Apertura democrática / Opinión

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Antanas Mockus dice que el campamento por la paz es ejemplo de cómo hacer política sin armas.

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Antanas Mockus, presidente de Corpovisionarios.

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Andrea Moreno

20 de noviembre 2016 , 11:50 p.m.

Uno no nace demócrata, uno aprende a serlo. Yo mismo siento que por ese camino voy, pero aún me falta bastante.

No podemos, por principio, y no es aconsejable, por conveniencia, aceptar la debilidad del compromiso de algunos gobernantes con las garantías propias de la democracia (incluso para quienes en su actuación incurren en ilegalidades).

Hacer política sin armas no es fácil. La ciudadanía que en el ‘campamento por la paz’, alojado en la plaza de Bolívar de Bogotá, expresaba pacíficamente su deseo de un Acuerdo Ya dio ejemplo durante 42 días de cómo es hacer política sin armas. Y esto amerita no solo respaldo estatal, sino también solidaridad social y protección policial y judicial.

Hubo interlocución entre el equipo de la Alcaldía y los ocupantes para que con motivo de Salsa al Parque se redujera el campamento lo más posible. Y así los ocupantes lo hicieron. Un grupo grande se marchó, otro grupo se mantuvo, después de votar mayoritariamente en asamblea que permanecerían unos días más hasta que se definiera un mecanismo de refrendación y se empezara la implementación. Lo que tomó por sorpresa a los que se quedaron en la plaza fue la llegada a las 3 de la mañana de la policía con orden de desalojo.

El 2 de octubre no hubo ni una derrota contundente del ‘Sí’ ni un triunfo apabullante del ‘No’. Lo que se mostró fue una sociedad polarizada y parcialmente indiferente. El 63 por ciento de la ciudadanía no votó, y la diferencia entre los que votamos ‘Sí’ y los que votaron ‘No’ fue de menos de 60.000 personas. Acciones como las de la Administración Distrital en la madrugada del sábado 19 de noviembre, al desalojar a 30 personas con 300 policías, por ejemplo, pueden radicalizar la polarización, aumentar la indiferencia y atrasar el proceso de paz. El miedo erosiona la democracia.

Jóvenes muy diversos, que compartían desde distintos ángulos la preocupación por encontrar una manera de apoyar el proceso de paz, conformaron el campamento el 4 de octubre. Luego se sumaron a ellos campesinos, mujeres, adultos mayores, que llegaron a ser casi 300 personas, ilustrando cómo hacer resistencia y protesta no violenta. El derecho a disentir y a participar políticamente no debe ser despreciado ni sancionado con la fuerza de las armas o la intimidación.

Las armas son del Estado, la legitimidad institucional hay que fortalecerla, pero actuaciones como la de la madrugada del sábado debilitan esa legitimidad. Haber procedido al desalojo y haberlo hecho a las tres de la mañana a escondidas de la ciudad y de la opinión, traiciona el núcleo mismo del Estado social de derecho y de la oferta del Gobierno a los alzados en armas: política sin armas.

Y lo que es aún más grave es que la medida se ha tomado sin comunicación pública de parte de las instituciones involucradas. Al no haber justificación, no hay manera de controvertirla, de cuestionarla. No hay siquiera manera de entenderla.

Precisamente entre todos estamos ofreciendo, construyendo, aprendiendo a hacer política sin armas. No nos devolvamos. Todos debemos perderle el miedo a la apertura democrática. Esta es tal vez la condición más importante para construir una paz estable y duradera.

Recomiendo a los líderes del campamento usar una herramienta totalmente pacífica, la tutela. Es hora de afinar el sentido que en nuestra Constitución y nuestras leyes tienen y tendrán los derechos a la participación política, a la libertad de conciencia, a la libertad de expresión y a la libertad de organización.

En resumen, este pequeño caso ilustra cómo nuestro modelo mental (desde la celebración del Frente Nacional) sigue siendo consensuar con las mayorías soluciones de compromiso y arrasar, apabullar, desprestigiar y, sobre todo, intimidar a las minorías, sin ningún reparo. Tal vez nos ronda el miedo a que las concesiones a las minorías una vez que se toleren nos llevarán quién sabe dónde. Yo mismo he actuado algunas veces como gobernante inflexible por el temor al efecto “antecedente”: si cedemos en esto, cederemos en todo. Una Constitución es un acuerdo que protege especialmente a las minorías y a los débiles. Por eso es inteligente y ético aplicar la Constitución. No todo vale. La Constitución nos pone límites a todos, y principalmente al Estado.

ANTANAS MOCKUS
Presidente de Corpovisionarios

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