'En cuatro años de negociación, hubo varias tensiones': De la Calle

'En cuatro años de negociación, hubo varias tensiones': De la Calle

El jefe negociador del Gobierno habló con la Revista BOCAS de cómo se hizo la paz.

Humberto de la Calle portada

Humberto de la Calle, jefe del equipo negociador del Gobierno

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Pablo Salgado

06 de marzo 2017 , 06:47 p.m.

Viajó más de 150 veces en avión, lideró 54 ciclos en los que se negoció durante unas 3.500 horas, participó en la elaboración de 95 comunicados conjuntos, estampó su firma en por lo menos 2.357 páginas.

Resumidos en cifras, los últimos cuatro años de Humberto de la Calle fueron copiosos y prolíficos. Tanto que el exceso de vuelos entre La Habana y Bogotá le dejó un problema en el oído derecho que ya necesitó una cirugía y del que todavía no se recupera del todo.

Resumidos en vida, los últimos cuatro años de Humberto de la Calle fueron profundamente agotadores, física y mentalmente. De gran “tensión psicológica”, dice. De muy escasos momentos con su esposa, tres hijos y seis nietos. De la misión más compleja que haya tenido, que hoy es una misión cumplida.

El pasado 24 de agosto, De la Calle, como jefe del equipo negociador del Gobierno colombiano, firmó el acuerdo que le pone punto final a la guerra con las Farc. El jefe negociador de la guerrilla era Luciano Marín Arango, alias “Iván Márquez”. Fue la recompensa a cuatro años de diálogos muy exigentes y una vida monacal, en la que prácticamente no pudieron ni siquiera caminar con calma por La Habana Vieja.

Pero todavía no se puede ir a descansar. Apenas aterrizaba de vuelta, cuando el presidente Juan Manuel Santos le pidió que emprenda una “maratón pedagógica” para explicar los acuerdos a los colombianos, que el próximo 2 de octubre deberán decidir si aprueban o no lo que se pactó en Cuba.

Solo en ese momento, De la Calle se desconectará de la vida pública por unos buenos meses. Verá todas las películas que no pudo ver en estos cuatro años, recuperará el tiempo que les debe a sus nietos (todos hombres), su carrera profesional como brillante abogado y, tal vez, su hándicap de golf.

Mientras tanto, soporta con estoicismo –lo suyo es el bajo perfil, no el protagonismo– tener encima todos los reflectores, todos los micrófonos, todas las cámaras. Sereno, prudente, casi imperturbable. Con un sentido del humor que no sale en cualquier ocasión, pero que cuando sale es muy fino.

Con 70 años cumplidos el pasado 14 de julio, acepta que desde que las conversaciones comenzaron en Oslo, en octubre de 2012, prefirió no hacerse grandes ilusiones y quiso verlo todo con un tono escéptico y realista.

Foto Pablo Salgado.

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Pero algo tenía que estar haciendo bien, porque en un debate de control político sobre el manejo del proceso de paz realizado en el Congreso, el 21 de julio de 2015, De la Calle tuvo un “cara a cara” con los más duros críticos de las negociaciones y logró que el expresidente y hoy senador Álvaro Uribe reconociera, por primera vez, tener un “asomo de tranquilidad” sobre ese asunto.

Esta no es la historia del ex registrador nacional, ex ministro de Gobierno, ex negociador en los diálogos de Caracas, exconstituyente, exvicepresidente (el primero que renunció a ese cargo, movido por un dilema ético) y exembajador que casi siempre prefiere hablar en primera persona del plural, que es muy directo, que ama el whisky de malta y que es un ateo reconocido. No. Esta es la historia del proceso para desarmar a la guerrilla más antigua de América Latina, que lideró un ciudadano de Manzanares (Caldas). Un abogado de apellido De la Calle.

¿Se acuerda en dónde estaba el día en que el presidente lo llamó para ofrecerle ser el jefe de la delegación del Gobierno en los diálogos de paz con las Farc?

