Santos en los cielos (una entrevista diferente)

Santos en los cielos (una entrevista diferente)

Una conversación con el presidente Juan Manuel Santos para la primera edición de BOCAS.

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Juan Manuel Santos

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Sebastián Jaramillo

07 de octubre 2016 , 12:23 p.m.

Esta entrevista fue publicada en la primera edición de la revista BOCAS, en septiembre de 2011.

El presidente no tiene afán. Nada ni nadie lo puede interrumpir a treinta y tres mil metros de altura en el avión presidencial B-767. Faltan dos horas para aterrizar en el aeropuerto Comodoro Arturo Meriño Benítez de Santiago de Chile. Descalzo, con una cobija azul con el escudo de Colombia sobre las piernas, cierra por la mitad el monumental best seller La Caída de los gigantes, de Ken Follet, y me hace señas para sentarme con él. El presidente parece conocer la mecánica interna del avión, cada vez que le hago preguntas sobre la operación que acabó con la vida de Raúl Reyes y la operación Jaque, el cambio de gabinete, la reelección y hasta las posibilidades de algún acuerdo de paz, su voz queda ahogada por el ruido de las turbinas del viejo avión militar que hoy hace de avión presidencial o deja que las anécdotas se pierdan en medio de una turbulencia. Es un profesional en esquivar preguntas incómodas y resulta obvio que agradece que el Fokker 001 esté en mantenimiento.

¿No le molesta que digan que usted es un jugador, un tahúr?
La gente cree que porque jugaba al póker o porque sé jugar al póker tengo mente de tahúr. ¡Ni más faltaba que tenga mente de tahúr! El buen jugador calcula los riesgos y hay que tomar riesgos en la vida para ser exitoso. Creo que es una cualidad que tengo. Saber calcular los riesgos y también tener miedo. Es más, hace mucho que no juego.

¿Cómo es la relación con sus amigos?
Tengo pocos amigos. Amigos de esos de los que uno dice verdaderos amigos, pocos. Es parte del costo de esta actividad. Uno no los ve con la frecuencia con la que uno quisiera.

¿Qué siente al ver presos a dos compañeros suyos de gabinete del gobierno anterior, Andrés Felipe Arias y Bernardo Moreno?
Esa es la justicia que tenemos. He hablado con los dos y tengo que respetar las decisiones de la justicia. Solo puedo ser solidario. Lamento mucho y me duele mucho lo que ha sucedido.

Pero ¿le preocupa la politización de la justicia?
Sí. Por eso debemos tener una mejor justicia en la que todos podamos confiar. Esa es la razón para que hayamos propuesto la reforma a la justicia.

¿La corrupción estatal es tan grande?
En materia de corrupción hay que tener mucho cuidado con generalizar. Siempre trato de señalar que la inmensa mayoría de los funcionarios son honestos. Lo que hemos descubierto ha sido terrible y es bueno que la gente sepa que hay una política clara en la lucha contra la corrupción. No hay nada peor que la gente crea que la corrupción es normal, porque no hay nada que corroa más la confianza en las instituciones que la corrupción.

¿No se siente solo a la hora de tomar decisiones?
Sí, pero trato de consultar el tema, de acudir a la gente en la cual confío. Acudo a la gente que creo que con buen criterio me va a dar un buen consejo desinteresado. Y no se lo pido necesariamente a un buen amigo.

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Juan Manuel Santos. Foto: Felipe Arias.

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¿Escucha consejos?
Es un error creer que uno se las sabe todas. Escucho muchísimo. Pero ahí es donde esta la soledad del poder. Uno es el que toma las decisiones. A mí me gustaba mucho ser ministro porque las decisiones difíciles las consultaba. Uno le decía al presidente, “bueno, presidente, ¿usted qué opina?”. O: “dígame qué hago”. Uno se lavaba las manos. Aquí no hay a quién acudir para delegar esa responsabilidad. Ahora soy yo el que las tiene que tomar.

¿Cómo es la relación con su familia?
Tengo una familia muy linda y trato, en la medida de lo posible, tener tiempo para mantener para mantener la unidad familiar lo más activa posible. Con mis hermanos y con el resto de la familia es un sacrificio. No los veo mucho. Me pasa lo mismo que con mis amigos.

¿Cómo se siente en la piel de presidente?
Me he sentido muy bien. Me he sentido tranquilo. Esto tiene altibajos, hay momentos en los que uno está angustiado y quisiera que las cosas funcionaran mucho mejor y los problemas se solucionaran mucho más rápido. También hay momentos de inmensa satisfacción cuando uno ve que las cosas se están dando…

No creo tan cierto eso de que usted siempre había querido ser presidente desde niño. ¿Es así?
No. Eso que dicen que yo desde chiquito quería ser presidente es paja, es mentira. No tiene nada de cierto. Yo me crié en un mundo alrededor del poder y de la política, pero a mí la vida pública me comenzó a gustar en Londres cuando era muy jovencito. Pero al mismo tiempo yo tenía una vida muy cómoda y sabía que esto era duro. Alguna vez –citando a Kipling– me metí en un lío cuando dije que el periodismo se parece a la profesión más vieja del mundo porque se tiene todo el poder sin ninguna responsabilidad. En cierta forma el periodismo es mucho más agradable porque no se tiene la responsabilidad. Pero me tentaba la política y el riesgo. Muchas veces tomé decisiones para quitarme la tentación. Por ejemplo, cuando acepté el Ministerio de Hacienda en la peor crisis económica de Colombia, y pensé: “Lo voy a arreglar pero voy a quedar tan impopular que hasta ahí llegué”. Esa tentación iba y venía.

