La biblioteca de Ciudad Bolívar que trabaja con sueños de los niños

La biblioteca de Ciudad Bolívar que trabaja con sueños de los niños

Queda en una zona rural de Bogotá. 142 jóvenes cambian el asistencialismo por emprendimiento social.

Biblioteca Ciudad Bolívar

Las actividades lúdicas son una de las claves dentro del proyecto, que se sostiene gracias a convocatorias y alianzas con entidades.

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Mauricio León / EL TIEMPO

27 de febrero 2017 , 04:49 a.m.

¿Qué tiene que pasar para que un oficinista bien pago deje su trabajo y se vaya a la zona rural de Ciudad Bolívar a construir una biblioteca? Tener la vocación de servicio, sin duda, pero también que la vida le muestre situaciones que lo ayuden a descubrir el camino. Eso fue lo que les pasó a Iván Triana y Andrea Barón, los artífices de la Biblioteca de la Creatividad.

Para llegar al sitio hay que treparse en bus o en carro por las faldas de la conocida localidad del sur bogotano. Tras ascender por incontables curvas y pasar barrios a diestra y siniestra, el asfalto resquebrajado da paso a una trocha salpicada de guijarros. Un polvo menudo que hace picar la nariz obliga a cerrar las ventanas del vehículo. Las casas de dos y tres pisos que antes se veían en lo urbano ahora escasean y son remplazadas por viviendas coloridas de un piso, separadas por varios metros unas de otras. Aparecen árboles y también montes verdes. Es la vereda Quiba Guabal.

Entre los inmuebles que se reparten por esta zona campestre aparece una casita que bien podría estar en un pesebre. En su fachada, la pintura de un bosque, niños jugando con libros, un árbol tutelar y un búho dicen ‘Bienvenidos’. Voces y risas juveniles salen del interior. Al ingresar, un grupo de muchachos y niños departen en la sala principal, denominada Salón de la Creatividad. En las paredes, muebles, cuadros y decoración abundan los colores. Esta y cinco habitaciones más conforman la sede del proyecto, que será presentada por los jóvenes.

Jimena Pedraza, de 12 años y asistente desde que cursaba la primaria, empieza la inducción en la sala de video, que entre todos cubrieron con cubetas de huevos para silenciarla. Dos computadores les sirven para editar productos audiovisuales que crean en la medida que realizan actividades. Gracias a los tutoriales de YouTube y otras plataformas aprenden la labor técnica de realización. En seguida, da paso al Laboratorio de Lectura, donde están los libros, juegos de mesa y consolas como X-BOX. Dos pequeños se retan a ver quién gana la partida de Adivina Quien, mientras la conocida frase de ‘El Principito’ (libro de Antoine de Saint-Exupéry) engalana un muro: “Solo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible a los ojos”.

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Jimena, de ojos saltones y piel morena, se anticipa a las inquietudes: “Como aquí nada debe ser regalado, y debe costarnos algún esfuerzo, entonces usamos tapas y botellas de plástico como dinero. Si un niño quiere jugar en el X-BOX o la tableta, primero debe cumplir con un trabajo lúdico o traer tapas de plástico que servirán para reciclar y ayudar al ecosistema; ayudar a regar con agua las matas o montar en bicicleta también son aportes válidos”.

Durante el año, gracias a alianzas con organizaciones como la Universidad Minuto de Dios, quienes necesiten un cuaderno para el colegio también lo pueden conseguir, pagando con los elementos que ya se mencionaron. La idea es inculcarles que con trabajo todo se puede alcanzar.

La premisa de decirle no al asistencialismo es clave para la misión de la Biblioteca. Por eso, los chicos no reciben refrigerios, pues al inicio del proyecto, en el 2010, los emprendedores se toparon con una realidad que los dejó incómodos y con decisiones por tomar. Fue una tarde en la que convocaron a los pequeños para darles un taller de lectura, música y cine. Días antes habían dictado varios similares, que incluían viandas para la media tarde. Al llamado acudieron 30 menores que, por un imprevisto, ese día no recibieron comida, aunque sí los conocimientos y actividades. Aquello, en opinión de los padres de familia, fue el ‘acabose’, pues llegaron al lugar a decirles irresponsables a los organizadores, amenazando con no enviar más a sus hijos si el asunto se repetía, decisión que los pelados secundaron. Dejaron de asistir la mayoría, excepto cinco.

