El forense que examinó los huesos de Cristóbal Colón

El forense que examinó los huesos de Cristóbal Colón

Miguel Botella López ha examinado miles de restos óseos. Hasta hizo parte del juicio de Colmenares.

Miguel Botella Portada

Miguel Botella, uno de los mayores especialistas del mundo en criminología forense

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Karim Estefan

06 de marzo 2017 , 06:50 p.m.

La noche del 2 de julio de 2003, Miguel Botella descansaba en su casa –en el barrio La Cruz, en la ciudad de Granada–, cuando recibió la llamada de José Antonio Llorente, director del Departamento de Identificación Genética de la Universidad de Jaén, quien le avisó que los restos mortales de Cristóbal Colón llegarían en menos de tres horas a su universidad. Venían desde la catedral de Sevilla, en un coche exclusivo del Gobierno español.

Botella había esperado aquella llamada varios años, pensó cómo serían los huesos de Colón, se había imaginado qué podía encontrarse y lo que podría hacer con ellos. Era un caso excepcional. A pesar de la envergadura de la misión, durmió tranquilo las cuatro horas de costumbre. “Estuvo conmigo seis meses”, dice. “Lo curioso es que Colón viajó mucho más después de muerto que cuando estaba vivo”.

Miguel Botella López dirige el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Granada desde 1974 y es uno de los mayores especialistas del mundo en criminología forense. Ha visto pasar por sus ojos, a través de los huesos, los conflictos más violentos del siglo XX. Sus manos han examinado e identificado miles de restos óseos que al llegar a su laboratorio pierden sus diferencias y reciben el mismo trato: víctimas de las guerras de Yugoslavia, de los carteles en México, de los descuartizados de Medellín, de la Guerra Civil Española e, incluso, el examen forense de Luis Andrés Colmenares: hace un mes estuvo en Colombia rindiendo su testimonio en las audiencias finales del juicio, invitado por la defensa de Laura Moreno y Jessy Quintero. Botella, hoy catedrático de antropología forense, evolución humana y paleopatología, lo ha visto todo, pero la muerte todavía le sorprende.

En la memoria también ha quedado grabado el hallazgo del vestigio de cáncer de mama más antiguo del que se tenga noticia en el mundo. Sucedió en la necrópolis de Qubbet el-Hawa, en la región de Asuán, al sur de Egipto. Cuando estaba examinando dos momias en su sarcófago tallado en la roca, descubrió que una de estas tenía en sus huesos rastros de dolores crónicos, marcas detectables a simple vista. Luego de una semana, los exámenes de laboratorio corroboraron la existencia de osteoporosis, causada por un cáncer que se había expandido: el acierto de su olfato de viejo zorro forense. Es el descubrimiento más importante de su carrera.

Miguel Botella. Foto de Karim Estefan.

Miguel Botella. Foto de Karim Estefan.

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El doctor Miguel Botella guarda las apariencias de una persona fría, racional, ajena a sentimentalismos propios de su trabajo. Sonríe mucho, no a carcajadas, sino en calculados silencios. Ya merodea los setenta años, pero conserva su impulso juvenil. La larga barba canosa y la calvicie afianzada no han borrado la frescura de su rostro ni la luminosidad de sus ojos acerados. Y, en ellos, brilla siempre una luz sensible e inteligente. Se casó muy joven, tiene tres hijos y una colección de plumas para escribir, entre ellas una que perteneció a Stendhal. A sus dos hijas las ha llevado al laboratorio, con toda naturalidad. Hace varios años, su hija menor, Carmen, se sentaba con él a mirar las calaveras, las costillas, fémures y otros huesos que su padre estaba estudiando. Preguntaba sin impresionarse. Botella confiesa que nunca pretendió ser el mejor amigo de sus hijas, sino un espejo para que ellas no se tropezaran tanto en la vida.

