Una entrevista con la francesa que lleva 14 años en las Farc

Una entrevista con la francesa que lleva 14 años en las Farc

Se llama Natalie Mistral, hace parte del Frente 57 y vive en las selvas del Chocó.

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Natalie Mistral

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Andrés Cardona

18 de diciembre 2016 , 03:51 p.m.

La primera vez que vi a Natalie Mistral estaba bailando sobre el barro de las selvas del Yarí, en el Meta, durante la X Conferencia de las Farc, donde asistimos algo más de 400 periodistas de diferentes partes del mundo. Las luces de la tarima apenas la alumbraban y ella se confundía entre los más de mil guerrilleros que acudían cada noche a los conciertos programados por la guerrilla. La francesa, vestida con un pantalón verde, como todas las mujeres de la organización, movía las caderas como latina y cantaba las melodías. “No olvides que estuve durante años en el bloque Caribe y ya tengo cadera de caribeña”, me comentó. Durante dos horas bailó y dio vueltas junto a un hombre de raza afro, atractivo, de ojos grandes, barbado y mucho más alto que ella, que mide un poco menos de 1,70 m.

Durante varias noches la vi llegar con el mismo hombre. Bailaban, se reían, bebían unas dos cervezas y se marchaban juntos. Él es Pablo Atrato, uno de los comandantes del Frente 57 de las Farc, y pareja de Natalie. Desde abril de este año viven juntos en las selvas del Chocó.

Mientras ella azotaba el barro con sus botas pantaneras, un fotógrafo francés (me lo confesó días más tarde) buscaba a la mujer con tal desespero que detenía a cualquier rubia, de tez blanca, y le preguntaba si era la guerrillera gala. Al recibir respuestas negativas, les hacía conversación para encontrar el acento. Él pensaba que la extranjera no quería delatar su identidad. En los diez días que la buscó no pudo encontrarla a pesar de que estaban en el mismo lugar.

Aunque Natalie lleva catorce años en la selva, hasta ahora se conoce su existencia. Prefiere manejar un bajo perfil, confundirse con los guerrilleros, mimetizarse y pasar desapercibida. Es de pelo claro, blanca y de ojos grises. Tiene 43 años y aún conserva el acento francés. Nació en Borgoña, pero se crio en Montpellier. Estudió trabajo social y se dio cuenta de que su labor consistía en que los franceses se sintieran satisfechos con el país, mientras ella se sentía inconforme. Trató de vincularse con movimientos en contra de la globalización y del Estado, pero, según dice, no eran más que grupos de amigos añorando viejas épocas de revueltas estudiantiles.

En 2000 viajó a Perú, Bolivia y Chile. En 2001 hizo contacto con los zapatistas, en México, y se decepcionó al ver que eran ariscos, cerrados y no tenían planes de tomarse el poder. Alguien le habló de Colombia, de las Farc, y de las negociaciones que se estaban desarrollando en el Caguán durante la presidencia de Andrés Pastrana. Al llegar al país, en 2002, los diálogos recién se habían roto. En el campo miraban con desconfianza a cualquier extraño al considerar que pertenecía al FBI, CIA, Interpol o algún grupo paramilitar.

Natalie pensó que el ambiente no era el propicio para ir de casa en casa preguntando por algún guerrillero que se la quisiera llevar al monte y, con un amigo chileno, acudió a cuanto congreso social se programaba en cualquier país de América Latina. En Ecuador, durante uno de esos congresos, conoció a unos miembros del Movimiento Bolivariano que la invitaron, y también al chileno, a un almuerzo especial en Colombia.

Recorrió el país y llegó al Caribe, se internó en la selva y vio que de la espesura empezaron a aparecer hombres y mujeres armados y con camuflado. Más adentro, en medio de un bosque cerrado que impedía ver desde arriba lo que sucedía abajo, vio a Iván Márquez y a Jesús Santrich. Los demás invitados, de otros movimientos, los saludaron como si fueran los rockstars del comunismo contemporáneo, y Natalie, que no los había visto ni en las noticias, apenas les tendió la mano.

Los cabecillas les preguntaron al chileno y a la francesa sobre el tiempo que pensaban permanecer, ellos respondieron: “Un año y medio para empezar”.

¿Nunca desconfiaron de ustedes tras el rompimiento de los diálogos en el Caguán?
Eso me sorprendió. Tanto que después de una semana yo les pregunté: “¿Ustedes me van a recibir así, sin pedir datos de mi vida, papeles, documentos o algo?”. Me dijeron: “No, no hay cómo averiguar si lo que dice es cierto, puede decirnos lo que sea sobre usted y no podemos confirmarlo, creemos que si quieren infiltrarnos no va a ser con extranjeros”.