Claro. Fue el 20 de agosto de 2012, un lunes festivo. El presidente me pidió que pasara por la casa privada como a las seis de la tarde. Yo pensé que me iba a hacer una consulta profesional, pero me dijo que se habían llevado a cabo unas conversaciones secretas con las Farc y estaban a punto de firmar un acuerdo general para comenzar las negociaciones. Estuve 15 minutos en medio de la nebulosa, sin saber dónde iba a caer ese globo, como decimos en mi tierra. Cuando me suelta semejante invitación, fue una sorpresa enorme. Yo tengo la costumbre de pedir un tiempo para pensarlo y consultarlo con mi familia, pero en este caso me parecía tan grande el desafío y el compromiso que de una vez le respondí que sí, le dije que estaba listo, que contara conmigo y que le agradecía infinitamente. Solo cuando iba por la avenida Circunvalar camino a mi casa tuve la sensación de que me había metido en un lío tremendo.

¿Y qué le dijeron su esposa y sus hijos?

Recibí un apoyo inmediato de todos, no hubo ninguna vacilación. Y durante estos cuatro años ellos fueron fervientes defensores de mi tarea, a pesar de los sacrificios evidentes que trajo para la vida familiar. Los tres primeros años del proceso había una dinámica más o menos predecible. Estábamos 10 días en La Habana y 4 o 5 días en Bogotá. Pero en el último año eso se despelotó por completo. Pasábamos hasta 15 o 20 días en Cuba, ya no podíamos saber la fecha de regreso y a veces veníamos solo por uno o dos días. Incluso, nos salimos del tema de los ciclos. Y luego vino el llamado cónclave de los últimos días, en el que la orden era regresar a Colombia con un acuerdo.

¿Qué hacía en los pocos momentos que tuvo en Colombia con su familia?

Tenemos un sitio de encuentro fantástico, una casita de campo que es el lugar de reunión de toda la familia, así que cada vez que se podía nos íbamos todos para allá: esposa, hijos, nietos, nueras y yernos. Cuando nos quedábamos en Bogotá, el plan era ir a un restaurante o a cine. Desde hace cuatro años las oportunidades para ir a cine han sido muy pocas. Y bueno, ni hablar del golf, ese sí está liquidado. Ya se me olvidó.

¿Cómo era la rutina de las negociaciones en La Habana?

Empezábamos a las 8:30 de la mañana con las Farc, en sesiones que iban hasta la 1:30 de la tarde. Luego almorzábamos y regresábamos ya solos a la casa del embajador de Colombia, Gustavo Bell, al que le cayó la roya porque durante cuatro años le invadimos la casa. Ahí trabajábamos para evaluar la sesión de la mañana y preparar la del día siguiente. Regresábamos hacia las ocho de la noche a la casa, aunque a veces era mucho más tarde. Cenábamos juntos, como parte de la convivencia, porque había horas fijas de desayuno, almuerzo y comida. Era una rutina dura. Después yo subía a mi habitación a leer hasta las diez u once de la noche. Estos cuatros años los aproveché para leer de todo, ese fue el hábito que no perdí. Al contrario, se acentuó de manera alucinante porque había un televisor en la habitación, pero no lo prendí una sola vez en todo este tiempo. Nunca. Cuando había partidos de Colombia los veíamos en otro sitio, juntos. Pero yo solo en mi habitación jamás me puse a ver televisión.

¿Qué leía?

De todo. Ciencia, genética, economía, historia, filosofía, novela y poesía, claro. Siempre mantengo un libro con la poesía completa de Borges en mi mesa de noche y termino cada jornada leyendo uno o dos poemas. Es como mi libro de cabecera, aunque puedo leer seis o siete libros al tiempo. Y ahora con la revolución del Kindle mantengo siempre 50 o 60 libros a la mano.

¿Les recomendó algún libro a los miembros de las Farc?

“Catatumbo” me regaló un libro sobre la correspondencia secreta entre Stalin y Roosevelt, un libro cuya existencia yo ignoraba. También me regalaron un libro del periodista Jorge Enrique Botero sobre “Simón Trinidad”. Yo creo que no les recomendé ninguno. Y bueno, ya luego con el equipo de Gobierno sí nos prestábamos muchos libros. María Paulina [Riveros] siempre iba por la línea de la nueva literatura europea, el general [Óscar] Naranjo hizo varios aportes a esa biblioteca común en temas de historiografía colombiana y seguridad, Sergio [Jaramillo] se mantenía más en la órbita de lo que nos concernía, con muchos libros sobre justicia transicional y los elementos estratégicos de una negociación.

