Escribir a pesar del silencio: una entrevista con Evelio Rosero Diago

Escribir a pesar del silencio: una entrevista con Evelio Rosero Diago

BOCAS conversó con una de las voces más poderosas de la literatura colombiana actual.

Evelio Rosero - BOCAS

El escritor colombiano Evelio Rosero.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

23 de mayo 2017 , 07:00 a.m.


¿Cómo saber quién es un monstruo? ¿Cómo detectarlo? Llegas al colegio, a la universidad, a la oficina a diario. Todos sonríen, visten bien, son amables. ¿Cómo sabes que no eres tú el monstruo? ¿Qué te separa del asesino? ¿La mera perpetración? ¿La culpa? ¿El silencio? ¿Cuánto tiempo tomará para que aquel compañero que te ha invitado a romper tantas veces la norma, rompa el primer mandamiento? ¿Sabrás cuándo comience a cruzar el umbral? ¿El límite?

Hace un mes llegó a mis manos Toño Ciruelo, la duodécima novela del escritor colombiano Evelio Rosero. El enganche fue rápido y perturbador: un viaje al corazón del asesino colombiano, de su versión más refinada y exquisita. Descubrir a Toño Ciruelo me obligó a preguntarme por mis propios Toños: por las veces que caí bajo el embrujo del relativista moral, del hedonista, del perverso a mi lado. O aún peor, por aquellas veces en las que yo mismo he caído en la posición del malo.

Pero más allá de esto, Toño Ciruelo reactivó mi curiosidad por Evelio, ese hombre que, lo sabía de oídas, poco daba entrevistas y no asistía a cocteles. Un hombre tímido y sombrío, “que siempre resintió que la gloria le llegara tarde”, me dijo alguno; “el mejor escritor de su generación”, me dijeron muchos otros.

Yo de Evelio solo había leído Los ejércitos, ganadora del Premio Tusquets de Novela 2006, la historia de un abuelo que busca a su esposa por las calles de un pueblo tomado por la guerra, o eso recuerdo. Porque si algo me quedó para siempre de aquella historia, fue la imagen del viejo frágil y angustiado que caminaba desconsolado por calles que imaginé azul oscuras, mientras luchaba con lo poco que tenía para que la guerra no se le llevara a su vieja.

Desde entonces siempre quise conocerlo. Entender su silencio. Poco a poco, durante la antesala a nuestro encuentro, descubrí que Evelio Rosero no da muchas entrevistas ni es un hombre de farándula porque su historia la cuentan sus libros. Él está siempre en ellos.

Nacido en Bogotá, séptimo de nueve hijos, fue criado por un ingeniero del Estado y una “madre héroe”, como le llaman en Rusia, cuenta él, a las mujeres con ese número de hijos. Pero sobre todo, por una biblioteca familiar que fue su guía y su refugio durante su infancia en las enigmáticas montañas de Nariño y su no tan agradable adolescencia como estudiante de colegios católicos en la capital del país.

Luego de un mes de indagar por Evelio, lo tuve frente a mí una tarde a principios de mayo, en un pequeño local de té fresco, frutal y surtido en el segundo piso de Titán Plaza, muy cerca del humedal Santa María del Lago, donde Evelio vive silenciosamente hace tiempo. Días atrás había lanzado Toño Ciruelo en la Librería Lerner y había firmado ejemplares en la Feria del Libro.

Evelio Rosero - BOCAS

El escritor colombiano Evelio Rosero.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Contrario al mito, me sorprendió su amabilidad y ternura. Un hombre de gestos sencillos y generoso en la conversación que accedió a que charláramos presencialmente, haciendo una excepción a su tradición de contestar entrevistas vía correo electrónico.

Evelio, en sus textos y conversaciones uno siempre se encuentra con los colegios por los que pasó en Bogotá: el Santo Tomás, el Agustiniano... ¿Cuáles fueron sus ansiedades escolares? ¿Qué lo desvelaba?
Yo no quería ir al colegio. Tengo amigos que recuerdan con mucha gratitud esa época, con alegría. Para mí era todo lo contrario. Yo quería que sonara rápido la campana y salir corriendo para irme a la casa. Yo no salía a jugar fútbol ni a pasear en los recreos, la biblioteca era mi refugio.

