Los feminismos de Florence Thomas

Los feminismos de Florence Thomas

Con 73 años de edad y más de una década de haberse pensionado, la académica no se detiene.

Florence Thomas portada

Florence Thomas, la feminista más reconocida del país.

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César Balcázar

06 de marzo 2017 , 06:49 p.m.

Junto al edificio donde vive hay un café en el que se reúne dos veces al mes con mujeres de diferentes edades. Alrededor de una mesa de quince puestos debaten sobre diversos temas de género, sobre los lenguajes incluyentes o los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

Después de medio siglo de vivir en Bogotá, a Florence Thomas se le cuelan todavía galicismos y sigue convirtiendo la “r” en “g”. Inicia la tertulia de hoy leyendo una columna satírica de Tola y Maruja sobre el feminismo. La francesa combativa a la que parodian en el programa radial La Luciérnaga –como a una señora furiosa y en pie de lucha permanente contra el machismo–, es en realidad una madre amorosa, incluso convencional; una académica en feliz retiro que escribe todos los días de siete a once de la mañana; una investigadora curiosa, disciplinada y metódica que sabe gozarse la vida entre el jazz, la música barroca, la literatura y los ensayos sobre problemáticas de mujer; una analista que desde 1999 escribe en El Tiempo una famosa columna que su hijo, un editor de libros, le ayuda a corregir; una amiga del cine que, con mucha frecuencia, al mediodía y a pocas cuadras de su casa, se escapa a las salas de la avenida Chile para disfrutar de la magia del séptimo arte; una amiga excepcional de sus amigos que goza con los atardeceres que, diariamente, contempla maravillada desde la sala de su apartamento en un quinto piso, donde vive sola.

De verbo fácil y apasionado, sin ser locuaz; de contextura menuda y pelo siempre corto; de sonrisa, amabilidad y humor más frecuentes de lo que se imaginan quienes no soportan sus posiciones y su estilo frentero; de enérgicas críticas a la cultura patriarcal; de espíritu libertario que en el transcurso de los años se ha expresado en la educación laica de sus dos hijos, en sus conferencias y en los siete libros que ha publicado, Florence Thomas es más vital y dinámica que muchos jóvenes en la flor de los veinte.

Con 73 años de edad y más de una década de haberse pensionado, Florence no se detiene. Basta preguntarle por su apretada agenda del último mes para entender que la figura más emblemática –y más mediática– del feminismo en Colombia, pionera de los estudios de género, sigue siendo una activista de tiempo completo: una charla para inaugurar la primera librería colombiana especializada en temas de mujer, una presentación de un libro sobre mujeres, un foro en una universidad privada sobre la historia del aborto, un panel en el Congreso de la República sobre la legislación en torno al mismo tema, un plantón en el Parque de los Hippies en conmemoración a los diez años de la despenalización del aborto en tres casos, un coctel con políticos y líderes de opinión que han apoyado la despenalización del aborto, y entrevistas con periodistas o con estudiantes que la consultan para trabajos de la universidad o para tesis de grado.

Al lado del timbre de su casa colgó hace algunos años un manifiesto en el que aclara: “Soy feminista para defender también a los ‘sujetos inesperados’ y su reconocimiento como sujetos de derecho: gais, lesbianas y transgeneristas, ancianos y ancianas, niños y niñas, indígenas y negritudes y todas las mujeres que no quieren parir un solo hijo más para la guerra”.

Nació en Ruan, Francia, creció en la posguerra y vivió los años en que su país renacía de sus cenizas. Hija de buenos lectores simpatizantes del general De Gaulle, la menor de los Thomas se benefició de lo que generaciones enteras de jóvenes en Colombia no han conocido jamás: un Estado de Bienestar. “Mi padre no pagó un centavo por mis estudios, ni siquiera por mi maestría en París”, reconoce con orgullo de patria.

