, que sean emocionalmente fuertes, que tengan calidad humana, que sean sensibles al delito ─respondió Alicia con tono fuerte.

No había tiempo para más preguntas. El carro arrancó. Un hombre de 72 años murió en un hospital. Alicia anota la hora del reporte y nos deja subir al necromóvil. Arrancamos.

─Esperemos que no, pero nosotros somos objetivo militar, así que si algo pasa, ustedes se acuestan en el piso y se quedan calladitos. ¿Bueno? ─nos advirtió.
—Y ¿estos carros son blindados? ─pregunté.
—No. Pero, yo creo que el barbudito del cielo tiene carné del CTI. (Risas)
—Dicen que ustedes pierden la sensibilidad para poder hacer su trabajo.
—No. Eso es mentira.

Inevitablemente comienzan los recuerdos. Diego*, el técnico a cargo del volante, recordó el día que analizó la escena en la que una niña de 10 años había muerto. Solo tenía una camiseta puesta. Estaba descuidada, sucia. “No podía creer que mientras la analizábamos, su mamá estaba con su novio viendo televisión”, dijo compungido.

Entre anécdotas llegamos a un hospital. El hombre de 72 años estaba remitido de otro centro de salud. Se sabía que allí había sufrido una caída y que tenía un trauma en su cabeza, por eso el personal se negaba a firmar el acta de defunción.

Los investigadores accedieron a una sala supervisada por un cristo. En el corredor, una joven consuela a su madre. Alicia les dice que no pueden ver el cadáver, que mejor lo recuerden vivo. Dos investigadores se ponen un traje blanco que los aísla de los fluidos humanos.

"Don Esteban*, cuéntenos qué pasó", le dice Alicia al cadáver, como si la escuchara, mientras toca el cuerpo por todos lados para que otro tome fotos desde diferentes ángulos.

Alicia le hace el ‘champú’, una forma cotidiana de explicar cómo revisan las cabezas para encontrar hematomas o marcas.

—Dicen que falleció a las 10:45, pero el cuerpo está muy rígido para haber muerto hoy, dice la técnica.

Se le ven hematomas en su brazo derecho, en sus muñecas, de todo toman foto. Tienen que revisarlo palmo a palmo para luego transportarlo. Después, el cuerpo sin vida desaparece en el blanco de un corredor de hospital, bajo la mirada de su familia, sus lágrimas, su silencio. Pesa, pero ellos dicen que los muertos los escuchan y que se ponen más livianos si se lo piden.

Al final, Alicia se despoja de su aspecto duro y suaviza su voz para explicarles los derechos a los familiares y cómo reclamar el cuerpo en Medicina Legal. “¿Fui clara o hay algo más que ustedes deseen saber?”. La respuesta a esa pregunta difiere en cada caso, esta vez le dieron las gracias con gesto de alivio.

Ahí comienza la investigación. Habrá que recopilar más pruebas para saber si el hombre murió de forma natural o por malos tratos. Podría ser un caso de negligencia médica, pero eso solo se sabrá después.

La inspección estuvo “fácil” y, aun así, el caso se tomó casi todo el turno.

Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Alicia* estaba sentada en una pequeña mesa redonda, transcribiendo en un fólder A-Z los detalles del fin de semana anterior, o mejor, las actas de inspección técnica del cadáver.

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Mauricio León / EL TIEMPO

Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

En total habían sido 13 diligencias, 13 escenas, 13 cadáveres, 13 muertes.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Alicia es de Bogotá, tiene 60 años, y es quizás la mujer más respetada es su cargo. Era abogada de la Contraloría cuando salió el concurso de la Fiscalía en 1994. “Luego fui asistente de un fiscal en la Unidad de Reacción Inmediata de Ciudad Bolívar y la de Kennedy. Siempre me atrajo la Unidad de Vida del CTI por eso luché para que me dejaran participar en el concurso de policía judicial”.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Ese día del 2017 las inspecciones sumaban 2060; a cada una se le asigna un código y un informe fotográfico, cuya acta debe tener el mismo número de la noticia criminal. En total, son 50 investigadores para 6 turnos.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Inevitablemente comienzan los recuerdos. *Diego, el investigador a cargo del volante contó sobre el día en el que tuvo que analizar la escena de una niña de 10 años que había muerto. Solo tenía una camiseta puesta. Estaba descuidada, sucia. “Yo no podía creer que mientras eso pasaba y nosotros analizábamos la escena su mamá estaba con su novio viendo televisión como si nada. Que impotencia, dijo compungido”.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

La necromóvil es la camioneta en la que los expertos del CTI transportan los cadáveres y los llevan a Medicina Legal.

