Cada día abandonan a dos ancianos en Bogotá

Cada día abandonan a dos ancianos en Bogotá

En los centros de atención del Distrito hay 1.890 adultos que fueron abandonados.

Centros de protección de ancianos

En sus 16 centros de protección, el Distrito acoge 1.980 ancianos vulnerables.

Foto:

Felipe Motoa Franco / EL TIEMPO

11 de junio 2017 , 11:55 a.m.

El caso de Ligia Elvira Flórez de 77 años que fue abandonada en el aeropuerto El Dorado, pese a estar en silla de ruedas y enferma de mal de Parkinson, es solo uno de los cientos de dramas que ocurren cada año en Bogotá. Aunque el Distrito acoge 1.890 ancianos vulnerables en sus 16 centros de protección, la fila para acceder a un cupo ronda las 200 personas.

Los centros de salud son los principales lugares usados por las familias para desentenderse del cuidado de sus parientes. Los llevan a estos sitios por alguna complicación y una vez son atendidos, desaparecen. Pero en el espacio público (parques, centros comerciales, entre otros) también se presentan dichas situaciones. Según las cifras que la Secretaría de Integración Social recibe de la Secretaría de Salud, a diario casi dos personas mayores son ‘tiradas’ a su suerte.

Aunque la titular de Integración, María Consuelo Araújo, señala que en el plan de desarrollo actual se pasó del 0,5 al 2 % en los dineros que del recaudo distrital se destinan a la vejez, aún habrá que seguir aumentando el rubro en años posteriores. ¿Por qué? La Misión Colombia Envejece (alianza entre la Fundación Saldarriaga Concha y Fedesarrollo, que analiza el envejecimiento del país) contempló que si en la capital (2015) el 11,7 % de la población era mayor de 60 años, esa proporción en 2050 representará el 27,2 %.

Lo anterior significa que el índice de envejecimiento pasará de 50 por cada 100 niños, a 160 por cada 100 niños en el 2050. Se pasará de los cerca de un millón de personas mayores que hay hoy a más de 2’500.000.

Mientras Ligia permanece en un centro hospitalario, donde tratan de recuperarla de un cuadro de desnutrición, de una infección urinaria y a la vez intentan estabilizar su Parkinson, los especialistas advierten que su mayor dolencia es sentimental. Su principal síntoma es la depresión. Ella arribó de México, donde vivía con su hijo, quien fue el que la montó en un avión con destino a Colombia, y además de no darle ni un peso, solo le dejó un par de números telefónicos de otros familiares en la capital, quienes a su vez se negaron a recibirla.

“Necesitamos visibilizar este y otros maltratos. Aunque contamos con 36 comisarías de familia que apoyan nuestra labor para exigir que las familias cuiden de sus adultos, el abandono aún no está penalizado”, advirtió Araujo. Las demandas por inasistencia alimentaria son una herramienta a la que acuden en este tipo de caso. Sin embargo, un punto que limita estas acciones es que los hijos se ‘esfuman’, y contactarlos es difícil.

Contra el maltrato

Entre el 1.° de enero y el 30 de abril del 2017, el Instituto de Medicina Legal reportó 131 casos de violencia intrafamiliar contra el adulto mayor. De los afectados, 73 eran hombres y 58 mujeres. Aún más inquietante es que, según Integración Social, el subregistro es alto, y las agresiones no solo son de tipo físico.

Una encuesta que realizó esa entidad arrojó que cuatro de cada diez ciudadanos de la tercera edad han sido víctimas de algún maltrato: violencia psicológica, negligencia, violencia física, financiera (explotación económica o control de recursos) y violencia sexual.

El próximo 15 de junio se realizará el Día Mundial de la Toma de Conciencia del Abuso y el Maltrato en la Vejez. Será ocasión para que el Distrito lance la campaña ‘Los viejos merecen su venia’, con la cual tratan de llamar la atención de la ciudadanía y ayudar al empoderamiento de los ancianos, para que denuncien.

“Es importantísimo que el Congreso apruebe el proyecto de ley, que cursa en este momento, para que se penalice el abandono que afecta a los viejos”, expresó Patricia Gómez, subdirectora para la vejez, de Integración. “Pero qué bueno sería que el Estado no tuviera que acudir a instancias judiciales para que las familias cuiden de sus abuelos, sino que los cuidaran como deben”, finalizó.

No solo los más pobres son víctimas del desprecio familiar
Ancianos abandonados

Álvaro Nieto, de 77 años,fue abandonado por su familia. Rosa Sepúlveda se casó hace dos años. Esto le dio esperanza.

Foto:

Felipe Motoa Franco / EL TIEMPO

El día que Álvaro Nieto, de 77 años, llegó a su apartamento y no lo dejaron entrar, sintió que en adelante se iba a tener que ‘bandear’ solo. Su vida no ha sido de carencias. De hecho, fue negociante en varios campos, dos de sus hijos son ingenieros y aún tiene parte de la propiedad del señalado inmueble. Pero su familia le dio la espalda.

