'Los escritores somos bastante sosos': Ray Loriga

'Los escritores somos bastante sosos': Ray Loriga

BOCAS entrevistó a uno de los novelistas más importantes de la España contemporánea.

BOCAS - Loriga

El escritor español Ray Loriga.

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Jeosm Photography - Cortesía de Penguin Random House

21 de julio 2017 , 04:07 p.m.


“Los escritores llevamos una vida muy mecánica. Todos los días son iguales. Lo cierto es que somos bastante sosos”, dice el escritor español Ray Loriga, que durante años –hace años ya– fue el prototipo de enfant terrible de la literatura española.

Hoy tiene cincuenta años y dice que le gustan los días tranquilos, ver fútbol en la tele, que es pésimo veraneante –no se queda quieto, no descansa, siempre tiene que estar trabajando: “Me hice escritor para no tener que trabajar y me ha salido fatal”, dice– y que no soporta las entrevistas que todo lo exageran, que alegan que fuma un cigarrillo tras otro y que siempre usa sus gafas de sol, incluso en interiores. No entiende por qué todavía esperan que haga excentricidades, que sea un Johnny Rotten trasnochado.

Pero lo cierto es que la fantasía de un Ray Loriga excéntrico no es gratuita. Su padre, José Antonio Loriga, es pintor, dibujante e ilustrador para el diario El País. Su madre, Mari Luz Torrenova, fue actriz de telenovelas en Venezuela y presentadora de circo; hija de un exiliado de la República española que fue a parar a América Latina a los ocho años y regresó a España a los veintipico con una hija de un primer matrimonio fallido. Luego llegó Fran, su otro hermano, y luego él, Jorge.

Desde los doce años pidió que le llamaran Ray por un personaje del cómic Flash Gordon. Lo escogió porque era raro ver a un chico de su edad en un cómic, porque le gustaba el mundo que Alex Raymond había creado para Gordon y porque “Flash Loriga ya era demasiado”. Aunque dice que puede ser por Ray Bradbury, Raymond Carver o Sugar Ray Leonard. Creció en la dictadura de Franco y dice que lo recuerda como “la tristeza y la maldad total”.

A los veinticinco años publicó su primera novela, Lo peor de todo, y se convirtió en “la voz de una nueva generación”, “el escritor fetiche”, un “rebelde”, “el representante del realismo sucio en España” –que ha dicho en entrevistas que no existe, que es un invento de Wikipedia–, “el extranjero” y otras mil etiquetas que tomaron fuerza con sus siguientes dos novelas, Héroes y Caídos del cielo, autobiográficas como la primera.

Fue el esposo de Christina Rosenvinge –una de las caras principales de la escena de la música indie española de los noventa–, hizo cine con Pedro Almodóvar y Carlos Saura, atendió a Miles Davis en una tienda y alguna vez entró a una fiesta de la mano de Lauren Bacall. La segunda entrevista que hizo en la vida fue a Ray Bradbury, pero también ha entrevistado a Keith Richards, a Tom Waits y a Murakami, que lo escogió a él.

Alguna vez estuvo de gira por Europa con Allen Ginsberg, uno de sus ídolos, para un festival de Spoken Word, y en el camino conoció a Junot Díaz, a Henry Rollins y a Robert Crumb. Escribió un musical para un príncipe árabe que lo llevó por todos los rincones de Arabia. Una de sus excusas favoritas para viajar es visitar las tumbas o las casas de sus héroes literarios. Entre otras, ha visitado las tumbas de Ezra Pound, Kafka y la casa de Marguerite Duras. Su vida está llena de nombres, de personalidades que a la distancia parecen deslumbrantes, pero él insiste en que la vida de un escritor no es especial.

BOCAS - Loriga

Ray Loriga

Foto:

Cristina Arias - Getty Images.

En abril de este año se llevó el Premio Alfaguara con Rendición, una novela narrada en una voz calmada y que se pasea entre los futuros distópicos de Orwell y McCarthy. Ya no es la voz de Tokio ya no nos quiere o Trífero. Porque Loriga tampoco es el chico de pelo largo, desafiante, que mira desde la portada de Héroes. Ya no es el de la Harley –tuvo una, la estrelló y no tuvo plata para repararla– y, claramente, no es el del mito de un cigarrillo detrás de otro. Habla pausado. Es generoso con su tiempo y se divierte hablando del pasado porque tiene una memoria aterradora. Recuerda con detalles el pasado, lo que lee, las ideas para sus novelas –con solo anotar un palabra le basta–, las alineaciones de los equipos de fútbol o baloncesto, una de las primeras chicas que le rompió el corazón –“Lucía Tolosa Valiente, a quien le mandaba cartas de amor y que acabó persiguiendo a mi mejor amigo del colegio. Todavía me da mucha rabia”–, pero es despistado y dice que podría salir a la calle con calcetines de colores diferentes.