Su infancia no fue fácil: Botella nació justo después de la guerra civil española (1936-1939). Su padre, Fernando Botella, era del bando republicano y debió huir de Andalucía junto con su esposa y sus dos hijos mayores después del sitio de Granada, en 1937. Él les contaba a sus hijos –entre ellos, el pequeño Miguel– que las tropas franquistas sacaban a los líderes de izquierda de sus casas, fábricas o guarniciones y los encerraban. El rastro de su vida se perdía y luego aparecían fusilados en la plaza de la ciudad, con un letrero que colgaba de sus cuellos: “No socorrerlos ni enterrarlos”.

Más tarde, Botella no asistía a las clases de educación física ni a los cotejos de fútbol en el colegio público Fuentenueva –que eran la pasión de sus compañeros de secundaria–, sino que se encerraba en la biblioteca con su profesor de historia para conocer cómo se construyeron las pirámides de Egipto o comentar el hallazgo de la cueva de Altamira.

Desde los veinticinco años, cuando nació su primera hija, María Dolores, se levanta todos los días a las seis y media de la mañana, sale de su casa a las siete y diez, y camina doce minutos hasta llegar al laboratorio de antropología física a las siete y veinte de la mañana, donde lo esperan sus estudiantes. Allí, bajando varias escaleras y descendiendo a los pisos subterráneos de la facultad se encuentran más de cinco mil esqueletos bien organizados y catalogados por épocas, edad, sexo y posible causa de muerte.

El vestigio de sus cuarenta y cinco años como antropólogo forense se resume en su hoja de vida, que tiene cerca de ciento veinte páginas, y la consigna de su trabajo se asemeja más a un eslogan publicitario que a un principio científico: los huesos hablan.

¿Podría explicarme por qué los huesos hablan?

Hablan, claro. Cuentan la historia de toda una vida. En los huesos se recogen las señales de las enfermedades que padecían, el hambre, la nutrición. Los huesos nos dicen cómo fallecieron y vivieron las personas, pero hay que saber qué dicen. El tejido óseo es menos perecedero que el resto del organismo, se conserva más tiempo, por eso los huesos son un material precioso, quizás el único para conocer físicamente a los hombres, sus relaciones, creencias, padecimientos, las circunstancias que rodearon su muerte y lo que ocurrió tras esta. Además, el hueso es lento en reaccionar, el hueso no sabe si su “dueño” tiene un resfriado o una gripe, pero las condiciones lentas, las enfermedades crónicas, las alteraciones que se van dando a lo largo de una vida... Esas quedan marcadas en los huesos.

Además de una persona o un individuo, ¿los huesos pueden hablar por todo un grupo, una sociedad, un país o una civilización?

Sí. Le pongo el ejemplo de Egipto, las expediciones en el sur de Egipto, en las que participo desde 2006, han conseguido cambiar la visión espléndida y exuberante que se tiene de esta gran civilización. Todo el mundo cuando oye hablar de Egipto, imagina las grandes construcciones, las pirámides y la esfinge, sus avanzados conocimientos… A la memoria llegan un imperio magnífico, una civilización rica y espectacular, y es así, en parte.

¿Qué dice la otra parte de la historia que no se conoce?

Lo que no todo el mundo sabe es que la mitad de la población moría antes de los cinco años, que el río Nilo traía una altísima contaminación, que había altas temperaturas y gran desnutrición. Yo mismo lo comprobé cuando estaba excavando en una necrópolis y me encontré con la tumba del gran señor de Asuán, quien murió a los diecisiete años, al parecer, por tuberculosis. Por supuesto, hay casos de personas que fueron muy longevas, hasta los ochenta años, pero eran la excepción a la regla. Las condiciones de vida de ese magnífico Egipto fueron muy duras y la esperanza de vida no superaba los veinte o treinta años.

Dejemos un momento Egipto. Usted es el director de un reconocido laboratorio de antropología física y forense, pero tengo entendido que su formación profesional es la de médico. ¿Cómo llegó al mundo de la arqueología, las excavaciones, las momias?

