Cómo y dónde se mueve la explotación sexual de menores en Bogotá
NO ES HORA DE CALLAR
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Cómo y dónde se mueve la explotación sexual de menores en Bogotá

En bares y a través de las redes sociales se cometen los peores delitos en contra de la infancia.

Rechazo al maltrato contra los niños.

Cientos de personas se dieron cita el viernes 4 de mayo en el barrio Santa Fe para rechazar la violencia contra los niños.

Foto:

Néstor Gómez / EL TIEMPO.

23 de mayo 2018 , 08:52 p.m.

En zonas de tolerancia, en bares, discotecas y chiquitecas, en hoteles y moteles y, sobre todo, a través de las redes sociales se está propiciando la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes (ESCNNA).

Así se desprende de un exhaustivo trabajo del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y Juventud (Idiprón), que aún está en curso y que busca ubicar en las entrañas de la capital cuáles son los sectores en donde el delito se mueve a la vista de todos.

“Los delincuentes utilizan estrategias cada vez más especializadas, como el traslado de niños, los encierran en habitaciones, los maquillan para que se vean mayores o los captan en discotecas o bares y, claro, a través de las redes sociales”, dijo el padre Wilfredo Grajales, director del Idiprón.

Los delincuentes utilizan estrategias cada vez más especializadas, como el traslado de niños, los encierran en habitaciones, los maquillan para que se vean mayores

No ha sido un trabajo fácil, los investigadores han debido caminar día y noche cada calle. La ESCNNA contempla seis modalidades: explotación de niños en actividades sexuales, la pornografía, la trata de personas, la asociada a viajes y turismo, el matrimonio servil y la que es llevada a cabo por los grupos armados.

El resultado; prácticamente en todas las localidades hay sectores en donde se está poniendo en riesgo la vida de los niños. En Usaquén, por ejemplo, cerca de la calle 170, en locales que ofertan ‘rumba nocturna’, ya se han encontrado niñas explotadas. La presencia de bares y discotecas propician el abuso. “Muchos establecimientos de prostitución no tienen nombre comercial, pero pueden ser sitios que camuflan el delito”, dijo Bibiana Villota, coordinadora del programa de atención y prevención de la ESCNNA.

Muchos establecimientos de prostitución no tienen nombre comercial, pero pueden ser sitios que camuflan el delito

EL TIEMPO visitó el sector de El Codito y habló con algunos de sus residentes, que prefirieron ocultar su identidad. “Nos preocupa ver que en casas y garajes abren chiquitecas. Uno ve entrar muchas niñas de colegio, con las faldas enroscadas y sin el cuidado de nadie, y luego a una cantidad de viejos”. En el barrio se escucha de todo.

“Las chinas se ponen balacas o moños grandes de colores y así es que se sabe qué clase de servicios ofrecen”, dijo un residente del sector. Esa misma información la conoció el Idiprón, según explicaron; les dicen ‘las pitufas’. Por callejones de escaleras empinadas se las ve transitar y muchos dicen que entran a casas específicas del sector.

En Chapinero, el problema no es el alto número de establecimientos destinados a la rumba, sino que los menores sean manipulados por adultos. “Hemos encontrado sitios divididos por cubículos en los que ubican a los menores para prácticas sexuales abusivas. Son proxenetas los que reciben el pago”, explica el documento.

También hay denuncias ciudadanas que hablan de una banda que explota a un grupo de niñas al que llaman de forma lesiva ‘las terneras’. A ellas las obligan a practicar el sexo oral.

La plaza de Lourdes es foco del delito. Los llamados ‘tarjeteros’ andan de esquina en esquina. Ellos ofertan servicios sexuales que se llevan a cabo en casas y apartamentos cercanos.

En zonas de alta estratificación, como la calle 93, el delito se mimetiza. “Las mujeres se ponen gabanes y por debajo solo llevan lencería. Hay universitarias que cobran mínimo 100.000 pesos la hora”, dijeron los investigadores. Todo esto acompañado de un alto consumo de drogas. En localidades como Santa Fe el delito da un giro dramático. En los alrededores del parque Santander o del Terraza Pasteur hay explotación de adolescentes homosexuales. “A su proxeneta lo llaman ‘novio’ y este los obliga a ‘trabajar’ por dinero”.

Esto también se evidencia en la plazoleta La Mariposa, en el sector de San Victorino. “Allí son mujeres mayores las que buscan al cliente, negocian y luego los llevan a lugares en donde los esperan los niños”. Por la carrera 13, entre calles 19 y 23, la presencia de colegialas en uniforme, fumando e ingiriendo bebidas alcohólicas, hace parte del día a día, así como infantes que son utilizados como ‘carritos’ para transportar droga. Otro sitio que está en la mira, pero en San Cristóbal, es la avenida Primero de Mayo. “Acá los jóvenes son contactados por adultos que negocian el rato. Luego, en hospedajes, se genera el abuso”, explica la investigación.

