Cruzó América en bici para darles ejemplo a sus alumnos

Cruzó América en bici para darles ejemplo a sus alumnos

Andrés Fontecha, rector de un colegio, recorre el continente para inculcar amor por el deporte.

Cruzó América en bici para darles ejemplo a sus alumnos

Los estudiantes del colegio Santa Ana encuentran un referente de disciplina y esfuerzo en su rector, Andrés Hernando Fontecha.

Foto:

Carlos Ortega / EL TIEMPO

06 de abril 2017 , 05:04 p.m.

En las afueras de Lima (Perú), el paisaje se compone de mar a un lado y desierto al otro. Camiones de carga van y vienen por una carretera que se torna más desolada a medida que se avanza. Por esta pedaleaba Andrés Hernando Fontecha cuando alcanzó a un tipo que trotaba.

–Disculpe, señor, ¿la vía hacia el norte sigue por acá? –quiso confirmar Andrés.
–Un momento –le respondió el corredor, sudando, al detenerse. Sus rasgos semejaban los del peruano común (moreno, entre mestizo e indígena), pero su acento mexicano reveló su procedencia. Se pasó adelante la tula que llevaba en la espalda, extrajo un mapa y tras observar en él con ojos entrecerrados, indicó:

–Siga como va, es hacia adelante, por la vía Panamericana y sin desviar.
–Usted tampoco es peruano –agregó.
–No, soy de México. Vengo trotando desde Buenos Aires, y la idea es llegar a mi país así, güey.

A raíz de ese encuentro, Andrés reflexionó que quejarse no se correspondía con su situación. Venía en bicicleta desde Santiago de Chile (hasta donde voló desde Bogotá), con el propósito de llegar a Funza, Cundinamarca. Creía que lo suyo era una proeza, pero el que trotaba le dejó una lección: “Siempre habrá alguien con un reto mayor que el tuyo: los imposibles solo están en la mente”, dice hoy.

Desde su oficina del Colegio Santa Ana de Funza (municipio aledaño a Bogotá), Andrés despacha los oficios de rector. A sus 40 años se precia de tener una mente que no se arruga, y en su trabajo procura contagiar a los estudiantes, que lo toman como referencia. Cuando habla, detrás de su escritorio, reluce una sonrisa de oreja a oreja.

Su cuerpo es delgado; su piel, trigueña, y su cabeza luce rapada, al estilo castrense.
Un superhéroe popular, algo así es en lo que se ha convertido. No en vano los lugareños le profesaron caravanas de bienvenida aquella vez que logró sobreponerse al paso por los países andinos (2011) y más tarde al bajar desde Estados Unidos hasta Colombia, a través de Centroamérica (2016). Esa última vez lo recibieron con vítores y papayera, pues, sobre todo a los estudiantes, los hizo partícipes de la travesía: ellos le colaboraron en la realización de bazares para conseguir recursos, y en cada sitio al que arribó se tomó y subió a las redes sociales fotos con elementos que los jóvenes le habían obsequiado.

Cruzó América en bici para darles ejemplo a sus alumnos

El reto que más duro le ha dado a Fontecha fue el viaje Estados Unidos-Colombia. En la foto, el paso por Guatemala.

Foto:

Cortesía Andrés Fontecha

–¿Por qué hace esos viajes de tanto esfuerzo?
–Con la idea de inspirar la práctica del deporte en la juventud. Los obstáculos en el camino del débil son peldaños en el camino del fuerte: esos son valores que les inculco a mis estudiantes, porque las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Si ellos ven al rector por allá pedaleando, esforzándose, creo que se moverán también –apunta.

Cuesta arriba

En Chile, luego de tomar la vía, se encuentran poblados cada 100 kilómetros, en promedio, cuenta el pedalista. Por eso mantenía una velocidad constante de entre 20 y 25 kilómetros por hora, pues cargar con el peso del equipaje y la misma bici (unos 30 kilos, sin contarse él) lo obligaba a medir las fuerzas para que el desgaste del clima y las distancias no lo derrotaran. En Perú, el asunto era similar, hasta que se topó con la etapa Chiclayo-Piura. Se vio retado por un trecho de 250 kilómetros. “Puro desierto, no había nada nada, solo dunas de arena. Fue pedalear todo el día, hasta la noche, y al fin llegué”.

En un tramo previo arribó al restaurante La Balsa, en territorio de Casma (provincia homónima peruana). Atendido por el señor Clemente, así, a secas, sin apellido, como lo recuerdan los ciclistas que de todo el mundo pasan en su reto suramericano, Andrés pretendió que solo almorzaría. Hasta que trabó conversación con el anciano, moreno y de ojos achinados.

Se quedó cinco horas y atestiguó la llegada de un japonés que empujaba una carreta con su frugal equipaje y una guitarra, con destino a Argentina. Les regaló una canción a son de cuerdas. “Pensaba que yo era loco, pero vi historias realmente locas, muy grandes, como esa”.

Al término del diálogo, el viejo sacó un tomo de páginas manuscritas con saludos amistosos de otros viajeros. Se lo extendió al colombiano, quien a su vez lo firmó y le pegó un billete de dos mil pesos.

–¿Cuánto le debo por el almuerzo? –inquirió.
–No me debe nada.
–¿Cómo se le ocurre? Yo le pago lo que comí.
–¿Sabe cómo me puede pagar? Ayude a todo el que pueda en el camino –invitó Clemente, reconocido entre mochileros como el Ángel del Desierto.

Atestiguó la llegada de un japonés que empujaba una carreta con su frugal equipaje y una guitarra, con destino a Argentina.