¿Lo matoneaban?

Hubo de todo. Tuve amigos muy especiales, amigos lectores, como yo, que prefiguran algunos de los personajes de Toño Ciruelo. También me matonearon, en especial un profesor terrible que me cogió inquina y durante todo el año me la veló. Yo me opuse a él y me defendí, pero el hombre puso al curso en mi contra. De allí nace el profesor Cuchilla, de la obra para niños Cuchilla. Siempre me he alimentado mucho de ese pasado escolar, para luego recrear mis obras, ya sean para niños (Pelea en el parque, Cuchilla) o para adultos (El incendiado, Toño Ciruelo).

¿Qué autores le dieron fuerza por esos años?
Yo leí Guerra y paz en el colegio. Crimen y castigo. Leí muchos autores rusos en esa época del bachillerato. Igual, otras obras de la literatura universal. No había ninguna guía literaria en el colegio, ningún profesor que nos hiciera acercar a los libros. Todo fue por intuición: elegía un libro al azar de la biblioteca de mi padre, que era muy completa, y si me encarretaba empezaba a leer. Es una lástima que en los hogares colombianos no exista ese sitio físico de la biblioteca. Así sea un solo sillón con una ventana que dé luz y de unos cinco a treinta libros. Con eso ya hay una intención en la lectura.

¿Y hasta cuándo le duró la pelea con el colegio?
Hasta que me independicé de la imposición de mis padres y los colegios religiosos y me fui a terminar quinto y sexto en colegios nocturnos. Todo el día me quedó libre. Fue la felicidad porque podía leer o patinar.

¿Y no le dijeron nada en la casa?
Yo dije que seguía yendo al colegio Agustiniano del Norte y en realidad no renové mi matrícula. Sencillamente iba a estudiar de noche. No conté eso sino a mitad de año. Creo que a mis padres les gustó porque tenían que pagar mucho menos por la matrícula.

Si hay algo que distingue a un autor es esa resiliencia, esa capacidad de aguantar y de imponerse y de superar los problemas. Yo seguí escribiendo a pesar del silencio.

De este universo escolar católico y cachaco emerge también Toño Ciruelo, antihéroe de su reciente novela. ¿Quién era él?
Toño Ciruelo es la conclusión como de cinco amigos que he tenido en mi vida. No es uno solo. Cinco amigos muy reales, muy cercanos a mí, de carne y hueso. Uno de ellos, no voy a decir su nombre, estudió conmigo y terminó convirtiéndose en un asesino.

¿Literal?
Sí, en la realidad. Yo me fui a terminar mi bachillerato nocturno, comencé a estudiar comunicación social y alguna vez iba caminando y vi un periódico El Espectador colgando en un kiosco: estaba la foto de mi amigo –un amigo muy íntimo, gran lector, éramos tres– que decía: “El asesino”, y daba nota de lo que había pasado. Ese fue el detonante primordial de Toño Ciruelo. En la novela no describo lo que le pasó a él, pero haber estado viviendo durante tres años con un amigo y saber que se convirtió en un asesino, para mí fue algo muy significativo. Sobre él se escribieron obras, autores colombianos relataron su historia, y sin embargo yo nunca procuré escribir sobre él. Jamás lo habría hecho para vender libros.

Además le tenía cariño….
Sí, y porque eran muy malas obras. No desentrañaban bien a mi amigo. Su personalidad, las causas… El hecho es que eso me marcó. Pasaron muchos años, escribí muchas novelas y finalmente Toño Ciruelo consolidó el recuerdo de mi amigo y de otros amigos.