Antes de ese episodio de desdén, en un barrio de clase media de Engativá, las señales que le daban sus familiares eran claras. “Cada vez que estaba hospitalizado mis hijos llegaban a vaciarme, porque los médicos los llamaban y los hacían ir. Yo les decía que no era yo el que pedía que fueran, sino la gente del hospital, que exigía la presencia de algún familiar”, recuerda Álvaro, quien hoy pasa sus días en el centro de atención para la vejez Bosque Popular (occidente de Bogotá).

En el sitio lleva casi un año, y llegó luego de una operación de rodilla que le tuvieron que realizar, tras sufrir una caída. Ninguno de sus parientes fue por él a recogerlo, y la Secretaría de Integración Social tuvo que tomar uno de los cupos de emergencia para poder llevárselo y cuidar de él. Desde entonces, nadie ha venido a verlo.

“Ellos –hijos y esposa– solo me pedían plata, pero ya no tenía. Hay que esperar a ver si me aliento otra vez, para poder volver a trabajar, tengo conocidos que me pueden dar algo para hacer”
, expresa el viejo, que luce sombrero y cojea al caminar. Avanza despacio y ya camina sin bastón, pero antes no podía sostenerse.

“Mis hermanos consiguieron plata, yo era el mayor y les di mucho la mano para que pudieran estudiar, porque mi papá murió joven. Sé que los sobrinos tienen buenos puestos”, agrega Álvaro, a quien su familia de ‘buenas condiciones económicas’ dejó solo y sin atención.

Al preguntarle cuál es la razón por la que lo desprecian, el anciano solo dice que “a ellos lo que les interesa es la plata. No me gustaría pedirles, porque siempre me gustó ser independiente”. Hoy, los impuestos de los contribuyentes responden por lo que los familiares deberían hacer.

Incluso, en aquellas situaciones donde los parientes siguen apoyando económicamente a sus abuelos, los golpes emocionales son fuertes.

En un ejercicio periodístico que hizo EL TIEMPO, en el que se consultaron cinco hogares geriátricos del norte de Bogotá, donde las mensualidades oscilan entre 1’800.000 y 3’200.000, se encontró que en cuatro no había cupos disponibles. Lo anterior permite interpretar que la demanda del servicio es alta. No solo los pobres dejan a sus ancianos.

“Les hacemos terapia ocupacional y los tratamos bien. Pero aunque hay familias que los visitan, lo que usted encuentra en ellos es tristeza, porque sienten que los abandonaron, que los ven como inútiles”, dijo el director de uno de estos sitios.

Depresión

“La ley define que el primer responsable de los mayores es la familia, y en segundo lugar el Estado”, ilustra Patricia Gómez, subdirectora para la Vejez de la Secretaría de Integración Social. “Ahora, los abuelos pueden ser atendidos por el Distrito, pero el dolor emocional que traen es muy fuerte y les cuesta mucho dejarlo atrás, aunque cuentan con acompañamiento psicológico y profesional”, explicó.

Un informe de la facultad de Medicina de la Universidad de La Sabana reveló que cuatro de cada diez viejos colombianos padecen algún nivel de depresión. Esta es la segunda patología más frecuente en esa población, después de la hipertensión arterial.

“Lo anterior es consecuencia de la inequidad social y económica. Es decir, los adultos mayores no tienen una pensión social universal no contributiva (siete de cada diez ancianos no gozan de este privilegio), lo cual los deja aún más desprotegidos, pues a esto se agrega que muchos viven en pobreza extrema, con violencia, maltrato, abuso y con un acceso al sistema de salud muy deficiente”, resaltó el estudio de la mencionada institución académica.

Esperanza

A pesar de los dramas que abundan en los centros de atención, también hay casos de lucha que acaban con sonrisas. Es el caso de Rosa Lilia Sepúlveda, de 77 años. Soltera, sin hijos y sin una pensión, terminó viviendo en el Bosque Popular, desde hace cinco años.

Mientras rellena de algodón un corazón de tela, con sus manos arrugadas y venosas, en uno de los talleres de creatividad, hace memoria de sus épocas más productivas. “Trabajé en fábricas de tejidos y siempre me ponderaban el trabajo. Todo era por contratos de corto tiempo, y luego, cuando ya estaba vieja, me dejaron de llamar”.

Fue así como se le fueron agotando las posibilidades de ganarse su sustento, a pesar de que hoy dice –y demuestra– que todavía puede ser útil en labores de bordado, costura y actividades similares. No importa que no recuerde con certeza si tiene 77, 76 o 75 años.

En todo caso, su mayor alegría, a despecho de los sobrinos que rara vez la visitan y de un hermano que aún pasa las “duras y las maduras porque nadie le da trabajo”, es que se pudo casar hace dos años.

Marcelino Cantillo, otro anciano desprotegido que conoció allí, y con quien hubo química desde el inicio, le inyectó un soplo de afecto a su existencia. Una razón para seguir afrontando con coraje el otoño de su vida.

FELIPE MOTOA FRANCO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @felipemotoa

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