¿Y no hubo tiempo para el cine?

Es que pasó una cosa extraordinaria. Hace poco entró Netflix a Cuba [en febrero de 2015] y eso fue una maravilla. Desde ese momento, cuando subía a mi habitación leía mucho y me vi unas cuantas series excelentes. House of Cards me pareció tremenda y hubo una igual de intensa, pero no con el énfasis detrás de la política sino de la justicia: The Good Wife. Gracias a eso también vi películas y algunos documentales.

Alguna vez dijo que la convivencia en la casa 25 del complejo de El Laguito, donde se alojó la delegación del Gobierno, era como de reality. ¿Además de la negociación pública y conocida con las Farc, tuvo que liderar otras negociaciones paralelas y privadas estos cuatro años?

Nuestra rutina era semicarcelaria, estábamos aislados y las jornadas eran largas y extenuantes. Usted lo ha dicho muy bien, no solo fue la negociación con las Farc. La guerrilla siempre actuaba unida en la mesa, pero detrás de cada uno había matices que yo iba descubriendo con más claridad en las conversaciones que teníamos mientras tomábamos café en los pasillos, durante los recesos. En esos momentos informales era más fácil tratar de interpretar lo que pensaban. Pero luego estaban también las negociaciones con los miembros del equipo. El presidente Santos optó por un camino inédito para este proceso, al armar un grupo con personas de muy diversas tendencias. Era un experimento realmente arriesgado, porque además cada quien venía con el peso de su propia biografía: el general [Jorge Enrique] Mora, el general [Óscar] Naranjo... Imagínese eso. Internamente había mucha discusión, siempre llevábamos una posición sin fisuras ante las Farc, pero detrás había debates duros. La otra negociación paralela era con el Gobierno, con los ministros sobre cada punto de la agenda que tocara sus temas. También debíamos negociar con la sociedad civil, con los gremios y con los militares, con quienes tuvimos múltiples reuniones donde les informábamos del proceso, oíamos preocupaciones y recomendaciones. Realmente había que atender muchos frentes, era una tarea bastante compleja.

Le voy a pedir que defina a los miembros de la delegación del Gobierno con una palabra. Comencemos por Sergio Jaramillo.

Estratega.

¿El general Mora Rangel?

Recio. Líder.

¿El general Naranjo?

Equilibrio.

¿Frank Pearl?

Es el que mejor conoce a Colombia.

¿María Ángela Holguín?

Gran diplomática.

¿El empresario Gonzalo Restrepo?

Sentido común.

¿María Paulina Riveros?

Fue nuestro polo a tierra.

¿Y Roy Barreras, que entró al equipo ya en la fase final?

Entusiasmo. Energía.

¿Cuál fue el momento más tenso de estos cuatro años de negociaciones?

Hubo tensiones de distinta naturaleza. Unas no sucedían en la mesa, sino en Colombia. El secuestro del general Rubén Darío Alzate [el 16 de noviembre de 2014] y la masacre de los 11 militares en Buenos Aires, Cauca [el 14 de abril de 2015] fueron traumáticos y nos hicieron pensar que se podían romper los diálogos. También hubo un hecho muy duro, la muerte de una niña por una mina antipersona [el 20 de mayo de 2015]: nosotros salimos a condenar el hecho con el pantalón remangado, pero tengo que reconocer que nunca se confirmó si fueron realmente las Farc. En términos de la negociación los temas de justicia fueron los más dramáticos, porque nuestra posición era que la amnistía no podía ser general, que los graves crímenes de guerra, lesa humanidad y genocidio no se podían perdonar.

De hecho, de los seis puntos de la agenda ese fue el que más tiempo tardaron negociando: un año y siete meses. Para ponerse de acuerdo en los otros se tomaron máximo seis meses...

