Un cementerio acorralado por las casas y el comercio en Bogotá

Un cementerio acorralado por las casas y el comercio en Bogotá

Data del año 1844 y en él están sepultados los primeros pobladores de Bosa.

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Vista aérea del cementerio. En la imagen se ve que está circundado por casas y comercio donde antes eran cultivos de trigo y cebada.

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EL TIEMPO

14 de noviembre 2016 , 01:41 a.m.

Todos los días, Hilda Aurora González viuda de Velásquez, de 85 años, pasa por el cementerio Parroquial de Bosa, en el suroccidente de la ciudad. Allí visita los mausoleos en los que reposan los restos de sus allegados. En su mente tiene intactos los recuerdos de cómo era este camposanto cuando ella, aún niña, lo visitaba junto con su mamá y tías.

“Las tumbas eran en tierra y estaba en medio de cultivos de cebada, trigo y maíz. Hoy está rodeado de casas, negocios y comercio”, asegura.

Dentro del cementerio señala un pequeño cuarto construido en ladrillo prensado que rodean algunas bóvedas. “Ahí está nuestro mausoleo. Mi hermano fue el último que falleció, de eso ya hace 5 años, sus cenizas están en ese cajoncito de madera –señala al interior del panteón familiar–. Mi mamá, mi papá y la abuela están en la parte de abajo, ellos fueron sepultados en tierra. También están mi esposo y mi hijo”, recuerda Hilda Aurora.

Según cuenta, es descendiente directa de los primeros pobladores indígenas de la localidad, que hasta la mitad del siglo pasado fue un municipio de Cundinamarca.

Pero como este panteón de los González también están los de otros pobladores que pertenecieron a la comunidad muisca, y con sus apellidos originarios, como los Orobajo, Buenhombre, Tunjo, Chiguasuque y Neuta. Crucifijos en estilos romano, franciscano, rectos, romanos y bizantinos adornan las partes superiores de estas criptas.

“Ellos fueron los primeros en ocupar este lugar y el reflejo de ello son los apellidos que figuran en las lápidas. Este cementerio es de semialtura y muchas tumbas están en tierra y tienen forma de sarcófagos. La particularidad es que estas figuras en piedra fueron hechas a mano por artesanos y hoy son patrimonio del cementerio y no se pueden modificar”, asegura Wílmer García Flórez, cura de la parroquia de San Bernardino de Bosa, adscrita a la arquidiócesis de Soacha y responsable del camposanto desde hace varios años.

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Wílmer García Flórez, cura de la parroquia de San Bernardino de Bosa. Al fondo se ven las tumbas en forma de sarcófagos. Foto: Carlos Ortega / EL TIEMPO

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(Especial: Bogotá subterránea)

La construcción data de 1844, según los archivos que reposan en la iglesia. El terreno fue donado por los indígenas y está ubicado a un kilómetro de distancia de la iglesia que está en el parque fundacional de esta localidad. “Para la época, era un camino largo que había que transitar a pie desde la iglesia”, recuerda Hilda Aurora.

“Hoy es más fácil llegar porque hay carros y vías”, complementa.

En el recorrido por el lugar se pueden observar dos espacios en los que se encuentran los tipos de tumbas que describe el sacerdote García Flórez. Lucen perfectamente cuidadas y las protegen matas sembradas alrededor.

Cuando se le pregunta si la localidad se ha tragado al cementerio, el religioso asegura que es verdad y esto lo atribuye a la migración del campo a la ciudad, la cual ha sido muy grande. “Muchos barrios que empezaron como invasión han hecho que este sector crezca desmesuradamente y hoy hay superpoblación. Esto ha hecho que el cementerio se vea rodeado de casas que literalmente lo van acorralando”, asegura el sacerdote.

(También: En cementerios del país hallan 24.482 cuerpos sin identificar)

Se podría pensar en trasladar de lugar esta necrópolis, pero Wílmer es tajante en asegurar que allí hay más de 75.000 tumbas y pensar en esto es algo descabellado.

“No hay manera de remover esa cantidad de restos humanos enterrados desde el siglo XIX y eso no se puede dimensionar, por aspectos de salud pública”, puntualiza.

Sobre su pasado reciente, los residentes de la localidad aseguran que era un lugar inseguro, y por la forma en que se construyeron las bóvedas, era propicio para que personas cometieran actos ilícitos.

“Cuando llegué me encontré con esa realidad y dije: ‘esto hay que cambiarlo’. Mejoramos parte de la infraestructura y pusimos cámaras de seguridad por todos los corredores. Trabajamos de la mano con la Policía y hemos concientizado a la comunidad de respetar este lugar y convertirlo en un espacio sagrado”, apunta el sacerdote.

Los feligreses y propietarios de los lotes del cementerio concuerdan con el cura en que la seguridad ha regresado y hoy es más tranquila la estancia. A esta iniciativa se sumaron algunos estudiantes del Sena, quienes construyeron una maqueta de más de dos metros de ancho en la que se ve cómo quedaría su remodelación para convertirlo en un parque cementerio.

“Queremos que en el 2020 este sea un espacio al que venga la comunidad y tenga un momento de paz junto con sus seres queridos”, agregó el sacerdote en el instante en el que se aprestaba para iniciar la eucaristía en la parroquia del cementerio, construida hace 50 años.

El gitano y el ‘general’
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Esta es la maqueta que diseñaron los estudiantes del Sena, se ve cómo quedaría el parque cementerio Parroquial de Bosa en el 2020. Foto: Carlos Ortega / EL TIEMPO

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En este lugar que para muchos es de frío, soledad y en ocasiones de miedo, también se escoden historias increíbles como la del gitano que fue sepultado con todas sus joyas y para que no abrieran su tumba ni se llevaran sus alhajas, los familiares pusieron vigilancia durante las 24 horas del día. “Era una bóveda muy bonita, estaba adornada con flores y por muchos años fue de peregrinación. Hoy no queda nada de eso”, aseguró Hilda Aurora.

En otro mausoleo, ubicado más al fondo del cementerio, reposan los restos humanos de uno de los ‘generales’ que participó en la guerra de los Mil Días. “A mi tatarabuelo Anastacio Díaz le dieron ese título porque lideró un grupo de 20 personas en este sector en esa guerra civil: lucharon y derrotaron a los contrincantes y por eso le otorgaron esa distinción”, aseguró Fabián Melo. Según la inscripción en la tumba, este ‘general’ falleció el 23 de febrero de 1916.

Algo que deja claro García Flórez es que este cementerio es privado. “No recibimos ninguna ayuda del Distrito. Cumplimos con todos los requisitos que contempla la Secretaría de Salud para estos lugares”, advierte.

Con respecto a la cantidad de inhumaciones que allí se realizan, el sacerdote asegura que son cerca de 16 al mes, mientras que las exhumaciones son alrededor de 10 en ese mismo periodo.

‘Velas a las almas benditas los lunes’

El camposanto está ubicado en la transversal 79 n.° 66-35 sur, del barrio Pablo VI de Bosa. “La vía de entrada es muy agosta y tenemos un paradero del SITP. Logramos reducir la invasión del espacio público por parte de los comerciantes y los lunes aún sigue la tradición de los visitantes de prender velas a las almas benditas”, dice el cura Wílmer García.

JOHN CERÓN
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter joncer@eltiempo.com

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