La memoria del Medio Oriente

La memoria del Medio Oriente

El periodista Tomás Alcoverro ha sido testigo de casi 50 años de conflictos de esa región.

BOCAS - Alcoverro

El periodista español Tomás Alcoverro en su apartamento en Beirut, Líbano.

Foto:

Kaveh Kazemi / Revista BOCAS

17 de agosto 2017 , 12:51 p.m.


Entre esa tribu de corresponsales de guerra que se pasean por Oriente Medio todavía es popular una historia de 2003, cuando los estadounidenses estaban a punto de invadir Irak.

Para entonces, Tomás Alcoverro, el reconocido y premiado corresponsal de La Vanguardia, el diario más importante de Barcelona, era uno de los pocos periodistas que había logrado conseguir un visado oficial y que con semanas de anticipación se había asentado en Bagdad a la espera de la batalla. Se acomodó en su hotel, ordenó la pila de libros con las que siempre viaja, colgó sus camisas en el clóset y adornó su habitación con un canario que había comprado en uno de esos mercadillos de animales que él tanto había visitado en el pasado.

BOCAS - Alcoverro

El periodista español Tomás Alcoverro en su apartamento en Beirut, Líbano.

Foto:

Kaveh Kazemi / Revista BOCAS

Alcoverro llevaba cubriendo Irak desde hacía décadas y conocía Bagdad como pocos. El rumor de que Tomás tenía un canario se esparció rápidamente entre los colegas y muchos llegaron a la conclusión de que el pájaro le ayudaría al periodista a detectar con anticipación si el régimen de Saddam Hussein atacaba a la población con armas químicas. Los americanos, al fin y al cabo, estaban invadiendo Irak bajo la excusa de acabar con esas armas, que nunca encontraron por la única razón de que años atrás habían dejado de existir.

La anécdota, aún hoy, lo hace sonreír. Pero la realidad era mucho más simple.

Después de años de pasar temporadas eternas en hoteles, él había aprendido que para sentirse bien tenía que crear un pequeño hogar en su habitación: “Sabía que la espera iba a ser larga, así que me compré ese canario para alegrar un poco la vida”, cuenta Tomás Alcoverro en el salón de su apartamento de Beirut, Líbano, ciudad en la que vive desde 1970.

Tomás lleva cinco décadas cubriendo Oriente Medio. Esto no solo lo hace el corresponsal más veterano de la prensa española, sino el periodista extranjero que más años lleva cubriendo la región. Sus crónicas van más allá del registro noticioso, son también una lección de descripción de hechos y, sobre todo, una lección de historia, incluso para aquellos que cubren esta zona del mundo desde hace décadas. En su biblioteca, que suma más de 3.000 volúmenes, van llegando todos los libros que se publican sobre Oriente Medio en inglés y en francés. Tiene la suerte de que en ningún lugar del mundo hay tantas librerías especializadas en la geopolítica de la región como en Beirut, y para mayor alegría de Tomás, la mayoría de ellas están ubicadas en el barrio musulmán de Hamra, donde queda su apartamento.
Algunas veces cuenta que antes de ser periodista estudió derecho y que de su generación salieron varios periodistas, como Miguel Ángel Bastenier. Era la época de la dictadura de Francisco Franco, también una época de efervescencia política e intelectual y, sobre todo, un mundo donde se desconocía el otro: “Cuando llegué hice una nota de los drusos. Ya te podrás imaginar que este era un tema muy exótico. ¿Drusos? Yo me acuerdo muy bien que ponía en la crónica, que en aquel entonces había que enviar por el teletipo: ‘ojo redacción, druso que no ruso’, y salió así. Era hablar de temas bastante exóticos, muy alejados de nuestra realidad. Y esto fue así hasta que vino esta época en la que los mundos se encuentran, pero también se enfrentan y se desconocen”.

Pero a pesar de que ha viajado a la mayoría de los conflictos y revoluciones que ha habido en esta zona, él no se define como un periodista de guerra. “Me podrá preguntar entonces qué coño hago aquí. Pero usted sabe que yo no voy detrás de los tanques, me lo tomo de otra manera”, dice. Y tiene razón. Uno de mis primeros encuentros con Tomás sucedió en 2009, cuando visitó Teherán para cubrir las elecciones. Una mañana, un grupo de periodistas fuimos a la Universidad de Teherán para asistir al rezo del viernes, que presidiría, excepcionalmente, el líder supremo de Irán –el ayatola Jamenei– con el objetivo de poner fin a las protestas multitudinarias que habían surgido como rechazo a la reelección de Mahmoud Ahmadineyad. La tensión no podía ser mayor y la seguridad no tenía precedentes. Al ver llegar los coches oficiales, Tomás señaló una esquina donde nos protegimos. Desde allí, en su pequeña libretica, iba tomando notas de todo lo que veía: “Nunca te dejes ver, siempre observa desde la distancia”, dijo aquel día en una de las pocas lecciones que le oído dar.