“Nos dimos cuenta de que muchos niños van a las fundaciones por la comida, pero ¿será que en la casa no tienen? La realidad es que a veces almuerzan dos y tres veces (en el colegio, en el comedor comunitario, en la fundación); y en diciembre reciben regalos, varios, porque se les volvió costumbre hacer rondas por las fundaciones y pedir y enojarse si no les dan. Pero al poco tiempo ya han dañado o botado lo recibido, porque no les ha costado nada”, reflexiona Andrea Barón, de gafas, ‘jeans’ y tenis Converse.

Sueños

Andrea, igual que Iván, es bibliotecóloga egresada de la Universidad de La Salle. En conjunto, iniciaron su proyecto en el 2009, con la idea de montar una biblioteca en el Colegio Amigos de la Naturaleza, ubicado en la vereda. Él laboraba en la organización de sistemas informativos, en un cargo importante de una empresa reconocida. Ella se desempeñaba como auxiliar de archivo en una constructora, con una buena remuneración.

Iván, que nació en un barrio semirrural de Usme, ya se había mudado a otra localidad más próxima al norte. En opinión de sus padres y conocidos era un tipo exitoso. Pero no estaba feliz. Recordaba que en el tiempo en que prestó su servicio militar en la Policía, dictó algunas clases en Ciudad Bolívar, donde se topó con una realidad que nunca se le borró: embarazos adolescentes, consumo de drogas, violencia y una aguda carencia de sueños por cumplir.

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Comenzaron a adelantar labores para la primera biblioteca. Los fines de semana y en horas semanales que les quedaban libres dictaban cursos y a la vez aprendían de los asistentes. Poco a poco dotaron un espacio, con ayuda de amigos y organizaciones, hasta que el lugar se quedó pequeño. Surgió entonces el propósito de buscar un nuevo sitio, en la misma vereda, pero que pudieran dirigir de forma independiente. Así nació la Fundación Biblioseo, cuyo hijo sería la Biblioteca de la Creatividad.

Alquilaron un inmueble, el mismo que hoy ocupan, y lo llenaron de color. Por aquel tiempo, Iván se topó en la calle con un viejo amigo: “Nos conocíamos desde la infancia, teníamos sueños compartidos, y lo encontré totalmente llevado por la droga, viviendo en la calle. Eso me marcó y me dijo que tenía que hacer algo más por la comunidad”, recuenta él, de piel morena, pelo bien cortado, rodeado de libros, películas e instrumentos musicales.

¿Cuál fue entonces la misión que se plantaron? Que más allá de satisfacer una necesidad, como ocupar el tiempo libre de los niños, pudieran “incentivarles las ganas de progresar y que aprendieran a transformar sus vidas. Buscamos que rompan círculos de pobreza, como los embarazos adolescentes y la pérdida de talentos. Esto a través de varios puntos: erradicar la pobreza mental y evitar la dependencia del asistencialismo, porque hay muchas familias que se acostumbraron solo a recibir, lo que los lleva a estancarse”, complementa el emprendedor, de 31 años.

Fue así como empezaron a llevarles charlas de personas exitosas que habían vencido la adversidad, para que los muchachos comenzaran a soñar con ser biólogos, arquitectos, músicos, chefs, periodistas, y que no se conformaran con aquello de que iban a ser lo que les tocara ser. “No queríamos niños esperando a que les den, sino más bien que piensen cómo pueden ser mejores para ellos mismos y ayudar a su comunidad. Los ayudamos a formular sus sueños, que se trabajan como proyectos de emprendimiento, con una primera aplicación en su entorno más próximo”, apunta Andrea.