¿Qué es un autor de culto?

Llevo preguntándome lo mismo durante veinticinco años. Claro que sé, como tú, lo que quiere decir, y sé que es una etiqueta, y lo cierto es que hay otras que me disgustan más. Otras que me parecen más vacuas, como “rebelde”. La rebeldía se ha convertido en una excusa para vender jeans. Miley Cyrus es rebelde. Pero digamos que es tener una base de lectores fiel y constante, que no es masiva, pero que se hace notar. Piensa en Nick Cave, que es un músico de culto, y compáralo con Elton John, que es un músico de puta madre y que lo conoce hasta mi abuela. No es mejor ni peor, pero son otra cosa.

Antes de publicar su primera novela trabajaba en una tienda, trabajaba haciendo fanzines y escribía cuentos, pero empezó escribiendo en el ABC.
Era una columnita pequeña que salía los sábados y se llamaba “Gente corriente” y era una sección donde nuevos valores escribían sus columnas de lo que quisieran. Escribí ahí hasta que escribí metiéndome con el rey y me echaron porque el ABC era, siempre ha sido, muy monárquico… [Risas]. No me metí de mala manera, era un artículo que se llamaba “Para qué sirve un rey”, como concepto, que te representa, que no. Era como un juego. El hecho es que lo publicaron pero no les hizo mucha gracia.

Y mientras tanto escribía Lo peor de todo.
Sí. Cuando escribes una primera novela, lo haces con esa mezcla de arrojo medio tonto que tienes de joven, que te crees que todo es posible, al mismo tiempo miraba las librerías y pensaba que era como un muro, que nunca iba a pasar al otro lado del espejo. El sueño de ser un escritor publicado. Ya no piensas en el éxito, es simplemente pensar que está ahí, que está el objeto en una librería, que puedas entrar y está ahí, en una de esas librerías a las que has ido desde niño. Y bueno, lo mandé a dos, tres, editoriales, y dos me contestaron muy favorablemente, lo que es una gran fortuna. Y Constantino Bértolo, que fue un editor con mucho ojo, dijo: “Esto me gusta mucho”. Y ahí empecé. Todavía me acuerdo, ¡eh! Es que no te lo crees.

Una de las razones por las que dejé las drogas es que para un escritor es cierto que no es la mejor idea hacerse agujeros en la cabeza

¿Cómo es su relación con sus editores?
He tenido la gran fortuna de tener magníficos editores. Los editores con los que he trabajado –sobre todo dos figuras esenciales, pero también otros– son el editor que me descubrió, que se llama Constantino Bértolo, que era editor de Debate, uno de los mejores de España, y Enrique Murillo, que fue editor de Plaza & Janés y luego de Planeta. Es una amistad que va más allá. Ese tipo de relación se ha perdido mucho. Ahora los editores van y vienen, antes era una labor de una vida, una relación de confianza.

En todas partes le preguntan por su novela juvenil, la de vampiros, El bebedor de lágrimas, que si la hizo por dinero, que si tuvo algún efecto negativo en su reputación…
Era un gesto irónico. Pensaba hacer tres, pero creo que no me entendí bien con la editorial porque pensaba sacarlas con seudónimo. Para mí la gracia era esa.

Debe ser rentable escribir literatura juvenil, pero debe ser más rentable una novela juvenil escrita por Ray Loriga.
Creo que eso fue lo que pensaron ellos, pero se equivocaron. El público al que iba dirigida la novela no tiene una puñetera idea de quién es Ray Loriga. Entonces toda la promoción que se hacía era absurda para el público al que iba encaminada. Todo esto me hizo gracia. Supongo que hay una parte real y una parte de manipulación. Veo blogs de chicas lectoras y no sé si sea el tipo de sesenta años del área comercial de la editorial escribiendo: “Ay, chica, me ha encantado”. Como en internet no ves la cara de nadie. Hay mucho manejo de redes. Pero la novela a mí me gusta, curiosamente, y hubiera querido hacer las tres. A lo mejor algún día. A mí me divertía. También tenía un punto de ironía, era un juego.