Aquí, en Líbano, a la guerra nunca se le llamó guerra, sino que hablaban de 'los acontecimientos'. Se decía que duraría lo mismo que una pelea de boxeo.

En España, Tomás es una institución. A pesar de que lo invitan a decenas de conferencias dice que por el momento prefiere quedarse en el Líbano y buscar la manera de seguir observando y contando lo que pasa en Oriente Medio. Ahora que en La Vanguardia decidieron que era tiempo de que se jubilara, le queda el compromiso de escribir una crónica al mes, algo que para él, que está acostumbrado al agite diario de una región que no para, es bastante poco. “Ahora entiendo a los freelance”, dice sonriendo.

Usted es abogado. ¿Cómo llega al periodismo y más aún a este oficio de corresponsal?
Yo he llegado mal al periodismo porque a mí realmente lo que me ha interesado es escribir. ¿El periodismo es escribir únicamente, o es informar? Aquí está un dilema de entrada que me parece interesante. Yo creo que en la época en que yo empecé este asunto, hace ya tiempo, el aspecto formal, el escribir bien, escribir con elegancia, con cultura, quizá tenía un valor que ahora no tiene. El valor ahora está en el tema informativo y aquí entramos en terreno resbaladizo: ¿Informar es colgar algo en la red inmediatamente y que todo el mundo lo sepa? ¿Informar es algo más? Tampoco sé muy bien lo que es ser periodista. En aquella época de la dictadura de [Francisco] Franco no se podía ejercer el periodismo así como así, había que tener un título de periodismo oficial, al resto se les consideraba como intrusos. Ahora no se exige ningún título y aunque hay una carrera de periodismo no sé a la hora de la verdad si pueda llegar a servir. Yo debo reconocer que empecé este oficio porque me gustaba escribir.

¿Y cómo termina en Oriente Medio?
Mi periódico tenía la tradición de mantener corresponsales fijos en el mundo, especialmente desde la Primera Guerra Mundial. Esta fue una característica de La Vanguardia. Pero aquí nadie te propone nada, tú lo pides. A mí me interesaba Oriente Medio por el tema literario. Yo, además, había estado en la guerra del 67, hace 50 años, viendo lo que había ocurrido ahí. Hice lo que ahora hace la gente: me fui por mi cuenta en vacaciones e hice unos reportajes que publiqué luego, pero no era el enviado especial. Solo hasta la muerte del corresponsal, un castellano muy culto que firmaba bajo el seudónimo de Cristóbal Tamayo y que también había sido corresponsal en Alemania durante la guerra, surgió la posibilidad de convertirme en el corresponsal en esta zona. Así que lo propuse.

Usted dice que odia los análisis, que son bastante difíciles de evitar cuando se cubre Oriente Medio
Sí. Los análisis en Oriente Medio me molestan mucho porque todo el mundo especula. Todos especulamos y al final nadie sabe nada de nada. Nadie predijo las primaveras, ni las no-primaveras [se refiere a las llamadas primaveras árabes que comenzaron en Túnez a finales de 2010], ni los golpes, ni los no-golpes. Lo único que sabemos ahora, que estamos en verano, es que en verano van a pasar cosas. Ya están pasando con el bloqueo este de los sauditas a Catar. La mayoría de las cosas que han pasado en esta región suceden en verano, como la guerra de los Seis Días, o la última guerra de aquí [que ocurrió en 2006, en el Líbano].

Volvamos a sus primeros viajes a Oriente Medio. Usted dice que vino semanas después de la guerra de los Seis Días, en 1967. Pero hay otra historia suya: usted viajó desde Barcelona hasta Oriente Medio en coche unos años antes.

Fue con un coche que tenía entonces, un Citroën de dos caballos. Lo que hice fue que me embarqué hasta Grecia, de allí pasé a Chipre y luego a Beirut, después a Damasco, entré a Jordania y llegué al este de Jerusalén, que todavía era de Jordania. Yo tuve la oportunidad, en el 66, en ese viaje, de llegar conduciendo a Jerusalén, pues no había sucedido la guerra del 67.