En Usme, las calles se atiborran de niños después de las 8 de la noche. Ellos trabajan en las calles o se los ve consumiendo drogas y alcohol. En la calle 96 sur se ha identificado la llamada rumba joven, a la cual se accede por 2.000 o 5.000 pesos. “La mayoría de clientes son menores de edad”. Llamó la atención que en esta localidad el delito también se propicia a través de redes sociales como Facebook o aplicaciones de encuentros gais como Grindr. “Nunca publican la edad, pero sí cosas como ‘chicas vírgenes’ o ‘acabo de cumplir 18”, dicen los investigadores.

Nunca publican la edad, pero sí cosas como ‘chicas vírgenes’ o ‘acabo de cumplir 18'

En Tunjuelito, la ESCNNA ocurre en la UPZ Venecia. Hay encuentros entre niñas de colegio y adultos. “Eso lo hacen a través de redes sociales y móviles”. En discotecas, chiquitecas, sexy shows, video-bares y moteles se han identificado menores consumiendo drogas y alcohol. “Y en barrios como San Benito, los jóvenes dicen que el delito es propiciado por recicladores y pandillas”. Este lugar podría convertirse en un nuevo ‘Bronx’.

En el centro de Bosa hay 16 lugares de prostitución, pero el número total es indescifrable porque se camuflan en casas sin nombre, y en Kennedy los hospedajes pasan por alto el ingreso de menores de edad por ratos o amanecidas, lo mismo que en los alrededores de Corabastos. “Allí las tarifas de las residencias oscilan entre 20.000 las 4 horas y 50.000 las 12”.

El llamado sexo exprés se ha identificado en Engativá, según algunos ciudadanos, cerca de centros comerciales. “Adultos contactan a niños para tener sexo hasta en los baños”. Este tipo de explotación también se presenta cerca de la plaza de mercado en el barrio Quirigua. “Pero allí son los coteros, camioneros y rastrojeros los que propician el ESCNNA con los hijos de los vendedores, aun, con la complicidad de sus familias”.

Los Mártires supera la incidencia del delito. Entre las calles 21, 22 y 23 y las carreras 14 y 16 suele verse muchos niños, pero este sector es manejado por delincuencia organizada. Vendedores ambulantes, campaneros y proxenetas son vistos como personal de seguridad. “Las mismas niñas nos dicen que tienen mejor demanda por ser menores de edad. Los clientes saben en cuáles hostales, residencias y ‘pagadiarios’ no ponen problema. Los mal llamados servicios se ofrecen entre 20.000 hasta 2 millones de pesos”.

Así las cosas, cada localidad concentra la explotación de forma diferente. La pregunta es ¿hasta cuándo?

¿Quién controla en los ‘pagadiarios’ los riesgos para los niños?

Son conocidos como ‘pagadiarios’ o ‘pagadías’ y no son más que casas, locales o apartamentos ubicados en sitios céntricos o deprimidos de la ciudad en donde habitantes de la calle, drogadictos, prostitutas, entre otros, pueden pasar la noche por sumas irrisorias.

El problema no es el servicio que prestan, sino las condiciones antihigiénicas en las que lo hacen y, lo más grave, que nadie controla el ingreso de menores.

Los hogares del ICBF allí son muy pocos, tienen que abrirse más y estos deben ser nocturnos a juzgar por las necesidades de esta población. 

Según Bibiana Villota, coordinadora del programa de atención y prevención de la ESCNNA en esta especie de inquilinatos, los niños se acuestan en el piso, sin baños y a merced de toda clase de delincuentes. “Ellos duermen al lado de consumidores y jíbaros. Una persona puede pagar 3.000 pesos y ganarse el espacio en un sofá para dormir, pagas 10.000 y puedes quedarte en un cuarto con dos camas. Si hay niños en ‘pagadiarios’, es porque no hay padres protectores”.

Los ‘pagadías’ pululan en Santa Fe, Los Mártires y Ciudad Bolívar, y lo más grave es que nadie los controla. Hasta ahora no se conoce de investigaciones que den cuenta de quién o quiénes están detrás de este lucrativo negocio. En el barrio San Bernardo, por ejemplo, pueden dormir hasta 12 personas en una misma cama.

CAROL MALAVER
Sub-editora El Tiempo Bogotá
En Twitter: @CarolMalaver
carmal@eltiempo.com

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