Sí, suena algo diferente, aunque no contradictorio. Le cuento: en noviembre de 1970, siendo yo estudiante de medicina de último semestre, me correspondió examinar unos huesos que tenían seis mil años de antigüedad. Esa fue una tarea que me encomendó el director del departamento de Medicina, Gabriel Galdó Muñoz. Cuando revisé los restos óseos, me llamó la atención una serie de cortaduras profundas. Estudié los patrones del corte al igual que las fracturas y la morfología de aquellos restos del Neolítico. Semanas después determiné que las marcas eran rastro de canibalismo.

¿Cómo fue recibida la noticia?

Fue un suceso, porque en Europa no se tenían noticias de esos casos y mi investigación demostró que aquí hubo tribus antropofágicas, y que no eran algo exclusivo de África o la Polinesia. En España, la noticia logró trascender las aulas y la academia, aunque estábamos en la dictadura franquista, y no había la libertad de cátedra ni de investigación que existe hoy.

¿Qué vino después?

Fui nombrado director del laboratorio de antropología física de la Universidad en 1974, por aquellos años formalicé mi relación con mi novia, y me dediqué de lleno a la investigación, a revisar, examinar y clasificar todo el material que había allí, unos dos mil huesos humanos de distintas épocas y procedencias. Luego me especialicé en Cirugía, obtuve una sobresaliente cum laude. Hice estudios de antropología física general y paleoantropología. Ya ve, la cómoda vida de la academia.

Usted era un profesor joven en los años setenta. ¿Cómo vivió los años de la dictadura franquista?

Cuando comencé a dictar clase, la dictadura de Franco estaba llegando a su final. En el ambiente se sentía un cambio y más de uno se preguntaba qué sería del país sin su presencia tutelar. En los corredores de la facultad y en los salones apostábamos cuándo se moría. Yo aposté que se iba en 1974, año en que nació mi hija mayor; por poco gané, porque Franco murió un año después.

Demos un salto en el tiempo, después de que usted se especializó en España y otras universidades europeas, hizo parte de la Comisión Internacional sobre Personas Desaparecidas (ICMP), organización establecida en 1996, que ha ayudado a identificar a más de veinte mil personas, de las treinta mil desaparecidas en las guerras yugoslavas (1991-1993).

Todavía los seguimos estudiando. La comisión encontró cientos de cráneos con un balazo en la sien. Huesos fragmentados por retroexcavadoras con la que los asesinos los enterraron y desenterraron hasta tres veces para ocultarlos. Todo un drama, aunque algunos restos óseos se rehusaron a ser reducidos a cenizas a pesar de que les prendieron fuego. En un laboratorio itinerante, varios forenses armaban esqueletos como si se tratase de un rompecabezas. Les tomaban muestra de ADN y las llevaban a una sala contigua para cotejarlas con muestras de sangre de cientos de familiares que buscaban a sus seres queridos. Algunas veces coincidían, otras no. Ante la enorme cantidad de cuerpos por identificar, por conocer su historia, se creó una base de datos de ADN y se trasladó a diferentes laboratorios de Europa y los Estados Unidos para continuar su análisis. Luego, a inicios del milenio, el equipo de trabajo del laboratorio de antropología física desarrolló una nueva técnica forense basada en el estudio del pubis, el hueso de la cadera, para la identificación de cadáveres en conflictos armados.¿Por qué el hueso de la cadera?

El hueso que mayor información proporciona sobre un ser humano es la cadera, es mucho más valiosa que el cráneo.

Y comenzaron a trabajar con esta nueva técnica de identificación.

Sí, en una primera etapa, el objetivo del sistema de identificación fue proponer nuevos rangos de edad para los casos de Bosnia y Sarajevo, ajustándolos a las características específicas de los yugoslavos; y luego sí, comenzó a implementarse en otras regiones del mundo. Hasta el día de hoy, se han identificado cerca de veinte mil cuerpos en el laboratorio basados en el análisis del hueso de la cadera, aunque queda mucho por hacer, porque el número de víctimas, sumado a los casos que nos remiten, pueden ser cientos de miles.