Después llegó a Ecuador, donde un premio de montaña le sacó lágrimas a cambio de coronar: “Creía que no había nada tan difícil como el alto de La Línea, pero Alluriquín-Quito fue terrible. La señora del hotel me preguntó a qué hora salía al día siguiente. ‘Tipo 10 de la mañana’, le dije. ‘¡Nooooo, los buses se demoran cuatro horas para subir a Quito!’, me advirtió. Ese día subí 70 kilómetros, en una topografía como la del altiplano cundiboyacense”, cuenta el rector, cambiando la sonrisa por una mueca de dientes apretados.

Llegar a Bogotá, tras superar la capital ecuatoriana, la frontera y Pasto, sería cuestión de paciencia. Al final, 7.000 kilómetros en las llantas de Gloria, su ‘caballito de acero’, entre mediados de diciembre y finales de febrero (2011).

Imparable

No bien llegó a casa y ya engranaba en su cabeza el deseo de convertirse en oficial de la reserva. Ingresó al batallón de Policía Naval 170, en Bogotá, y en el 2012 se graduó como teniente de fragata (Armada).

Continuó en la rectoría del colegio, ahora embargado por una obligación doble: guiar a sus alumnos y generar admiración por las Fuerzas Militares. Así nació la futura ‘Travesía por los héroes caídos en combate’, que empezaría en el 2015: desde Estados Unidos hasta Colombia, montado en Santa Ana, su nueva bici, llamada así en homenaje a su abuela. Esto lo cuenta con una decena de diplomas meritorios detrás de él.

Voló a Florida (Estados Unidos) para comenzar la marcha. Alabama, Misisipi y Luisiana lo vieron pasar. En Port Charlotte llegó a un restaurante, El Guacamole, desorientado por la ruta que debía seguir (aunque portaba un GPS, en ocasiones las vías se prestaban para confusión). “La dueña había sido inmigrante ilegal y ya tenía residencia; cuando le fui a pagar no me dejó, y encima me dio hospedaje sin que yo se lo pidiera: me dejó las llaves del restaurante para que cerrara antes de irme por la mañana: ‘Mi familia y yo tuvimos muchas dificultades, ahora lo queremos ayudar a usted’, me dijo”.

Pretendió llegar a México. Pero una hernia inguinal y su consecuente dolor lo obligaron a parar. Avión de regreso a casa y los ojos aguados al aterrizar en El Dorado. Su bálsamo fue el recibimiento de sus dos hermanas y su madre.

Esperó hasta el 2016 para sanar el cuerpo y fortalecer la moral. “Comencé de nuevo a preparar la revancha, porque el ejemplo también es levantarse y no darse por vencido; hice fiestas para recaudar fondos. Empaqué camisetas, el escapulario y un soldadito que me dieron los estudiantes, los cuales me daban fuerza”.

Encontré que la gente más humilde era la que más ayudaba

La segunda acometida arrancó en mayo del año pasado, desde Houston, Texas. Esta vez solo 20 kilos, entre carga y bicicleta. “Temía por la seguridad, pero yo iba con un propósito bueno. Alguna gente me dejaba dormir en carros, me daban comida y hasta dinero. Nada vi de los carteles del narcotráfico”, comenta el viajero, que en su juventud admiraba a los ‘escarabajos’ Luis ‘Lucho’ Herrera y Fabio Parra, sus hazañas en rutas europeas. Para imitarlos hacía mandados, gracias a los cuales le prestaban bicicletas, y en ellas se ponía retos de ascenso: Bojacá, alto del Vino (vía a La Vega), La Mesa, el alto del Nueve (vía a Girardot), entre otros.

Esfuerzo

Bajó de un alto, a unos 60 kilómetros por hora, en busca de la frontera guatemalteca. Tractomulas pasaban. Luego vino un llano donde el tornillo del sillín se aflojó, y él dio de espaldas contra el piso, en mitad de la carretera. Tuvo suerte de que ningún automotor pasara. Laceraciones en manos y piernas. Caminó dos kilómetros en busca del repuesto; en una casa de un solo piso y con porche de tierra, abrió un niño que llamó a su padre, quien a su vez le reparó la bici y le ofreció hospedaje, aunque no lo tomó. “Encontré que la gente más humilde era la que más ayudaba”.

Fue así como los kilómetros pasaron bajo sus llantas. En Guatemala lo recibieron el embajador y el ministro plenipotenciario de Colombia (muestra con orgullo la foto junto al funcionario); en El Salvador no tuvo ocasión de coincidir con las pandillas maras y en cambio se llevó una grata impresión de sus gentes; Costa Rica le pareció bonita, pero llovió cada día, lo que lo obligó a pedalear huyendo del agua; en Panamá abordó un avión hasta Bogotá, como escala para volar a Cartagena, donde oficiales e infantes lo recibieron en la base naval y le agradecieron por su esfuerzo. Descansó dos días.

El rector pedalista en compañía del Ángel del Desierto

El rector pedalista en compañía del Ángel del Desierto (Perú).

Foto:

Foto: cortesía Andrés Fontecha

Barranquilla, Ciénaga, Bosconia, Curumaní, Aguachica, Magdalena Medio (Puerto Boyacá y Honda), Villeta y Funza fueron las etapas finales de su carrera ciclística, coronada en junio con aplausos, el recibimiento con carro de bomberos y hasta una Harley Davidson que hizo tronar su sirena en felicitación.

Varios de mis estudiantes ya son ciclomontañistas, deportistas destacados, y muchos son buenas personas. Aunque a veces no lo piense, uno ha sido referente para ellos, porque me lo han contado. Eso, para mí, es lo más importante”, sentencia el rector, dejando volar su imaginación por las carreteras de quién sabe qué nuevo reto.

Felipe Motoa Franco
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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