Por ejemplo, si alguno quiere ser diseñador, conciben y ejecutan la idea de pintar fachadas con colores armónicos; si otro quiere ser agrónomo, plantan árboles e instalan huertas verticales, y así con cada posible profesión u oficio.

A los 110 niños en etapa de semillero y 32 en segunda etapa, que hoy asisten a la Biblioteca, les han identificado sus talentos e intereses, para guiarlos en la búsqueda de un proyecto de vida que los aleje de la marginalidad. Gracias a alianzas con organizaciones como América Solidaria o Aiesec, que aportan profesionales y voluntarios, y que los asisten de forma permanente, estos emprendedores sociales aseguran que les han robado jóvenes a la droga, la violencia y la maternidad adolescente. De lunes a sábado, de nueve de la mañana a seis de la tarde, los muchachos acuden, de manera que no importa en la jornada que estudien, siempre pueden ir a tocar instrumentos, a recibir claves de vocación, leer, discutir películas y a hacer deporte.

Soñar en grande

Hace tres años Iván y Andrea decidieron renunciar a sus trabajos y dedicarse de lleno a su obra, pues era allí donde se sentían útiles y satisfechos. Esta ha crecido tanto que desde el 2016 incubaron un nuevo plan, en conjunto con los 142 asistentes: se titula el Ladrillo de los Sueños y consiste en vender un ladrillo en miniatura (cuesta 20.000 pesos), con el cual los aportantes ayudan a llenar la bolsa que requieren para construir la nueva sede, más amplia y en forma de aldea (para que no rompa con el entorno rural) para la Biblioteca.

Pero ojo, como ya se mencionó, ellos no quieren pedir por pedir. Quienes compraron el bono hasta el 25 de febrero participaron en el sorteo de la camiseta que usó el ciclista Nairo Quintana cuando ganó el Giro de Italia del 2014; también se podían ganar la camiseta del Fútbol Club Barcelona (España) firmada por una de sus figuras, el brasileño Neymar; y por si fuera poco, una guitarra con el autógrafo del cantante Andrés Cepeda.

¿Cómo se consiguieron esos objetos? Como dicen que la buena energía llama buena energía, empresarios y personas de las altas esferas se han enterado de las acciones de la Fundación (entre otras porque Iván y Andrea han conseguido que sus muchachos dicten conferencias en las que hablan de superación y lucha contra la dificultad, lo que suele conmover a quienes las oyen en las empresas), y los han sorprendido con esos valiosos ‘regalos’.

La búsqueda de recursos continuará, dicen los niños, varios de los cuales se expresan como verdaderos conferencistas. “Si tus acciones inspiran a otros a soñar, aprende a ser mejor líder”, advierte Camila Ríos, una de las mayores del grupo. Ella se graduó el año pasado y gracias a la gestión de la Fundación con la Universidad EAN, el próximo semestre podría ingresar a realizar su sueño de estudiar lenguas modernas (inglés). Sería la primera de una camada que, repiten Iván y Andrea, esperan que todos puedan ser profesionales.

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Entre tanto, todos los días un grupo de ellos baja en bicicletas todoterreno desde la vereda hasta los barrios cercanos. A la vez que hacen deporte y aprenden hábitos saludables, se entrenan para lo que será su primera aventura más allá de las fronteras: siete de ellos viajarán a España para recorrer el conocido Camino de Santiago, al que llegan peregrinos de todo el mundo. El apoyo y la alianza con una nueva organización que se enteró de sus avances, los premió con este viaje que, ya aseguran será inolvidable. Un aliciente más para que no dejen de pedalear por sus sueños.

Su apoyo también es importante

Si usted desea colaborar con el Ladrillo de los Sueños, para construir una mejor sede que albergue a la Biblioteca de la Creatividad, puede contactarse con los líderes de la iniciativa en el correo ivan.triana@biblioseo.com o en la página de Facebook Fundación Biblioseo.

La idea de los emprendedores sociales es que los niños cuenten con un espacio más amplio.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter @felipemotoa

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