A mí lo que más me ha impactado de Toño, más allá de su maldad, es la fascinación que ejerce a su alrededor. Me obligó a pensar en las veces en que yo mismo caí fascinado, encantado, atemorizado por personajes moralmente ambiguos. ¿Por qué será que a veces validamos a las malas personas? ¿Busca la novela hacer una reflexión sobre ese embrujo?
No creo que en la novela haya una justificación de los crímenes de Ciruelo. Eri Salgado, el coprotagonista, es un escritor, tiene curiosidad de escritor, y se acerca a él porque siente fascinación y repulsión por el personaje. A mí me pasó como autor cuando escribía la obra, en el proceso sentía a veces que quería ponerle el punto final y no continuar, como he hecho a veces. Pero en otras me deslumbraba yo mismo con el personaje, y era como si me atrapara y me empujara a continuar hasta el punto final.

Evelio Rosero

El escritor colombiano Evelio Rosero.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Durante su lectura en la Feria del Libro, dijo que había escrito Toño para comprender cómo se forma un criminal de este estilo, un asesino en serie. ¿Qué descubrió al final?
Que también hay desolación y angustia en estos mismos asesinos. Él, hasta el último momento, lucha consigo mismo. Por ejemplo: Toño no quiere llegar a agredir o matar a una niña o a un niño, pero termina convirtiéndose en un asesino de niños. Para mí fue muy impresionante el asesinato de Yuliana Samboní. Yo estaba en España, el libro se estaba editando. Claro que no hay punto de comparación. Ese asesinato fue mucho más duro, cruel y aterrador que cualquier cosa que yo haya podido escribir. La realidad siempre seguirá siendo más estremecedora que cualquier ficción.

Y sin embargo, ¿el ejercicio de comprender a un monstruo como Toño Ciruelo no le permite cierta comprensión de un asesino como Rafael Uribe Noguera?
No. A Rafael Uribe no lo podría comprender.

Ya que menciona a España, a comienzos de los 1980 dejó la carrera de comunicación social y se fue a París y Barcelona. ¿Por qué?
Por lo que en esa época identificaba mi generación. Todos queríamos seguir los pasos de García Márquez. Yo pensaba que tenía que irme a Europa, a París, y que tal vez las cosas serían distintas y lograría escribir una obra de verdad sólida. Tenía unos 25 años y esa idealización. Viajé. Sufrí. Pero era joven.

¿Era diferente la Europa de ese entonces a la fantasía de García Márquez?
La experiencia de ellos fue vital, escribieron, en fin. Pero yo allá me di cuenta de que no era necesario haberme ido de mi país. Sentí mucha nostalgia, pero allá me quedé cuatro años. Escribí Juliana los mira, la segunda novela de mi trilogía; y El incendiado, la tercera. Y ya me regresé otra vez a Colombia.

Evelio Rosero BOCAS

El escritor colombiano Evelio Rosero.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Cuentan que tocó música en el metro de París, ¿cómo se la rebuscaba?
No pasó frecuentemente, pero en algunas ocasiones, sin que mi compañera de entonces se enterara, salía y me iba al metro de Barbès–Rochechuart a tocar la flauta. Ponía un mantelito, lo que hacen los músicos, y tocaba. No soy muy buen flautista. Y tal vez porque era muy delgado y pálido la gente se compadecía de mí y me arrojaba unos francos con los que compraba vino, queso y baguette. Una de mis hermanas también me colaboraba, me mandaba algunos dólares en tarjetas de felicitación. También fui corresponsal de la revista de Avianca y me gané la beca Ernesto Sábato, que me pagaba una mensualidad para escribir una obra. Con eso escribí El incendiado.

¿Y por qué no le contaba a su compañera de sus salidas musicales?
¡No quería que supiera que estaba haciendo el oso!

Bueno, igual a usted lo he visto en video tocando guitarra… ¡Entiende de música!

Sí, en la casa aprendimos a tocar la guitarra como toda familia nariñense. Es algo muy común. Toda familia nariñense tiene una guitarra colgada en la pared, y además canta, pero yo nunca toqué bien. Mis hermanos me decían: “Evelio, mejor toque la máquina de escribir”.