Se despidió de la adolescencia en un París efervescente que preparaba el Mayo del 68, la primavera ardiente en la que no participó porque ya estaba viviendo en Bogotá con su esposo colombiano y dictando clases en la Universidad Nacional. En París se enamoró, abortó, usó la píldora anticonceptiva, escuchó a los Beatles y soñó con la revolución cubana.

Foto por César Balcázar.

Foto por César Balcázar.

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Antes de hacerse feminista apoyó, desde el ala más intelectual del Partido Socialista Colombiano, las luchas universitarias y las marchas en favor de causas sociales. Como correspondía en aquellos años de compromiso político, publicó artículos en periódicos de izquierda, fumó Pielroja, huyó de los tanques y los caballos de la Policía en la Universidad Nacional y pasó varias horas en una estación de policía por pegar afiches insurgentes.

Su feminismo lo empezó a rumiar entre las aulas, el jardín de Freud, las cafeterías y demás espacios para la dialéctica en el campus de la “Nacho”. Su divorcio la hizo reflexionar sobre la condición de las mujeres en la historia y, particularmente, en un país machista y godo como Colombia, en donde solo hasta bien entrado el fin del siglo pasado comenzaron a usarse términos como “violencia intrafamiliar” o “interrupción voluntaria del embarazo”.

El primer texto que envió para El Tiempo fue una crítica al uso excesivo de silicona en el reinado de belleza de Cartagena. El artículo fue un éxito y el director del periódico le ofreció un espacio permanente en las páginas de opinón. Con otra columna consiguió que el presidente de turno adoptara la expresión “colombianos y colombianas” en sus alocuciones por televisión.

En 2011 se convirtió en ciudadana colombiana. Tiempo atrás, cuando recibió por primera vez el ofrecimiento de la nacionalidad, les dijo a Nicolás y a Patrick, sus hijos, y a sus amigas más cercanas: “Mientras esté Uribe en el poder no la aceptaré”. Posteriormente, la obtuvo en el gobierno Santos. La que sí aceptó sin pensarlo dos veces fue la Legión de Honor, la medalla de Napoleón, que le entregaron hace poco en la casa del embajador de Francia en Bogotá.

¿Cuál es su nombre completo?

Florence Marie Therèse Thomas

¿Y su segundo apellido?

No tengo, en Francia no se usa eso.

Leí en uno de sus libros que tuvo una infancia feliz. ¿Dónde y cómo transcurrió su niñez?

En Ruan, que es la ciudad donde Juana de Arco fue quemada viva. Es una ciudad muy bella, con un gran barrio gótico y una de las más bellas catedrales de Francia. Nací bajo los bombardeos. Mi mamá apenas tuvo tiempo de llegar a una clínica. Mis dos hermanos mayores se acuerdan muy bien del ruido de las sirenas, que significaba que había que bajar al sótano y esperar que la casa no se nos cayera encima.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Mi papá era abogado, y mi mamá, ama de casa. Ella hubiera querido estudiar medicina, pero su papá le dice: “Cómo se te ocurre, tú sirves para casarte, si acaso te pago unos añitos de enfermería, pero médica no. Las mujeres se tienen que casar y ocuparse de su casa”. Mi mamá trató de transmitirme todas sus frustraciones. Ella nació en 1911 y en los años sesenta lee a Simone de Beauvoir, quien había publicado El segundo sexo en 1949, y entiende por fin lo que le había pasado, porque Simone de Beauvoir fue tal vez la primera mujer que logró poner en palabras, de una manera brillante, el malestar de millones de mujeres en el mundo.

Para muchas mujeres la relación con la madre es complicada. ¿Cómo fue su relación con su mamá?

Fui la niña consentida de mi papá, pero con mi mamá tuve una relación algo difícil. Ella había sido una mujer muy frustrada en sus anhelos, en sus proyectos de vida, y quería que yo hiciera todo lo que ella no pudo hacer. Creo que esa fue una de las razones por las que partí a Colombia, luego de una adolescencia difícil por esa relación con mi mamá. Pero en un momento eso revienta, porque yo no quería vivir a través de los deseos de ella. Era una mujer muy fuerte. Ella era, como dicen aquí, la que llevaba los pantalones en la familia, una familia liberal de clase media.

