84 metros y contando: la historia de un récord mundial

84 metros y contando: la historia de un récord mundial

Una entrevista con la pereirana Sofía Gómez, que en julio rompio la marca mundial de apnea.

BOCAS - Sofía Gómez

La apneista colombiana Sofía Gómez.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

20 de agosto 2017 , 03:13 p.m.


Solo una vez ha sentido pánico en el fondo del mar.

Fue en marzo de 2015, en el misterioso y enorme Blue Hole, un agujero azul ubicado en la bahía de Isla Larga, Bahamas, con 202 metros de profundidad.

En aquel entrenamiento, tan habitual como tranquilo, Sofía intentó una inmersión de 63 metros –no muy honda para sus posibilidades–, cuando a su mente llegó un pensamiento perfectamente desastroso: “Si a mí me pasa algo, ¿quién me saca de aquí?”. Y de nuevo: “Y si a mí me pasa algo, quién me va a sacar de aquí. ¡Me tengo que salir, me tengo que salir!”. Entonces el horror se apoderó de cada una de las células de su cuerpo y así, atormentada, comenzó a subir lo más rápido que pudo. En poco más de un minuto ya estaba en la superficie.

Cuando salió del agua, Jonathan Sunnex, su novio y entrenador neozelandés, la puso en su lugar y le dio la lección de su vida: “Te sales, te vas a acostar y vas a visualizar la inmersión que vas a hacer mañana, para que en tu mente ya esté hecha, que no sea sino ir al agua y hacerla. Sin más pensamientos”.

Esa fue la única vez que Sofía perdió completamente el control debajo del agua. Los otros episodios complicados que ha sufrido en las profundidades han sido dos black-outs [desmayos], uno en una piscina y otro en el mar. “El black-out es trágico y terrible para el que está afuera, pero para uno no”, subraya Sofía. “Uno se desmaya y no siente nada. Uno está soñando”.

BOCAS - Sofía Gómez

La apneista colombiana Sofía Gómez.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

Su primer black-out fue en 2011. Se preparaba para el mundial de apnea en piscina –modalidad que consiste en recorrer varias veces una piscina de 25 metros sin respirar– y, para lograr la marca, simplemente se excedió: recorrió 190 metros, 15 más que el récord nacional de ese momento. Cuando atravesó la barrera de los 175 metros, se fue a negro. Se despertó cuando estaba en la superficie. La habían sacado y no entendía nada.

El segundo fue en Dominica –la isla en el Caribe donde vive actualmente–, en una inmersión libre de más de ochenta metros. Cuando llegó al fondo y agarró el testigo –que por norma debe llevar a la superficie– se le cayó y se devolvió por otro. Entonces perdió la concentración, se asustó, dijo: “¿Qué hice?, ¿por qué me devolví?, no voy a alcanzar a volver”, se agitó y empezó a subir lo más pronto que pudo. Cuando le faltaba poco para llegar a la superficie, se fue a negro. Ahí la sacaron.

De resto, todo ha sido descenso y control, ascenso y control. Miles de veces. Pura técnica en las profundidades. Y por supuesto, un montón de seguridad, cuidado, preparación, talento, disciplina y coraje. Y enormes resultados.

Tanto es así que Sofía Gómez Uribe, una simpática, amable y elocuente pereirana de 25 años, se convirtió en leyenda. El pasado 5 de julio logró romper el récord mundial de buceo libre en peso constante con bialetas, tras descender 83 metros de profundidad en las aguas de Soufriere, en la isla de Dominica, en una plataforma que montó con su novio a tan solo 70 metros de su casa. Dos días después, el 7 de julio, superó su propio récord cuando bajó un metro más, hasta los 84. Sofía estuvo bajo el agua durante 2 minutos y 43 segundos. Le arrebató el récord a la eslovena Alenka Artnik, que había establecido 82 metros de marca en 2016. Entonces toda Colombia se maravilló con su hazaña y se empezó a preguntar ¿de qué se tratará el mundo de Sofía?

