Samuel Azout, de empresario a filántropo

Samuel Azout, de empresario a filántropo

BOCAS habló con el empresario colombiano que dejó su rol de ejecutivo para dedicarse a lo social.

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El empresario barranquillero Samuel Azout.

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Charlie Cordero

22 de marzo 2018 , 10:58 a.m.

Bajo los rayos plenos del sol, Samuel Azout –el empresario que se fugó de las reuniones interminables con altos ejecutivos, de los buzones repletos de correos electrónicos, de las complejas gráficas y de las tablas de rentabilidad– acepta el reto de unos niños de patear la pelota sin dejarla caer al suelo. En la cancha polvorienta del barrio El Pueblito, de Barranquilla, los pequeños se ríen al ver a Sammy, como lo llaman cariñosamente en la Arenosa. “Tiene más varillas que el puente Pumarejo”, le dice un moreno, porque sus piernas son igual de tiesas y rígidas que las vigas de la construcción vial que promete atravesar al río Magdalena.

Sammy no será el próximo Messi, ni lo pretende, pero a sus 53 años no ha dejado morir su pasión por el fútbol: para darle rienda suelta, hace cinco años se liberó de cualquier obligación profesional.

Samuel Roger Azout Papu nació en la cuna de una familia judía barranquillera dedicada al comercio. Su abuelo, montado en un burro, vendía telas por Puerto Colombia; su padre, Alberto Azout, también jaló el hilo de la confección, pero cuando su fábrica de camisas quebró a comienzos de la década de 1960 erigió de la nada los almacenes Vivero, que durante muchos años fueron un referente de estilo de vida en la costa caribe.

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Samuel Azout

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Charlie Cordero

Samuel estudió economía y administración de empresas en las mejores universidades estadounidenses, para luego volver al país a dirigir la empresa familiar. “Siempre supe que mi padre quería que le ayudara con sus negocios. No tenía otra opción; él hizo un gran sacrificio para pagar mis estudios”, dice. Allí fue cajero, estuvo detrás de mostradores de ropa, supervisó bodegas, coordinó importaciones y, tal como estaba escrito, se convirtió en el presidente de la empresa: su mayor hazaña fue mantener la compañía a flote cuando el país atravesó la crisis que produjo la liberalización económica en los años noventa.

También logró, a comienzos de este milenio, la fusión con Carulla, la gran compañía minorista radicada en Bogotá. Gracias a su ojo clínico para los negocios, Vivero, con menos almacenes en la costa atlántica, fue el pequeño tiburón que absorbió al gigante. Luego Carulla-Vivero llegó a tener más de 17.000 empleados y un inventario de más de 80.000 productos entre alimentos, ropa, ferretería, juguetería y miscelánea. También adquirió a Surtimax, otra cadena de comercio bogotana.

La pericia empresarial de Azout empezó a ser alabada por compañías locales y multinacionales, que lo solicitaban como miembro de sus juntas directivas. Sin embargo, con el paso del tiempo, el trabajo corporativo dejó de motivarlo. En vísperas de la venta de Carulla-Vivero al Grupo Éxito, viajó a Boston para “barajar de nuevo los naipes”: empezó una maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Harvard y compartió pupitre con sus dos hijas, que estudiaban historia y matemáticas. Allí escuchó a un compañero chileno hablar del fútbol como arma para combatir la pobreza y la exclusión, y eso se convirtió en un reto intelectual más grande que la dirección de cualquier empresa. De vuelta en Colombia, Azout creó la Fundación Fútbol con Corazón y, al poco tiempo, el presidente Juan Manuel Santos le pidió ayuda para que la pobreza extrema estuviese en lo más alto de la agenda pública.

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Empresario Samuel Azout

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Charlie Cordero

En estos días es habitual verlo con anteojos de marcos redondos. En los últimos años ha adquirido más de catorce gafas de este estilo, algunas con colores tan llamativos como el naranja. Explica que es posible que haya empezado esta colección debido a su conexión con los disfraces y las caretas del Carnaval de Barranquilla; especialmente con el antifaz del Monocuco, que le da la ilusión de ser invisible.


