Una verdadera tarde de toros

Una verdadera tarde de toros

La emoción, digo, es la base del toreo, y la emoción la pone el toro.

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José Garrido saluda luego de su presentación, el domingo, en la Santamaría. El público le indultó un toro de Mondoñedo.

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EFE

06 de febrero 2017 , 08:21 p.m.

Dos toros bravos. Con muerte de bravo el uno: con una buena estocada en el cuerpo se plantó con el culo en tablas, desafiante, ignorando los capotes con que querían marearlo los peones, sostenido en pie por la voluntad de no morir. Y el otro, indultado por el merecimiento de su bravura, que encandiló a la plaza. Además, nobles los dos, de embestida fija y entregada a la muleta (y ya desde el capote). Y bien toreados ambos por el extremeño José Garrido.

Al primero (segundo de la tarde) le cortó una oreja, y acompañó a su indulto al otro (sexto), que sin llegar a desbordarlo estuvo sin embargo por encima del torero en la segunda parte de la faena: atropellado Garrido mientras la plaza hervía ya de pañuelos que pedían la vida del bravísimo Tocayito, de la ganadería de Mondoñedo. Una ganadería que suele traer a la plaza esa justificación fundamental del toreo, que es la emoción. Y que, justamente por eso, no les gusta torear a las primeras figuras: sus toros les exigen sin concesiones, y les quitan protagonismo. Y es por eso que, como este domingo, suelen venir a torearlos matadores más modestos.

Garrido, que confirmaba alternativa, se llevó tres orejas: mejor ganada la del bravo segundo, al que no le dudó ni un instante, que las dos simbólicas del bravísimo sexto. Abrió plaza el murciano Rafaelillo, que también se presentaba por primera vez en Bogotá: con el primero de la tarde, un toro bronco y con peligro, y luego con el colorado cuarto, dio un par de faenas de corte prebelmontino, de combate a garrotazos y a grandes gritos, de cruda lucha con la fiera. El caleño Paco Perlaza, con el tercero y con el quinto (caprichos de las confirmaciones, que descabalan el orden de la lidia), estuvo seguro y variado con el capote; y más bien desmañado y destemplado con la muleta, como consecuencia de lo cual sufrió una voltereta: los mondoñedos no toleraban descuidos.

La emoción, digo, es la base del toreo, y la emoción la pone el toro. No sólo los dos ya mencionados la pusieron este domingo, sino también los otros cuatro, que tardearon a veces y sacaron genio pero no se rajaron nunca y dieron pelea en todos los tercios. Emoción en varas, donde el primero y el cuarto derribaron aparatosamente a sus respectivos picadores Cayo y Adelmo, que luego respondieron con dos recios puyazos. Emoción en banderillas, como en los grandes y arriesgados pares que clavaron Ricardo Santana, Jame Devia y Antonio Chacón. Y sobre todo, toros: toros de buenas hechuras y de gran presencia, aunque desiguales de presentación, que salieron al ruedo llevando negras de luto las cintas de la divisa por la muerte reciente del ganadero Fermín Sanz de Santamaría. Y que por su bravura sacaron a hombros a su heredero Gonzalo, bisnieto del fundador de la ganadería y constructor de la plaza: contra viento y marea, triunfan los toros bravos.

ANTONIO CABALLERO
Especial para EL TIEMPO

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