El gobernador wayuu

El gobernador wayuu

El antropólogo Weildler Guerra, gobernador encargado de La Guajira, habló con BOCAS. 

BOCAS - Guerra

Weildler Guerra.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

29 de agosto 2017 , 10:12 a.m.


Pese a que el presidente Juan Manuel Santos le insistió varias veces, él no quiso aceptar el cargo de gobernador encargado de La Guajira. Incluso rezó un rosario con su familia para que eso no se diera.

Weildler Guerra –un antropólogo wayuu de 57 años, perteneciente al clan Uliana– se negó a aceptar semejante “chicharrón”, por cuenta de que tenía todo listo para realizar un doctorado en la Universidad de la Columbia Británica, en Vancouver.

Sin embargo, Santos insistió varias veces y le dijo que él mismo hablaría con la universidad para que le guardaran su cupo. Y así lo hizo. Cuando el presidente de la República le contó que él, personalmente, había llamado a la junta directiva de la universidad, Guerra no tuvo otra opción que aceptar.

Así, casi a regañadientes, el pasado primero de marzo un indígena se hizo cargo de uno de los puestos más embrollados del país: la Gobernación de La Guajira, uno de los departamentos con más altos y tenebrosos índices de corrupción.

La historia reciente dice que los últimos cinco gobernadores de La Guajira tuvieron problemas legales; tres de ellos fueron inhabilitados. El caso más sonado fue el de Francisco “Kiko” Gómez, electo para el periodo 2011-2014, a quien el CTI capturó el 12 de octubre de 2016. La Fiscalía emitió orden de captura en su contra por delitos de homicidio agravado y concierto para delinquir agravado.

A lo largo de esos últimos periodos, según informes de la Misión de Observación Electoral (MOE), el 60 % de los municipios guajiros presentaron riesgos asociados con fraude electoral y el 75 %, riesgos asociados a factores de violencia. La Guajira resultó ser, además, el tercer departamento con mayor índice de pobreza en el país, pese a las regalías del carbón y del petróleo por 4,8 billones de pesos, dinero que entró entre 1995 y 2015.

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Weildler Guerra

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

En las dos últimas décadas, la práctica criminal del desfalco fue sistemática en todos los sectores: atención a la primera infancia, salud, educación, alimentación y obras públicas, entre otros. El país recuerda, recientemente, cuando el fiscal general, Néstor Humberto Martínez, señaló cómo en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en La Guajira se presentó un peculado por 1.400 millones de pesos. Y así.

Para completar, la punta norte de Colombia también ha padecido, como ninguna otra zona del país, el cambio climático: no hay que olvidar que La Guajira acaba de sufrir una sequía de lluvias a lo largo de tres años.

Esa es la triste realidad que un antropólogo, magíster en Antropología y candidato a doctor en Antropología de la Universidad de los Andes, deberá cambiar.

Wieldler Guerra es un estudioso de la historia del Caribe, de la antropología marítima y de la historia cultural del mar. Además, es un notable escritor. Aparte de ser columnista de El Heraldo, ha publicado cinco libros de historia y antropología: La disputa y la palabra: la ley en la sociedad wayuu (2002), que fue Premio Nacional de Cultura; El poblamiento del territorio (2007); El mar cimarrón: conocimientos del mar, la navegación y la pesca entre los wayuu (2015) y la Historia del agua: biografía del río Ranchería (2015).

Culto, gran lector, amante de la cocina, de buenas maneras, de hablar pausado, de ojos pequeños y vivaces, Weildler se ha ganado todo a pulso: fue secretario de Asuntos Indígenas del departamento de La Guajira, director ejecutivo del Observatorio del Caribe Colombiano, gerente del Banco de la República de Riohacha y director del Centro Cultural del Banco de la República en San Andrés.

Pero no quería ser gobernador.

Esta es la historia de un indígena wayuu que deberá cambiar el destino de una región que lo pide a gritos.

¿Quiénes eran sus padres?
Mi mamá era del clan Uriana, en la zona de Carrizal, Uribia, en la playa. Mi papá era un boyacense que terminó “guajirizado”.