Y cuando dijeron el tiempo que pensaban quedarse, ¿cómo reaccionaron los guerrilleros?
Eso fue gracioso, porque mientras los demás invitados decían que se quedaban máximo una semana, nosotros dijimos un año y medio. Iván (Márquez) y Santrich pusieron una cara chistosa y dijeron: “Ah, OK, empecemos con ese tiempo”.

Una vez dejaron de ser invitados, ¿cómo cambiaron las cosas?
Después de manifestar el tiempo, Santrich ordenó que nos dieran unas caletas [espacios para cada persona construidos con tablones], y nos dijo: “A partir de mañana comienzan su entrenamiento matutino”. Yo tenía casi treinta años y un cuerpo acostumbrado a andar en moto para ir a todas partes, ¿te imaginas lo duro que fue eso para mí? Ejercicios, caminatas de horas y horas en medio de la humedad de la selva, la carga sobre la espalda que pesaba un montón… Nunca llegué a ser una buena guerrillera, siempre fui la que se quedaba de última en la fila, me cansaba, y mis compañeros tenían que ayudarme.

¿Su intención era vincularse?
En principio, no. Yo quería saber si era un movimiento consecuente con la filosofía socialista y saber por qué han durado más de cinco décadas. No llegué con la mentalidad de portar un fusil y disparar. Nunca, hasta el momento de mi llegada, había visto un arma, siempre he sido pacifista.

¿Cómo fue esa primera impresión cuando llegó al campamento?
Muy impresionada. Aún tenía esa imagen de las guerrillas del Che, de los barbudos. Yo me imaginaba un rancho viejo con un montón de hamacas y la gente viviendo en condiciones precarias; en cambio, encontré una guerrilla muy profesional, muy evolucionada y ambientalista. Me sorprendió.

¿Y cómo fue el primer trato con sus compañeros de campamento?
Me hacían las preguntas típicas: “¿Cómo llegaste, por qué viniste, qué piensas de nosotros?”. Y algunos, que no conocían más allá del monte y el campo, me preguntaban: “¿A cuántas marchas está Francia?”; es decir, cuántos días tenían que caminar para llegar a mi país. Yo les decía: “No marchas, navegar, volar”.

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Natalie Mistral y su pareja Pablo Atrato durante la X Conferencia de las Farc en las selvas del Yarí. Foto: Andrés Cardona.

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¿Cómo hizo con el idioma?
Para ese momento ya tenía buenas bases gracias a los viajes anteriores. También cargaba un diccionario todo el tiempo.

¿Le dieron un trato especial?
No, para nada. Sentían curiosidad, pero, como los demás, yo colaboraba con la comida, dormía igual que todos. Era una fariana más, con acento diferente y un mal estado físico.

Por las condiciones, ¿nunca pensó en renunciar al monte y hacer un trabajo ideológico desde la ciudad?
No, a pesar del cansancio, me pareció maravilloso conocer el movimiento desde las entrañas. Es más, a los dos años de quedarnos nos preguntaron: “Bueno, ustedes dijeron un año y medio ¡y ya llevan dos!, ¿qué van hacer?, ¿se van a quedar?, ¿se van a ir?, ¿van a hacer parte del movimiento político?, ¿se van a regresar para apoyarnos desde sus países?”. Los dos, sin pensarlo, decidimos permanecer en esa unidad.

¿Y el nombre de dónde surgió?
Mistral es un viento que se desplaza desde el sur, en África, al mar Mediterráneo. A veces es violento, a veces suave y romántico. Desde la niñez pensaba que invitaba al viaje, a recorrer el mundo, y yo quería ese viento. También lo escogí por la poeta chilena Gabriela Mistral. Con respecto al nombre, Natalie, fue una invención de Santrich.

Y antes de ser Natalie, ¿quién era usted?
Crecí en el campo francés, en Borgoña, un pueblo agrícola y chiquito. Mi padre es músico y obrero especializado; mi madre, secretaria de una fábrica. Me criaron con mucha autonomía y confianza, no me trataban como una niña, sino como una pequeña adulta y me hablaban sin tabúes. El trato de mis padres no era de mimos y caricias, sino de confianza y trato igualitario. El machismo no solo lo ves en los países latinoamericanos, es un mal del mundo. No era una familia tradicional, en casa se hablaba y se criticaba, me formé así y eso me trajo hasta acá.

