Epifanía en Alaska

Epifanía en Alaska

¿Cómo la industria de la moda es responsable de la huella de carbono que afecta nuestro planeta?

Nina García Portada

El veredicto de Nina Columna de Nina García en Revista BOCAS

Foto:
06 de marzo 2017 , 06:55 p.m.

En Viaggio in Italia, Roberto Rossellini contó la historia de una pareja de ingleses –Ingrid Bergman (en aquel momento, esposa del director italiano) y George Sanders– que viajaban por el país del Mediterráneo. Día a día, como si de un documental se tratara, la cámara de Rossellini mostraba el desgaste de esta relación y ponía en escena los celos y el rencor acumulado a lo largo de los años. Al final, un milagro, o mejor dicho una revelación, intercede entre los personajes y pone una chispa de esperanza en su futuro conyugal. Esta película, uno de los faros del cine moderno, habla de la importancia de realizar un trayecto: viajar no consiste en llegar a un destino predeterminado, sino en experimentar un cambio personal entre la salida y la llegada. Utilizo este ejemplo para ilustrar lo que experimenté hace un par de meses en un viaje que hice por Alaska, una excursión que cambió de manera radical mis prioridades y dinamitó la equivocada percepción que tenía hasta entonces de uno de los conceptos más espinosos del mundo contemporáneo: el calentamiento global.

El glaciar Mendenhall es una joya de la naturaleza. Situado a unos veinte kilómetros de la tercera ciudad más grande de Alaska, Juneau, este macizo de hielo es una radiografía completa de las consecuencias del calentamiento global. Según me explicaba Abigail Dillen, ejecutiva de la organización medioambiental Earth Justice, una mujer inspiradora, solamente en el estado de Alaska los glaciares pierden 75.000millones de toneladas de hielo cada año. Este deshielo continuo y acelerado pone en peligro ciudades que se encuentran a nivel del mar y puede dejar sin hogar a millones de personas en todo el mundo.

Durante muchos años he escuchado a políticos y a personas teóricamente respetables negar el calentamiento global, pero al estar frente al glaciar, escuchando el indescriptible ruido que genera el hielo al desprenderse y caer al agua, tuve una revelación similar a la narrada en la película de Rossellini: me pregunté hasta qué punto la industria de la moda es responsable del problema que se presentaba de manera tan transparente ante mis ojos.

La respuesta me la dio el Fair Fashion Center de la Universidad de Glasgow Caledonian, de Nueva York, que estima que el mundo de la moda es responsable del 85 % de todos los tejidos que terminan en vertederos, unos 21 millones de toneladas anuales. Nuestras faldas y pantalones son responsables del 10 % de las emisiones de dióxido de carbono, responsable de la subida no natural del mercurio en los termómetros. En resumen, cada vez que compramos una prenda en una tienda, pagamos más de lo que gastamos: cada camiseta y pantalón, cada bolso y zapato, viene con un coste añadido y escondido, que es el precio que paga la madre naturaleza. Por eso me anima ver cómo una corporación tan grande como Kering (propietaria de Gucci y YSL) se haya tomado este asunto en serio y esté actuando en pro del medioambiente. Ahora es necesario que todos los implicados en mi industria, empezando por los consumidores, seamos más conscientes y actuemos de manera responsable y diligente.

Negar la evidencia equivale a cavar la tumba de nuestros hijos, quienes tendrán que pagar las consecuencias de nuestra desidia y avaricia. Los números no mienten: en el año 2015 las olas de calor registradas en India y Pakistán mataron a más de mil personas; Londres registró en el julio un día de 37 °C, el día más cálido de la historia; según informó el periódico español El País, los latinoamericanos menores de treinta años no han vivido un solo mes de sus vidas con una temperatura menor al promedio de las del siglo XX.

En Alaska, la belleza de las cuevas de hielo formadas en las entrañas del glaciar me dejaron sin respiración (prometo que no fue causado por el frío que hacía allí dentro) y no exagero si digo que en la inmensidad de esta maravilla de la naturaleza vi el color azul más bonito que he visto. Aunque en ese momento estaba bien acompañada, extrañé a mi familia, amantes de la naturaleza que hubieran disfrutado de este espectáculo natural. Esta sensación de soledad se incrementó cuando la guía nos explicó que si las temperaturas siguen subiendo en esta proporción, en un par de años estas joyas dejarán de existir, derretidas por las altas temperaturas.

Ahora es nuestra responsabilidad pensar qué hacer para ayudar a reducir nuestra huella contaminadora: menos aire acondicionado, manejar menos, reciclar, reusar prendas de ropa (no es necesario cambiar por completo de armario cada temporada) son pequeños cambios que pueden generar uno mayor. No está todo perdido, vivimos en un planeta que tiene todo el potencial para regenerarse. El futuro, y nunca mejor dicho, está plenamente en nuestras manos.

NINA GARCÍA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 56 - SEPTIEMBRE 2016

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