Y sin embargo, sus textos están llenos de música y ritmo: páginas vertiginosas en la puntuación, otras lentas y pausadas…
Me preocupa mucho la música de las palabras, la música total. Leo en voz alta. El ritmo sí es algo que fluye y es plenamente inconsciente. Ahora, a mí a veces me gusta entusiasmarme con música clásica antes de empezar a escribir en serio. Y soy muy repetitivo. En el caso de Toño Ciruelo me acompañó la Novena Sinfonía de Bruckner, esa música casi funérea en Bruckner. Casi pongo al principio de la novela: “Por favor escuchar la Novena Sinfonía de Bruckner”.

Sigamos con Europa. Fue allí donde usted, a finales de los ochenta, siendo aún muy joven, llegó a finalista del Premio Anagrama de Novela con Juliana los mira. Fue un ascenso vertiginoso. ¿Por qué terminó mal esa historia?
Yo estaba muy contento por el premio Anagrama. Mi agente entonces era Carmen Balcells, una gran señora y una gran lectora que me guió mucho. El problema empezó cuando me llegaron las pruebas del libro para que yo le diera la última leída. Tenía cambios totales. Yo tengo diálogos sin puntuación y ellos los puntuaron. Luego hablé con ellos personalmente y los veía escandalizados: en lugar de escribir matera escribían maceta; yo escribía “debe ser que fulanito” y ellos “debe de ser”; ese “debe de” a mí me parecía cacofónico y se los dije. Eso fue lo peor que se me pudo haber ocurrido.

¿Por qué?
No fui cauteloso con el editor. Sobre todo con una carta muy fuerte que le mandé a Jorge Herralde [fundador y director de Anagrama] en la que decía que ellos tenían un oído cacofónico, que si les parecía pusieran en la caratula de mi libro: “Este libro fue escrito en colombiano”.

¿Y qué efectos tuvo esa discusión?
Publicaron mi novela pero nunca la trajeron a Colombia, nunca la enviaron a un periodista o a un crítico, se quedó encerrada durante diez años en una bodega. Fue una mala jugada por parte de estos editores.

Tuvo que haber sido muy difícil. Usted era muy joven…
Carmen Balcells me dijo que había sido lamentable no haber sido más discretos con ese problema con Herralde. Yo mandé la carta sin preguntarle a nadie. Ella me había dicho que Jorge [Herralde] estaba dispuesto a publicar Mateo solo, mi primera novela, que se había publicado antes en Colombia, y seguir luego con las demás obras. Ser un autor de Anagrama, que era y es todavía una gran editorial. A mí me importó eso un comino. Como se dice vulgarmente, metí las patas.

¿Y le pesó?
En el hecho de que llegué a Colombia y nadie sabía de mí, seguía siendo un desconocido, no podía vivir de mi obra, tenía que hacer talleres de vez en cuando o escribir trabajos periodísticos, fue bastante descorazonador. Pero si hay algo que distingue a un autor es esa resiliencia, esa capacidad de aguantar y de imponerse y de superar los problemas. Yo seguí escribiendo a pesar del silencio.

Puedo decir que no estoy solo, pero hay veces que me siento terríblemente solo.

¿Fue ahí cuando se encontró con la literatura infantil?
No. Antes de irme a Europa había escrito cuentos para mis sobrinos. Cuando me veían escribiendo, ellos se burlaban de mí y me preguntaban que a quién le escribía cartas tan largas y tan aburridas. Yo les leía cuentos y les escribía cuentos. Alguna vez los reuní, los mandé a México y gané un premio de libro de cuentos para niños. Eso fue incluso mucho antes de escribir Mateo solo, en 1981.

Pero ya en los noventa comenzó a vivir de ellos…
Yo escribí siempre para niños por la alegría. Esos cuentos los escribí para mis sobrinos, para enaltecerlos a ellos, y me quedó gustando. En esa época, recién llegado de España en el 88, escribí Pelea en el parque, Ahí están pintados y varios cuentos para niños que se publicaron en Panamericana.