Esta es la historia de una de las deportistas más brillantes del país; de la hija de una samaria y un agrónomo manizaleño; de una niña feliz que fue criada por su papá entre fincas de café, aguacates, mandarinas y piñas; de una adolescente que quiso ser monja; de una hincha furibunda de Aerosmith, Carlos Vives y ciertos “reguetoneros” innombrables que solo escucha cuando nadie la ve; de una amante de la cocina y de las huertas; de una ecologista y de una atleta que insiste en que nada de lo que hace es peligroso y que, por el contrario, es lo más normal del mundo.

Antes de preguntarle otra cosa, ¿cree que han estigmatizado su deporte al ligarlo con el riesgo y la muerte? Da la impresión de que los accidentes que suceden son, en realidad, irresponsabilidades de los practicantes.

Antes me daba ira que me preguntaran: “¿Le tiene miedo a la muerte?”. Pero luego entendí que el agua es algo que no es natural para mucha gente, y menos aguantar la respiración, y mucho menos tratar de llegar lo más abajo posible. Entiendo que la gente diga: “Esta vieja está loca”. Lo que pasa es que, por dar un ejemplo, el ciclismo es un deporte que la gente puede relacionar más con sus vidas en la medida de que el ochenta por ciento de la población del planeta se ha montado en una bicicleta, por lo cual sabe cómo es. En cambio, con la apnea, pues no pasa eso y la gente piensa que uno se va a morir. Yo siempre he tratado de quitarle ese estigma a mi deporte.

Para morirse en su deporte hay que embarrarla mucho, ¿cierto?
Nosotros tenemos toda la seguridad posible. Primero, nunca voy al agua sin saber qué voy a lograr, o sea, sin saber que estoy en todas las capacidades físicas para lograrlo. Segundo, nunca voy al agua sin seguridad. Tercero, nunca hago apnea sola, que es la regla número uno de la apnea: “Nunca hagas apnea solo”. Es muy importante que la gente sepa que nosotros minimizamos todos los riesgos. Hay riesgos, como en el ciclismo, ¡o cáigase a noventa kilómetros por hora de una bicicleta! El ciclista profesional midió todos los riesgos, pero si se cae a esa velocidad va a haber un hueso roto, ¿o no? Yo, la verdad, espero que después de este boom de la apnea la gente entienda que todo está muy controlado.

Ahora sí, vamos por orden. Cuenta su mamá que a usted y a su hermana las metieron a clases de natación en Pereira muy chiquitas porque quería que cuando fueran a Santa Marta pudieran disfrutar a sus anchas del mar.

Sí, a los cuatro años. Íbamos el fin de semana a un establecimiento que se llamaba Club Infantil Pasatiempos y ahí aprendimos a nadar. Después no nos pudieron sacar del agua.

¿Cuándo empezó con el nado sincronizado, su primera disciplina?
Un día nos invitaron dos amiguitas a la Liga de Natación de Risaralda y ahí chapaleando vi a las niñas de nado sincronizado. Yo dije: “¡Qué cosa tan chévere, cómo se ven de chéveres!”. Y ahí me metí, mientras que mi hermana empezó natación normal y, poco después, natación con aletas. Luego, ella y sus amigos me empezaron a decir: “¡Venga, qué va a seguir haciendo nado sincronizado!, ¡qué pereza!, ¡métase aquí!”. Así que a los diez años me fui a la natación con aletas.

¿Cuál fue la primera gran lección que le dio ese deporte?

Tal vez me la dio mi mamá. Yo veía a unas niñas con unas superaletas y yo me sentía en desventaja. Recuerdo que mi mamá me dijo: “El traje no te hace a ti. ¿Quién dijo que tener un Ferrari significa que uno sea un gran piloto?”. Ahí aprendí que uno tiene que confiar en lo que uno tiene y en lo que uno sabe.