¿Percibía malestar o resentimiento de sus padres por lo que habían tenido que vivir en la guerra?

Sí, sí. En mi casa no se podía pronunciar la palabra “alemán”. No se podía hablar de los alemanes, porque representaban el enemigo por excelencia que había provocado dos guerras mundiales. Mi mamá contaba que, durante la guerra, cuando mis hermanos estaban muy chiquitos, hacía unas colas larguísimas para tener un poquito de mantequilla o leche. Ella recorría a veces diez kilómetros en bicicleta para ir fuera de Ruan a buscar una gallina.

¿Cómo es la historia de la clase en la que conoció la píldora anticonceptiva?

En el último año del liceo tuve una profesora de filosofía que había sido alumna de Simone de Beauvoir. Una mujer extraordinaria que nunca preparaba sus clases. Tomaba el periódico, miraba un asunto político o de la vida cotidiana y hacía su clase sobre eso. Yo tenía 17 años. Un día llega con una cajita en las manos y nos dice: “Mujeres, tengo su liberación en las manos”. Era la primera caja de píldoras anticonceptivas que llegaba a Francia. Y me acuerdo que nos dijo: “Ya ustedes van a poder decidir si quieren ser madres, cuántas veces quieren ser madres, y van a recuperar paulatinamente el control de su cuerpo”. Yo soy de la época del método Ogino, con el que se podía saber qué días hacer el amor y cuáles no. La primera caja de píldoras anticonceptivas tenía una dosis de hormonas como para matar un caballo. Varios años después de esa clase tan bella, yo fui una de las que se tragó todas las cajas de píldoras que te puedas imaginar.

¿Por qué decidió estudiar psicología?

Porque sabía que esa carrera no se podía terminar en Ruan y quería irme a París. Quería volarme y vivir los años sesenta en París, lejos del confort de mi casa, lejos de mi madre, que quería decidir por mí. Ella quería que yo fuera brillante. Creo que, a pesar de que no se hablaba nunca del tema, mi madre soñaba probablemente con otra vida.

En París vivió el que describe como el episodio más oscuro de su vida: el aborto que le practicaron a los 22 años. ¿Cómo fue ese drama?

Aborté diez años antes de la legalización del aborto en Francia. En 1965 viví lo que muchas mujeres viven aún en Colombia. Eso me marcó mucho, por supuesto. Ninguna mujer se practica feliz un aborto. Y es un drama tomar la decisión en un país donde todavía no está legalizado. En Colombia ahora hay tres excepciones legalizadas, pero de alguna manera en la cabeza de las mujeres el aborto sigue siendo ilegal, y 400.000 mujeres siguen abortando clandestinamente. Así lo hice yo hace cincuenta años. Mi hermano estaba terminando sus estudios de medicina y le pedí ayuda. Me dijo: “No puedo ayudarte porque no puedo arriesgar mi carrera”. Pero me dio el teléfono de un amigo que me dio la dirección de un médico que había sido destituido de la Facultad de Medicina y que hacía abortos en su casa. Aborté en condiciones muy tenaces. Lo asumí con mucha rabia. Me preguntaba por qué nos hacían pagar todo eso a nosotras las mujeres, por qué en general los hombres salen bien librados de eso. Yo estaba con rabia con ese cuerpo femenino en el que recaía todo el peso de la culpa. Mi novio colombiano, que estaba haciendo un posgrado en Psicología Industrial en París, se quedó esperándome a dos cuadras, en un café, mientras ese médico me practicaba un aborto en la mesa del comedor de su casa.

El aborto es, precisamente, su gran tema de investigación y de activismo. Sin embargo, usted dice que no es proabortista.

