El 'profe' Fajardo

El 'profe' Fajardo

Entrevista con Sergio Fajardo, candidato presidencial de Coalición Colombia.

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Sergio Fajardo, Coalición Colombia

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Ricardo Pinzón

02 de mayo 2018 , 08:42 p.m.

¿En qué colegio estudiaste tú, Sergio? ¡Perdón! (¡Auch!), ¿En qué colegio estudió usted, doctor Fajardo?
Con esta metida de pata comenzó una larga conversación que el señor Sergio Fajardo Valderrama, doctor en Matemáticas y hoy candidato presidencial, llevó con el tono relajado y coloquial tan característico de la gente de su ciudad, Medellín, en donde nació hace 62 años el 19 de junio de 1956.

“En el colegio Benedictino, solo en ese”, me contesta con el orgullo del buen estudiante que siempre fue, aunque, según dice, nunca estuvo obsesionado por las notas ni por los resultados. “Era sencillamente un niño al que le gustaba estudiar sin dejar nunca de divertirme como la mayoría de los niños del mundo, jugando al fútbol y montando en bicicleta”.

De la mano de sus padres, Raúl y Mara, creció junto a sus cuatro hermanos menores en las afueras de Envigado, rodeado de cariño y las comodidades que no tenían los vecinos del barrio obrero La Magnolia, ubicado justamente al lado de la urbanización en donde vivía, construida y diseñada por su padre, arquitecto. La proximidad de estos dos ambientes socialmente contrastantes y el hecho de que no existían zanjas ni rejas que marcaran ninguna frontera en aquel terreno campestre, hizo que el niño Sergio pudiera desplazarse en su bicicleta de la forma más natural hasta ese otro lado de la vida donde a la gente le faltaba lo que a él le sobraba. Por esa casualidad pudo hacerse amigo de Rubén Darío, su inolvidable compañero de infancia, asesinado años después en una calle violenta de Medellín. A través de esa amistad comprobó que el origen social de las personas determinaba la calidad y la posibilidad de su educación y desde ahí su relación con el mundo cambió para siempre.

Fascinado por el álgebra, las ciencias, la filosofía y la literatura, consiguió graduarse muy joven del colegio y después de un par de intentos con la ingeniería decidió hacerle caso a su corazón y comenzó a estudiar Matemáticas en la Universidad de los Andes. A partir de ahí, el universo de este hombre –que no usa corbata sino cuando la extrema solemnidad de la situación lo amerita–, se amplió bajo la influencia de profesores y mentores que marcaron sus pasos de animal grande en las áreas más abstractas del conocimiento.

El profesor Sergio Fajardo, como a él mismo le gusta identificarse, jamás pensó que alguna vez tendría ganas de ser presidente de la república. Pero la emergencia de transformar una sociedad desde lo profundo ha podido más que su aguda timidez y que el encanto hermético del claustro científico. Entendió que el sueño de ver a una Colombia educada solo podía realizarse acudiendo a la más brava y traicionera de las ciencias sociales, la política, pero ni esa peligrosa condición ni sus 43 años cumplidos le impidieron comenzar a repartir volantes en las calles, su verdadera sede de campaña, cargados con sus primeras propuestas.

Después de muchos altibajos, caídas, fracturas y levantadas, después de haber sido alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia, entre varias gestiones relevantes de su vida pública, hoy da la pelea en la carrera por ser el primer mandatario de nuestro país. Empuñando la bandera de la lucha contra la corrupción y todo un programa de gobierno articulado alrededor del eje de la educación, ese proceso a largo plazo que a veces no resulta visible para la ciudadanía, este académico aspira a convencernos, de una vez por todas, de que gobernar es, ante todo, educar.

Si Colombia fuera una alumna, ¿qué tipo de alumna sería?
Es una joven inteligente, brillante, lindísima, y cuando digo esto es porque lo asocio con su biodiversidad y con la riqueza de su naturaleza. Una joven que ha sido violentada muchas veces.

¿A la que le cuesta aprender?
No, yo diría que le ha costado desarrollar esas capacidades porque durante mucho tiempo ha vivido en el mundo de la violencia y de la ilegalidad, que muchas veces ha tenido que sobrevivir, pero no ha tenido la oportunidad de desplegar todo ese talento que tiene.

Y como los alumnos son también maestros, ¿qué enseña la profesora Colombia?
El poder de la resiliencia, igualmente el poder del cariño, es una maestra muy amable y sencilla por naturaleza, que no se rinde ante las dificultades, es una profesora que habla de persistir, de la fuerza de la decisión, de la capacidad de soportar dificultades, pero acompañada siempre de buen corazón.