Después de aquel descubrimiento científico, su laboratorio comenzó a ser reconocido no solo en el mundo de la ciencia, sino por las personas comunes y corrientes. Incluso, varias revistas y noticieros se refieren a usted como “el Bones español”. ¿Cómo convive con la fama?

Sí, algunas revistas se refieren a mí con ese calificativo. Yo no le hago caso a esa popularidad: soy un profesor que le gusta salir algunas veces de su refugio. Por otro lado, reconozco que veo la serie Bones, y digo una cosa: no soporto a su protagonista [Emily Deschanel], es muy soberbia y orgullosa, yo soy más simpático y amable. Además, el trabajo en mi laboratorio es diferente: en la serie solucionan cuatro casos en una hora, nosotros tardamos mucho más.

¿Qué casos llegan a su laboratorio?

Al laboratorio de la Universidad de Granada llegan los casos que los jueces de España consideran complicados y los médicos forenses no pueden resolver. Por ejemplo, los casos de la guerra civil española, que están detenidos desde que Mariano Rajoy llegó al poder, pero no dejan de crear controversia.

El trabajo de su laboratorio necesariamente está ligado a lo político.

Sí, los crímenes de nuestra guerra, como los de Pinochet [Chile], Galtieri [Argentina] o los paramilitares [Colombia] pueden esclarecerse si hay voluntad política. Los antropólogos forenses somos peones en este juego político de la memoria colectiva y hacemos lo que nos ordenan.

Pero no me puede negar que analizar los huesos de Cristóbal Colón fue llegar a la cima del Eve-rest. ¿Cómo fue la historia de ese caso?

Sí, estoy muy orgulloso de haber ayudado a resolver un caso histórico de semejante magnitud. Resulta que un profesor de historia de la Universidad de Granada, Marcial Castro, se propuso aclarar los misterios que se habían creado sobre el almirante genovés. El 2 de junio de 2003 se volvió a abrir la tumba de Colón en la catedral de Sevilla. Previamente se habían examinado los restos mortales de sus hijos Diego y Hernando, de los que se tenía plena certeza de su identidad.

¿Cuánto material encontraron en la catedral de Sevilla?

Encontramos 150 gramos de huesos muy fragmentados y desperdigados. Aun así, arrancamos a los huesos de Colón sus primeros secretos. Todos pertenecían a una persona que murió entre los 50 y los 70 años de edad. Su compostura era mediana. En un pequeño fragmento de su mandíbula encontramos rastros de cortes, que debieron corresponder a cuando se exhumó su cuerpo en 1509. En aquella época los cuerpos se descarnaban a cuchillo limpio y luego se llevaban a los osarios de las iglesias, donde se les daba cristiana sepultura. Era la manera más higiénica de conservar los restos mortales.

¿Qué tipo de análisis se hizo con aquellos 150 gramos?

Examiné los restos de Colón con un láser que escanea en tres dimensiones y logré construir parte del cráneo en la pantalla de los computadores. Si unos huesos que permanecen en República Dominicana son en verdad del genovés (como afirman los estudios históricos), podríamos reconstruir su sistema óseo y saber qué enfermedad sufría o cuál era sus estatura, tal como ocurrió con Ricardo III (1452-1485), cuyos restos lograron ubicarse bajo un estacionamiento de autos en Leicester, Inglaterra, en 2013, y al ser analizados se corroboró que padecía de escoliosis (joroba severa), tal como Shakespeare lo describió en una de sus obras.

Miguel Botella. Foto de Karim Estefan.

Miguel Botella. Foto de Karim Estefan.

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Pasemos de Cristóbal Colón a Egipto. En febrero de 2015 usted hizo público un hallazgo importante. Encontró el vestigio de cáncer de mama más antiguo del que se tenga noticia en el mundo. ¿Cómo fue la historia del descubrimiento?