Antes de usar el nombre de guerra, ¿cómo se llamaba, cuál es su nombre de pila?
Solo diré que me llamo Audrey, pero prefiero no decir mi apellido. Sabes del nivel de odio de algunos, y no quisiera facilitarles las cosas para que busquen a mi familia y traten de hacerle daño. Además, con el tiempo el nombre de guerra se vuelve verdadero, si tú gritas “Audrey” por la calle, yo no voy a voltear a mirar, ya no me identifico.

¿Qué dijeron sus padres cuando tomó la decisión de vincularse a la guerrilla?
Al principio, cuando me vinculé, fue difícil para ellos. Les escribía cada cuatro o seis meses, y en esos intermedios no sabían si estaba viva o muerta. Lo que veían en las noticias eran enfrentamientos, y eso los ponía muy nerviosos. Ahora están más tranquilos con todo lo que está sucediendo en el país. Aunque no compartan mi decisión y prefieran tenerme con ellos en Francia, me entienden. Mis padres me visitaron durante la temporada que estuve en Cuba, en 2014 y 2015, colaborando con los diálogos de paz. No los veía hace más de diez años. Nos abrazamos, ellos lloraron de alegría y me dijeron que me veían bien. Fue raro porque hace mucho no mantenía una conversación en francés, y ahora pienso casi todo el tiempo en español.

Si la idea era ayudar a la gente, generar un cambio, ¿por qué no buscó África?
Tienes razón. En un principio esa región me atraía mucho, pero en esa búsqueda de movimientos sociales grandes, me di cuenta de que no había nada allí. Están muy aplastados. Por culpa de la pobreza y el sometimiento, la gente se dedica a buscar su comida y no les queda tiempo ni ánimo de protestar. Es cierto que África tiene que mejorar. Cuando me volteé hacia América vi una zona efervescente. Muchos cambios sociales y grupos de izquierda: los zapatistas, los sandinistas, luego encontré las Farc.

¿En el campamento le dieron alguna labor específica?
Una vez que se le dañó el computador a Santrich le ayudé a arreglarlo y desde ahí me dediqué a la parte técnica y de informática. Como la unidad en la que estaba no era de guerra, sino de difusión y propaganda, pude colaborar bastante. Hacíamos los programas radiales que luego enviábamos a los diferentes bloques, y también ayudaba a hacer boletines y páginas de internet.

En estos 14 años, ¿cuáles han sido sus funciones?
Como te dije, empecé en la parte de informática, pero yo no quería arreglar computadores y ya, sino colaborar con ideas, aportar desde mi profesión. Me fui involucrando con la guerrillerada en construcción y realización de proyectos. Aunque la gente no crea, las Farc son un grupo muy organizado. Fui webmaster, productora de radio, diagramadora, diseñadora gráfica, técnica de audio, cocinera, cuidadora de cerdos y pollos… Ahora estoy en la parte de género elaborando documentos y propuestas junto con otras mujeres, como la comandante Victoria Sandino. También estoy con un proyecto para asesorar a mis compañeros en la época de transición de la vida armada a la vida civil. Eso es algo muy importante teniendo en cuenta que muchos tienen miedo de los cambios que puedan venir.

¿Al principio cómo fue ese cambio de vida, de costumbres?
Yo estaba preparada para muchos cambios y en una actitud abierta de aprender, entonces todo para mí era motivo de novedad y entusiasmo. En el tema de la comida, nunca fue de mi agrado la sopa en la mañana y en casi todos los campamentos la sirven, por eso siempre dije que había tenido suerte de ingresar al bloque Caribe, la comida es estupenda: mucho patacón, arroz, carne; además, la música es muy alegre.

¿Qué enfermedades ha padecido?
No me he enfermado de gravedad. Lo más fuerte que me ha dado es paludismo, hace unos meses, y me sané con plantas locales. Es normal que uno tenga problemas digestivos por el agua, infecciones por picaduras y leishmaniasis, pero no pasa a mayores. Lo que me ha impresionado es el poder curativo de las plantas. De un viejo curandero chocoano aprendí que el heliotropo, un arbusto común que crece al lado de los ríos, es eficaz contra la malaria y no tiene efectos secundarios. Aquí deberían apreciar la medicina ancestral. En el Chocó, por ejemplo, hay una cura para cada mal.