“¡Esto sí es tronco de pinta!”, dice. Lleva su camisa del Real Madrid, unos jeans y una sonrisa contagiosa. Su dedo índice sube el marco de sus gafas y se alista para que le tomen unas fotos con algunos de los mil jugadores que hoy disputan el torneo anual de fútbol de su organización sin ánimo de lucro.

Después de haber trabajado por décadas en Almacenes Vivero, usted se dedicó a la filantropía. ¿Considera que este giro en su rumbo profesional tiene algo de parecido a lo que han hecho otros empresarios como Bill Gates?
Hay algo de eso, pero guardando las proporciones. Gates entregó gran parte de su patrimonio al servicio de obras sociales, especialmente de iniciativas de salud en África. En mi caso, tengo más dinero del que necesito, pero menos de lo que la gente cree [risas]. Lo que yo hago es dedicar todo mi tiempo a que el fútbol pueda transformar comunidades. Lo que tengo en común con el magnate estadounidense es que para ambos llegó un momento en que llenamos nuestras expectativas en el sector privado y, por eso, cambiamos de foco: a mí ya no me estimulaba dirigir de 500 a 1.000 almacenes o comprar otra cadena de supermercados… En últimas, se puede explicar del siguiente modo: el sueño es pasar del éxito al significado, luego a la trascendencia.

¿Qué tanto dinero necesita?
No me acostumbré a los lujos extravagantes, como yates o aviones privados. Las cosas que me gustan no cuestan tanto… Salvo los viajes, porque quiero ir a los mundiales de fútbol. Uno de los mejores momentos de mi vida fue la victoria de Colombia frente a Uruguay en el Mundial de Brasil 2014. El problema de la acumulación de las riquezas como objetivo de existencia es que resulta insaciable, entonces se vuelve uno esclavo de tener más y más cosas. Mi abuelo judío, que vivió justo enfrente del Club Hebreo de Barranquilla, me enseñó que el dinero es bueno cuando sirve para acciones que beneficien a la gente.

¿Cómo llegó su abuelo a Barranquilla?
En la década de 1920 mi abuelo paterno llegó a Barranquilla, después de viajar como marinero en una embarcación. Cuando pisó suelo colombiano, subido en un burro vendió telas por Puerto Colombia y luego viajó a distintas partes del país. Esa alma de comerciante la heredó mi papá, que se unió con su cuñado para empezar una fábrica de camisas.

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Samuel Azout

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¿Es cierto que su papá desafió a la publicidad tradicional en la década de 1950?
Eso se dice por una publicidad que diseñó Álvaro Cepeda Samudio, famoso por hacer parte del grupo intelectual y bohemio de La Cueva. Era una imagen de una mujer semidesnuda que vestía solo una camisa y debajo de ella se leía la frase: “Si yo fuera hombre, usaría Camisas Jason”. Mi papá frecuentaba algunas veces La Cueva. Él cuenta que en horas de la madrugada, cuando se acababa el licor, Gabriel García Márquez y Alejandro Obregón decían: “Manden a comprar trago al judío porque ese regresa”. Ese grupo tenía cuentos chistosos: decían, por ejemplo, que Dios era más alto que un palo de coco o que si la mierda tuviera un valor, los pobres nacerían sin trasero.

¿Cómo fue crecer en una familia judía rodeada de una sociedad mayoritariamente católica?
De niño alguna vez me dijeron: “Tú eres malo porque los judíos mataron a Cristo”. Por ende, desde muy pequeño fui consciente de que vivía en un país en el que era parte de una minoría religiosa; se supone que vivimos en una nación secular, pero el himno dice: “del que murió en la cruz”. ¡Pero no creo que haya sido discriminado! Ser parte de una minoría significa tener otro tipo de experiencias, que hacen que uno desarrolle una sensibilidad por los problemas de otras personas que puedan ser descalificadas por su origen, religión, raza o condición económica.