En febrero de 2015 comenzó el trabajo en la tumba de Sarenput II (quien murió a los veinte años en el 1760 a. de C.), una de las tres sepulturas intactas de la necrópolis. En el interior de la tumba encontré tres sarcófagos inmensos, próximos a un mural de arte egipcio con una imagen de Sarenput y su pequeño hijo Anchu. Era una buena señal. Caminé hasta el sarcófago central y les pedí a dos de mis ayudantes que corrieran la cubierta de piedra del ataúd. Una tenue nube de polvo surgió de adentro, después de unos segundos aparecieron dos momias ubicadas en forma paralela, tal como se acostumbraba a enterrar a los difuntos en Egipto. Sin perder tiempo las inspeccioné. Quité una máscara tallada en granito que estaba emplazada sobre la cabeza de una de las momias, de unos sesenta centímetros. Después de un primer estudio en el laboratorio de la expedición, noté algo extraño en el esqueleto de una de las mujeres, de unos treinta o cuarenta años. El estado de sus huesos me indicó que había sufrido intensos dolores crónicos, al parecer por algún tipo de cáncer.

¿Se lograron identificar aquellos restos óseos?

Sí, la mujer, de unos cuarenta años, vivió en el 2200 a. de C., el cáncer se había expandido hasta los huesos, por lo que sufrió osteoporosis y permaneció inmovilizada uno o dos años. No encontramos datos de su identidad, pero como su tumba estaba excavada en la roca, deduje que pertenecía a las clases más altas de Elefantina, donde unas cuatro o cinco familias conformaban la clase dirigente.

¿En su laboratorio hay alguna parte de esa momia?

No, los restos óseos se quedaron en Egipto, porque las leyes sobre patrimonio son estrictas. Por eso, cuando di la rueda de prensa sobre el hallazgo, llevé conmigo tres fotografías escaneadas del esqueleto de la mujer. Y con esas tres fotografías regresé a España dos semanas después del hallazgo más importante de mi vida.¿Qué tan difícil es hacer arqueología en Egipto hoy en día? ¿Cuál era su rutina de trabajo, su día a día en la necrópolis de Qubbet el-Hawa?

Hay una circunstancia especial, dado que Egipto queda en medio del desierto, la temporada del año más apropiada para trabajar en los yacimientos es enero y febrero, cuando la temperatura es más llevadera. Es el invierno en el Nilo. Por eso hay que aprovechar el tiempo al máximo. Yo me levantaba a las seis de la mañana y estaba listo antes de las siete, hora en que podíamos entrar en la necrópolis, y trabajaba hasta la una de la tarde, después de esa hora no podíamos entrar de nuevo. El lugar quedaba cerrado para todos los investigadores, sin hacerse consideraciones de prestigio o procedencia. En fin, desde las dos de la tarde me dedicaba a escribir en mi diario de campo, en él anotaba datos, descripciones muy precisas de lugares y recuentos minuciosos de tareas hechas y de las pendientes. Luego, el equipo quedaba libre, algunos salían a la ciudad, cambiando el rol de científicos por el de turistas; otros se quedaban en el campamento, repasando sus teléfonos móviles o sus ordenadores, yo, en cambio, me relajaba con un paseo en velero por la primera catarata de Asuán mientras disfrutaba el ocaso del sol, uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida.

¿Cómo sobrellevó la burocracia y la inestabilidad política del país desde la Primavera Árabe y la salida de Hosni Mubarak del poder?

Es muy complicado, porque las leyes de conservación y patrimonio se han hecho más estrictas desde el 2011. Está absolutamente prohibido sacar fragmentos de los yacimientos, hay que pedir demasiados permisos y contar con mucha paciencia para los papeleos y autorizaciones. Todos los estudios tienen que hacerse en el yacimiento, y todo el material se debe quedar allí. Por si fuera poco, las autorizaciones de cualquier tipo deben pasar por El Cairo; además, el costo de los análisis de laboratorio es elevadísimo. Es una insensatez.

Lo traigo de nuevo a la actualidad. En Colombia, el caso Colmenares ha llamado la atención de la opinión pública. ¿Cuál fue su trabajo en este caso?

