Aminta, la madre que espera el retorno de su hijo desaparecido

Aminta, la madre que espera el retorno de su hijo desaparecido

A Alexánder Orjuela se lo llevó el frente 1.° de las Farc (2006). Sexta entrega de ‘Los que faltan’.

Alex Orjuela secuestrado por las Farc

Tres veces por año, Aminta García viaja al Guaviare para buscar el rastro de su hijo desaparecido; ella exige respuestas.

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Foto: Mauricio León

10 de julio 2018 , 07:26 a.m.

Sabe que se lo llevaron con las manos amarradas a la espalda. Lo subieron a una lancha junto a dos prisioneros y desaparecieron con él por un meandro del río Unilla, conocido como Caño Tigre. Eso fue el 4 de mayo del 2006, en el poblado de Las Pavas, municipio de Calamar, Guaviare. Desde entonces, Aminta García desconoce el paradero de su hijo Alexánder Orjuela García.

Cada vez que responde el celular y uno se lo menciona, se pone alerta, dispuesta, “lo que haya que hacer para encontrarlo”, responde, tras doce años en incertidumbre.

El 10 de mayo del 2006, unos conocidos de él me llamaron a decirme que las Farc se lo habían llevado, gente del frente primero”. El 1.° de mayo lo había escuchado por última vez, desde Calamar la llamó por la mañana para decirle que se iba a Las Pavas:

Mamá, estoy bien. Tengo que quedarme unos días para cobrar una plata.

¿Y eso por allá no es como peligroso? Mejor devuélvase que eso está delicado.

Pues sí, mamá, mucha guerrilla. Pero qué hago, necesito la plata. Mejor deme la bendición.

Bueno, se me cuida. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Cuando se enteró de que lo habían retenido, no dudó en tomar un avión desde Bogotá a Villavicencio, luego una avioneta a San José del Guaviare y después un campero hasta Calamar. Quiso llegar hasta Las Pavas, caserío distanciado de Calamar por un trayecto de río que demanda cuatro horas en lancha, pero se topó con una fuerte restricción militar. Solo podían abordar quienes vivían en ese poblado. Era zona de guerra y por más que dio argumentos no la dejaron seguir.

Pues sí, mamá, mucha guerrilla. Pero qué hago, necesito la plata. Mejor deme la bendición.

Se quedó en el pueblo y preguntó por Alex en cada establecimiento, a todo lugareño que la escuchó. Le contaron que un guerrillero identificado con el alias de Juan Pendejo, de nombre Virgilio Moreno Asprilla, ordenó la detención en Las Pavas.

Según estableció –permaneció dos semanas entre Calamar y San José–, la guerrilla llegó ese 4 de mayo a Las Pavas y con megáfono convocaron a la población. La gente se congregó en un descampado y de allí salieron con los tres detenidos, incluido su hijo: el otro era un sujeto llamado Jairo Pozo, y la tercera una mujer, Beatriz Elena Castaño. Igual que Alexánder, se sabe que eran comerciantes. No fue más lo que la madre pudo averiguar.

Aminta García cumplió 60 años. En el barrio Candelaria La Nueva de Ciudad Bolívar (Bogotá) vive con su esposo, Luis Eduardo, y se pasa la vida entre ser ama de casa y un taller de confecciones. Produce sudaderas, pijamas, camisetas y otras costuras. Ese era el producto que Alexánder empacaba por bultos y después montaba en flota para vender en los Llanos. Primero en Villavicencio, luego en Granada (Meta), San José y así fue ampliando su frontera comercial hasta llegar al sitio donde iba a desaparecer. A Las Pavas iba desde el 2005 y nunca se quedaba más de dos semanas.

El niño, que estaba tan pequeño, no lo recuerda, y me dice ‘abuelita, ¿yo no tengo papá?’. Le digo que sí, que tiene un papá, pero que la guerrilla lo tiene secuestrado

La casa tiene dos habitaciones. En la sala de estar se apoltrona para hablar y en el regazo dispone una foto con el rostro de su hijo, un afiche en el que pide verdad y habla de fe. Mientras cuenta cómo es su vida tras la desaparición –o secuestro– de su ser querido, un niño de 13 años aparece y toma asiento para oírla. Es su nieto, Julián David Orjuela, quien ha crecido sin su padre; cruza los brazos, observa al fotógrafo y al periodista. Oye por unos minutos. En una pausa cuenta que está en el colegio y que le gusta el fútbol. Luego sale sin despedirse.

“El niño, que estaba tan pequeño, no lo recuerda, y me dice ‘abuelita, ¿yo no tengo papá?’. Le digo que sí, que tiene un papá, pero que la guerrilla lo tiene secuestrado. Y ahí me pregunta que cuándo va a llegar…”. Aminta, por primera vez en la entrevista, deja quebrar su voz.