¿Qué otros recuerdos tiene de su niñez?
No se me olvida un castigo que padecí en segundo de bachillerato. Solté la carcajada cuando mis compañeros le lanzaron papelitos al niño que siempre era ridiculizado por los más inquietos del curso… Fue una especie de bullying o matoneo, términos desconocidos o quizá inexistentes a comienzos de los años setenta, que sacó de las casillas a la profesora de español, Berta de Restrepo, que tenía un carácter fuerte y estricto. Tuve que escribir la definición de solidaridad cien veces en un salón hirviendo por el rayo de sol de la una de la tarde y con un abanico de techo oxidado que producía más ruido que fresco. ¡Me pareció una verdadera tortura! Pero hoy aún me refiero a esa definición: “Solidaridad es la dependencia mutua que existe entre las personas, que no los deja ser felices si no lo son los demás”.

Continuemos con su vida. Desde joven estuvo involucrado en los negocios de su padre…
A la fábrica de camisas no le estaba yendo bien en los sesenta, por lo cual mi papá decidió cerrarla. Tuvo la idea de poner sus saldos a la venta, lejos de imaginarse que de ahí nacería Vivero. Cuando todavía estaba en el colegio trabajé como cajero en los almacenes. También, estuve al lado de mi papá durante las vacaciones de la carrera de economía en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos.

Azout Bocas

Azout en su rol social. 

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¿Y qué hizo en Vivero después de terminar la carrera?
Tenía un cargo muy importante: ¡era el hijo del dueño! [risas]. Después de estudiar en el exterior entendí que volver al país era una retribución a mi padre para sacar adelante el negocio de la familia. Yo sabía que mi destino era dirigir Vivero y no pensaba en otra cosa. Mejor dicho, yo lo quería hacer. Sin embargo, primero llegué a trabajar en la bodega y luego pasé por distintos roles en los almacenes. Me di cuenta de que estar parado detrás de un mostrador durante ocho o nueve horas al día le exige mucho al cuerpo. Eso me ayudó a tener los pies sobre la tierra.

En Barranquilla es bien conocido el incendio que destruyó uno de los almacenes…
Después de ocupar cargos de mayor responsabilidad en Vivero, como la coordinación de importaciones, viajé de nuevo a los Estados Unidos a estudiar una maestría en Negocios, un MBA, pero no la pude terminar porque a mediados de los ochenta se incendió un almacén que representaba el 70 % de las ventas. Pensamos que era el fin de la compañía, pero nos salvaron algunos proveedores y bancos que le dieron unos créditos a mi padre. También fue conmovedor el apoyo de la comunidad barranquillera, que compró nuestros productos en una carpa que colocamos en el parqueadero que estaba frente al edificio que se había incinerado. Nunca se supo quién estaba detrás del fuego, aunque se sospechó que la causa fue una mano criminal o un problema eléctrico. Como los clientes nos extendieron su mano, logramos resurgir de las cenizas. Literalmente.

¿Y cuándo fue que dio el salto para volverse gerente de la compañía?
Seguí bajo la sombra de mi papá hasta principios de los noventa. De nuevo salí del país a estudiar un programa avanzado en administración para ejecutivos senior en la Universidad de Pensilvania. Fue un gran despertar porque entendí las nuevas necesidades de desarrollo para una empresa en un mundo globalizado. Entonces le propuse a mi padre y a mis hermanos empezar una transición, de una administración familiar a una profesional: introducir un gobierno corporativo, tecnología de punta y ejecutivos con recorrido académico y profesional. Fue en ese momento cuando tomé las riendas de la empresa.

¿Cómo logró que la cadena minorista siguiera creciendo en medio de la apertura económica y la crisis de finales de los noventa?
Esos cambios en la administración fueron el punto de partida para competir con los operadores del exterior que llegaron al país en esa época. Pese al origen familiar de la empresa, tampoco nos negamos a la inversión extranjera: en 1998 logramos ser una de las primeras compañías del país en recibir recursos de la banca privada de inversión norteamericana. Y dado que la familia no quería dejar a la deriva el control de la compañía, esos mismos inversionistas encontraron una forma creativa para que Vivero –que era una tercera parte de Carulla– fuese la que absorbiera la empresa más grande y para que yo liderara ese proceso.