Prefiero los retos académicos que las intrigas de la política. Aunque puse todos los obstáculos posibles, el señor presidente me convenció de aceptar esta ardua misión.

¿Quién fue su maestro en la cultura wayuu?
Mis dos tíos abuelos. Mi tío Ceyo, que era el escritor, el gran lector. Y mi tío Rafa, que fue mi tío predilecto, un tipo pragmático, un hombre que sabía cómo se sigue la huella de un venado o cómo se pone un palangre en el mar. Ambos fueron complementarios y me enseñaron, en general, el mundo wayuu.

¿Dónde nació usted?
En Riohacha, pero fui bautizado en Bogotá cuando me llevaron a conocer a mis abuelos en Boyacá. Yo me crié en Riohacha, en una casa que fue una especie de embajada wayuu.

¿Cuándo y cómo empezó su verdadero contacto con el mundo wayuu?
Decía un gran teórico que la identidad se define en la trinchera. Un niño no sabe que es indígena, son los otros los que se lo hacen saber. Mis compañeros afros me decían en el colegio el Chinito. Yo no sabía qué era, los otros son los que te definen ese tipo de identidad. Entonces ahí me pregunté: “¿Yo quién soy?”. Y mi familia me contó quién era.

¿Sintió matoneo?
Sí, era duro. Era discriminación o, mejor, puro bullying: “Ese es el chinito” y cosas despectivas como: “Ustedes son los indios del barrio”.

¿Y cuál fue la primera y más fuerte imagen de su identidad wayuu?
Una mujer chamán se soñó que a un hombre lo mataban y entendió que era mi papá. Entonces decidió venir desde su ranchería por él. Ella habló con mi mamá, le contó el sueño y tendieron a mi papá en la cama y a mí me pusieron al lado. Yo era muy niño y la recuerdo con la maraca haciendo la ceremonia de protección. A mi papá lo encerraron dos días en su cuarto. Luego él volvió a su rutina y a los dos días al vecino lo mataron de la manera como la mujer había soñado. El mundo de lo onírico wayuu es de una vitalidad impresionante.

¿Cuándo nació su afición por la lectura?

De niño, desde los siete u ocho años, yo compartía la habitación con mi abuelo que no podía leer porque veía poco. Entonces me ponía a leerle las columnas de EL TIEMPO y a leerle novelas de todo tipo: de Horacio Quiroga, Arturo Capdevila, en fin… Cuando mi papá vio que me gustaba leer, me compró la enciclopedia El nuevo tesoro de la juventud y yo me metía ahí y la devoraba. Y en el colegio, que tenía una buena biblioteca, me leía todo.

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Weildler Guerra.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿Es cierto que su pasión por la antropología empezó cuando apenas era un bachiller?
Sí, en segundo de bachillerato. Ahí sí que me pregunté en serio: “¿Por qué somos diferentes… Y diferentes, además, en esta tierra de indígenas?”. A partir de mis lecturas entendí que la única manera de conocerme era a través de la antropología. Fue cuando terminé mi bachillerato que dije que quería estudiar antropología, pero mi familia me dijo que no, entonces me metí a estudiar derecho en el Externado, en Bogotá. Allá, en segundo año, mi profesor de sociología, José María Torres, me dijo: “Estás perdiendo el tiempo. Tú no eres abogado, eres antropólogo”. Y me salí.

Usted comenzó antropología en México, pero no pudo seguir por un terremoto. ¿Eso fue así?
No alcancé a estudiar nada. El día que llegué, el edificio de la Universidad Iberoamericana se cayó por completo. Fue en el terremoto de 1979. Regresé a Colombia, me presenté en Los Andes y allá desarrollé, hasta hoy, mi formación académica. Allá hice mi maestría y allá hice el doctorado, todo en antropología.

Existe una historia sobre su época de universitario cuando tomó la materia de literatura con Piedad Bonnett y usted, en la clase, le dijo que todos los personajes de la obra de Gabo existieron y que estaban allá en La Guajira. Ella no le creía…
Eso fue antes de que Gabo ganara el Nobel. Y yo le decía eso: “Este personaje en realidad es este, y este es este, y todos viven o han vivido allá en La Guajira”. Ella, con razón, dudaba de mis versiones. Todo se descubrió cuando Gabo escribió Vivir para Contarla y empezó a narrar todo eso que nadie me creía.