Por supuesto, me gustaría que el aborto se acabe, que no exista, porque es un evento difícil para las mujeres. En ese sentido no soy proabortista, yo soy proautonomía, “pro choice”. Las mujeres son las únicas que pueden decidir; ni el Estado, ni la Iglesia, ni el marido, ni el compañero. Ellas son las únicas que saben cómo manejar su proyecto de vida y las únicas que pueden decidir si es el momento de estar embarazadas o no. Una mujer que sabe que espera un feto con malformaciones, si decide ser madre, muy bien, porque es su decisión. Pero si decide que no puede asumirlo, también es su decisión y tiene derecho entonces a interrumpir su embarazo. Soy pro opción. Por eso me gusta la expresión “interrupción voluntaria del embarazo”. Es muy distinto decir: “Yo interrumpí voluntariamente mi embarazo”, a decir: “Yo aborté”.

¿Cómo fue su llegada a este país? ¿Qué le impactó de primerazo?

Llego a Colombia y encuentro mujeres calladas, mujeres sumisas. No encuentro ningún debate similar a los que había presenciado durante los años sesenta en Francia. Afortunadamente llego a la Universidad Nacional. Yo no sabía nada de Colombia. No sabía a dónde llegaba. Bogotá tenía un millón de habitantes. Mis suegros vivían en el barrio Molinos del Sur, al pie de la cárcel Picota. Mi suegro era sastre, y mi suegra, secretaria. La primera vez que los fui a visitar nos montamos con Manuel en una buseta que atravesó la ciudad por una avenida Caracas sin asfaltar. En un momento la buseta para y vemos un caballo muerto con las tripas abiertas en medio de la calle. Esa fue una de mis primeras imágenes de Colombia. Los papás de Manuel nos habían preparado una especie de pequeña fiesta de matrimonio a la colombiana, con champaña dulce y torta. Recuerdo que los hombres de mi generación no sabían hacer un tinto ni un huevo frito. El año entrante voy a festejar mis cincuenta años en Colombia.

¿Fue muy duro el aprendizaje del idioma?

Llegué sin hablar español. Sabía decir “sí” y “no”. Dicté en francés, con traducción simultánea, los dos primeros semestres de clases en Sociología y Psicología en la Universidad Nacional. Cuando el rector me dijo que ya tenía que dictar mis clases en español, comencé a preparar durante seis horas una clase de una hora. Me escuchaba a mí misma con la grabadora y decía: “No, no es posible, yo hablo demasiado mal”. Y empecé a tomar clases de español por las noches. Eso fue un camello tenaz. Pero lo que sí aprendí muy rápido fue vocabulario izquierdista. Yo sabía lo que significaba la palabra “mamerto” antes de saber cómo se decía “escoba”.

Antes de volverse feminista fue izquierdista. ¿Cuándo comenzó a militar en el socialismo?

Cuando me separé. Lo hice para llenar los sábados y los domingos, porque ya no tenía a los niños en el día. Comencé a militar en el PST [Partido Socialista de los Trabajadores], con varios profesores de la universidad que eran la izquierda intelectual, el trotskismo. Íbamos al sur a dar charlas y a vender el periódico del movimiento. Pero no milité más de cuatro años.

¿Y por qué se cansó de esa militancia?

Me di cuenta de que no había nada más patriarcal que los movimientos de izquierda. A medida que avanzaba en la construcción de un nuevo saber relacionado con el feminismo, fui abandonando la izquierda militante. El feminismo me pareció un camino mucho más interesante para mí y para las mujeres.

¿Cómo fue su vida después de la separación?