¿Qué otras cosas ha aprendido de la selva?
En la selva, mucho, pero para ayudar a mis compañeros aprendí manopuntura coreana en Cuba. Es una forma de acupuntura que se practica solo en las manos, pero con la misma teoría de la medicina tradicional china. Aprendí con un amigo acupuntor cubano durante un año, en 2015. Esta técnica sirve para aliviar las dolencias propias de nuestra vida guerrillera: dolores musculares, del sistema nervioso, lumbagos, golpes, etcétera.

¿Ha tenido problemas de convivencia con los compañeros en los campamentos?
Solo imagínese lo que es vivir día y noche con un grupo de personas durante meses... Claro que hay choques de personalidades, somos seres humanos conviviendo. No voy a hablar de casos particulares, son cosas de la cotidianidad.

¿Qué partes del país la han sorprendido?
La sierra nevada de Santa Marta, los paisajes parecen pinturas, es muy bello. También La Guajira, el color de esa tierra, la cultura, la gente. El Chocó es otro mundo muy diferente, es verde, salvaje y húmedo.

Por estar en la selva, ¿vivió algún enfrentamiento o bombardeo?
Menos mal no, aunque siempre se vive con esa incertidumbre. A veces escuchábamos que empezaba la balacera en otros lugares cercanos, o el estallido de una bomba, y nos íbamos rapidito con nuestras maletas y los equipos de comunicaciones. Nuestro mayor terror eran las bombas teledirigidas, esas sí eran efectivas.

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Natalie Mistral. Foto: Andrés Cardona

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¿Alguna vez sintió mucho miedo?
Es un sentimiento constante con el que uno se acostumbra a vivir. Creo que hace parte de nosotros y nos mantiene alerta para salir corriendo, para alistar todo rápido. El miedo es como un ser que está con nosotros y, aunque no lo queramos, nos toca estar con él.

¿Cómo se manifiesta la tristeza dentro de los campamentos?
La mayor tristeza es la muerte. La gente se pone más taciturna, pero nada se detiene. No hay duelo, no hay llanto, no hay quietud. Claro que se siente el golpe porque no somos máquinas, pero los compañeros no hablan de las tristezas, tenemos que ser fuertes, tal vez es una característica de la militancia o de la costumbre.

¿Cuál ha sido la muerte que más le ha dolido?
La de un compañero que conocí recién entrada a la guerrilla. Fue uno de los primeros amigos que tuve en Colombia y me gustaba hablar con él, reírnos. Era muy entusiasta y soñador. Hace ocho años se lo llevó el río, se ahogó y desapareció. Nunca había sentido la muerte tan cerca y así de accidental.

¿Y hacen sus propios funerales?
Cuando se puede, sí. No es un entierro religioso, obviamente, pero la gente se reúne, hace una pequeña ceremonia y cada uno habla del difunto. Cuando tenemos herramientas hacemos un cajón.

¿Cómo ha cambiado el sentido de la muerte para usted?
En la sociedad europea, por lo menos hasta el tiempo que viví allá, la muerte era algo que no se pensaba, no se concebía. Lo normal era morir de viejos. En cambio aquí, en las Farc, viviendo en una situación de peligro permanente, uno siente, como dicen los colombianos, a la muerte respirándole en el cuello. Aprendemos a convivir así, pero siempre está el temor de una bala, una bomba o de perder a los seres que amamos.

Y el amor…
Ya no creo en el amor eterno, pero siempre deseo que dure.

¿Y el “socio”?
¡Ah, pero ya sabes qué significa “socio” en la guerrilla! No hemos tenido el primer agarrón [risas]. Pablo es una persona sensible, interesado en las cuestiones de género. No tiene rastro de machismo. Me considera como igual, nos consultamos ideas, proyectos. Es una relación muy bacana.

¿Antes de esta relación había mantenido otras?
Sí, el amigo chileno del que te hablé, con el que ingresé. Estuvimos muy enamorados y nos apoyamos cuando llegamos aquí. Eso fue importante. Estuvimos juntos hasta el 2013, es decir, duramos como diez años. Soy de grandes amores y muy selectiva [se ríe].

¿El chileno continúa en las Farc?
No lo sé, hace unos años que no tengo noticias de él, pero me imagino que sí.

¿Sabe cuántos extranjeros hay en la guerrilla?
Quizá unos diez, máximo.

¿Y cómo se ha pensado resolver la situación jurídica de ustedes?
De eso se están encargando los jefes. Pero me parece importante que no nos traten como franceses, holandeses o chilenos, sino como farianos. Eso somos hace años, así lo decidimos.