Después de consolidar exitosamente ambas empresas en una sola marca, en 2006 la compañía fue vendida a Almacenes Éxito y el nombre Vivero desapareció. Su hermano Jacky dice que fue un golpe emocional muy duro.
A mí se me escaparon las lágrimas mientras iba al aeropuerto, tras la última inauguración de un almacén Vivero. Eso fue cuando se estaba dando el trámite de la transacción al Éxito y empecé a estudiar una maestría en Políticas Públicas en Harvard. Fue muy doloroso porque Vivero era una fibra de la familia Azout, y también de Barranquilla. Encarnaba la cultura y el estilo del costeño: tenía una personalidad alegre y descomplicada, que se reflejaba en las confecciones locales y, a su vez, un toque internacional que estaba presente en los singulares productos importados que arribaban a la costa. Bajo la sombrilla del Éxito, los almacenes se volvieron más estándar. Por ende, la desaparición de Vivero trajo consigo un vacío para los clientes y para nosotros, especialmente para mi papá. Eso nunca se va a superar del todo.

Con su habilidad para los negocios, ¿por qué no le apostó a otro emprendimiento?

Con Vivero logré tener un pan reposado a una temprana edad y me siento bendecido por ello. Hoy, diez años después de la venta de la empresa, no cambiaría nada de lo que he hecho: fue el mismo sector privado el que me fue acercando a los temas sociales. Las distintas iniciativas de responsabilidad social con la empresa y con la Fundación Carulla me impulsaron a estudiar la maestría y a barajar de nuevo los naipes.

¿No sintió vergüenza de estudiar a los 48 años y compartir pupitre con sus hijas?

Compartir la vida de estudiante con mis hijas fue entretenido: todos íbamos a estudiar en la biblioteca de Harvard. Yo siempre he asumido más el rol del papá amigo y alcahueta. Además, aprender es una labor para toda la vida. Agarrar un morral con libros y abrir una nueva cuenta de correo electrónico a los 48 años fue muy liberador porque solo entonces tuve la oportunidad de encontrar mi llamado.

Azout Bocas

Samuel Azout compartiendo con varios niños.

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Charlie Cordero

Algo así como una vocación…
No es la de la madre Teresa de Calcuta, pues no se trata de volverme bondadoso. Sencillamente el posgrado me hizo encarar el reto intelectual de combatir la pobreza y la exclusión, algo que la humanidad no ha podido superar. Ese desafío me absorbió… ¡Y yo soy un poco obsesivo en términos de foco!

¿No siente ganas de volver al mundo de los negocios?
Muy de vez en cuando algunos amigos me piden favores relacionados con sus empresas: por ejemplo ayudé a los accionistas de Payless con su llegada a Colombia. Pero para mí está claro que, además de mis tres hijos, mi esposa y mis cinco nietos, la búsqueda de soluciones a la pobreza es lo que me mueve la sangre.

En sus propias palabras, ¿qué es la pobreza?

Es la falta de esperanza. Es el atropello de la dignidad propia, que genera que las personas se sientan inútiles, inservibles o incapaces. Es decidir que el destino de mi vida resulta irremediable. Lo opuesto de la pobreza no es riqueza, sino dignidad, pues es la dignidad lo que realmente puede desatar ese fuego en los seres humanos. En la lucha contra la pobreza siempre he tratado de ir más allá de la noción judeocristiana de dar el pescado. Lo que busco, verdaderamente, es enseñar a pescar.

Va en contra de la idea judeocristiana de caridad…
Soy crítico de algunas ideas que, a mi juicio, traicionan la esencia de la caridad: el filósofo judío Maimónides decía que la forma más elevada de la caridad era dar trabajo, mientras que el nivel más bajo era dar limosna. Sin embargo, se cree que la caridad es darle una moneda al niño que está parado en una esquina. No creo que esto resuelva el problema, pues el pequeño tendrá comida para una noche, pero ¿qué pasa después? Hay que democratizar la riqueza y el poder para que la gente sea protagonista de su desarrollo y tenga un goce efectivo de sus derechos.