BOCAS - Sofía Gómez

La apneista colombiana Sofía Gómez.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

Usted estudió en el colegio católico de las franciscanas en Pereira. ¿Es cierto que quiso ser monja?
Sí, yo era postulante. Estaba chiquita, por ahí en séptimo u octavo, y le decía a mi mamá: “Yo quiero ser monja”. Y ella me decía: “Usted qué se va a levantar a las cuatro de la mañana a rezar”. Por esa época descubrí a Aerosmith y descubrí el mundo del rock y mi mamá me dijo: “¿Monja y rockera? ¡Listos!”. En ese momento me pareció lindo, hoy no sería monja ni a bala.

A sus 16 años se marchó para Bogotá a estudiar. Un poco chiquita para enfrentar semejante ciudad.
El golpe fue duro porque yo era la niña de los papás. Nosotras hemos sido muy consentidas y en Pereira mi mamá me llevaba a todas partes, así que nunca monté en bus, pero llegué a Bogotá a coger el bus tempranísimo para la Universidad Santo Tomás: bus a las cinco de la mañana, a cuatro grados de temperatura. Pero eso no me dio duro, lo que sí me dio muy duro fue dejar a mis papás.

¿Por qué quiso ser ingeniera civil?

Primero quise ser arquitecta, pero luego vi que en la ingeniería había un campo de acción mucho más grande: diseño de vías, estructuras, acueductos y alcantarillados. Un montón de cosas.

¿Buena estudiante?

Una “ñoña” total.

Usted escogió la capital porque, además, le ofrecieron hacer parte de la Liga de Bogotá y otras ventajas más. ¿Así fue?

Sí, pero no cumplieron. En 2008 me estaba yendo muy bien en natación con aletas: fuimos al Campeonato Mundial Juvenil y ganamos la medalla de bronce. Entonces me ofrecieron ir a Bogotá y a mí me sonó mucho porque es una ciudad que tiene muy buenas oportunidades para estudiar. Además, el entrenador de Bogotá me parecía el mejor de los que habían dicho: “Venga, entrene con nosotros”. Él me dijo: “Cuando llegues allá podrás vivir en la villa deportiva, tendrás alimentación y transporte”, pero no fue así.

Entonces apareció la Liga de Medellín y la sonsacó…

Sí, me llamaron de Indeportes, Antioquia. En ese momento ya me había matriculado para el segundo semestre en Bogotá y les dije que no podía ir, pero me insistieron y después de ver que tendría mejores condiciones, en 2010 me fui a vivir a Medellín.

¿Y allá sí le cumplieron?
Sí, claro. Y eso era un alivio total porque en esa época en mi casa estábamos pasando por una situación económica muy complicada.

Fue allá donde se encontró con la apnea. Pero entiendo que fue por casualidad. ¿No es así?
Eso fue también en 2010. Tenía 18 años y en un entrenamiento de natación con aletas, en la piscina de 25 metros, un profe nos enseñó unos ejercicios de respiración, entre ellos apnea. Yo cogí mis aleticas, las azules, las chiquitas, e hice cien metros, cuatro piscinas de 25. Cuando salí, él me preguntó: “¿Usted ya había hecho eso?”. Yo le respondí: “No, yo solo quería llegar al otro lado”. Y ahí quedaron todos aterrados.

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La apneista colombiana Sofía Gómez.

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Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

Si eso sucedió la primera vez, sin entrenamientos, sin preparación, ¿eso significa que usted nació para la apnea? En otras palabras, ¿su cuerpo es diferente al de los demás?
Creo que es más la terquedad. Yo quería hacerlo y lo hice, y no tenía miedo. Es que la gente le tiene mucho miedo a aguantar la respiración. Yo solo quería ser la que hiciera más piscinas, de terca.