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El periodista español Tomás Alcoverro en su apartamento en Beirut, Líbano.

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Kaveh Kazemi / Revista BOCAS

¿Cómo era el trabajo de un corresponsal entonces? El internet no existía y las comunicaciones eran caras…
No nos dábamos cuenta, pero el corresponsal tenía todas las cosas cubiertas. Te pagaban al final de mes y los gastos de los viajes no se discutían mucho. A la hora de trabajar, las cosas eran más simples: se iba a las redacciones de los periódicos o a las agencias de noticias, se escuchaba la radio de la BBC, los contactos humanos eran más necesarios que ahora y todo era mucho más difícil a la hora de obtener información. En mi caso viajaba con muchos libros, muchos amigos me lo han dicho: “Tienes más libros que ropa en las maletas”. Como no había internet, yo no podía escribir la crónica solo con lo que había visto, o con lo que me habían contado, o con lo que ya sabía, también tenía que aportar cosas nuevas y entonces lo hacía con información de los libros que había leído.

Usted empezó enviando sus crónicas por teletipo. Incluso, ha contado que, durante la guerra, se pasó a vivir al edificio donde todavía vive porque estaba al lado del mítico hotel Commodore donde había uno de los pocos teletipos que existían en Beirut. Ahora manda por internet, pero todavía escribe a mano y luego transcribe en el computador…
Me cuesta adaptarme. Ayer, por poner un ejemplo concreto, tuve un problema porque enviaba a mi periódico un artículo para el blog sobre la sinagoga de Damasco. Todo iba bien, pero al colgar la fotografía no sabía cómo hacerlo.

Usted llegó a Beirut antes de la guerra de 1975, cuando la ciudad vivía todavía su época de esplendor.

La Vanguardia quería que yo me instalara en El Cairo, una cosa horrible. Todavía había censura, aun después de la muerte de Nasser. Recuerdo que una vez, cuando todavía estaba casado, estaba hablando por teléfono desde el hotel Semirades, ubicado a la orilla del Nilo –esto sucedió cuando todavía se podía ir a buenos hoteles–, y estaba hablando en catalán cuando me di cuenta de que alguien estaba escuchando la conversación y, como no la entendía, la cortó. En cambio desde el comienzo Beirut me pareció un pequeño paraíso, francamente hablando, valga decir, para los extranjeros. Los libaneses tienen una manera de vivir mucho más fácil que otros árabes –no diré los iraníes– y los occidentales son bien recibidos. Luego desde el punto informativo había todo, como sigue habiéndolo: diarios a parar un tren, boletines, emisoras, libros y gente con quien uno se puede ver. Además, por Beirut pasaba todo el mundo. Era, como decía el dicho, la ciudad alegre y confiada del Mediterráneo oriental hasta que vino la guerra de 1975. Evidentemente, ese año las cosas cambiaron de manera rotunda.

¿Dónde lo encontró la guerra?

La guerra me pilla, como a todos, desprevenido. Aquí las guerras siempre nos pillan desprevenidos. Es curioso lo que estoy diciendo ahora, pero como usted pregunta tengo que hacer esfuerzo para recordar. Los libaneses se creían que estaban por encima del bien y del mal. Decían que aquí la guerra la hacían con los periódicos o la política, que no les tocaban las guerras. Y les tocaron. Una de las teorías que explica por qué la guerra del Líbano fue tan terrible, dice precisamente que todas las guerras que no habían vivido antes –ni la del 48, ni la del 52, ni la del 67–, ¡bum!, se les vinieron en el 75. La verdad es que las guerras llegan aquí de improviso, hasta el punto de que aquí, en Líbano, a la guerra nunca se le llamó guerra, sino que hablaban de “los acontecimientos”, nunca mencionaban la palabra “harb”, que significa guerra. Cuando al principio se hablaba de la guerra, se decía que iba a ser una cosa limitada en el tiempo, que duraría lo mismo que una pelea de boxeo con varios rounds.

