La carta de una madre tras el asesinato de su hijo

La carta de una madre tras el asesinato de su hijo

Mireya Kurmen perdió a su hijo, el biólogo Juan Manuel Campo (37 años), en un atraco.

Juan Manuel Campo y Mireya Kurmen

Juan Manuel Campo falleció a los 37 años. En la foto, con su madre Mireya.

Foto:

Cortesía familia Campo Kurmen

22 de octubre 2017 , 11:12 p.m.

Hablar de la vida cuando nos golpea la muerte. Ponerle el pecho al dolor y convertirlo en creación. Esas son las consignas que hoy asume Mireya Kurmen, la mamá del biólogo Juan Manuel Campo, asesinado en un puente peatonal de Bogotá en medio de un atraco.

A Juan le arrancaron la existencia con la punta de un cuchillo, el pasado 15 de octubre. Y a punta de coraje Mireya escribió un mensaje resiliente. Durante las honras fúnebres habló para sus familiares y amigos: recordó a su muchacho, el biólogo que antes de cumplir 40 años pretendía sembrar un millón de árboles. Iba en 37.000.

Ella, psicóloga de 64 años de edad, cuenta que su hijo prefería el encuentro con los amigos antes que leerlos en WhatsApp y Facebook. Que le preocupaba la desigualdad en Colombia y que no tenía duda en referirse a la madera como si fueran piedras preciosas. “Hablar de madera es hablar de la vida. Si usamos los bosques, entonces debemos entregarles todo lo que podamos”, dejó grabado el biólogo en un video de YouTube.

Albura se llama la empresa que había construido. Un negocio que recicla madera de los bosques y ciudades para hacer joyas y accesorios. Su mayor interés: que la gente respetara el medioambiente.

Una ola de amigos pasaba a darles condolencias a Mireya y los hermanos de la víctima (Olafo y María). “En el entierro, a todo el que nos daba el pésame yo le decía que el mejor pésame era sembrar un árbol”, contó María. Y esa respuesta empieza a tomar forma gracias a varios colegas en Colombia y el exterior –él había cursado una maestría en Manejo y Conservación de Bosques Tropicales y Biodiversidad en el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza de Costa Rica–.

En el entierro, a todo el que
nos daba el pésame yo le decía
que el mejor pésame era
sembrar un árbol

Con la etiqueta #UnBosqueParaJuan y con un blog homónimo, la semilla del sueño que Juan empezó a gestar en vida espera crecer hasta lo más alto. Basta con que cada uno en su casa, barrio o finca aporte una siembra. Bienvenidos los que deseen hacer más que eso.

El dolor embarga a Mireya y no lo niega. En vez de señalar a los ladrones que segaron la vida de aquel hombre que cuando niño prefería observar insectos mientras sus amigos jugaban a la pelota, opta por cuestionarse cuál es la sociedad que construimos. Sus palabras revelan el dolor de madre. Sus reflexiones evidencian la sabiduría de una abuela:

“Gracias a todos por estar en este momento tan difícil en que el corazón requiere un hombro amigo y la fuerza de un abrazo para amainar el dolor.

“... La vida me enfrenta hoy a la lección más difícil que haya tenido: asentir al destino. Asentir no significa aceptar con resignación, significa decir sí a todo, como fue, como es y como será. Significa bajar la cabeza con total humildad ante el Hacedor de las cosas, reconociendo que en el universo creado, en la complejidad de la vida, todo es perfecto. Todo suceso, por nimio o importante que parezca, obedece a un equilibrio perfecto. Nada puede ser de otra manera.

“Como fue está bien, como es está bien, como será está bien; entonces la única salida posible es fluir con los designios de la vida, es ponerse en sintonía con el destino, sin ninguna resistencia, sin ninguna pretensión por cambiarlo. Es reconocer que todo sirve a algo mayor, aunque desconozcamos el propósito, aunque solo percibamos lo que nuestros ojos alcanzan a ver...

Encontré árboles que solo había visto en los libros... Conocí gente linda que apenas si saben leer y escribir y tienen un profundo conocimiento del bosque

“... Yo sentía su angustia y pedía al cielo un sueño que le permitiera amar la vida plenamente. Inicia (Juan) sus estudios en la Universidad Nacional, en biología, esa ciencia maravillosa de la que se enamora, y encuentra entonces el propósito de su vida. Nuestra casa se convierte en el espacio del encuentro con sus amigos y compañeros, que traen consigo el despertar del amor. Muchos de los presentes compartieron su pasión por las salidas de campo y disfrutaron de su amistad y alegría. Se reía de manera estrepitosa con una risa plena que era su sello característico.

“... Luego empieza a viajar y a reforestar. Sus dos últimos destinos: Vichada, un departamento como muchos otros, lleno de abandono estatal, sin luz, sin internet, sin carreteras, pero allí sembró cerca de 10.000 árboles; y finalmente Magdalena Medio.

“... ‘Mamá’, me decía, ‘conocí un reducto de bosque conservado y encontré zapán, granadillo, guatinajo, y encontré árboles que solo había visto en los libros... Conocí gente linda que apenas si saben leer y escribir y tienen un profundo conocimiento del bosque’.

“... En estos últimos días estuvimos muy unidos, hasta que el domingo en la noche María viene y me despierta para decirme que atracaron a Juan y que está grave en la clínica Méderi. Venía de regreso a casa con su novia y los atracaron (él se resistió a entregar la cámara y los lentes con los que registraba las maravillas del bosque), le asestaron una puñalada en su corazón, llegó sin vida al hospital, y aunque hicieron todo lo posible por reanimarlo falleció”.

Siembra

“... ¿Qué les habrá entregado la vida a esos jóvenes para hacer una cosa así? Esa pregunta suscita muchas respuestas, y nos invita a no juzgar, a darle un lugar en el corazón a estos victimarios y a responsabilizarnos de nuestra contribución, pequeña o grande, en este orden social que hemos construido, que como decía Juan es tan desigual que les niega a unos todas las posibilidades que a otros les da en abundancia, que valora el tener sobre el ser.

Y que así Juan resucite en cada árbol, en cada bosque. Así su muerte cobrará el sentido que él quiso darle a su vida

“... El dolor de la pérdida persiste. Para muchos sigue siendo injusto, culpan a Dios, a los poderosos, a la corrupción... Otros piensan en los proyectos truncados y en el potencial de vida que se perdió; otros, tal vez, en qué hubiera pasado si hubieran hecho esto o aquello; todas estas son muestras de resistencia ante el destino.

“Los invito a asentir al destino: como fue está bien, como es está bien, como será está bien; y a sembrar un árbol en nombre de Juan, para que a través de nosotros su meta de completar un millón de árboles para sus 40 años se haga realidad... Y que así Juan resucite en cada árbol, en cada bosque. Así su muerte cobrará el sentido que él quiso darle a su vida”.

FELIPE MOTOA FRANCO
EL TIEMPO@felipemotoa

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