¿Qué aprendió como autor tras ese periodo de escritura para niños?
Yo visité muchos colegios en Latinoamérica y la charla con los niños siempre fue muy especial y llena de sabiduría. Ellos son unos lectores completamente sinceros, cuando comentan una obra dicen qué les gustó, qué no les gustó. En el caso de Pelea en el parque yo les preguntaba que si les parecía terrible que Tacha hubiese muerto de una pedrada. Ellos me decían que no, que eso era normal y además que Tacha no estaba muerta para ellos, que había sobrevivido, que todo era un invento de Tacha. ¡Esa respuesta es todavía más creativa que la misma creación del autor!

Me alegra escuchar eso. Un seguidor de su obra me dijo hace poco que a usted le avergonzaba ese capítulo de su vida, que representaba precisamente ese periodo en el que no pudo mantenerse con sus novelas y le tocó recurrir a lo infantil como recurso de supervivencia…
¡Claro que no! Cada una de las obras que yo he escrito la escribí porque me embargó esa alegría, y un argumento. Por ejemplo, en La pulga fiel: un día vi a un vendedor de globos en el parque Santander; era tan flaco, tan flaco que me imaginé que los globos jalaban de él y se lo llevaban. Ese tipo de cosas a mí me impulsaban a escribir un cuento para niños. Pero ese tipo de imágenes, de alegría, de fantasía, de imaginación, no volvió nunca más.

¿Por qué?
Me invadió por completo la realidad del país.

Usted suele repetir que para comenzar una novela, siempre espera a que llegue un remecimiento. ¿Cuál fue el remecimiento en Los ejércitos, su novela más aplaudida?
El secuestro en Colombia.

¿Cómo se le presentó?

En el país estamos acostumbrados a la indiferencia. Ya por el secuestro, por la misma violencia, por ese reguero de muertos que nos describen en el noticiero. Yo estaba sumido en esa indiferencia, hasta que un día vi en televisión el testimonio de una madre que pedía que le devolvieran a su hijo secuestrado. La mujer lloraba, no sabía si lo tenían los guerrilleros o los paramilitares; su hijo era el sustento de su familia. Eso a mí me dejó muy conmovido. Hay un libro de María Mercedes Carranza que se titula Tengo miedo. Yo creo que sentí lo mismo: sentí miedo. Sentí miedo del país. Esa posibilidad de salir a la esquina, a la tienda y desaparecer. Eso para mí fue definitivo. Y lo abordé en En el lejero, que es muy surrealista, onírico... Y después en Los ejércitos.

Evelio Rosero BOCAS

El escritor colombiano Evelio Rosero.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿A usted cómo lo ha tocado nuestra guerra?
Un amigo pastuso de mi infancia fue secuestrado por la guerrilla. Tiempo después de haber pagado, a su padre lo mató la misma guerrilla en el Putumayo, donde tenían una finca. Era un señor emprendedor, que daba trabajo, no era ningún capitalista ni explotaba a la gente. También está el asesinato de mi amigo Julio Daniel Chaparro, poeta y periodista, en Segovia, Antioquia, hace 24 años. Eso dividió la historia de todos mis amigos escritores. Gran amigo, entrañable, padre de dos niños.

¿Cómo murió Julio Daniel?
Lo hicieron arrodillar en una calle y lo mataron. Dijeron que el ELN. Luego dijeron que la Policía. Luego dijeron que las Farc. Luego que los paramilitares, que lo confundieron con un guerrillero. Mejor dicho, toda una serie de versiones. Él venía desarrollando una serie de artículos sociales y de reflexión en El Espectador, y lo mataron a él y a su fotógrafo [Jorge Torres Navas].

Ya que menciona a sus amigos, hábleme de la amistad. ¿Qué significa para usted?
La amistad es algo muy necesario. Es indispensable. Hay alguna página en Toño Ciruelo en donde el personaje dice que su imaginación le basta para suplir a los amigos. A esa conclusión estaba llegando yo, porque los amigos con el tiempo van disminuyendo, cada uno va tomando su camino, la responsabilidades nos van alejando. Cuando yo me encierro a escribir, me encierro a escribir. Mis amigos me llaman al principio, pero al final se cansan de que yo les diga que estoy escribiendo. Y entonces ya no frecuento a mis amigos, nos vemos muy esporádicamente. Afortunadamente tengo a mi compañera, mis amigos y familia. Puedo decir que no estoy solo, pero hay veces que me siento terriblemente solo.