¿Pero dónde estaba usted?
En la playa, como miles de personas. Era el 14 o 15 de mayo de 1975, hacía un tiempo absolutamente radiante, la gente estaba en la playa y de pronto nos enteramos del famoso autobús que atravesó Ashrafieh, el barrio de mayoría cristiano de Beirut. Sin que nadie supiera por qué, ese autobús decide meterse a este barrio, que estaba dominado por el Kata’ib, una de las milicias cristianas, en vez de tomar las rutas tradicionales que rodeaban el barrio. Esto se consideró una provocación: los milicianos ametrallaron a este famoso autobús, mataron a cuarenta personas y al día siguiente empezó la guerra. Inmediatamente la ciudad se dividió entre este y oeste.

¿Cómo se cruzaba esa frontera?
A través de los controles. Tenías problemas si te equivocabas de carnet. Cada milicia tenía una oficina de prensa que emitía su propio carnet, entonces la gente decía: “Vete con cuidado y no te equivoques. No les des a los del Ketabeh –que eran cristianos– el carnet de Amal –los chiitas– porque no van a estar nada contentos. Todos íbamos de un lado a otro, incluso de noche algunas veces. Había una especie de relajo y pensábamos que la ciudad estaba dividida, pero no para nosotros los periodistas.

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El periodista español Tomás Alcoverro en su apartamento en Beirut, Líbano.

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Kaveh Kazemi / Revista BOCAS

¿Y nunca le pasó nada durante la guerra?
Hombre sí. Me ocuparon las casas, me asaltaron en la carretera… La primera casa me la ocuparon una familia de armenios cuya casa había sido ocupada a su vez por los cristianos; entonces venían a este sector de la ciudad y ocupaban casas vacías. En aquel momento no me acuerdo si estaba en Siria, o de vacaciones, pero ellos ocuparon mi casa por un tiempo. En El Decano [el primer libro de Alcoverro] tengo una crónica en la que cuento cómo llego a mi casa ocupada por los armenios, me abren la puerta y les digo: “Yo soy quien vivo aquí”. Me dicen: “Bienvenido, pase” y me ofrecen café. Yo veo las cosas que hay en mi casa ocupada por esta familia de armenios comunistas. Les digo que este es mi piso, que les agradecía si buscaban otro más conveniente. Al final no me hicieron esperar mucho y pude volver a mi casa. Desapareció lo típico, la televisión y algunas otras cosas, pero no tocaron los libros.

¿Y qué más le pasó?
Esta casa de aquí, donde vivo ahora, también fue ocupada, pero por drusos de Jumblat –se refiere a Walid Jumblat, el líder de los drusos en Líbano–. En el piso de abajo vivía una señora que tenía contactos con los drusos y ella me hizo el favor de intervenir. Dejaron el piso a los pocos días. Esto lo cuento y hace reír, incluso parece una broma. Usted podrá decir: pues mire usted, ha tenido suerte. Pero esta gente me pudo haber fastidiado mucho.

Uno de los años más movidos en esta región fue 1982: la invasión israelí en Líbano, la matanza en el campo de refugiados palestinos de Sabra y Chatila, el retiro de Arafat y sus guerrilleros del Líbano y la matanza de más de 20.000 personas en la región de Hama, Siria, por el régimen de Hafez Al Assad, entre otros. ¿Fue ese uno de los años más duros de su carrera?
Duros, duros… Son ahora. Pero creo que el momento más duro fue entre 1984 y 1986, cuando empezaron los secuestros. En este edificio, por ejemplo, secuestraron a mi amigo Roger Auque, que resultó siendo el padre biológico de Marion Merechal-Le Pen, la sobrina de Marine Le Pen y estrella emergente del Frente Nacional. Este hombre, que era muy guapo, vivía abajo y lo pasó muy mal porque estuvo secuestrado muchos meses. Esta fue la peor época porque había mucho miedo al secuestro, especialmente en esta parte de la ciudad. Se secuestraba por un tema que no tenía nada que ver con la guerra del Líbano, sino por la guerra entre Irak e Irán. Irán secuestraba aquí a través de Hizbulah y sus agentes a los ciudadanos de los países que ayudaban con armas a Irak. Les tocaba a los franceses, a los británicos, a los americanos… A mí no, porque era español, y en aquella época España era totalmente virgen y no tenía nada que ver con Oriente Medio. Todo el mundo hablaba del Al-Andaluz. Por lo tanto, no me tocaban. Aun así, hubo un momento en que el periódico no quería que estuviera aquí por miedo al secuestro. Estuve viviendo un tiempo en el este, en la embajada española, y luego volví.

