Tres orejas y un gran susto en la Santamaría

Tres orejas y un gran susto en la Santamaría

Se lidió un encierro de Juan Bernardo Caicedo. Manso no, pero no rompió como se esperaba.

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Así caía Castella, cogido por el segundo toro de su lote.

Foto:

Abel Cárdenas

13 de febrero 2017 , 02:31 a.m.

Volvió la afición este domingo a la Santamaría. No se llenó la plaza, pero hubo unos tres cuartos de entrada, además de emociones, miedos y notas de valor.

Comenzando porque con estos solazos, la tarde fue fresca, fría –más bien–, con pinta de lluvia. Y fue tarde de toreros y de espadazos. Hasta el quinto, los toros murieron al primer viaje. Y lo fue también de las monteras de la suerte boca arriba, que asustan a los agoreros porque dicen que parecen un ataúd abierto, pero así caían este domingo.

Se lidió un encierro de Juan Bernardo Caicedo. Manso no, pero no rompió como se esperaba. Dos buenos; alguno rajado, otros broncos, pero se movieron en general, y sirvieron.

Debutaba Luis Miguel Castrillón, que echa línea y tiene arte. Su primer toro, que brindó a sus padres, era un negro bajo, bello, como para confirmar. Y lo toreó suave, despacito, a media altura por la derecha, porque el toro era débil. Por la izquierda no servía, era mironcito. Todo lo hizo bien, porque con la capa estuvo en torero. Y mató dando el pecho. Una oreja merecida.

En su segundo, de nuevo suave y variado con la capa, pero con la muleta, el toro lo llevó a las tablas y el frío de la tarde caló en la muleta, aunque logró buenos naturales que hicieron tocar a la banda un largo pasodoble a la insistencia. Mató bien.

El francés Sebastián Castella tuvo en primer lugar un toro de triste embestida, que cojeaba. Pero lo toreó citando de frente para empalmar las series en el centro del ruedo, hasta que el animal se paró. Y espadazo, como venían matando.

Sufrió una cogida de alarido, pues cuando iniciaba un quite al segundo toro, arrancado desde Choachí, este se lo llevó por delante y cayó de cabeza. La plaza se erizó, menos él, y cuajó una faena escalofriante, pues cada pase era un albur. Estaba ante un toro bronco que se revolvía como un gato, y él ahí, bailando con la muerte, frío, poniendo la muleta, pasándolo, obligándolo, aguantando. Hasta naturales pegó con los cuernos a milímetros del muslo. Y mató del espadazo.

La presidencia también se jugó la vida y negó la oreja. Y vino la bronca de la feria, que se oyó hasta en Francia. Dos vueltas clamorosas dio Castella entre gritos de ¡torero! Y se llevó un puñado de arena. Y la plaza toda.

Triunfaron todos, pero Roca Rey se fue en hombros al cortar dos orejas en su primer turno. Lanceó por verónicas y chicuelinas apretadas, casi de hacer flecos el traje. Y bellas. Vimos al Roca Rey serio, profundo, valiente, que casi deja carne en los cuernos, ante un toro escarbador, que iba con violencia, que se defendía a veces y amenazaba con devolverse al potrero, hasta que se rajó. Y... el espadazo. El mejor, sin puntilla, y dos orejas. Roca era el rey.

En el segundo, un castaño con trapío, al que parearon magníficamente Chiricuto y Émerson Pineda, otra faena de valor y entrega, sobre la diestra ante un toro bravo, con ritmo y ligazón. Habría cortado otra, pero en esta ocasión tuvo que entrar a matar dos veces. Y descabelló. Sonó un aviso. Silencio. Tarde de toreros. Y de banderilleros. Qué bien Jaime Devia.

LUIS NOÉ OCHOA

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