De a poco vuelve la tranquilidad al centro Andino después del atentado

De a poco vuelve la tranquilidad al centro Andino después del atentado

Vendedores de tiendas cuentan cómo es la vigilancia y qué sienten, tras un mes de la explosión.

Centro Comercial Andino

Los guardias de seguridad, en el centro comercial Andino, permanecen vigilantes en todos los pisos.

Foto:

Felipe Motoa / ELTIEMPO

17 de julio 2017 , 10:26 p.m.

El centro comercial Andino (norte de Bogotá) está más vigilado de lo que sus visitantes creen. Así se nota tras permanecer horas en sus instalaciones, donde el 17 de junio pasado la detonación de un artefacto explosivo dejó tres víctimas mortales y varios heridos.

Entre las personas que trabajan en el concurrido lugar se maneja un tono prudente frente a lo acontecido. El periodista acude en plan de observación, pasado el mediodía.

–¿En cuál de los baños pusieron la bomba? –inquiere el comunicador a una señora de servicios varios que pasa con barredora.

Ay, no me pregunte eso –contesta, parando su labor y sin mirar el rostro de su interlocutor. Masculla algo, de lo cual solo queda claro: “Sé que fue en el segundo piso, pero no más”, mientras parpadea de forma repetida, con la vista en el piso, nerviosa. Tras su lacónica respuesta se va a otra zona.

La explosión ocurrió en uno de los baños del segundo piso, el que da a los pasillos más concurridos. En ese nivel, basta con observar unos 15 o 20 minutos el público que camina, hasta que se nota que la seguridad no solo la prestan vigilantes de uniforme sino agentes encubiertos. Por ejemplo, un sujeto de traje negro, muy bien puesto, pasa como un oficinista o ejecutivo más, pero al observarlo por detrás se ve que lleva un audífono en el oído, del cual se desprende un cable como de teléfono fijo y baja por su espalda, camuflado en el blazer: su intercomunicador.

Sobre las cuatro de la tarde, se ven dos policías, hombre y mujer, que pasan del segundo al tercer piso, luego al cuarto y así en continua ronda. Entran a almacenes y preguntan sobre productos, como parte de su vigilancia.

De regreso al punto donde ocurrió el atentado, una vigilante custodia el pasillo de acceso a los baños. El paso permanece restringido, por efecto de los daños y posteriores adecuaciones que les realizan a las instalaciones dañadas. Se trata de acceder, diciendo que se va al baño de hombres (en el de mujeres explotó el artefacto), pero la vigía advierte que ambos están clausurados.

“Los baños del 3.° y 4.° pisos se encuentran habilitados. Estamos trabajando para restablecer el servicio lo más pronto posible. Agradecemos su comprensión”, se lee en un aviso de pared.

En un local próximo a la zona de impacto, un joven vendedor dice que después de lo ocurrido el 17 de junio la paranoia los acompaña a él y sus compañeros, sobre todo en las primeras dos semanas. Cualquier ruido extraño que escuchaban los ponía en alerta y les hacía temer lo peor:

–La fluidez de gente ha bajado harto. Mire que a esta hora (4:40 p. m.) usted observaba los pasillos y transitaban muchas personas. En cambio mire –señala– no hay tantos visitantes.

Vigilantes

–Lo que esperamos es que eso no pase nunca más. Y que la gente vuelva, porque hay mucha vigilancia –dice un vendedor con seis años de experiencia.

Algo que llama la atención, en el cuarto piso, es que en el estrecho hall que da acceso a los servicios sanitarios permanece un sujeto de la empresa de seguridad privada. Cruzado de manos se sitúa allí, observando quién entra y quién sale, con mirada seria y sin chistar. Casi lo mismo se ve en la plazoleta de comidas, aledaña a la cual hay otros baños, y afuera de ellos dos mujeres, de uniforme, observan a los usuarios, mientras dan informes a su central de mando, a través del radioteléfono.

EL TIEMPO se comunicó con la oficina de mercadeo y comunicaciones del centro comercial Andino, para preguntarles sobre la afluencia de público y cómo trabajan para no perder los clientes que los propios vendedores dicen que se han ido, pero, tras señalar que devolverían la llamada con una respuesta, la misma no llegó.

–Hay mucho policía. No solo los que usted ve de uniforme, sino otros encubiertos, parecen clientes comunes y corrientes –apunta la administradora de un local de ropa, quien finaliza afirmando que, por fortuna, la explosión no llegó a las vitrinas: –No creemos que los terroristas se atrevan a hacer algo así otra vez en este mismo lugar.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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