Cuando Alexánder desapareció compartía vivienda con sus padres, su compañera Claudia Blanco y sus dos hijos (aparte de Julián David hay otra hija, de 23 años). Era el mayor de cuatro hermanos y estaría próximo a cumplir 46 años. Dicharachero y alegre, los adjetivos que lo definían. “Mi hijo era… es, una persona muy especial con toda la familia, cariñoso y colaborador”.

Insistencia

Aminta García está inscrita en el Registro Único de Víctimas, inscripción que, afirma, no le ha servido para establecer el paradero de su muchacho. En cambio, la ha conectado con otras mujeres que padecen dramas similares. Incontables marchas en Bogotá y otras poblaciones se cuentan entre su activismo por saber la verdad, por encontrar a su familiar.

Tres veces al año va a San José y Calamar. Sus viajes son rondas judiciales en las que toca puertas, vuelve a pedir ayuda, trata de remover el caso. Pero a veces le queda la sensación de que es en vano, pues la Fiscalía de San José, que se notificó de los hechos, mantiene archivado el expediente. En Villavicencio, la Fiscalía Seccional tampoco la ha ayudado, dice con frustración.

En el 2009, Aminta tuvo una luz que se apagó pronto. Se enteró de que en la cárcel de San José del Guaviare estaba recluido alias Juan Pendejo, única referencia que tenía de la guerrilla. Se asesoró con la Defensoría del Pueblo y mandó un derecho de petición para que la dejaran hablar con el sujeto. La respuesta fue negativa, sus preguntas quedaron sin respuesta.

“A uno se le dificulta mucho ir por allá porque son diez horas en bus. Son 30.000 pesos por trayecto, más el hotel y los desplazamientos”, suma la madre. “Debo ir siquiera tres días para alcanzar a visitar la Casa de la Justicia, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía y otras instituciones. Pero ninguna me ayuda. He dado varias declaraciones en la Sijín, y sigo esperando”.

Tres veces al año va a San José y Calamar. Sus viajes son rondas judiciales en las que toca puertas, vuelve a pedir ayuda, trata de remover el caso

Todos los días ora por su hijo

En su pelo castaño claro se vislumbran canas. Se levanta y dice que la acompañen a conocer su altar. Como un niño que revelará su tesoro, pasa a través de la habitación matrimonial. Allí apunta a la pared: un oratorio con el retrato de Alexánder, la Virgen María, la Sagrada Familia, el Señor de la Cruz, las vírgenes de los Dolores y del Carmen, los arcángeles. Algunas flores. Un cortejo de figuras dispuesto en torno a su fe.

“Todos los días vengo a ver la foto y a pedirles a los santicos que me lo protejan de todo mal”, confiesa, por segunda vez a punto de caer en llanto. Respira ahogada. “A ustedes que son periodistas les pido que reclamen a mi hijo, porque para uno es difícil, ustedes son mi oportunidad”.

Recompuesta, cuenta que en su casa muchas cosas cambiaron desde la desaparición. En Navidad, los villancicos, la fiesta y la alegría se pararon desde el 2006. Aminta era la que arreglaba la cuadra, la que hacía ‘vaca’ para llenar de faroles los andenes y llevar natilla a la vecindad. Pero la ausencia del hijo la cambió.

En los últimos diciembres, sin embargo, sus dos hijas la convencieron para decorar la casa. A lo mejor espera que la aplicación del acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc sea el comienzo del fin de su sufrimiento. “Dicen que van a reparar a las víctimas, pero uno lo que más necesita es saber el paradero de mi hijo. He sabido por las asociaciones de víctimas que hay unas 468 personas de las que no se sabe nada”, sostiene.

Observa el afiche de Alexánder. “Es una tristeza difícil de explicar porque está todo el tiempo con uno, y es tan de uno lo que se llevan y arrebatan que no es fácil vivir así”.
Claudia Blanco, compañera de Alexánder, vive con sus dos hijos a pocas casas de su suegra; la hija mayor, de 23 años, no pregunta por su padre, vive su tristeza en silencio. Los hijos de Aminta también la visitan. El padre de la casa, Luis Eduardo, es de pocas palabras. Solo dice que la espera de respuestas es un infierno.

Quiero saber de él, el Gobierno tiene que exigirle información completa a la guerrilla de lo que pasó con mi hijo. Que les pregunten a los comandantes qué le hicieron y que lo dejen venir, que me lo entreguen. Si toca ir hasta Calamar, yo voy”, reclama Aminta, con la convicción de madre y preparando fechas, una vez más, para irse a los Llanos a buscar a su Alexánder.

EL TIEMPO
Felipe Motoa Franco
En Twitter: @felipemotoa

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