¿Cuál fue su primer trabajo?
Una consultoría con El Cerrejón sobre impacto ambiental en el mundo wayuu. Viajé por todo el departamento y conocí a todo tipo de campesinos de mi región. Esa investigación me sirvió para hacer muchas consultorías sobre el tema.

Hasta que lo nombraron secretario de Asuntos Indígenas de su departamento. Entonces vino la reafirmación, ¿cierto?

Fue un momento muy bello porque fue inmediatamente después de la Constitución de 1991. Yo me dediqué a explicarles la Constitución a las comunidades, a decirles que tenían derechos, que la lengua wayuu era oficial en el territorio y que tenía un espacio en la Constitución; que había circunscripción especial y una jurisdicción especial indígena. El tema es que la Secretaría era como una estación de policía: solo funcionaba para dirimir pequeñas disputas. Hablé con el gobernador y él me dio autonomía total. Conseguí médicos, odontólogos, antropólogos, abogados, para poder llegar a esta población indígena que es casi la mitad del departamento.

¿Cuál es el porcentaje de población indígena en La Guajira?

El 45 % de la población es indígena, sumados los wiwas de la sierra que están en territorio guajiro.

¿Es verdad que, por entonces, usted fue el que oficializó la lengua wayuu?

Sí. Yo me acogí a un artículo de la Constitución que dice que las lenguas indígenas son oficiales en sus territorios y presenté una ordenanza para oficializar el wayuu. Recuerdo que el antioqueño Antonio Panesso Robledo escribió una columna que decía, más o menos, que cómo era posible que un vulgar dialecto se volviera idioma. Entonces le respondí, primero, explicándole la diferencia entre lengua y dialecto y, después, argumentándole que la lengua wayuu es autónoma, que es una lengua. Y me dieron la razón.

¿De dónde viene el pueblo wayuu y su lengua?
Es amazónico. Es un pueblo que emigró y se encontró con el mundo del mar.

En 2011 usted se convirtió en el director del Banco de la República en Riohacha. ¿Cómo es que un antropólogo llega a ese cargo?

Llegué por concurso y recibí un apoyo enorme del banco. Con ellos hice muchas cosas, más allá del orden normal de un banco: el Hay Festival en Riohacha, el festival gastronómico La Cocina Importa, la Ruta de Gabo, en fin. Yo sé que me van a matar algunos coterráneos, pero yo prefería haber seguido en el banco antes que en la Gobernación.

¿Por qué?
Prefiero manejar esos presupuestos pequeños a los millones de millones que me toca manejar ahora.

Si hay un fracaso, no solo me lo van a facturar a mí, sino a mi pueblo; pero si hay éxitos, entonces será un activo de mi pueblo.

Está claro que usted viene del Banco de la República, donde las cosas funcionan, digamos, normalmente. ¿Es cierto que cuando llegó a la Gobernación de La Guajira encontró un edificio desbaratado en todo sentido?
Es cierto. No encontramos verdaderos archivos. El propio despacho carecía de los mínimos elementos de comunicación, como los teléfonos, que se los llevaron. Por eso pienso que un objetivo crucial en la Gobernación es la modernización administrativa y tecnológica.

Además, según se supo, la casa de la Gobernación también la dejaron desvalijada…

Se llevaron todo: todos los muebles, los cuadros, las lámparas, los bombillos, las cortinas, la vajilla… ¡Todo! La dejaron limpia. Fue la metáfora de cómo iba yo a recibir el departamento.

¿Cómo se dio su nombramiento como gobernador? ¿Es verdad que usted se le negó varias veces al presidente Santos?

Mi nombramiento se dio justo cuando iba para Canadá a realizar mi pasantía doctoral. No fue fácil tomar esta decisión, pues no aspiraba al cargo y prefiero los retos académicos a las intrigas de la política. Aunque puse todos los obstáculos posibles, el presidente Santos me convenció de aceptar esta ardua misión.