Durante esa guerra libanesa también surge la guerra entre Irak e Irán. ¿Cómo bailaba usted entre ambos conflictos? Porque usted conocía bien Irak, pero al mismo tiempo tiene gran respeto por Irán.
El tema era: ¿Cuál es más mala, la dictadura de Jomeini o la de Saddam Hussein? Era un conflicto mal cubierto porque era muy difícil ir a los frentes de ambos lados. Fue una guerra muy mal explicada porque no había manera. Cada régimen tenía su propia idea de la censura y de cómo había que mostrar la guerra. También recuerdo que la prensa occidental se precipitó a decir que el ejército iraquí se iba a dividir porque los chiitas del ejército iraquí no iban a querer enfrentarse con los chiitas del Irán. ¡Falso! Fíjese que aquí, cuando se empiezan a hacer predicciones, siempre son un fracaso. Se partía de la base de que los chiitas no irían a combatir a los hermanos chiitas del Irán. Aquí lo único que fue muy fácil de hacer fue cubrir la guerra del Líbano. Aquí no había ningún problema, no había problemas de visado, se entraba y se salía, así fuera por Damasco o por Chipre; se iba a unas milicias o a otras… Claro que hubo algunos secuestrados que acabaron siendo asesinados, pero al final fue una guerra que se pudo cubrir bien. Creo que la guerra más brillantemente cubierta ha sido la del Líbano.

Y por eso también se recuerda tanto en el mundo…
Pero también la recuerdan con la misma confusión que existe para la guerra actual de Siria: ¿Quién está contra quién? La confusión era tan grande como ahora.

Dentro de cien años habrá otras guerras. Tal vez no serán como las de ahora, pero las habrá.

Su último libro se llama ¿Por qué Damasco? ¿Alguna vez se le pasó por la cabeza que Siria terminaría así?
No. Yo creo que nadie podría haber pensado eso. Tampoco se podía imaginar qué iba a pasar con un Estado como Irak, que era el más próspero, que cuando los palestinos morían les daban dinero a las viudas, que lanzaban cohetes contra Tel Aviv, que tenía gran poder y riqueza del petróleo… Igualmente, el hundimiento de Siria fue algo que para mí era impensable

Desde el comienzo del actual conflicto sirio, que terminó en esta guerra tan triste, usted dijo que querían acabar con Siria. Esas palabras sonaban un poco extremas en aquel momento, pero con el tiempo Siria se ha convertido en una pequeña guerra mundial…
Yo creo que sí había algo detrás, que es de cierta manera el tema del Irak. Yo veo un cierto paralelismo, pero no está claro lo que quieren hacer. Aquí tendríamos que volver a la situación del mandato francés entre 1920 y 1942 o 1943, cuando se divide lo que era la provincia otomana de Siria: el Estado de Alepo, el Estado de Damasco, el Estado Alauita, el Estado Druso y el Estado del Gran Líbano. Se llamaban los Estados del Levante. Se organizaron como gobiernos locales. Esto duró muy poco tiempo, pero sucedió, y Líbano es el único estado del Levante que persiste. Yo tengo mapas de aquel entonces. ¿Realmente se quiere llegar a eso? Sería complicado, porque excepto en zonas muy claras, como la de los alauitas y la de los drusos, las grandes ciudades están bastante mezcladas. ¿Cómo se podría dividir Damasco? No lo veo claro. ¿Y Alepo? ¿Cómo se puede dividir Alepo? ¡De verdad! Pero es evidente que había un plan de hacer estados de tipo confesional en Siria, que sería también el antiguo plan de la balcanización del Oriente Medio Árabe, por el que suspiran muchos. Aun así, creo que esto de Siria también fracasará porque nadie quiere, ni unos ni otros, la división del país; aunque por otro lado esa división existe. No sé si Irán pueda aceptar. Por una parte se destruye un Estado, pero por otra no se sustituye el Estado que se destruye, no se construye nada que lo pueda reemplazar. Yo pienso, como dice mucha gente, que esta es una guerra inútil que no va a servir para nada, ni siquiera para modificar las fronteras, porque lo intentó el Estado Islámico al principio –desmantelar la frontera entre Irak y Siria– y no llegó a nada.