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En total, dos investigadores se colocan un traje blanco que los aísla de los fluidos humanos.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Los investigadores accedieron a una sala que parecía supervisada por un cristo colgado en la pared. En el corredor una joven consuela a su madre, mientras Alicia les dice que no pueden ver el cadáver, que es mejor que lo recuerden como era él, vivo.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

El hombre de 72 años había sido remitido de otro centro de salud. Se sabía que allí había sufrido una caída y que tenía un trauma en su cabeza por eso el personal se negaba a firmar el acta de defunción. Alicia manipula con suavidad su cabeza, a eso le llaman el Champú, una forma cotidiana de explicar cómo la revisan para encontrar hematomas o marcas extrañas.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Se le ven hematomas en su brazo derecho, lastimadas sus muñecas, de todo eso toman foto. Luego voltean el cuerpo, la espalda del hombre se ve morada, tienen que revisar el cuerpo palmo a palmo para luego meterlo en una bolsa blanca. Así, con cada detalle descrito en un informe el hombre sin vida es llevado al necromóvil que está parqueando en el hospital. Su cuerpo es dispuesto en una especie de bolsa blanca.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Los hombres de la necromóvil deben alistar las bandejas metálicas para transportar el cuerpo. El cuerpo del hombre va desapareciendo en el blanco de un corredor de hospital, bajo la mirada de su familia, sus lágrimas, su silencio. El cuerpo pesa, pero Alicia dice que ellos, los muertos, los escuchan y se ponen más livianos si ellos se los piden. Con la fuerza de Alicia y tres hombres más el cuerpo del anciano se guarda en el vehículo.

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Un día de trabajo con una técnica de investigación criminal

Luego de realizar algunos informes el cuerpo es llevado a Medicina Legal. El hombre esperará junto a otros cadáveres a que se le realicen los estudios que determinen cuál fue la causa de su muerte. Los agentes del CTI descargan el cuerpo y se despiden del hombre. El fin de semana estuvo álgido. Hay muchos cuerpos en Medicina Legal. Con un rótulo termina la jornada del día. Comienza la investigación para saber qué fue lo que le arrebató la vida a este hombre.

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Mauricio León / EL TIEMPO

Días pesados

Alicia es de Bogotá, tiene 60 años y es quizás la mujer más respetada en su cargo. Es abogada, trabajó con fiscales, pero apenas pudo hacer el curso de policía judicial en el 2004. Terminó en el CTI ese mismo año. “Sin dudarlo, quería estar en la Unidad de Homicidios. Es mi pasión”.

—¿Es muy duro trabajar con la muerte a cuestas?
—Cada cual tiene una misión en la vida. A nosotros nos toca vivir el dolor de las víctimas, su amargura, su impotencia, su furia.
—¿Los maltratan?
—Sí, muchas veces. Manejan su duelo como les enseñaron en la vida.

Alicia es líder de un laboratorio y de una terna. Ellos son los primeros en acudir a la escena del crimen ya acordonada y hacer toda la labor de inspección, tomar fotos, hablar con el primer respondiente, que casi siempre es la Policía, y con los testigos, las víctimas y los familiares del occiso y hasta del indiciado.

Su trabajo es más que importante. Son los que recogen todo el material probatorio, junto con el fotógrafo judicial y el planimetrista. “Hacemos lo que se llama técnicamente ‘amarre de la escena y de sus alrededores’, determinamos qué tipo de búsqueda se debe hacer, si en franjas, rejillas o espiral, y a cada hallazgo se le coloca un número”. Luego es un topógrafo el que hace el dibujo o un plano a escala si el fiscal así lo requiere. Todo esto entra a ser parte de un expediente.

En la oficina, o en ‘el santuario’, como le dicen, cada uno hace su informe: Alicia, el de inspección, y el fotógrafo, de imágenes con su respectiva ficha técnica.

En algunas escenas es necesario hacer búsqueda de huellas. “Eso lo hacemos con reactivos especiales y filtros. Hay muchos”. Incluso, si la sangre ha sido limpiada, los técnicos pueden determinar si hubo o no.

Hay dos turnos en la mañana y dos en la tarde, pero el día a día se come su tiempo, deben cerrar el informe. El resto de objetos probatorios se recolecta, embala y rotula en la misma escena del crimen, sin importar si son armas o prendas. Todo forma parte de la cadena de custodia. “Tenemos que garantizar la autenticidad de esos elementos”.

Es importante la perfilación de la gente que se contrata, que sean emocionalmente fuertes, que tengan calidad humana, que sean sensibles al delito

La parte más sublime es sin duda la inspección técnica del cadáver. En algún tiempo los llamaban ‘paleteros’ porque metían el cuerpo a una cadena de frío, pero muchos desconocían la profundidad de su trabajo.

Lo primero que hacen es embalar las manos del cuerpo en bolsas plásticas. Allí se suelen guardar muchas pistas del momento de la muerte. “Puede haber evidencia biológica, cabellos, fibras”.