¿Qué es educar para usted?
Pues le voy a improvisar una definición que me sale en este segundo. Es todo proceso o actividad donde una persona, y esto puede ser extensivo a las comunidades, desarrolla las capacidades que tiene, lo que le dio la naturaleza, es lo que le permite explorar caminos, hacer búsquedas y ponerse un rumbo en la vida. Es facilitarles a las personas su tránsito hacia la libertad.

¿Por qué será que hay tanto político bien educado tan maleducado?
¡Ja! Eso tiene diferentes connotaciones. Es un lugar común decir: “Nosotros nos estamos educando en todos los espacios en los que vivimos y nos movemos”, pero es que hay una educación asociada con el sistema escolar y al mismo tiempo el contexto donde crecemos, donde vivimos, las relaciones que establecemos que sin duda nos transforman. Hay mucha gente educada en el sentido formal que es pésima persona, para no decirles maleducados.

¿Con el plan de cultura ciudadana de la legalidad, incluido en su plan de educación, se le puede enseñar a una sociedad a no ser corrupta?

La corrupción es un problema ético fundamentalmente. Un programa de cultura ciudadana significa establecer una comunicación con toda la sociedad, y estoy hablando desde el poder político. Es el acto deliberado de acercarse a las personas en todas sus múltiples dimensiones para llevar allá unos valores que nos hacen ver y entender lo que significa comportarse éticamente. Tiene que ver también con la responsabilidad que tenemos unos con los otros, con lo que significa vivir en comunidad, ser ciudadano, en fin, pero eso es una actividad diseñada o promovida desde el poder político para transformar una sociedad, debe ser una política de Estado.

¿Qué profesores lo marcaron?
Antes de contestarte quiero contarte que yo escogí ser un matemático, un científico, yo quise ser profesor. No solamente yo ya tenía desde chiquito esa inquietud por la educación, sino que mi decisión de vida fue pertenecer a ese mundo. Es lo que quise ser, y si volviera a nacer volvería a ser un profesor. De esa forma quise pertenecer a la sociedad. En la tarea de educar tenemos que tratar de sacar lo mejor de nuestros estudiantes y eso requiere un espíritu especial. Eso no lo hace cualquiera. Es una forma de relacionarse con las personas y trasladado a la política es sacar lo mejor de las comunidades, de nuestra sociedad, y yo me asumo como profesor permanentemente.

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Fajardo fue gobernador de Antioquia desde el 2012 al 2015.

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¿En qué momentos de su actividad actual se le sale el profesor que es?
Por ejemplo. Acabo de venir de grabar un programa de televisión que consiste en reunir un grupo de jóvenes con cada candidato para conversar. Pero fíjate en el siguiente par de situaciones que van en contravía de lo que yo soy como profesor. A mí me dicen “su cámara es esta”. Es una cámara que está allá al frente. Pero yo estoy conversando con muchachos que están en otro lugar, entonces a mí el joven me hace la pregunta, y parece que lo ideal, en términos de imagen –y tú entiendes mucho mejor que yo esto–, es que yo le hable a la cámara. Eso rompe la esencia de ser el profesor porque si a mí me preguntó él, tengo que mirarlo. Si tengo que mirar a la cámara, me desconecto de la persona que me hace la pregunta con el principio de conversarles a millones. Pero es un proceso para mí artificial porque estoy concentrado en hacer contacto personal como profesor.

Los grandes profesores establecen una especie de conexión emocional con los alumnos, ¿o no? Hábleme del profesor de su vida.
Yo, en un libro que escribió Carlos Duque, hablé de cinco. Pero bueno, voy a escoger. Te voy a hablar del último que me inspiró. Yo decidí estudiar matemáticas y, dentro de las matemáticas, el área en la que yo me muevo es la lógica matemática, el mundo de lo abstracto total. Yo nunca, contrario a lo que se imagina la gente, ando pensando en términos numéricos la vida. Yo estoy en el mundo de los conceptos, de los principios, de las demostraciones, de las deducciones. Cuando yo estaba acá en Colombia tuve un profesor extraordinario en la Universidad de los Andes que todavía vive, caleño, que se llama Javier Caicedo Ferrer, hermano de Juan Martín Caicedo. Él fue mi profesor de matemáticas y fue una persona que me mostró qué significaba ser un científico, qué significaba ser un matemático, tener algo que es inspirador para el mundo, qué significaba tener pasión por enseñar, porque una de las cosas que inspiran de un maestro es, y pongámoslo en términos más arcaicos, eso de que “cuando tiene la tiza en la mano, tiene la vida en la mano”. Si el estudiante siente eso, es mágico porque uno está viendo en frente a un ser humano que lo que está haciendo ahí es su vida.