¿Por qué el Oriente Medio les interesa tanto a los medios? ¿Es una decisión política que viene impuesta por las grandes potencias?
Hay una periodista amiga que siempre dice: “¿Por qué siempre hablamos de lo mismo cuando hay tantas guerras en África, y tantos conflictos que no se cuentan?”. ¿Por qué esta fijación? Creo que es verdad, hay una fijación política y periodística. También hay muchas realidades que la explican: es una región extraña y complicada, importante y grandiosa. La gente se reía, pero Saddam Hussein decía: Mesopotamia es la cuna de las civilizaciones. ¿Siria qué es? También es otra cuna de las civilizaciones. Yo creo que hay muchos aspectos: los símbolos, su cercanía con Europa, que ha sido una tierra que siempre ha estado dividida entre muchas comunidades y muchas maneras de pensar… En ciertas épocas esas comunidades no han convivido del todo mal, en otras épocas explotan y se matan unos a otros. También creo que hay un tema cultural: si usted viene y me cuenta que en Ruanda hay unos que se están matando, más sanguinarios que los de aquí, y que en vez de dos cada día mueren cuarenta, yo me pregunto ¿Dónde está? ¿En qué parte de África? Yo sí creo que hay un tema cultural. Oriente Medio está cerca de nuestra cultura y es nuestra cultura. Además, creo que es una tierra que siempre ha sido así: dentro de cien años habrá otras guerras, tal vez no serán como las de ahora, pero las habrá.

¿Qué le enseñó esta región del oficio del periodista?

Yo creo que el que yo sea catalán me ayuda un poco. Yo pertenezco a un mundo pequeño, en donde hay mayorías y minorías y donde hay sobre todo una especie de sensibilidad hacia las diferencias. Otra gente no las observa porque vive en una nación muy grande, pero existen reflejos ante los demás que son más sutiles. Creo que esto inconscientemente me sirve porque esta región está llena de matices, y quien no se entere, en fin, que coja el trasto y se vaya. Aquí el problema es que mucha gente no ve estos matices: los ismaelitas no son como los chiitas, los ismaelitas del norte no son como los del sur, los kurdos que hay en Solimania no se parecen en nada a los kurdos del norte porque viven en un valle, incluso el kurdo que hablan no es el mismo… Y así, etcétera, etcétera. Evidentemente los católicos no son como los ortodoxos, y evidentemente tampoco se puede pensar que los griegos católicos sean como los griegos ortodoxos… Aquí se ve la dificultad de este mundo, que ha sido así y que a mi modo de ver seguirá siendo así. Una persona que no tenga la dificultad que tiene la gente que vive en minorías, tal vez no sea tan sensible como para percibir que hay pozos que separan a la gente.

¿Hay espacio para ser optimista en esta zona del mundo?
No, no. ¿Por qué se puede ser optimista? Pero mira, el Líbano, si continúa como está, pues da para ser optimista. Cuando te lo cuentan es difícil entender que todo el mundo en el Líbano está intentando evitar que esto vuelva a caer en la desgracia a pesar de que el resto ya está hundido. En ¿Por qué Damasco? hay una cosa nostálgica y de sentimientos de que todo va a continuar más o menos igual, si es que no hay un milagro, que sí puede haber porque no se sabe lo que en este Oriente Medio pueda ocurrir. Pero ya se ha perdido mucho tiempo y quienes han estado en las fosas desde hace años y han visto las carnicerías de Siria y demás saben que si no hay un milagro esto va a continuar y va a empeorar. O se va a quedar igual, que es peor. Pero bueno, imaginemos que se acaba la guerra de Siria; y toda esta gente, niños o no niños que han vivido sin nada, sin educación, solo con la fuerza violenta… ¿Cómo van a vivir? ¿Cómo van a proyectar su vida? También se decía esto del Líbano y la final ha ido mejor de lo que se esperaba. Se decía que estos miles de milicianos estaban acostumbrados a hacer lo que les diera la gana, ¿cómo iban a encauzarse en la sociedad civil? Al final se lo tragaron y han tenido que reciclarse, han desaparecido casi todas las milicias, menos Hizbolah. Entonces podría ocurrir algo así en Siria. Todo el mundo dice que esta gente meterá a Siria en una guerra del terror interminable, vete a saber lo que pasa, qué tal si al poco tiempo la gente decide dedicarse a servir cafés y a vender tapices.

CATALINA GÓMEZ ÁNGEL
FOTOS: KAVEH KAZEMI
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 65 - JULIO 2017​

BOCAS 65 - Alcoverro

Un veterano en el Oriente Medio
Entrevista con Tomás Alcoverro
Por Catalina Gómez Fotos: Kaveh Kazemi

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