Me separé a los 33 años y empecé a vivir como una mujer soltera. Claro, tuve varios amores, pero con una certidumbre, y es que nunca volvería a vivir con un hombre, no volvería a tener a un hombre instalado en mi casa. Yo decía algo que siempre hacía reír a la gente: “Las medias y los calzoncillos de pronto al pie de mi cama, pero nunca más en mi armario”. Me enamoré de hombres muy chéveres, muy bellos, pero imposibles: neuróticos, poetas, rumberos. Después de diez años de casada con el padre de mis hijos, tuve amantes con los que disfruté de los hongos en Villa de Leyva, de la rumba en el viejo Goce Pagano de la 22, una rumba que conocí cuando me separé, porque durante mis primeros diez años en Colombia fui muy juiciosa, con matrimonio, dos niños muy chiquitos y cuarenta horas de docencia e investigación en la Universidad Nacional. Era la época de los fundadores del Goce Pagano. Me gustaba mucho su ambiente. Ahí me enamoré de un bello disc-jockey y descubrí la salsa y la nueva trova. Yo fui salsera pero de escuchar, porque bailaba mal, con acento.

Foto César Balcázar.

Foto César Balcázar.

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¿Qué fue lo que empezó a indignarle en su tránsito hacia el feminismo?

La invisibilidad total de las mujeres en todos los espacios de la vida cotidiana. No había voces de mujeres. Me empezaron a indignar cada vez más las imágenes de una mujer cosificada, reproductora de la especie, confinada en el ámbito privado, colonizada y domesticada por la cultura patriarcal. No es gratuito que mi primera investigación sea sobre eso, porque no me lo aguantaba más y quise saber qué circulaba en las canciones, qué se decía en las telenovelas sobre las mujeres.

¿Cuál es la génesis de Mujer y Sociedad, el célebre grupo que fundó con sus compañeras feministas de la Universidad Nacional?

A finales de los setenta, inicio de los ochenta, empecé a hablar con profesoras de sociología, de historia, de trabajo social, y les digo: “Hola, ¿no tienen ganas ustedes de que nos reunamos de vez en cuando en mi oficina los jueves, por ejemplo, de 12 a 2?”. Y así empezamos a hablar de las olas del feminismo que estaban llegando paulatinamente a Colombia. No es que me haya surgido de pronto la idea de que nos íbamos a volver feministas. Entramos tímidamente en el feminismo, y de frente al marxismo que reinaba en la U. En ese momento uno sentía que allí también había un patriarcado impresionante. En los grupos de izquierda tampoco existían las mujeres. Lo que importaba era la lucha de clases.

En una entrevista dijo que en la crianza de sus hijos no había sido muy coherente con su feminismo. ¿Es decir que en su hogar persistieron ciertos rezagos de la cultura patriarcal?

No fui muy coherente, menos mal. Y les deseo a todas las feministas que así sea. Yo era psicóloga y feminista y si hubiera aplicado todo lo que leí en los libros de psicología y en los textos sobre feminismo no hubiera podido educar a Nicolás y a Patrick. Afortunadamente cometí errores. Seguramente le dije a Nicolás algunas veces: “No llore, sea hombre”. Imagínate. Eso hizo que no sintieran haber tenido una madre feminista. Yo era una madre como todas. Estuve superdisponible para ellos y muy presente en su educación. Sin embargo, en mi casa nunca existieron temas tabú. Una vez, en una reunión en mi casa, una mujer contó llorando que estaba embarazada. Patrick, que tenía cuatro años y estaba jugando con carritos sobre el tapete de la sala, levantó la cabeza y le dijo: “¿Y tú no vas a abortar?”. Él ya había oído discusiones sobre el tema. Mis hijos desde muy temprano supieron por qué defendía a las mujeres. Creo que fui una buena madre. Rumbeaba y fumaba marihuana muy de vez en cuando, solo los sábados y domingos, porque de lunes a viernes dictaba mis clases temprano y a las cuatro de la tarde siempre estaba esperando la llegada del bus del colegio de mis hijos.

¿Cómo fue la amarga experiencia de perder todos sus ahorros en 1988?