Sí, esa fue una discusión extraordinariamente dura. La de mayor desgaste. Pero déjeme complementar la anterior respuesta. Hubo otros hechos que al principio afectaron el proceso, como la muerte de Hugo Chávez y el proceso electoral subsiguiente allá en Venezuela. Eso generó una cuasiparálisis en la mesa, uno notaba que para las Farc en ese momento era crítico lo que pasara allá. Al final sí se veía en las Farc una mayor capacidad de tomar decisiones y cierta distancia de lo que sucediera en Venezuela, pero en un comienzo eso generó tensiones difíciles. Aunque Venezuela, hay que agradecer, siempre ayudó al proceso, y aún sigue ayudando.

No mencionó las elecciones presidenciales del 2014, en las que el candidato del uribismo ganó la primera vuelta...

Tiene razón. Después de esas elecciones, las conversaciones sí quedaron suspendidas en la práctica, no de manera formal ni pública, y las Farc quedaron a la expectativa de lo que pasaría en la segunda vuelta. Esa suspensión en la práctica no solo ocurrió en ese momento, a veces las discrepancias eran tan grandes que venía una fase como de operación tortuga, de muy difícil movimiento, en la que había reuniones, pero sin avances reales.

En estos cuatro años solo tuvo un encuentro privado con el expresidente Álvaro Uribe, el 8 de septiembre de 2015, en la casa de Kevin Whitaker, embajador de Estados Unidos en Colombia. ¿Fue tan tenso que no quedaron ganas de propiciar nuevas reuniones?

Varias veces quisimos sentarnos a conversar con el expresidente Uribe, pero finalmente la idea solo se cristalizó por mediación del embajador de Estados Unidos y de Bernard Aronson, enviado especial de ese país para el proceso de paz en Colombia. El expresidente Uribe estuvo acompañado de algunos miembros de su movimiento político, como Carlos Holmes Trujillo y Alfredo Rangel. Fue una entrevista muy larga e interesante, en la que mantuvimos nuestras diferencias y solo encontramos algunos puntos de contacto. Luego quise buscar otros espacios como ese, pero infortunadamente nunca supe qué pasó y supongo que por el alto grado de polarización de la sociedad ese intento de un nuevo diálogo se frustró. Una lástima.

¿Usted lloró durante estos cuatro años de negociaciones con las Farc?

No. Aunque los seis encuentros que tuvimos con las sesenta víctimas que fueron a La Habana sí fueron muy conmovedores, uno salía traumatizado de esas sesiones, oímos historias macabras. El sufrimiento de la gente ha sido terrible.

¿Y vio llorar a algún guerrillero?

Sí, a “Pablo Catatumbo”. Lloró en el primer encuentro con las víctimas [el 16 de agosto de 2014]. En esa delegación viajó Ángela Giraldo, la hermana de uno de los diputados del Valle secuestrados y asesinados por las Farc en 2007 [Francisco Javier Giraldo]. “Catatumbo” estaba muy nervioso, realmente conmovido. Lo más interesante es que al final todas las víctimas terminaban hablando de perdón y reconciliación, pero los de las Farc no seguían el mismo camino.

Foto Pablo Salgado.

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¿Cuando los tuvo enfrente se imaginó el momento en que dieron la orden de un ataque, por ejemplo?

Claro. Y le digo más, no sólo me los imaginé, sino que escuché muchas historias reales del conflicto en los pocos momentos informales que tuvimos juntos, los únicos donde había cierta socialización, que ocurrieron en la Embajada de Noruega, donde organizaban la típica recepción para generar vínculos, o en las conversaciones informales en los pasillos. Eran historias de guerra de parte de ellos y de nuestros militares, en las que rememoraban batallas y se complementaban lo que había sucedido. Por ejemplo, “Iván Márquez” recordaba que el general Mora estaba en tal parte y se había movido a tal otra cuando dispararon en un ataque en el Caquetá y el general le replicaba diciéndole que no, que para ese entonces él ya estaba en otro sitio. Eso era fuerte. Es que estos cuatro años también fueron de inmensa tensión psicológica, porque estábamos enfrentados a la historia de las Farc y a su insistencia de que habían ejercido con justicia el derecho de rebelión, a las historias de nuestros militares y a la presencia y las historias realmente conmovedoras de las víctimas, que estuvieron en el centro de todo el proceso, fueron protagonistas.