¿Es cierto que en su primera competencia en apnea en piscina rompió el récord nacional?
Hice 150 metros, que era récord nacional, pero no me lo validaron por un error en el protocolo. También hice un récord nacional en dinámicas sin aletas, que en esa época era de 91 metros. Yo no sabía nada de apnea, simplemente fui a nadar sin respirar porque me llamaba la atención.

Pero siguió en la natación con aletas. ¿Cuándo y por qué decidió dar el salto definitivo a las profundidades de la apnea?
Hice natación con aletas hasta 2014. En los Juegos Nacionales 2012 ganamos la medalla de oro en aguas abiertas, pero me empecé a dar cuenta de que Antioquia no me entrenaba para ser la mejor, sino para competir en relevos. El entrenador tenía sus propias preferencias. Entonces decidí que no iba más con la natación con aletas. Todo ese tiempo, mientras tanto, yo fui haciendo apnea en las piscinas, que era como un hobby para mí.

¿Cuándo hizo su primera inmersión en el mar?

En 2013, con Carlos Correa, un teso de la apnea en Colombia. Él llevaba bastante rato diciéndome que lo intentara, así que un fin de semana me fui a Santa Marta. Fui a una minicompetencia, me hablaron de la presión en los oídos, de que iba a ser diferente y todo eso, pero yo fui sin miedo. Yo ya sabía que podía aguantar la respiración, ¿entonces cuál era el miedo?

¿Es cierto que lo único que la detuvo la primera vez fue la arena en el fondo?

Hice 40 metros y de golpe me encontré con la arena. Cuando salí, Carlos me dijo: “Parce, ¿qué es esto?”. De una me animó a inscribirme en una competencia en Honduras y decidí irme.

Su deporte requiere mucho apoyo por los viajes constantes a lugares apartados. ¿Cómo consiguió esos primeros recursos?

Yo siempre he sido tuitera y esa vez puse un trino diciendo: “¿Quién me quiere ayudar para ir a una competencia?”. Y de golpe recibo un tuit de Mauricio Mosquera, gerente de Indeportes, que decía: “Ven a mi oficina el lunes y hablamos”, y me ayudó. Si yo no hubiera ido a esa competencia, seguramente no hubiera seguido haciendo esto.

Luego se fue al Campeonato Panamericano de Apnea en Chiapas, México, y rompió otro récord, pero aún en piscina.
Hice un plan de entrenamiento y lo hice sola porque peleé con mi entrenador de nado con aletas. Yo me dije: “Tengo que ir allá y tengo que demostrar que puedo ser la mejor”. Y lo logré, hice el récord: 195 metros.

Usted ha dicho que este es un deporte en el que se necesita 30% de estado físico y 70% de cabeza. ¿Cómo empezó a moldear su mente para alcanzar lo que ha alcanzado?
Inicialmente no tenía muchas técnicas para eliminar malos pensamientos. Pero siempre me he repetido cosas positivas. Un señor que se llama Alirio, que también era un superteso en apnea, pero por allá en los años de upa, siempre me decía: “Repítase esto: estoy completamente tranquila y relajada, estoy completamente tranquila y relajada”.

Un mantra.
Sí. Siempre me voy al agua con un mantra, puede ser cualquier bobada que quiera decir. Abajo me gusta repetir: “Estoy aquí y ahora, soy fuerte y lo voy a lograr”. Pero como también funciono a las patadas, entonces yo le meto: “¡Tan güevona! ¿Cuánto ha entrenado para esto y la va a cagar porque tiene miedo?”. Eso es para dejar la bobada. Otras veces me digo: “¡Qué pena! ¿Qué va a decir la gente si no lo logro?”.

¿Eso, tal cual, fue lo que se dijo el día que rompió el récord mundial?

Sí. Antes y durante la inmersión me dije. “¿Qué va a decir la gente? ¡Qué ridículo que usted no haga el récord! ¡A ver, hoy tiene que salir del mar haciendo un récord, o si no, pues se retira de esta mierda!”.