En esa soledad, ¿se le aparecen sus personajes?
Suelo soñar con mis personajes protagónicos. Asistí a una misa ofrecida por el mismo Albino Luciani, el papa Juan Pablo I. Recuerdo el incienso, el latín que yo entendía y cantaba perfectamente. Con el profesor Ismael Pasos me asomé a contemplar a Geraldina, desnuda, entre árboles de naranja. El sol, el calor, ellos y yo, todos estábamos desnudos, un edén, un paraíso. Ciruelo me ocasionó pesadillas. El paisaje era desértico, la sombra de Ciruelo me convocaba a que lo siguiera. Su cara era espantosa, agigantándose contra mi cara. Mi compañera me decía que yo lanzaba gritos, dormido. Ella me despertaba y yo ya no tenía más alternativa que irme a escribir, insomne por completo. Por lo general siempre eran las tres de la mañana.

¿Qué le ayuda a la hora de escribir?
Para escribir novelas hay que tener buen físico, los cinco sentidos latentes. Correr y montar en bicicleta ayudan a superar cualquier bloqueo creativo. No es fácil resistir tres o cuatro horas seguidas en plena creación. También me sirve el cigarrillo, aunque he llegado a pensar que interrumpe mucho. Un camionero me dio un consejo que sigo de vez en cuando: una taza doble de café muy negro revuelto con una copa de aguardiente, solo una, ayuda contra el sueño y aviva la concentración.

¿Y a qué horas escribe?
Varían, según la obra. Cada novela mía tiene su propia historia. De Los ejércitos para acá escribo en la madrugada. Me acuesto a las nueve o diez de la noche y me despierto, sin necesidad de despertador, a las tres de la mañana y trabajo hasta las ocho o nueve, derecho, escribiendo. Y así escribo. A veces suspendo eso y pasan dos o tres días sin escribir, y vuelvo a un parque o me voy al centro de Bogotá, o a un café, como cambiando de ambiente. Es muy relativo.

Usted es muy reservado y muy lejano a los circulitos. ¿Cómo ve la literatura colombiana hoy?
Hay mucha irresponsabilidad en varios de los creadores colombianos. Y sobre todo un gran deseo por imponer un best seller, que no es la causa sincera de un escritor. Ese afán de gran venta lo veo en algunas de las obras de escritores colombianos. No en todos, afortunadamente.

¿Cree que la literatura colombiana va a sintonizarse con el posconflicto o con las guerras que nos quedan?

Yo creo que vamos a tomar un camino hacia el interior, hacia conflictos y valores más individuales que colectivos, que han sido siempre los que han signado la historia del país. La violencia, la pobreza... Por supuesto que eso también va a ser epicentro de las obras literarias, pero creo que ya el escritor está andando hacia sí mismo.

¿Ya sintió el llamado para la nueva novela?
Estoy esperando eso ahora. Ya son varios meses después de terminar Toño Ciruelo y solo estoy leyendo. Claro que encantado, fascinado: la lectura es un paraíso, la escritura es otra cosa.

Y si no llega el rayo, ¿escribe de todos modos?
No creo. Yo tengo que sentir esa compulsión, ese remecimiento. Toño Ciruelo es mi doceava novela y me dejó vacío. Creativamente me siento vacío. Allí me descentré por completo y ahora estoy en blanco, receptivo del mundo y de la literatura.

JUAN CAMILO MALDONADO TOVAR
FOTOS: PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 63 - MAYO 2017 

Evelio Rosero BOCAS 63

"Escribir a pesar del silencio"
Entrevista con Evelio Rosero.
Por Juan Camilo Maldonado Tovar. Fotos: Pablo Salgado.

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