¿Esos momentos de socialización, como les llama, solo se daban patrocinados por los noruegos?

Sí. Cenábamos en la Embajada y a veces nos tomábamos un whisky. Eran momentos distendidos en los que podíamos conversar sobre diversos temas. También hubo momentos informales de discusiones en los pequeños recesos de 10 o 15 minutos de las sesiones conjuntas de la mañana, en los que salíamos a tomar tinto, y en muy pocas ocasiones nos visitamos en alguna de las casas de las delegaciones, la nuestra o la de las Farc, que estaban separadas por el lago, como unos 150 metros en línea recta.

¿Alguna de esas visitas y conversaciones informales sirvieron para convencer a la otra parte sobre un punto que se acordaría el día siguiente?

Sirvieron mucho no para finiquitar un tema, porque no eran escenarios de negociación, pero sí para que cada parte se pusiera en los zapatos del otro. Fueron muy útiles esos momentos, aunque siempre estuvo claro que allá no íbamos de parranda y eludimos la socialización en fiestas comunes, cumpleaños y celebraciones de esa naturaleza.

¿Nunca los unió, por ejemplo, un partido de la Selección Colombia?

No, nunca lo vimos juntos. Al otro día, eso sí, ellos siempre aparecían en la mesa con la camiseta de la Selección y comentábamos juntos el partido. Eran momentos en que uno se reafirmaba como colombiano y entendía que aunque teníamos enormes diferencias, y las seguimos teniendo, todos somos colombianos. Eso de alguna manera también contribuyó a poder superar esto.

Ahora quisiera pedirle que defina con una palabra a los miembros de las Farc. Comencemos por “Iván Márquez”, el guerrillero con el que dicen que usted mejor se entendió durante estos cuatro años.

Puño de hierro.

¿”Jesús Santrich”?

Radicalismo. Era el más terco, imposible de convencer. Siempre estaba al lado de “Márquez”, le hablaba al oído y su influencia era notable.

¿”Pablo Catatumbo”?

Abierto, era el más abierto de todos.

¿”Pastor Alape”?

Sensibilidad. Era el más sensible y siempre pensaba en las comunidades.

¿”Carlos Antonio Lozada”?

Dureza.

¿Y “Timochenko”?

Esa es la más difícil porque tuvimos solo tres o cuatro encuentros durante todo el proceso. Es el líder de la guerrilla, pero tiene una personalidad indescifrable, enigmática. Uno muchas veces no sabía para dónde iba, aunque le repito, mis conversaciones directas con él fueron muy poco frecuentes.

¿Utilizó algo de su época de rebeldía estudiantil y tertulias literarias en Manizales para bajarle a la tensión durante las negociaciones?

Sí. Hubo un momento en que era tal el volumen de retórica por parte de las Farc y nosotros estábamos tan angustiados por el paso del tiempo, porque al principio teníamos la idea de que la negociación iba a durar meses y no años, que hice una exposición muy dura en la mesa y usé una expresión que traigo de esa época: “Si creen que nos van a ganar mareando el pavo están muy equivocados; no vamos a estar aquí indefinidamente, o logramos un acuerdo o nos vamos”. Las Farc reaccionaron con calma, dijeron que entendían nuestro punto de vista y al día siguiente, cuando comenzó la sesión, “Márquez” pidió permiso para que entraran al salón dos personas ajenas a las negociaciones. Yo me alcancé a asustar y de repente entraron dos chefs, con su gorro blanco y unos pavos asados. Esa respuesta nos permitió superar el incidente y de paso comer pavo, con una gran dosis de humor por parte de las Farc.

¿Cuál fue la propuesta más absurda de la guerrilla?