¿Qué significado tiene para su gente el hecho de que usted sea el primer wayuu de casta en la Gobernación de La Guajira?
Al crearse la intendencia y luego el departamento en 1965, la población wayuu fue la gran afectada en la reorganización territorial, pues Uribia dejó de ser la capital y los miembros de este grupo indígena pasaron a ser solo un tercio del total de los habitantes del nuevo departamento, que incorporó a Riohacha. Con esto quiero decir que la población criolla dirigió el nuevo ente a partir de sus propios intereses y concepciones de bienestar y de “desarrollo”. Por ejemplo, la inversión de los recursos departamentales nunca fue proporcional al peso demográfico relativo de la población indígena. Yo creo que la llegada de un wayuu a la Gobernación debe sentar las bases para reducir la brecha entre las dos Guajiras, la indígena y la criolla.

La corrupción y el desgreño administrativo han sido asuntos endémicos de su departamento. En la práctica, ¿qué es eso que definitivamente debe cambiar en La Guajira y cómo se debe cambiar?
Lo más grave, como ha ocurrido en otras regiones del país e incluso en la propia capital de la República, ha sido la desnaturalización del interés público en la administración del Estado. Creo que es prioritario evitar la captura de rentas por los agentes políticos y seleccionar a aquellos individuos que están mejor preparados para ocupar un cargo o a aquellas firmas que podrían ejecutar de manera más eficiente las inversiones públicas.

¿A quiénes les conviene la crisis en La Guajira?
Increíblemente tanto a grupos locales como a otros situados en el centro del país. Los medios de comunicación colombianos ven en La Guajira una zona situada más allá de la frontera de la civilización, habitada por gente apegada a antiguas y atrasadas formas de vida, supersticiosa, carente de valores cristianos, proclives por naturaleza a la violencia y atados a la ilegalidad. Eso es lo que ven: “Tierra sin Dios ni ley” tituló, para referirse a ella, una de las revistas de mayor circulación nacional.

Pero sí parece que fuera una tierra sin Dios ni ley. Por ejemplo: ¿Por qué aún se mueren niños por cuenta de la desnutrición en La Guajira?
La muerte de cada niño es una tragedia que no debería ocurrir. Cada deceso debe constituir una verdadera emergencia nacional. Sin embargo, si usted compara las cifras del primer semestre del presente año con las del 2016, las muertes han caído en un 40 %. El objetivo final no debe ser parar solo las muertes, sino la desnutrición misma.

¿Cuál es la razón de fondo de la desnutrición?
Diversos factores: el debilitamiento de la economía tradicional, el colapso en la economía de la frontera con Venezuela, el cambio climático, la desconexión rápida entre el sistema alimentario y el territorio y, algo muy importante, el fracaso del modelo asistencialista.

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Pablo Salgado / Revista BOCAS

¿Por qué los padres wayuu se resisten a recibir atención médica para sus hijos? ¿Es solo un tema cultural?
No es una práctica general, pero es innegable que se han presentado algunos casos. La noción de la atención intramural y el aislamiento del paciente del resto de su familia pueden chocar con la noción que los wayuu tienen de enfermedad y de los procesos tradicionales en salud.

¿Cuál es la visión wayuu sobre el bienestar de cara al desarrollo?
Los wayuu tienen una concepción más cercana a la idea de bienestar que a la noción cartesiana de “desarrollo”, pero como toda sociedad tienen la idea de un orden social deseado que involucra las relaciones socioambientales, el prestigio individual y grupal, y el derecho a escoger de manera autónoma las innovaciones tecnológicas que consideran social y técnicamente viables.

¿Cómo es posible que La Guajira no tenga un puerto medianamente funcional?

Los comerciantes de Riohacha en el siglo XIX acuñaron el lema “exportar para vivir” y mantuvieron una activa relación comercial a través de embarcaciones con el Caribe holandés. Los principales puertos guajiros son actualmente de carácter carbonero. Hoy en día la activación de un puerto multipropósito es una de las principales aspiraciones de los habitantes del departamento.

¿Es cierto que ya lo amenazaron y que la clase política de siempre le ha puesto todo tipo de trabas para trabajar?