Fue terrible ese año. Perdí un apartamento en La Soledad, porque como no me asesoré cuando lo compré, no sabía que existía el certificado de libertad. Después de entregarles toda la plata a dos mujeres estafadoras de apellido Abadía Chamat, me di cuenta de que el apartamento estaba embargado por el Banco Ganadero. Perdí mis ahorros de toda la vida y me dieron tres meses para desalojar. Por la misma época, Nicolás empezó su primer semestre en la Universidad de los Andes. Una noche me llama y me dice que cayó en una redada y que se lo van a llevar al batallón y que no hay nada que hacer. Y se lo llevaron al Ejército. Yo me pasaba todo el día llorando en la universidad. Después, cuando le iba a tocar a Patrick, dije: “No, mierda, yo soy capaz de acostarme con un general para que mi hijo no haga el servicio militar”. Pero luego él tuvo tan buena suerte que en el sorteo no le tocó.

¿Cómo estamos hoy en temas de igualdad de género en Colombia?

En algunos temas, mal, muy mal. Por ejemplo, estamos en la cola de América Latina en cuanto al número de mujeres en el Congreso: solo el 20 %, cuando muchos países están hablando de paridad. Estamos peor que Ecuador y Bolivia. La ley de cuotas del 2000 en Colombia no ha servido de casi nada. Pero en muchos otros temas tenemos avances significativos. Por ejemplo, tenemos una buena ley de violencias contra las mujeres. Y en relación con los derechos sexuales y reproductivos, somos referencia en América Latina gracias al fallo de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto en tres circunstancias. Estamos mejor que países como Chile, que es muy conservador, o Brasil, que solo ha legalizado dos causales de aborto. Aquí hay tres. Aparte de Uruguay, Ciudad de México –que es un caso distinto a México en general– y Cuba, Colombia es lo más adelantado en Latinoamérica. Pero en equidad, en la brecha de oportunidades entre hombres y mujeres, estamos muy mal todavía. En lo laboral y en el sector privado, por 100 pesos que gana un hombre, una mujer gana 80 o menos, con la misma hoja de vida.

Hace más de 25 años usted era una de las pocas académicas que empezaban a hablar sobre sexualidad. ¿Por qué le comenzó a interesar, por ejemplo, indagar sobre la homosexualidad?

Yo creo que fui una de las primeras en hablar de la homosexualidad o por lo menos a defenderla en los medios. Tuve la enorme suerte de tener un hijo gay que me abrió la puerta a toda una comunidad formidable de la que aprendí mucho. Sentí la discriminación hacia esa comunidad y eso me permitió desde muy temprano defender la homosexualidad. Las feministas hemos trabajado mucho con las lesbianas y los homosexuales, porque de alguna manera hemos sufrido un tipo de discriminación similar y nuestras luchas han sido a menudo similares.

¿Está de acuerdo en que para muchos colombianos de ambos géneros feminista es igual a lesbiana?

Sí, porque supuestamente odiamos a los hombres y debemos estar mal amadas. En mi caso ya han entendido. En varias conferencias he dicho que soy feminista y absolutamente heterosexual. Y nunca he odiado a los hombres. He tenido muchos problemas con ellos, pero los quiero mucho. Cómo podría odiarlos si solo he tenido hermanos hombres e hijos varones y un nieto hombre. El feminismo no tiene nada que ver con una guerra de sexos. Ser feminista es sobre todo una opción ética y profundamente política que busca cerrar brechas de oportunidades entre hombres y mujeres, y luchar porque las mujeres sean reconocidas como sujetas de derecho.

En más de un auditorio usted ha sugerido que el lesbianismo es de lo más subversivo para la cultura patriarcal. Explíqueme eso.

Evidentemente, porque se trata de dos mujeres que pretenden amarse, que no necesitan de un sexo erecto para gozar y que no transitarán por la maternidad. Imagínate eso. Así, todos los grandes idearios de la cultura patriarcal se derrumban. Dos mujeres lesbianas son terriblemente subversivas y he admirado siempre mucho su lucha.

JORGE PINZÓN SALAS
FOTOS: CÉSAR BALCÁZAR
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 56 - SEPTIEMBRE DE 2016

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