Por lo que cuenta, es evidente que sus raíces judías siguen aún muy vivas…
Me redimí como judío cuando solicité mi ciudadanía española. Por el lado de mi abuelo materno, tuve antepasados que fueron judíos sefardíes de España. Tras la Inquisición, los Reyes Católicos los expulsaron y no sé cómo algunos de ellos terminaron en el Imperio otomano; de ahí mi abuelo llegó a Colombia. Ante ese atropello histórico, el Gobierno español ordenó reparación, verdad, paz y no repetición para este pueblo. En 2017 fui la tercera persona en aplicar a esta ley: cuando me acerqué a un notario en Madrid, me pidió que esperara treinta minutos para entender bien la medida. Le dije que no se preocupara, que ya habíamos esperado 500 años y media hora más no era nada.

Concretamente, ¿qué ha hecho para ayudar a reducir la pobreza en Colombia?
En 2008 dediqué mis esfuerzos a la creación de la iniciativa AeioTú, que busca desarrollar el potencial de la primera infancia, y de la Fundación Fútbol con Corazón. Adicionalmente, a mediados de 2010 el presidente Santos me llamó para ayudarle a diseñar las políticas de inclusión social, que permitieron crear la Agencia Nacional de Superación de la Pobreza Extrema. Fui el primer director de esta agencia, que después se fusionó con el Departamento de Prosperidad Social.

Samuel Azout

Samuel Azout.

Foto:

Charlie Cordero

Hace cuatro años sonó como candidato para el Congreso de la República. ¿Por qué no siguió el camino de la política?
El presidente me sugirió que me lanzara al Congreso y yo le dije que lo iba a pensar. Sin embargo, así como decidí no ser empresario, decidí no ser político. Lo que sucede es que cuando estuve en el gobierno, tenía un cargo técnico; llegar al Congreso sería algo distinto, además no pertenezco a ningún partido político. En ese momento volví a la Fundación Fútbol con Corazón, que se había convertido en una institución de caridad tradicional que pedía donaciones y organizaba bingos y subastas. Mi esfuerzo ha estado dirigido a que sea una empresa social, es decir, a que genere ingresos con sus propias actividades: ya es un logro que el fútbol haya impulsado a que más de 4.200 niños en condiciones vulnerables desarrollen valores y habilidades, mientras se alejan de problemas como las drogas y la prostitución. Este deporte ha permitido brindarles un sistema de atención integral para que puedan construir el futuro de sus sueños.

¿De verdad cree que el fútbol tiene tanto poder?

El fútbol tiene el poder de convocar a muchas personas y, por ello, puede ser muy incluyente. En mi juventud iba a distintos barrios de Barranquilla y nunca pensábamos de dónde proveníamos, lo que importaba era patear la pelota. Me acuerdo mucho de un muchacho con el que jugaba y que, tiempo después, se fue a vivir debajo de un puente. Aunque lo busqué muchas veces, nunca lo pude ver otra vez. Quizás, de manera inconsciente, esto me influyó en la creación de la fundación…

¿Y cómo logra que el fútbol tenga ese poder transformador?
En la cancha buscamos que haya un aprendizaje: juego, reflexión y respeto por la diversidad. Por ejemplo, en el torneo que se está jugando en este momento los equipos que disputan los partidos son mixtos y las niñas deben marcar el primer gol. Adicionalmente, el equipo ganador no es el que haga el mayor número de anotaciones, sino el que respete los acuerdos de convivencia fijados al comienzo de cada encuentro. Por eso yo sí creo que el fútbol puede cambiar al mundo. Un gol a la vez.

POR MARÍA XIMENA PLAZA
FOTOGRAFÍA CHARLIE CORDERO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 71 - FEBRERO 2018

Azout

El giro de Azout
Por María Ximena Plaza

Foto:

Revista BOCAS

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