Las malas relaciones de Bogotá con los vecinos… y viceversa
Análisis uNIVERSIDAD EXTERNADO 
Universidad El Externado

Las malas relaciones de Bogotá con los vecinos… y viceversa

Se trata de las relaciones de los municipios de la Sabana con Bogotá y, por supuesto, viceversa.

Sabana de Bogotá

Entre 2010 y 2016 se ha dado un importante crecimiento en cinco áreas productivas de la región.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

14 de diciembre 2017 , 08:54 a.m.

No se trata de vecinos bulliciosos que no entienden de sus límites y deberes, o que exageran el alcance de sus derechos, como el muy sagrado a la parranda, o de otras frivolidades que adquieren una magnitud cuya resolución se da al calor del Nuevo Código de Policía.

Se trata de algo más duradero, tal vez imperceptible para cientos de miles de residentes en esta ínfima porción del país, pero que cala tan duro en el bienestar de las actuales generaciones como en el de las venideras, tanto como en las que nos antecedieron: las relaciones de los municipios de la Sabana con Bogotá y, por supuesto, viceversa. Y a diferencia de los desencuentros entre vecinos de una cuadra o de un edificio, no hay códigos que permitan armonizar el vecindario en aras del buen vivir.

Competir con Bogotá o los viajes de Gulliver

Si hay algo que han tenido claro los gobernantes de los municipios de la Sabana, los del pasado y los actuales, es que, para mejorar la calidad de vida de sus gobernados, lo crucial es competir con Bogotá por la localización de los procesos industriales y por la residencia de los hogares pudientes, ojalá acaudalados. Y para ello han empleado y continuarán empleando los instrumentos que la autonomía municipal les ha entregado, pero principalmente las exoneraciones temporales del pago de tributos locales y la habilitación de suelo para usos residenciales suburbanos, además de ciertas desregulaciones no siempre consistentes con los mandatos del Estatuto Nacional de Recursos Naturales.

Los gobernadores del departamento de Cundinamarca han compartido estas concepciones que, además, acostumbran reforzar, como en la actualidad, con argumentos peregrinos como que históricamente los municipios circundantes han sido absorbidos por Bogotá y que, simultáneamente, a Cundinamarca se le disminuyen su territorio y la jurisdicción de sus gobernadores. Aluden con ello a la inmortalidad de generales como Rojas Pinilla y a la perennidad de estatutos autoritarios que permiten reformas como la que dio lugar al Distrito Especial de Bogotá; es decir, la Constitución Política de Colombia que prohíbe tales conductas, para ellos no ha sido promulgada y el general en cuestión resucitó.

Esta historia recuerda otra muy semejante contada por Jonathan Swift a comienzos del siglo XVIII. Los habitantes de Liliput, de menos de 15 cm de estatura, capturan a un gigante que, después de haber sobrevivido a un naufragio, es sometido a las reglas de los liliputienses. Liliput rivaliza con Blefusco y Gulliver es la carta ganadora del conflicto. Pero se niega a subordinar a Blefusco a la jurisdicción de Liliput y es acusado de alta traición, no obstante haber salvado miles de vidas en la conflagración. Antes de ser ejecutada la condena que lo condenaba a la ceguera, es auxiliado por un amigo y retorna a su hogar.

Los alcaldes de la Sabana han asumido el rol de envalentonados liliputienses con capacidad para capturar y someter a la Bogotá ‘gulliveriana’, sin darse cuenta que Blefusco son las cientos de zonas metropolitanas del mundo, seis de ellas de Colombia, que compiten con la zona metropolitana de Bogotá. Pero en lugar de enfilar sus armas contra los auténticos rivales, las enfundan contra Bogotá que, en medio del combate, provee parte relevante del empleo de Liliput y satisface necesidades urgentes de miles de liliputienses en salud y educación. Claro, una novedad de esta historia es que Gulliver consiguió someter a un liliputiense, Soacha, que ahora, crecido y empobrecido, es el de mayor envergadura.

Expansión sin concertación o el apetito voraz de Gargantúa

Que las fuentes de agua para los bogotanos se encuentran en las jurisdicciones de los municipios de la Sabana y que las posibilidades de producción de suelo edificable se encuentran allí mismo, son verdades de Perogrullo. De la manera en que el agua y el suelo se gestionen dependen su escasez o su abundancia. La forma autoritaria con la que los gobernantes de Bogotá intervienen el suministro del agua a los municipios de Cundinamarca, o deciden expandir a Mosquera en un ensanche urbanístico con Bogotá, contribuyen a acicatear la desconfianza sobre la ciudad.

Las fábulas de François Rabelais en el siglo XVI sobre Pantagruel y Gargantúa son una excelente metáfora de esta relación autoritaria. Cuando el gigante Gargantúa despierta, lo primero que exclama es ¡A beber, a beber! Después se le representa como un personaje de apetito voraz que engulle lo que encuentra a su paso, en lo que se conoce como el “banquete pantagruélico” pues Pantagruel es otro de esos gigantes depredadores que inquieta a Rabelais. Sin embargo, Gargantúa es en verdad la narración de la construcción de la Abadía de Thelema que es una comunidad libre de todo ejercicio autoritario, en donde se impone otro tipo de voluntad y no la del gigante.

La zona metropolitana de Bogotá o la Abadía Cundinamarquesa de Thelema

Ni la jurisdicción de los gobernantes de Cundinamarca se reduce con la creación de un área metropolitana, ni la única alternativa para la producción de vivienda es el ensanche con Mosquera o cosas semejantes, ni el enemigo de los municipios de la Sabana es Bogotá. Pero es sobre estas falaces bases que discuten los gobernantes de la zona metropolitana de mayor importancia para el país.

El desarrollo político territorial de la zona metropolitana de Bogotá se encuentra detenido en el siglo XV, antes de Gargantúa, Pantagruel y Gulliver. Pequeños municipios han logrado superar la desconfianza en sus gigantes núcleos metropolitanos como Bogotá, y disfrutan de las ventajas de la cooperación para enfrentar pacífica y eficazmente a sus Blefuscos, que son otras zonas metropolitanas del mundo que como la del gran ABC Paulista en Brasil o la de México, que han recibido grandes inversiones industriales de firmas globales que antes se radicaban en Bogotá o en Cali, por ejemplo.

Por su parte, los gobernantes de los grandes núcleos metropolitanos son como gigantes que saben que su futuro radica en los acuerdos con sus vecinos. La conformación del Área Metropolitana de Bogotá es una tarea tanto o más perentoria que la actualización del ordenamiento territorial. Pero como seguramente el nombre es chocante para los liliputienses, también podría llamarse la Abadía Cundinamarquesa de Thelema. El nombre es lo de menos, lo crucial son las reglas para resolver los problemas metropolitanos del presente y gestionar un futuro en común.

OSCAR A. ALFONSO R.
​Docente e investigador de la Universidad Externado de Colombia

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