Qué suerte tuvo, esas conexiones no se dan tan fácilmente. Además, hay maestros académicamente muy bien preparados que hacen de su cátedra algo aburridor, como si no estuvieran interesados en registrar a quienes tienen delante.

Sí, se necesitan seres extraordinarios. También estando aquí, leía los artículos que escribía un científico que se llamaba Jerome Keisler, que vivía en los Estados Unidos y escribía unos artículos de investigación en lógica matemática que cuando yo los leía aquí en Bogotá, donde estaba viviendo, yo sentía que estaba leyendo algo extraordinario, me parecían de una belleza infinita. Yo me conmovía estudiando y leyendo lo que este hombre escribía. Me propuse que después de terminar mi maestría con Javier iría a estudiar al lugar donde estaba este hombre al que en mi vida había visto. Logré llegar a esa universidad y recuerdo cuando llegué y toqué en la puerta del profesor Keisler y le dije: “Profesor, yo vengo a trabajar con usted”. Y trabajé con él, fue mi director de tesis de doctorado, después fuimos colegas, trabajamos juntos, escribimos un libro juntos y a ese señor, el profesor Jerry Keisler, como le dicen allá, lo admiro por su inteligencia, por su profundidad. La relación que establecimos fue especial a pesar de que es el ser humano más tímido que he visto en mi vida. Aprendí al mismo tiempo que trabajamos. Ese fue un capítulo inolvidable.

El libro al que usted se refiere se llama Model Theory of Stochastic Processes. Explíqueme con plastilina qué es la teoría de los modelos y para qué le ha servido a usted en la práctica política.
Es construir un lenguaje que permita relacionar una estructura con otra, comunicar mundos que en principio no están comunicados y establecer una conversación entre ellos, descubriendo elementos que valen para todos. Lo que pretende la teoría de los modelos, en el fondo, es lo que yo he hecho en mi trabajo político: conectar.

Uno oye muy a menudo que, por ejemplo, un joven o alguien dice que quiere estudiar filosofía o matemáticas como usted y lo primero que le preguntan sus padres es: “¿Para qué va a estudiar eso? ¿Para terminar de profesor?”. Como si esa profesión no fuera inmensa de por sí.
Así es, Margarita. Parte de lo que yo he dicho en esta campaña es que un reto para nosotros es que cuando en esta sociedad se diga maestro o maestra (y aquí utilizo el lenguaje incluyente para ayudar a visibilizar el hecho de que casi el 70 % de los maestros son mujeres), ese título inspire respeto y admiración, no menosprecio. A mí me pasó lo que tú dijiste hace un rato; cuando dije que quería estudiar matemáticas, me preguntaban y eso para qué, si va a ser profesor, de qué va a vivir. Pero, dentro de muchos privilegios que he tenido, es que en mi casa, ni mi papá ni mi mamá me hicieron esa pregunta. El reto de transformación cultural en el mundo de la educación es recuperar la dignidad de nuestros maestros y maestras y que sean protagonistas de nuestra sociedad.

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Alcalde de Medellín desde el año 2004 hasta el 2007.

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¿Quiénes son o han sido entonces los protagonistas?
Los guerrilleros, los paramilitares, los narcotraficantes, ilegales y corruptos. Esa ha sido la primera página de la historia tuya y mía y de todas las personas que estamos vivas hoy en Colombia. Tenemos que cambiar. Tiene que ser una página escrita por (esa es mi obsesión recurrente) maestros, maestras, científicos, emprendedores donde el tema sea el conocimiento, la cultura.

¿Cómo se prepara usted sicológicamente antes de un debate? ¿Hace algo especial? ¿Algún ritual para calmar los nervios, si es que le dan?
Naturalmente que me dan, pero en términos generales soy tranquilo. Respiro y siempre estoy concentrado antes de llegar. Voy a contarte dos cosas: yo, en la mente, traigo la imagen de mi mamá, de mi papá, de mi abuela materna, que fue la abuela que tuve porque a los otros no los conocí, de mis hijos y de mi esposa. Las traigo sonrientes para que me acompañen.