¿Quién es Pablo Atrato, su “socio”?
Él lleva unos treinta años como militante en la parte urbana. Hace dieciocho años, por problemas de orden público, se fue para el monte y el camarada Iván Márquez lo envió, junto a su hermano Bencos, al Chocó. Estamos en el mismo bloque, el 57 de las Farc.

¿Cómo se conocieron?
En Cuba, hace como dos años. Yo estaba apoyando la parte de comunicaciones y de género en La Habana, y Pablo llegó después por órdenes de los jefes. Nos presentaron y vimos que teníamos muchas cosas en común. Luego, en El Laguito, lugar en el que vivíamos los de la organización, nos encontrábamos muy seguido y en esa isla se dio el amor. Allí duramos nueve meses, pero él tuvo que regresar al Chocó. Estuvimos separados otros nueve meses, pero seguimos extrañándonos. Cuando me dieron la orden de regresar a mi bloque, el Caribe, en que estuve siempre, pedí permiso para unirme al 57. Me lo concedieron. Desde abril de este año vivimos juntos en las selvas chocoanas.

¿Cómo son las relaciones de pareja en los campamentos?
Se puede tener una relación normal. Tener muestras de cariño, pero siempre respetando a los demás. Procurar no ser exagerado ni vulgar.

¿Qué sucede cuando hay conflictos?
Cuando una pareja se vuelve problemática, hace escándalos o se insulta, toca buscar una solución porque eso afecta la convivencia de toda la unidad. Lo usual es que la pareja sea separada, es decir, que trasladen a uno o al otro.

¿Cualquier mujer es libre de estar con el hombre que quiera?
Afuera dicen que la guerrilla irrespeta a las mujeres, que las esclaviza y las usa como objetos. Eso es mentira, tenemos la libertad de escoger nuestras parejas y de terminar cuando consideremos. Tampoco es verdad, según lo que yo he vivido, que los comandantes se adueñan de algunas mujeres. Es una relación de iguales, pero si tú miras, las mujeres somos vanidosas, nos gusta arreglarnos, ponernos aretes, sentirnos femeninas.

¿Y qué sucede cuando una mujer es maltratada?
Se analiza caso por caso según la gravedad del maltrato. Los más leves se castigan con trabajo de interés colectivo como la construcción de “chontos” [baños públicos], caletas y trincheras. También hay ejercicios de autocrítica en el que el implicado analiza su falta y reconoce públicamente la culpa. Claro que si hay alguna agresión sexual, la sanción puede ser el fusilamiento. Hace poco un joven cacheteó a una compañera. Su castigo fue una combinación de autocrítica, un mes de trabajo de interés público y dos charlas sobre violencia de género. Eso lo obligó a cuestionarse. Pero las guerrilleras también podemos defendernos y no olvides que andamos armadas y con cuchillos que sabemos manejar. El hecho no es que se arme una pelotera en los campamentos. Hay un delito que se llama “riña”, y eso tiene su castigo.

Frente a las relaciones sexuales, ¿pueden decidir cuándo quieren estar con sus compañeros?
Sí, pero hay reglas que no son de control, sino de seguridad. Si yo quiero pasar la noche en la caleta de mi “socio”, debo avisarle al comandante. Uno no puede escaparse en la noche a, como dicen acá, gatearle al novio para estar juntos, porque me puedo ganar un disparo. Si los guardias ven una sombra extraña andando en la noche, pueden creer que es un animal salvaje o algún enemigo.

¿Y ahora qué se viene para usted?
Seguir siendo fariana porque, aunque ya no haya armas, seguimos siendo un movimiento. A diferencia de otros procesos en los que los desmovilizados se van a las ciudades a hacer sus vidas, nosotros queremos seguir unidos, viviendo en comunidades, pero ya sin miedo. Eso esperamos.

¿Ha pensado en tener familia?
Dentro de la guerrilla es complicado tener hijos. No se puede ser una verdadera madre cuando se tiene que luchar, correr y guerrear. Esta vida es de mucho compromiso, y hace mucho tiempo lo acepté y lo asumí sabiendo que debía renunciar a las cosas normales que una mujer desea. Ya tengo 43 años y no sé qué vaya a pasar en los próximos años, pero si veo que la vida me da la posibilidad de vivir en paz y quiero tener familia, adoptaría un niño. Hay muchos en Colombia que necesitan amor.


DIANA MARÍA PACHÓN
FOTOS: ANDRÉS CARDONA
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 59 - DICIEMBRE 2016

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