Creo que la realmente inabordable fue la que hicieron sobre reincorporación a la vida civil, que era prácticamente como una especie de triunfo de la revolución por acuerdo. Fue una propuesta tan dramáticamente exagerada que les dijimos que ni siquiera teníamos forma de discutirla. Pedían un asiento en la junta directiva del Banco de la República, el Consejo Nacional Electoral, la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, el Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes), el Consejo Superior de Política Fiscal (Confis) y hasta la Autoridad Nacional de Televisión.

¿Y cuál fue esa propuesta que los sorprendió para bien, que no se esperaban?

Hablaría de dos. Una en ese mismo punto, fíjese. Cuando entramos a negociar haciendo caso omiso de ese documento inabordable que le acabo de mencionar, logramos un acuerdo muy razonable en términos de reincorporación de las Farc, con una enorme dosis de realismo. También hubo un momento muy crítico alrededor del cuarto punto, que era el de narcotráfico. Nosotros exigíamos una frase que implicara que la guerrilla rompería sus nexos con esa actividad, pero al principio hubo una gran resistencia. Fue un momento muy tenso, eran como las once de la noche y nos retiramos de la casa que ocupaban las Farc en ese entonces [conocida como “la casa de piedra”], prácticamente rompiendo las conversaciones. Pero luego hubo una intervención de Noruega y Cuba [los países garantes] y gracias a eso nos encontramos con una sorpresa muy positiva: finalmente lo que queríamos quedó incorporado de manera textual en el acuerdo.

¿Decisiones como esas, de retirarse de la casa y casi romper las conversaciones, se las comunicaban de manera inmediata al presidente Santos?

El presidente siempre tuvo muy claras las líneas rojas, como las llamaba él, que eran esos puntos en los cuales no podíamos transigir bajo ningún punto de vista. Y el del narcotráfico era uno de ellos. Recuerdo que fue una discusión muy difícil, estábamos cerca de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, era un momento políticamente muy crítico y fue ahí cuando decidimos retirarnos de la mesa. Se lo informamos al presidente Santos. Y mire que, pese a estar tan cerca del día electoral y a que hubiera parecido más estratégico tomar otro camino, apoyó la decisión que tomamos.

Muchos colombianos no están de acuerdo con que los guerrilleros de las Farc participen en política...

Le voy a decir lo siguiente: el primer guerrillero combatiente en El Salvador que llegó a la Presidencia fue [Salvador] Sánchez Cerén, 22 años después de la firma de los acuerdos de paz. Yo le dije un día a “Márquez”, mamándole gallo: “Hombre, si en 1991 hubiéramos negociado, usted ya sería un personaje. Hoy, con 61 años, ya perdió la oportunidad”. Le iba dando como rabia. Creo que el éxito electoral de las Farc es imposible, o mejor, que durante mucho tiempo será muy menguado.

Foto Pablo Salgado.

Foto Pablo Salgado.

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La guerrilla comenzó varios ciclos de negociación con documentos que contenían hasta cien propuestas mínimas por cada punto de la agenda...

Sí, cuando empezamos en La Habana después de Oslo vino un aluvión de retórica. La guerrilla recomenzó su tarea propagandística desde 1964, recogiendo todas sus consignas, y eso consumía mucho tiempo. Hubo un momento en que tuve que pararme y decirles que no estábamos en la universidad ni en un seminario o un panel. Que esto era un ejercicio práctico con una agenda para terminar un conflicto. Les pedí que no hicieran el esfuerzo de convencernos, porque no lo iban a lograr, así como nosotros no haríamos el esfuerzo de convencerlos a ellos. No era una tarea de convencimiento, sino de decisiones. Después de esa primera fase de puro ejercicio ideológico, que fue muy larga, vino ese ritual de las cien propuestas mínimas para cada cosa, que llevaban primero a los medios de comunicación y yo en la mesa siempre reclamaba, porque el compromiso de confidencialidad se rompió muy rápido. Cuando digo cien propuestas mínimas no es metáfora, es de verdad. Eso incluso nos valió serios problemas porque nos decían que la guerrilla llenaba los medios y ocupaba todos los espacios, mientras nosotros guardábamos silencio. Pero es que La Habana no podía convertirse en escenario de una pelea entre “Márquez” y De la Calle.