Luego viene la inspección de la cabeza y del resto del cuerpo. Antes podían desnudarlos, ahora eso no está permitido.

Alicia no está de acuerdo con esto. Un día, gracias a que levantó la camisa de un cuerpo, supo que no lo habían matado con arma blanca, sino con una de fuego de carga múltiple. “Si yo no hago una buena inspección, no busco el pistón de potencia del arma”.

Casos tristes

Alicia ya ha perdido la cuenta, pero la impresiona recordar los desmembramientos. “Eran dos. Los encontramos en Bosa a las 6 de la mañana”. En una bolsa hallaron tres brazos; en otra, dos piernas y parte del tronco, y seis cuadras más adelante, una de las cabezas. Todas las partes estaban en bolsas de lona. La inspección en estos casos tan aberrantes es fuerte, pero hay otros en los que el impacto es por la tristeza de los familiares.

Alicia lloró por primera vez en la entrevista recordando un caso. Era sábado, una de la mañana, cuando recibieron el reporte de un asesinato en Modelia. “Cuando llegué había un joven capturado. También, un expolicía en muletas”.

El hijo del policía había cogido un taxi, pero cuando llegaba a su casa se peleó con el taxista por la tarifa. “En otro amarillo venían dos muchachos; uno estaba bajo protección y había sido taxista, entonces se bajó a defender al de su gremio”.

Así se formó una pelea que terminó con la muerte del joven protegido. El padre del pasajero inicial lo mató pensando que se trataba de un atraco. “Ese día terminé la inspección a las 4:30 de la mañana. A esa hora llegó la madre de fallecido. No hizo show, pero de sus ojos no dejaban de salir lágrimas. Me tocó apretar los dientes para no desfallecer”.

Casos tristes, muchos, como el de un bebé de 2 años quemado en un inquilinato de Patio Bonito. “Les habían cortado la luz por no pagar. Una veladora que se cayó incendió todo”.

Este trabajo es uno de los más riesgosos. Muchas veces quedan inmersos en tiroteos. “Un día, a un investigador lo balearon en medio de una horda de gente. A uno se le pasa la película de su vida”.

Los accidentes no faltan, como el de un investigador que se cayó mientras inspeccionaba un tejado de un cuarto piso. “Cayó encima de una lavadora y de una nevera”. El día a día los amenaza con riesgos biológicos, físicos, químicos y psicológicos, y aun así no los consideran una unidad de riesgo. “Aquí hay un alto porcentaje de divorcios. Muchos no saben manejar el estrés”.

Alicia procura llevar esa carga con un poco de humor. Cuando la urgencia no apremia se ponen a jugar fútbol, bailan, se burlan de ellos mismos y cuando el trabajo llama, vuelve la seriedad. “Si no hacemos eso, nos volvemos locos”.

Uno jamás puede perder la sensibilidad. Solo nos ponemos un escudo para trabajar

Cuando se conoció el caso, en el 2013, del asesinato de toda una familia en Bosa a manos del padre de familia, muchos miembros del CTI quedaron afectados. “Los sentí raros hasta que una psicóloga intervino y los hizo llorar a todos”.

Ni qué hablar de los suicidios. “Recuerdo el caso de una abogada de 22 años, auxiliar de un magistrado. Ella era bipolar. Un día se fue a un hotel, se compró una botella de whisky y una de aguardiente, escribió una nota y se quitó la vida”.

Hay días de días. En la celebración de las madres y un 25 de diciembre pueden registrarse hasta 12 inspecciones en un turno. “El trago pasa su factura”, dice Alicia.

Ya cumple 24 años en la Fiscalía. Hay épocas de inconformidad por las decisiones de quienes trabajan detrás de un escritorio y no en la calle, como ellos, que nunca han levantado un cuerpo de más de 100 kilos, pero también 24 años de entrega total. “Amo a mis muertos, les hablo, los consiento”. No en vano contó cómo uno le habló. Fue en noviembre del año pasado. “Habían apuñalado al dueño de un bar mientras trasmitían un partido de fútbol”.

No había pistas, entonces Alicia miró el cadáver y le dijo: “No veo nada, Pedro, deme una luz, dígame qué fue lo que pasó. Segundos después, un investigador se enteró de que había otro herido que había alcanzado a decir: fue Luis y Juan. En menos de un mes, estos dos hombres estaban capturados. El asesinato fue por saquear una caleta. “La plata la hallé porque estaba cansada; me senté en un sofá y, cuando me fui a parar, sentí algo raro. Dígame si eso no es un muerto hablando. ¡Era la plata!”

Alicia se despide, pero se asegura de que algo quede claro: “Uno jamás puede perder la sensibilidad. Solo nos ponemos un escudo para trabajar”.

CAROL MALAVER
Subeditora Bogotá
* Escríbanos a carmal@eltiempo.com
* Nombres cambiados

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