En un entrenamiento en Bahamas a usted le dio un ataque de pánico. Por más adiestramiento que haya, nunca se está exento de que se pierda la cabeza.
Ese día dije: “¡Marica, marica, marica, me tengo que salir ya de aquí!”. Y la embarré. Por eso es que la mente tiene que estar muy fuerte. ¡Muuuy fuerte!

Vamos por orden. ¿Cuáles son las señales físicas que, sí o sí, debe leer cuando realmente está en peligro?

Cuando se me empiezan a encalambrar las manos. Cuando se me duermen los dedos meñiques. Cuando hiperventilo. Cuando empiezo a tener visión de túnel. Esa, por ejemplo, es una señal de que usted tiene que respirar.

Entiendo que también hay unas contracciones del diafragma…
Sí, pero eso es normal. Mejor dicho, nosotros aprendemos a controlarlas. Eso es algo que la gente no entiende: el hecho de que uno tenga contracciones no significa que ya, necesariamente, tiene que respirar; es solo una señal del cuerpo que dice: “¡Oiga, está cerquita!”.

¿Entrena el diafragma?

Sí, haciendo un montón de ejercicios con las bandas arriba: se bota todo el aire y se mete, como metiendo todo el estómago hacia adentro y moviéndolo de arriba abajo. También trabajo los músculos intercostales. Eso es clave.

¿Usted regula su ritmo cardiaco en las inmersiones?

Con respiración. Técnicas que se aprenden en el deporte y el yoga.

¿Practica yoga?
Algunas cosas para mi deporte, pero yo no sé nada de yoga

¿Cuándo se propuso romper el récord mundial?
El año pasado. Pero yo no fui la de la idea, fue Johnny [el novio y entrenador]. Él es el de las ideas locas de hacer récords y esas cosas, porque él confía más en mí de lo que yo confío en mí misma. Él fue el de la idea porque vio que el récord estaba como en 80 metros: empezamos con 62 metros y lo hice fácil; después 65, 68, 70 y así fuimos haciéndolo hasta 75.

El récord mundial de 82 metros le pertenecía a la eslovena Alenka Artnik. ¿Lo veía muy lejos?
No, porque cuando ella lo hizo el año pasado yo hice 83 en una competencia que no me validó la inmersión. Ahí nació la idea de romperlo, pero ahora sí con jueces y todo lo necesario.

¿Cuánto cuesta romper un récord mundial de estos?

Este récord mundial nos costó doce mil dólares. Hay que llevar dos jueces que los escoge la CMAS [Confederación Mundial de Actividades Subacuáticas]. Me tocó un juez de Turquía y un juez de Chile. Solo los tiquetes nos costaron dos mil dólares, por cada uno; luego hay que pagar las pruebas de dopaje, porque sin eso no hay récord, y eso significa dos mil dólares más; después pagar el videógrafo… Pero yo no lo pagué todo, la otra parte la pusieron la Fundación Sofía Pérez y el Banco BBVA.

BOCAS - Sofía Gómez

Sofía Gómez practicando apnea.

Foto:

Oficina de Prensa BBVA

¿Es cierto que las preocupaciones económicas casi se tiran el récord?
Claro. Tres días antes yo le dije a Johnny: “Yo ya no voy a hacer esto”. Y él me dijo: “Sofía, deja la bobada. Tú sí puedes y punto”. Pero no solo por eso, imagínese que los de Coldeportes nunca me respondieron un correo en el que preguntaba qué debía hacer para tener pruebas antidopaje; hablé con la Federación, y tampoco. Entonces yo dije: “Cancelo esta mierda porque yo no puedo esperar más”. Hice todo por el conducto regular y nadie me respondió. Entonces pensé: “Las redes sociales son muy fuertes y yo sé que si pongo esto en redes sociales alguien me va a responder”. Y lo hice: a las dos horas me respondieron. El presidente de la Federación me llamó furioso a decirme que cómo se me ocurría hacer eso, que lo habían llamado a regañarlo de Coldeportes.