¿Escribe pensando que tiene que satisfacer a alguien más?
Ya no. No tiene sentido. Es como un concierto maravilloso de Lou Reed al que asistí. Era después de Songs for Drella, cuando él seguía con esa pesadumbre de los amigos muertos, entre otros Andy Warhol. Y dio un concierto en Madrid en un lugar no tan grande, no un estadio de fútbol, y recuerdo que estaba haciendo una música preciosa y mucha gente le abucheaba, le decía: “Sweet Jane” o “Take a Walk on the Wild Side”… Nos pasa a todos: el propio éxito te condena, pero tú quieres hacer más cosas en la vida. No quieres hacer Héroes uno y Héroes dos y así hasta cinco, pero hay público al que sí le gustaría y que lo espera.

Dice que tiene una memoria casi prodigiosa. ¿De qué iba esa novelita que escribió a los catorce años cuando decidió que iba a ser escritor?

Podría volver a escribirla porque me acuerdo de todo. Se llamaba Nieve en primavera. Yo no lo sabía entonces, pero hay una novela maravillosa de Mishima, que me encanta, y que tiene el mismo título. Claramente entonces no había leído a Mishima y no tiene nada que ver con la de él. No sabía ni que existía. Trataba de una familia muy burguesa española, que son medio los dueños del pueblo en el que viven y hacen siempre una fiesta en verano, que es como la fiesta de la importancia, el único momento en que invitan a toda la comarca, a todo el barrio, lo que fuera. La situé en una zona de élite de España. Entonces invitaban a todos, un poco para darles envidia. Además, para dar una imagen exterior de familia perfecta, pero luego, por dentro… había un hijo que le pega a su mujer, el padre es alcohólico, hay uno gay en el armario… Pero la madre es la capitana del barco que mantiene esa imagen. Luego llega la fiesta, en el verano, y hay un cambio climático –te estoy hablando de cuando tenía catorce años, en los años setenta, que no existía el término “cambio climático”–, hay una cosa mágica que ha pasado en el clima y ese año nieva en el verano. Y al final, la madre y algunos de la familia, que están tan locos como ella, se quedan congelados en el jardín solo. Supongo que en esa época había visto El ángel exterminador de Buñuel, que me dejó muy impactado, y quería algo así como buñueliano, simbólico.

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Ray Loriga

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Jeosm Photography - Cortesía de Penguin Random House

¿Hay alguna memoria que falte, algún agujero?
Creo que tengo muy buena memoria porque es una compensación a que soy epiléptico, entonces la epilepsia te hace unos black-outs en situaciones y momentos que no recuerdas en absoluto, sobre todo de la infancia y la adolescencia. Luego también están las drogas, una de las razones por las que las dejé es que para un escritor es cierto que no es la mejor idea hacerse agujeros en la cabeza.

Pero hay escrito bastante sobre el tema de las drogas…
Mucho, no de manera documental claro, sino desde adentro [Risas]. Y supongo que para los artistas hay un elemento importante en el uso de alcohol y drogas. No las utilizas meramente de manera lúdica, sino como una experimentación de nuestras propias sensaciones, de lo voluble de las emociones. Entonces, empiezas a matizar lo que puede ser la depresión, lo que puede ser la euforia, empiezas a matizarlo todo y, curiosamente, a cuestionarlo. Digamos que si tuviese un estado de ánimo constante, sería casi imposible trabajar. Y si recurriese a un estabilizador emocional, como el Prozac, otra droga, me quedaría sin trabajo. Porque para nosotros, la materia, el mimbre con el que se hacen los textos, son las emociones.

De eso habla en Za Za, emperador de Ibiza.

Sí, de la felicidad como obligación. Incluso de elevarla al grado de euforia constante y no permitir a la gente la riqueza del resto de las emociones. Esto es una especie de enfermedad social, que busca que seas un ser productivo y un consumidor ágil. De ahí tantas pastillas…

¿Ha cambiado su idea de la felicidad?
Recuerdo una cosa que decía Bob Dylan entre conocidos. Cuando le preguntaban por la felicidad, decía: “La felicidad nunca estuvo entre mis planes”. Y estoy bastante de acuerdo porque nunca me he despertado pensando “qué feliz voy a ser”, o “quiero ser superfeliz” o “el año que viene voy a ser más feliz”. Sí me he levantado pensando quiero hacer esto o lo otro, o que tengo que cuidar de esto. No me gusta, como a nadie, que me pisen el cuello, que me peguen con un palo, en fin, pero pasado eso, nunca he soñado con la felicidad. Sí he soñado con la tranquilidad.