¿Quién le enseñó esa técnica?
Nadie, pero sí tengo una pequeña oración, yo le digo mi oración, que me la enseñó una monja, en mi libro El poder de la decencia la menciono, que se llama Alba Estela Barreto, que vive en Aguablanca. Ella es amiga mía hace varios años y me mandó un escrito, pero de ahí sacaba un pedacito que repito habitualmente y que dice lo siguiente: “Concédeme la paz, dame sabiduría, compasión y ternura y mucha humildad”.

Tan importante es que con esa frase cierra su libro. ¿Cabe Dios en su mente de científico? ¿Cómo ocurre la religión en usted?
Sí, y he pasado por diferentes etapas en la vida. Este tema es bien complicado en términos políticos, pero te puedo decir que yo tengo una formación católica. Sin embargo, tengo mi propia espiritualidad.

Y entonces, ¿cuál es su momento más religioso del día?
Cuando repito esa oración en mi mente.

¿De qué forma lo ha transformado el mundo político?
Me ha enseñado a entender la relación con las otras personas, el sentido de responsabilidad, entender el planeta y eso introduce una dimensión extraordinaria en la vida.

Ya es cliché decir que como pertenecemos a una sociedad patriarcal, todos, hombres y mujeres, por mucho que lo combatamos, tenemos huellas de machismo. ¿En qué se siente machista?
¡Ave María! ¡Mmm! Esa sí es la pregunta más brava. En este mundo de la política, pues es un mundo fundamentalmente machista, de hombres, con excepciones, por supuesto, pero sin duda que la participación de las mujeres dentro de la política y de la vida pública es mínima comparada con la de los hombres. Ha venido mejorando, sin duda, pero así yo tenga claro eso, puede haber momentos en que no sea consciente, y esa es una tarea porque hace parte de la cultura, de que no hay mujeres participando. Afortunadamente estoy casado con una mujer profundamente feminista.

Ya que me habla de Lucrecia, su esposa, ¿qué lo atrajo de ella?
La mezcla de inteligencia, sensibilidad y belleza. Esa es una combinación tremenda para algunos de nosotros.

¿Qué le ha enseñado su hija Mariana sobre la mujer?
Yo tengo dos hijos, Alejandro y Mariana. Mariana me ha mostrado el tránsito de “la niña del papá” a “la mujer” que es inteligente, creativa, que tiene su mundo. Esa ha sido una lección en vivo y en directo. Por supuesto, hay una relación hija-papá tradicional en el sentido del cuidado y la protección, todavía me queda camino por recorrer. Esto es largo.

Usted como gobernador de Antioquia y alcalde de Medellín decidió no dar un peso público para patrocinar reinados de belleza. Si pudiera intervenir como presidente de la república, qué haría con el Reinado Nacional de Belleza?
Pues yo lo quitaría. Y tendría, lo vamos a tener, el concurso de mujeres jóvenes talento. Los reinados de belleza son, a mi modo de ver, un rezago de otras épocas donde la belleza estaba asociada con el ser mujer de una forma anacrónica.

¿Y qué es la belleza para usted?
¡Ave María!

Así en abstracto, como a usted le gusta.
¿Qué es la belleza? Voy a decir mejor qué es para mí bello, sin entrar pues a la definición académica. Para mí es bello algo con lo que yo entro en contacto y me produce una conmoción, algo que me hace ver la vida con alegría. Algo que me conmueve positivamente. La belleza es esa conmoción al entrar en contacto con algo o alguien que me hace sentir distinto, alegre, estremecido. Por ejemplo, yo te conté un caso de conmoción cuando estábamos hablando de los artículos de Kiesler, sus escritos eran de una belleza que me parecía extraordinaria. Ese tipo de sensación es la que yo asocio con la belleza de alguna forma de la vida.

¿Qué es lo que más admira de las mujeres en general?
Su capacidad de tejer. Por supuesto, estoy hablando en sentido figurado; una capacidad, una habilidad muy grande para tender vínculos, para ver el mundo con más ojos; la mujer es más sensible en muchos aspectos y eso le permite tejer.

Nómbreme tres mujeres colombianas que merezcan ser presidentes de la república.
No habrá nunca una respuesta políticamente correcta. Sin duda Claudia López, Clara López y Marta Lucía Ramírez. Ellas tienen toda la capacidad para ser presidentas de Colombia.