¿Peleó con su Federación?
Solo les dije que yo les había pedido el favor de que me dieran un contacto para las pruebas antidopaje con sus similares en el Caribe, porque la CMAS solo avala la autoridad de la región donde se va a romper el récord. ¡Nunca me respondieron! Yo nunca les dije: “¡Páguenme las pruebas de dopaje!”. Nada. Creo que les escribí como quince correos para que me dijeran: “Esto es lo que tienes que pagar”. ¡Qué drama!

Usted no pudo romper el récord en el primer intento. ¿Le afectó ese estrés?

Estaba muy nerviosa. Sabía que había hecho semejante inversión, que los jueces estaban ahí y que todo el mundo estaba ahí solo por mí. Eso me afectó. ¿Y qué pasó? Hiperventilé: llegué a la superficie y no alcancé a hacer el protocolo.

¿Cómo es un protocolo normal?
Se hace para demostrar que uno está bien, que uno está coordinando todo. Sales del agua, te quitas todo lo que tienes en la cara, haces la seña libre de OK; todo en ese orden. Si lo haces en otro orden, no vale. Luego el juez cuenta diez segundos, después cuentas otros cinco segundos y debes tocarle la cabeza al que está al frente. No lo puedes hacer antes de los cinco segundos.

Volvamos a la frustración del primer intento fallido. ¿Se reprochó o se deprimió esa noche?
No fue en la noche, fue enfrente de todos apenas salí. Hice una pataleta la berraca. Tenía rabia. Ni siquiera lloré, tenía ira. Yo decía: “¿Cómo es posible que usted sabiendo que tiene que hacer eso, no lo hace? ¡Jueputa! ¿Cómo es posible que no haya sido capaz?”. Y me di durísimo. Me fui muy decepcionada para la casa y le dije a Johnny: “¡No quiero intentar más esta mierda! ¡No más!”. Y me acosté. Al otro día me levanté menos nerviosa, pero igual sí estaba nerviosa. Entonces empecé a decirme: “Sofía, no más, deje la estupidez. Ya lo hicimos una vez, ya sabe qué hay que hacer”.

¿Es verdad que una canción de Carlos Vives la animó?
Sí. Yo me quedé sola en la casa estirando, escuchando música a todo volumen. Oí La tierra del olvido, de Vives. Oí todo ese álbum y lo canté a todo pulmón. Siempre me ha gustado mucho, más cuando uno está en el exterior que es como: “¡Ay, quiero estar en Colombia!”. Me ayudó mucho a canalizar esa energía y a estar más tranquila.

Y ahí sí lloró, me imagino…
Cantando y llorando, cantando y llorando. Entonces dije: “Bueno, ya lloré, ya me limpié”. Cuando llegué al agua, estaba mucho más tranquila. Y empecé a bajar con el mantra, con todas las cosas positivas que me podía decir: “Lo voy a lograr, lo voy a lograr”, repitiéndome eso, así, seguido. Llegué abajo, agarré el testimonio y subí bien. Cuando ascendí a la superficie había roto el récord mundial. Hice el protocolo perfecto, muy consciente.

¿Por qué decidió volver a romper el récord dos días después?
La verdad porque ya había invertido un montón de plata, literal. Toda esa plata invertida, toda esa gente allá comiendo gratis, todos los jueces allá paseando, todo el mundo allá… Entonces lo hicimos y se nos dio.

¿Alenka Artnik, la dueña del anterior récord, la felicitó?

Sí, me hizo un comentario por Facebook. Lo lindo de la apnea es que es una familia muy chévere. La comunidad es muy chiquita, entonces todo el mundo se conoce y todo el mundo se alegra por los récords del resto. Obviamente es nuestro récord, pero chévere si ella lo vuelve a romper.