Hasta hoy no puedo afirmar que he recibido amenazas. Es evidente que algunos sectores tradicionales que invierten grandes sumas en los comicios se sienten intranquilos con mi administración y no han ahorrado esfuerzos por descabezarme.

¿Hay una mafia política en La Guajira?
No emplearía ese término. La casi totalidad de los guajiros son ciudadanos honestos y trabajadores. Es innegable, sin embargo, que en pocas décadas pasamos del dominio de los grandes barones a las medianas empresas electorales y en los últimos tiempos hemos tenido manifestaciones evidentes de clientelismo armado.

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¿A usted se le desbarató su vida con este nombramiento?
Sí. Con decirle que la primera vez que me lo propuso el presidente, cuando envió de emisario a uno de sus altos funcionarios, recé el rosario con mi familia. Mi esposa me propuso: “Recemos, pero para que no se dé”. Es que yo tenía mi programa de vida hecho: yo tenía una invitación de la Universidad de British Columbia, con apartamento, con alimentación, con programa de conferencias, para dar clases, para leer y para escribir. Era el sueño de mi vida, el sueño de un académico. Entonces yo dije que no, pero sabía que iban a insistir.

¿Santos lo llamó personalmente?
Sí, pero le dije que no. Le dije que yo me iba a Canadá. Que muchas gracias, pero que, además, tenía un trabajo que hacer en el Banco de la República. Y me dijo: “Tranquilo, yo hablo con el gerente del banco”. Entonces le dije otra vez: “Es que me voy a Canadá a cumplir mi sueño académico”. Y me dijo: “Yo hablo con los canadienses”. Y lo hizo, todo lo hizo él, no delegó a nadie. Me dejó sin armas.

¿Su sueldo iba a ser más o menos de lo que ganaba antes?
Es la tercera parte de lo que ganaba antes porque el departamento está en una categoría menor. Además, estoy muy lejos de lo que gana el gobernador del Atlántico o de Antioquia. Pero entiendo que es un sacrificio en pro del servicio de mi gente.

¿Qué fue lo primero que hizo cuando aceptó?

Les entregué a los medios de comunicación mi declaración de renta y los papeles de mi crédito de empleado del Banco de la República, que me prestó para hacer mi casa. Luego, sin que yo lo pidiera, los mamos de la sierra me mandaron llamar. Fui, hicieron una ceremonia y me pusieron esta protección [señala una pulsera en su muñeca]. Ellos me dijeron que había que hacer otra ceremonia porque veían una oscuridad en mi oficina, que allá se habían cometido maldades. Incluso yo me caí en la oficina y me tuvieron que llevar a la clínica.

¿Usted tiene pensado incluir la visión wayuu en su Gobernación?
Creo que con el tema wayuu no he puesto todo lo que quisiera poner, todo el conocimiento, porque la urgencia de los otros temas no me ha dejado hacerlo. Pero sí voy a poner el yootoopoule, que son los círculos de la palabra, los diálogos indígenas sobre temas centrales de gobierno y de lo que ellos, los sabios indígenas, consideran lo que es un buen gobierno. Ahora más que nunca debo oír de ellos lo que se debe hacer. Pero no solo de ellos: seguiré con los afros, con los jóvenes y con los empresarios. Hay que volver a pensar La Guajira desde la ciencia, pero desde el yootoopole con su visión indígena.

¿Está muy desbaratada La Guajira?
La Guajira es una región muy compleja que el país no ha comprendido. Es ininteligible para el resto del país, que la ve como una región problema. Lo que no ha podido entender es ese orden particular.

¿Es consciente de que puede fracasar en este intento?
Muy consciente. Como yo no vine representando a ningún partido, esto implica una responsabilidad inmensa. Si hay un fracaso, no solo me lo van a facturar a mí, sino a mi pueblo; pero si hay éxitos, entonces será un activo de mi pueblo.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA PABLO SALGADO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 66 - AGOSTO 2017

BOCAS 66 - WIELDLER GUERRA

El gobernador wayuu
Entrevista con Weildler Guerra
Por Mauricio Silva Guzmán. Fotos: Pablo Guerra.

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