Crónica de un domingo en la ciclovía / Voy y vuelvo

Crónica de un domingo en la ciclovía / Voy y vuelvo

Ensayemos este recorrido: desde el humedal Córdoba, en Suba, hasta el centro.

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En la ciclovía se pueden armar recorridos interesantes para descubrir esa urbe que no nos deja ver el afán del día a día.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

12 de noviembre 2016 , 11:34 p.m.

Está comprobado: para conocer la ciudad hay que ir en bicicleta. Y por la ciclovía, ese espacio dominical en el que es posible, por varias horas, armar recorridos interesantes para descubrir esa urbe que no nos deja ver el afán del día a día, el esmog de los buses, el desorden de carros, motos, ventas callejeras y, sí, la amargura de muchos que solo denigran de ella.

Ensayemos este recorrido: humedal Córdoba, calle 116 hacia los cerros, carrera 15, calle 72, carrera 7.ª, y llegamos al centro. A buen pedal, una hora larguita, diría yo. Suficiente para contar al otro día en la oficina que se hizo deporte extremo el fin de semana.

El Córdoba, como varios de Bogotá, como el Juan Amarillo, por ejemplo –lindo, grande, recuperado, pero ojo: con ladrones–, está en la localidad de Suba. Es uno de los mejor protegidos. La pasada administración, hay que decirlo, le invirtió bastante e hizo un corredor ecológico en el costado norte que hasta envidiarían los ‘kamikazes’ de la Van der Hammen. Solo que el entablado quedó a medias; lástima, esa manía de no acabar lo que se empieza. Uno va caminando y a la mitad del recorrido, ¡zas!, termina el piso de madera y empieza la maleza.

Pero dentro del Córdoba se pueden apreciar algunas de las 120 especies de aves identificadas que adornan los espejos de agua: tinguas pico amarillo, patos canadienses, ranas, pájaros que anidan en las copas de los árboles –ya se han caído varios de estos gigantes por culpa del invierno–; orquídeas, borracheros y toda una vegetación que invita a reconciliarse con la naturaleza.

Si sale de él, puede conectar, el domingo, con la ciclovía de la 116. Da placer admirar a decenas y decenas de ciclistas, caminantes, mascotas y patinadores que la recorren entre la avenida Boyacá y la 7.ª, en Usaquén. La gente disfruta el paseo, y empiezan a notarse las cosas buenas, como el jardín del parque de La Alhambra, bellísimo, bien cuidado, pero también los cráteres de la vía, las ondulaciones y empozamientos.

En el puente vehicular sobre la Autopista, hay que descender de la cicla. Todos acatan la orden, cruzan la estructura a pie para evitar accidentes, pero siempre aparece el matón que se las da de vivo y a quien le puede más la pereza que la seguridad. Pasa raudo en su bici. No escucha reclamos. “Es un ‘ñero’ ”, se oye decir a alguien.

Se reanuda el recorrido y llegamos al cruce de la 19. Decenas de ciclistas convergen en esta esquina, en donde es difícil no percibir la pesadez del aire, el olor a gasolina y ACPM de los buses del SITP. De los azules y de las chatarras provisionales. Sí, tenemos una deuda pendiente para obligar a los carros a usar catalizadores que permitan garantizar un aire más limpio. No se puede ser la ciudad con más kilómetros de ciclorrutas y más viajes en bici del continente, como lo asegura el Banco Interamericano de Desarrollo, pero con el peor aire posible.

Los turistas empiezan a aparecer. Japoneses, españoles, italianos, ingleses, todos han conseguido una cicla prestada o alquilada y pedalean este tramo de la ciudad. Van hacia Usaquén, quizás al mercado de pulgas o a tomar jugo en algún puesto esquinero, a saborear un café o una arepa con huevo que venden en una de las casas de la calle colonial. Los más osados se arriesgan hasta la 142, por la novena, o enrumban en sentido contrario, hacia el sur, hacia el puro centro.

Por la 15 hay que ir despacio. No hay que matarse acelerando, sabiendo que hay semáforos en cada esquina. Muchos no los respetan; hay papás que los cruzan en rojo a pesar del mal ejemplo que dan al hijo que llevan al lado; los atletas no quieren perder el ritmo y siguen derecho, lo propio hace el combo de amigos –siempre hay combos de amigos en la ciclovía– cuyo lema favorito es ‘el que se quede es una hueva’. Pasan en rojo.

Hay que detallar el sinnúmero de almacenes, de locales pequeños en donde es posible conseguir, literalmente, de todo. Desde escapularios hasta esmóquines para alquilar; en la 82 hay dos almacenes seguidos: en uno venden biblias y en el de al lado, juguetes sexuales; hay relojerías, cafeterías con buñuelos recién salidos de la sartén, ventas de bicicletas con precios que van desde 600.000 hasta 18 millones de pesos; en el parque Francia, recién iluminado por la Alcaldía, un hombre, que asegura haber estudiado economía en una prestigiosa universidad y de muy buen hablar, ofrece aire para la cicla a 500 pesos por rueda. Caro.

El ascenso por la 72 es infernal, pero hay que hacerlo. No se detenga. Una vez corona la 7.ª, empieza a rodar suave, pasa frente a la Javeriana y su ostentosa fachada; el parque Nacional, por si se anima a otro salpicón; llega frente a las viejas casonas de estilo inglés, en la 32; el Museo Nacional, el parque Bavaria, e inicia el recorrido por la 7.ª peatonal, que empata con el parque Bicentenario, entregado recientemente tras cinco años de controversia.

Cachivaches, tiendas de discos, restaurantes, artesanías, una mezcla de olores que van desde orines hasta sahumerios; músicos, charlatanes, yerbateros, más jugos de fruta, el viejo almacén Only, palomas, perros callejeros, indigentes, más turistas, Citytv al aire y, por fin, la plaza de Bolívar. Linda. Si tiene arrestos, ‘mándese’ un tamal con chocolate en la Puerta Falsa, el de los 200 años, y emprenda el regreso.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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