¿Cómo era la redacción de los comunicados conjuntos? ¿Es cierto que la guerrilla era muy quisquillosa con el lenguaje?

Es muy pertinente la pregunta, porque cuando uno lograba un acuerdo, que creía ya tener listo, y se sentaba a hacer el comunicado conjunto era casi como volver a empezar la negociación. Era una labor muy difícil por el peso de cada palabra para las Farc y para nosotros también, hay que reconocerlo. La dificultad de llevar un mensaje suficientemente neutral y su interpretación fue un ejercicio muy complejo. Para eso también teníamos una rutina: primero se discutía entre las personas de comunicaciones de ambos equipos, luego lo mirábamos los jefes de las delegaciones, después se pasaba a los plenipotenciarios y se miraba la conveniencia de tal o cual palabra, para finalmente sacarlo.

¿Se podían demorar un día redactando un comunicado conjunto?

A veces, incluso más, hubo comunicados que salieron después de dos o tres días. Es que convertir un acuerdo en un mensaje breve es extraordinariamente difícil. A propósito de eso, una anécdota: hace poco, cuando estábamos ya en el cónclave final, las Farc salieron con que era necesario discutir toda la estructura del acuerdo. Es decir, devolverse a una discusión de cuatro años atrás. Entonces les dije que no, que el acuerdo final era la suma de los acuerdos logrados antes y que si nos poníamos en ese ejercicio no íbamos a terminar antes del 2020.

El acuerdo final tiene 297 páginas y nuestros índices de lectura son más bien pobres. En un párrafo, ¿qué va a cambiar en Colombia de manera concreta con la implementación de lo pactado?

Habrá recuperación del campo y de la dignidad de la familia campesina. Tendremos una política más limpia, más abierta y más incluyente. Podremos superar el problema de los cultivos ilícitos y del consumo. Habrá un esquema de justicia sin impunidad, pero que no imposibilita la paz, aseguramos el fin del conflicto y un proceso de dejación total de las armas y contaremos con unos mecanismos de verificación, monitoreo y refrendación para que sean todos los colombianos los que digan la última palabra.

Es bien conocida su aproximación pesimista frente a la vida, pero hoy, con el acuerdo final firmado y aunque todavía falte la votación del plebiscito, ¿sigue viendo todo con la misma perspectiva?

No. Aunque ese pesimismo ahora quisiera traducirlo más bien en términos de escepticismo. Mire que es una cosa muy práctica en la vida, porque así uno está preparado para los reveses, y más en un proceso tan complejo como el de La Habana, en el que amanecía creyendo que ese día se firmaba el acuerdo y a las cinco de la tarde estábamos más distantes que antes. Eso pasó muchas veces y exigía un comportamiento y una actitud de esa naturaleza: no caer en un profundo negativismo, mantener vivas la tenacidad y las ganas de lograr un acuerdo, pero sin albergar tampoco falsas esperanzas, sin pensar con el deseo, que también es muy nocivo para una tarea de estas. Hoy, yo creo que el acuerdo al que llegamos es el mejor acuerdo posible, aunque eso lo tienen que decir los colombianos. Es bastante equilibrado y los llamados sapos me parece que son sacrificios que hay que hacer en beneficio de la paz y que son razonables. No se acabaron las instituciones y el cuento del castrochavismo es un chiste que ni siquiera merece mayor comentario. Eso me hace sentir optimista también del resultado, pero siempre hay que ser riguroso en esto: no es que el narcotráfico se vaya a acabar al otro día de la firma y no es que a los jóvenes en Bogotá ya no les vayan a robar el celular en la calle. La firma es el fin del acuerdo para terminar un conflicto, pero es el comienzo de una fase mucho más compleja de construcción de paz que debe demorarse por lo menos una década y en la que todos vamos a tener que cooperar. No se hacen milagros escribiendo palabras, los únicos que hacen milagros escribiendo palabras son los poetas.

¿Le tocó lidiar con muchos “lagartos” los últimos cuatro años?