¿Qué sigue?
El Campeonato Mundial de Apnea en Roatán, Honduras, del 22 de agosto al 3 de septiembre.

¿Y qué sigue hacia abajo, allá en las profundidades?

Mi meta es mejorar mis registros. No sé cuánto vaya a alcanzar. Cuando se acerque más la competencia sabré qué voy a hacer, pero me gustaría hacer 95 metros en peso constante, que es con monoaleta.

¿Hay una edad para dejar de practicar su deporte?
No. Yo lo dejaré hasta que me canse. Y creo que nunca voy a poder dejar de hacer apnea porque el mar ya se convirtió en mi segundo hogar y, seguramente, no sería capaz de decirle adiós.

BOCAS - Sofía Gómez

La apneista colombiana Sofía Gómez.

Foto:

Ricardo Pinzón / Revista BOCAS

Dominica es una isla de 70.000 habitantes. Supongo que usted ya es toda una personalidad allá, ¿o no?
Yo vivo en un pueblito que se llama Soufriere, que tendrá mil personas. Ellos son nuestros amigos: los pescadores y las señoras del restaurante donde siempre comemos, que es al lado de la playa, ahí en un carrito, que tiene la comida más deliciosa del mundo. Obviamente lo sienten como si fuera de ellos. ¡Y claro que también es de ellos! Me gusta mucho estar en esa isla porque yo sé que también la gente va a empezar a decir: ¿Y Dominica dónde queda?

Entiendo que armó una huerta allá…
Está en proceso. ¡Es que un tomate en esta isla vale un huevo! Ya empecé a sembrar de todo. Además, ya tengo un palo de mango, un aguacate, un árbol del fruto del pan, un naranjo, un limón... Pero hay que hacerles alguito porque están tristes. Papi, ¿cuándo vas a ir?

Aparte de ser la hija de papá y mamá, ¿cómo se puede definir?
Terca. Terca en un sentido positivo, porque si algo se me mete en la cabeza sé que lo puedo lograr. Pero también soy insegura, siempre tengo que tener a alguien como Johnny que me dice que soy capaz. Es como que siempre necesito a alguien que viva recordándome que sí, que soy capaz.

¿Una ecologista activa?

Trato de serlo, pero no soy extremista. Sin embargo, por ejemplo, rechacé una publicidad de un agua con colágeno, un agua embotellada, embotellada en esos plásticos que le hacen tanto daño al planeta y que son el problema más grande que hay en el mar. Es que sería muy poco coherente con todo lo que hago. Imagínese, yo hablando de conservación y que el mar y que tal, para salir en una campaña que dizque: “Toma agua embotellada”. ¡Noooo!

El mar es su aliado y amigo. Defina el mar.
El mar es el lugar donde Sofía cambia, donde encuentro la paz y la tranquilidad que yo creo que todo el mundo busca. Yo era una persona muy explosiva afuera del agua, malgeniada como mis papás y como mi hermana. Pero cuando entro al mar, sé que me tengo que despojar de todo eso, dejar el ego, dejar todo mal pensamiento porque el mar es el que manda y uno debe entrar así, superhumilde y entregado al agua, porque si uno entra con grandeza y superioridad, pues no va para ningún lado.

¿Qué ha visto en el fondo del mar que nosotros los mortales no vamos a ver nunca?
Uno se ve a sí mismo. Veo las inseguridades que tengo, pero también las fortalezas que tengo. Eso es lo que le enseña a uno la apnea: a conocerse a uno mismo y a confiar en lo que uno puede hacer. Un poco hippie, pero es así.

MAURICIO SILVA GUZMÁN
FOTOGRAFÍA RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 66 - AGOSTO 2017

BOCAS 66 - SOFÍA GÓMEZ

Todo a pulmón Entrevista con Sofía Gómez Por Mauricio Silva Guzmán. Fotos: Ricardo Pinzón.

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Revista BOCAS.

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