La música está muy presente en toda su obra. ¿Cómo fue esa primera epifanía musical que lo convirtió en melómano?
Tenía un hermano que murió, esquizofrénico, que era también un melómano. Le encantaba la música, de rock sabía todo. Todo lo que sale en Héroes, toda la música, es de la generación de mi hermano, diez años mayor. En un punto internaron a mi hermano en un siquiátrico –siempre iba y venía, pero esto fue diferente– y me dejó todos su discos. Esa fue su herencia musical. Es como esa escena en Almost Famous de Cameron Crowe, en la que la hermana mayor le entrega todos sus discos a él. Tal cual. Todavía los conservo.

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Regresemos a su buena memoria: ¿cuáles son los mejores conciertos en los que ha estado, los más significativos?
Esto nunca me lo preguntan. Qué raro. Uno que no se me olvida nunca es la despedida de los Smiths en Madrid. Era mi primera vez con uno de mis grupos favoritos y era el último de ellos. Claro, eso lo hizo más mítico. Fue un concierto público, en el Parque Oeste, que se desbordó. No sé qué pasó ahí, pero nos juntamos como quinientas mil personas. Una locura. También recuerdo un pequeño concierto de Prince que fue muy especial. Prince sacó un vinilo en 1994 que se llamaba The Black Album. Se corrió la voz de que solo había unos doscientos ejemplares por país y que el vinilo era todo negro, no decía nada. No sé ni cómo me enteré, porque en esa época no había internet ni nada. Recuerdo que costaba diez mil pesetas de la época, que era un pastón, porque un disco común y corriente costaba mil pesetas. Y yo compré dos. Ahorré, pedí, trabajé, hice lo que tenía que hacer. Uno o dos años después, Prince anunció que iba a Madrid y que tenía una fiesta sorpresa preparada para los que tuvieran ese álbum. Fue un concierto de dos horas para unas cincuenta personas.

¿Siente nostalgia de su juventud?
Me gustaba esa película de Coppola de Peggy Sue se casó, en la que vuelve al colegio y vuelve a cometer los mismos errores que había cometido. “Ahora que sé todo, no voy a cometer errores”. Y vuelve a hacer todo fatal. Lo vivido, vivido. No soy muy de mirar pa’ tras. No me da el cuello para girarlo entero.

El tema del impostor también está en su obra, y en sus entrevistas, ¿cómo es eso?
En cuanto a lo que escribes, espero que no. Son dos oficios separados. Tengo la impresión, a veces, que el que hace la promoción de los libros no es el mismo que los ha escrito. Tiene otro disfraz. Te disfrazas de señor entrevistado, que no es exactamente el de superhéroe, pero no deja de ser un disfraz. Y cuando escribes estás en otro momento. No piensas en absoluto en esa otra parte. Y a veces viceversa. Cuando las etapas de promoción se alargan mucho, te vas sintiendo un fraude según vas hablando más. Porque el trabajo del escritor no es hablar de lo que escribe, sino escribirlo. Entonces, cuando te vas separando de la propia escritura, el trabajo día a día de la escritura, llega un momento en que no te sientes escritor. La escritura es como un deporte: si no lo estás haciendo, no eres. Con el peligro de que puedes terminar hablando como los futbolistas, a quienes entrevistan todos los días y no terminan diciendo nada. Después de cada partido dicen exactamente lo mismo.

Es muy futbolero, hincha del Real Madrid. ¿Le gusta James?
Muchísimo. Es un jugadorazo. Un chaval que podría estar en la lista del balón de oro muy pronto, pero tiene a Messi y a Cristiano por delante. En Madrid ves camisetas de James por todas partes. Cuando lo fichamos no lo conocía, y el Madrid es un equipo de mucho dinero, que ficha a todo el mundo y pensé: “Con este meten la pata. Está sin probar”. Al principio todos los madridistas estábamos así porque costó mucha pasta, pero a los dos meses estábamos diciendo: “¿Cómo que ochenta? ¡Si vale cien!”. Es un jugador muy inteligente, todo lo hace con un criterio exquisito. Además, es el yerno perfecto: multimillonario, guapo, se peina correcto, va siempre impecable…

CAROLINA VENEGAS K.
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 65 - JULIO 2017

BOCAS 65 - LORIGA

La aterradora memoria de Ray Loriga
Entrevista con Ray Loriga
Por Carolina Venegas K.

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Revista BOCAS

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