¿Sabe que no tanto? Como vivíamos aislados en La Habana y, dentro de La Habana, casi que estábamos metidos en un reality en la casa 25, pues menos mal no me tocó sufrir por eso.

¿Cómo fue esa maratónica reunión final?

Fue muy positiva, tuvimos una dinámica muy interesante porque ya era muy clara la decisión de las Farc de cerrar el acuerdo y llegaron al equipo del Gobierno caras nuevas para darles aire a las negociaciones. Quedaban todavía discusiones pendientes y ellos seguían como raspando la olla, pero el cónclave fue muy positivo.

¿Se dio la oportunidad de celebrar cuando por fin salió humo blanco?

No, todo lo contrario. Hubo un comentario generalizado: tanto esperar esto y al final, como veníamos muy presionados por el tiempo, no hubo ninguna celebración. Realmente eso ocurrió dos días antes, cuando los noruegos invitaron a un almuerzo. ¿Sabe cuándo me permití emocionarme y celebrar? Con el cese el fuego bilateral y definitivo del 29 de agosto, que es la cristalización de todo el esfuerzo.

¿Se arrepiente de algo que haya dicho o hecho durante el proceso de paz?

No. Absolutamente de nada. No hay una palabra en todo el acuerdo final de la que nosotros nos vayamos a sonrojar, nunca. Claro, hay decisiones con las que algunos colombianos pueden no estar de acuerdo o que no quieren, algunas medidas impopulares, pero es imposible dejar contento a todo el mundo y yo de verdad estoy convencido de que es el mejor acuerdo posible. Por ejemplo, hay quienes dicen que las sanciones restrictivas de la libertad son muy débiles y claro, es un punto de vista respetable, pero me parece que sería más respetable si se lo aplicáramos a todos los actores. Porque una cosa que sí veo y me preocupa es que todavía hay gente que cree que hay violencia buena. Este país no va a estar en paz si no sabemos que toda violencia es mala. Un acuerdo mejor es difícil de lograr. Y no digo esto por vanidad ni narcisimo, sino por haber estado cuatro años discutiendo con esos señores. Este era el momento de negociar, es la mejor oportunidad que hemos tenido de terminar con el conflicto. No habrá otra igual.

¿Nunca sintió ganas de “tirar la toalla”?

No. Es decir, a veces en un momento de angustia me decía que esto era imposible y regresaba definitivamente a Colombia, pero no era una decisión seria ni real, sino más bien una forma de bajar la ansiedad, de descargar la presión. El fin de cada ciclo era excesivamente agotador, llegábamos a Bogotá realmente extenuados. Y además estaba la tensión permanente de saber que tenía que cuidar todo el tiempo mis palabras, que no podía equivocarme en la mesa, y que también estaba hablando con personas con una historia como la de las Farc, que era algo que no podía borrar de la mente. Por eso, cada noche hacía el ejercicio de no caer en el síndrome de Estocolmo, matizando y limpiando la mente. Una negociación implica ponerse en los zapatos del otro, pero no usarlos. Eso era lo que me decía a mí mismo en las noches: trato de entender las razones de las Farc, pero no voy a caminar con sus zapatos.

¿No le teme al vacío que llegará después de estos cuatro años de trabajo sin descanso?

No, tengo suficientes tareas. Debo recuperar por lo menos en parte mi vida profesional y además tengo seis nietos, que son suficientes para llenar la vida de cualquiera.

¿Qué le falta hacer en la vida?

Ah, no, yo con esto ya estoy chuleado. Ya puedo decir que cumplí mi misión en la vida. Quedé sobregirado a favor [risas].

Eso me lleva a la última pregunta, que es inevitable. ¿Veremos a Humberto de la Calle en la carrera por la Presidencia en el 2018?

Todas las entrevistas terminan con esa pregunta. No, yo no estoy pensando en este momento en eso. Estamos finiquitando este proceso. Luego, espero tener unos pequeños meses sabáticos y por ahora no tengo nada qué decir distinto a que ese tema no ocupa ni una sola de mis neuronas.

LAILA ABU SHIHAB
FOTOS: PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 56 - SEPTIEMBRE DE 2016

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