El caso Colmenares es un galimatías terrible. Mi trabajo fue estudiar unas evidencias y exponer en una audiencia pública del juicio el resultado de mis investigaciones. Me centré en controvertir el dictamen que rindió Máximo Duque, quien exhumó el cuerpo de Luis Andrés Colmenares en 2011.

Continuando en Colombia, los grupos paramilitares solían descuartizar a sus víctimas, una práctica usual en varios períodos de nuestra historia. ¿Cómo puede explicarse esa forma de atentar contra la vida humana?

El descuartizamiento lo he visto de manera sistemática porque está dentro de la cultura humana. Los victimarios saben que las personas necesitan algo de su familiar para elaborar su duelo, y la manera de hacer más daño es evitándoselo, para provocar mayor dolor y sufrimiento. Se hace cada vez más sistemático y consciente. Yo lo vi en Ruanda, donde los hutus descuartizaban a los tutsis y tiraban los trozos de cuerpo en diversas partes para que no los pudieran encontrar.

México es uno de los países que más solicita sus servicios. ¿Qué casos le han llamado la atención?

Una de las características de la violencia en una guerra es la de dejar marcas en los cuerpos, eso encontré allí. En México había dos carteles reconocidos, los Zetas y el cartel de Sinaloa. Los Zetas comenzaron a matar a la gente disparándole a la cara, porque mucha gente llevaba chalecos antibalas. Para evitar que sobrevivieran les disparaban a la cabeza. Entonces los de Sinaloa empezaron a hacer lo mismo, pero con una variación: a la víctima le disparaban tres cartuchos de balas completos en la cara hasta borrarle el rostro.

Una curiosidad: ¿Con quién vive un hombre cuya compañía permanente son cuerpos que llevan medio milenio de muertos?

Vivo solo. Mis hijas ya se fueron de la casa. Una de ellas es hematóloga, y la otra, enfermera. No me gusta mucho el flamenco ni la música romántica. Debe ser porque soy separado desde hace varios años. Soy poco sociable y un tanto cascarrabias. Me gusta el brandy, todas las madrugadas me tomo uno para dormir bien. Mi hija menor, Carmen, dice que no hay nada más aburrido en la vida que un viudo. Y me temo que lo dice cuando se refiere a su padre.

Pero sus estudiantes, entre ellos varios colombianos, lo han definido como un maestro comprensivo, simpático, alentador ¿No se juzga muy fuerte a usted mismo?

Lo que pasa es que yo disfruto mucho mi trabajo. Dar clases es maravilloso. Poder enseñar lo que sé es algo que me reconcilia con la vida y la hace menos aburrida. Yo no me hago viejo por eso, por el permanente contacto con personas jóvenes. En mi profesión, en la que conozco tan profundamente lo humano, es una tontería ser orgulloso y prepotente.

La sencillez es una virtud.

Hay una realidad invariable: En este mundo nadie es necesario. Basta con visitar un cementerio para constatar que está lleno de personas imprescindibles. El mundo sigue su camino y no se detiene por la muerte de un arqueólogo, un presidente o un conductor de taxi.

En ese orden de ideas, ¿qué podrían revelar nuestros huesos si un antropólogo físico los analiza en unos mil o dos mil años?

Bueno, dirán, con seguridad, que fuimos una sociedad que comía mucho y muy mal. Una civilización que vivía en permanente estrés y totalmente alienada, aunque conoció el bienestar y hasta la posibilidad de morir de viejos por primera vez en la historia de nuestra especie.

¿Le gustaría que un antropólogo físico examinara sus restos óseos?

Mis huesos no los va a estudiar nadie, eso se lo garantizo. Quiero que me cremen, porque conozco los errores que cometen los antropólogos físicos y no quiero que los repitan conmigo.

FERNANDO SALAMANCA ROZO
FOTOS: KARIM ESTEFAN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 56 - SEPTIEMBRE DE 2016

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