Si es posible despolitizar los conceptos derecha e izquierda, podría simplemente decirme, ¿con qué otras palabras, así dichas como asociación libre, los relacionaría? Por ejemplo, cuando usted oye la palabra derecha, ¿qué es lo primero que viene a su mente?
Digamos, tradición. Pero, no. ¿Sabes qué? Yo como progresista prefiero no jugar con esas clasificaciones, Me gusta hablar de una política basada en unos principios y una forma de resolver los problemas que nos permite crear. Cuando uno hace esas clasificaciones ya está construyendo barreras. La manera como yo me he acercado a la política es quitándolas y estableciendo las relaciones de otra forma, por eso hablo de principios.

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En 1999 fue el líder de la conformación del movimiento Compromiso Ciudadano.

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Ricardo Pinzón

¿Cuál ha sido su mayor extravagancia?
Pues cómo te parece ser político a los 43 años. Yo era profesor titular de matemáticas en la Universidad de los Andes y a los 43 años empecé a repartir volantes, un mundo en el que yo no crecí y mire en las que estamos.

Si usted fuera un árbol, ¿qué árbol sería o qué características tendría ese árbol?
Te voy a hablar más bien de mi árbol favorito, ya me gustaría a mí parecerme a él. El guayacán amarillo. Ese árbol me produce la conmoción de belleza de la que te estaba hablando. Un guayacán florecido todo es de lo más hermoso que hay en la naturaleza. Irradia luz.

Si Álvaro Uribe fuera un sabor, ¿qué sabor sería ese?
¡Ay no…! ¡Ja, ja, ja! No sé, no sé…

A ver, se la pongo más fácil. Si Claudia López fuera un fenómeno climático, ¿cuál sería?
¡Ja, ja! Pues, la palabra que me viene a la mente inmediatamente es huracán. Pero no quiero clasificarla ahí, porque los huracanes destruyen.

Yo se lo entiendo porque también me sugiere el mismo fenómeno, pero sobre todo porque es poderosa, apasionada.
No es lo mismo decir que tú eres un atardecer a decir que eres un huracán, lo del huracán es porque es arrolladora, pero no para destruir; su fuerza, eso sí, es muy grande.

En su libro El poder de la decencia usted dice que hacer política es ver a las personas, sentir los territorios, escuchar las voces en cada espacio. ¿Qué es lo que usted menos disfruta de hacer política?
Las relaciones con personas que usted sabe que son unas tramposas, que las tiene en frente y que usted sabe que juegan sucio y usted tiene que relacionarse, no en el sentido de que sean mis socios. Ver tanta trampa, tanta corrupción alrededor de personas que posan de impolutas o de prohombres. Eso me produce un fastidio tremendo.

¿Cómo asume la muerte? ¿Piensa en la muerte?
Sí, claro, pero no me perturba. Entiendo que aquí estamos de paso, que esto es finito y no tengo ningún tipo de obsesión particular por la muerte, ni porque me asuste o me atraiga.

¿Cree que hay algo más después de la muerte física?
No soy capaz de responderte esa pregunta, no sé. Pero sí sé que las personas existen en la medida que haya otra que la recuerde.

¿Qué destacaría de sus adversarios políticos, de los otros candidatos? Si es que no resulta un error estratégico responder eso.

Algo que destaco es que el mundo de la política es de mucha exigencia de trabajo; la mayoría de las personas son tremendas trabajadoras, puede que a mí no me guste como trabajan, pero es una vida dura, de disciplina y eso lo tienen mis contrincantes, una convicción y una dedicación que muchas veces no se alcanza a imaginar la gente.

¿Alguna vez le ha dado en la cara a alguien?
Me enorgullece decir que nunca me han pegado ni le he pegado a nadie.

[A través de su hijo Alejandro Fajardo, también matemático, pude saber que su padre, a quien admira por su fortaleza de carácter, ese señor experto en las leyes y propiedades de los conjuntos, lo es también para preparar mojitos. Supe que además lloró en el grado de sus hijos y cuando oyó por primera vez la canción “Solo le pido a Dios”. Tampoco dudó en contarme que su momento más feliz es cuando ve jugar a su equipo, el Medellín, lee un libro o monta en bicicleta, y que si alguna vez pudo haberle temido a una mujer, debió tratarse de algún amor platónico. Al margen admito algo que opinan muchas mujeres; que desde Carlos Pizarro no había pasado un candidato presidencial tan bien parecido por estas campañas del demonio].

Ahora una pregunta profunda, doctor Fajardo. ¿Cómo le ha ido con lo de ser buen mozo?
¡Ay, Margarita!, yo no sé de eso y me incomoda el tema. Mejor pregúntame otra cosa.

POR MARGARITA ROSA DE FRANCISCO
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 73 - ABRIL 2018

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El "profe" Fajardo

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Revista BOCAS

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