¿Se siente diferente con la dignidad que trae la presidencia?
No me siento diferente pero entiendo la situación en la que estoy. Todos los días me digo que esto es pasajero, cuando uno tiene que asumir esta responsabilidad hay que hacerlo con cierta dosis de humildad. Cuando uno combina la arrogancia con creer que se las sabe todas, consigue la fórmula perfecta para el fracaso.

De la gente que ha conocido, ¿quién lo ha impresionado?, ¿quién lo ha inspirado?
Mucha gente me ha impresionado. Por ejemplo, ahora que vamos para Chile, puedo decir que el expresidente Ricardo Lagos es una persona extraordinaria. O Nelson Mandela…, me impresiona mucho la forma como cuentan una historia y adornan una anécdota. Tienen una gran profundidad y una filosofía muy especial. Pero es difícil señalar solo una… Tal vez transmiten una energía muy especial.

He conocido a mucha gente. Mi antiguo jefe Arturo Gómez Jaramillo –gerente de la Federación de Cafeteros en 1958 y 1982, veterano de varias bonanzas cafeteras y creador de Juan Valdez– me marcó mucho la vida por su forma de ser, su humildad y su cultura.

¿Y para mal?
Algunas personas de las que esperaba mucho más, pero prefiero no mencionarlas porque están vivas.

Ha mejorado mucho cuando habla en público. ¿Es cierto que tiene un entrenador y que toma clases?
Trato de comunicarme mejor cada vez más, porque parte de esta responsabilidad tiene que ver con la comunicación y con una alta dosis de pedagogía. Uno debe explicar el porqué de las cosas, el porqué de ciertas decisiones. Parte del trabajo es ganarse la confianza de la gente y hay que explicar qué es lo que uno está haciendo. Hay muchas definiciones de gobernar, una es que gobernar es comunicar.

¿Y el entrenador?
Eso no es cierto. Pero a veces pongo a la gente a opinar cómo le parece tal cosa, y me dicen que es mejor que diga las cosas más directas o que no me demore mucho en llegar al punto. Tomé clases de dicción y de oratoria cuando vivía en Inglaterra. Yo era gago cuando llegué a Londres a los 21 años. Lo heredé de mi papá y de mi abuelo y me quité ese defecto a punta de disciplina. Un poquito como la película El Discurso del rey (The King’s Speech), pero lógicamente no con ese grado de gravedad.

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Juan Manuel Santos. Foto: Óscar Carrión.

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A usted alguna vez le hicieron un mal diagnóstico médico –un cáncer– y sabe lo que eso significa. ¿No le preocupa que le estén dando un mal diagnóstico en el tema de la seguridad ciudadana?
Uno siempre tiene que aplicarle cierta dosis de escepticismo a la información que le dan. Muchas veces la gente que me da los diagnósticos tiene un interés en mostrar las cosas mejor, de esconderme ciertas cosas, por eso es tan importante contar con muchas fuentes de información y en ocasiones la gente siente una cosa muy distinta de lo que comunica el gobierno. Parte de los problemas que tiene esta responsabilidad y que uno lee a través de la historia, es que esta soledad aísla y uno se vuelve dependiente del círculo palaciego que se encarga de aislarlo y solo le dan la información que ellos quieren que uno oiga y si uno cae en esa trampa, hasta ahí llegó…

¿Oye radio, lee prensa?
Marginalmente, pero sí. A veces sí, a veces no. Hay que mantenerse sintonizado de lo que dice la opinión pública, saber para dónde va el viento. Si es un tema especialmente importante pongo radio para ver qué está opinando la gente y qué opinan los periodistas.

¿Cómo maneja la cercanía con sus amigos periodistas?
Es relativo. Antes de ser presidente los corresponsales extranjeros se aterraban de lo duro que me daban los medios de comunicación y muchos amigos míos. Yo entiendo que una cosa es la amistad y otra la profesión. Sobre todo con los periodistas. Mi esposa y mis hijos a veces no entienden eso y me preguntan que cómo es posible que fulano de tal amigo mío diga tal cosa y les digo que ellos están cumpliendo con su deber. Esa es su obligación.

¿Extraña el ejercicio del periodismo?
Uyyy…, sí. Qué delicia. A veces añoro no estar del otro lado.

¿Es optimista?
Dicen que el pesimista es un optimista bien informado. El optimismo es muy importante en la vida. Algo que yo trato de hacer todos los días es mantenerle el optimismo a la gente. Una sociedad optimista es una sociedad que mira al futuro con ganas de entregar lo mejor. Y esa es una gran oportunidad que tenemos en Colombia y en América Latina. Si usted le pregunta a un norteamericano o a un europeo si creen que sus hijos van a tener mejor vida que la de ellos, le van a decir que no. Están pesimistas y el pesimismo se retroalimenta. El optimismo también.

¿Cuál es la cualidad personal que más le ha servido?
Creo que tener paciencia y tener estrategia. Paciencia y estrategia en cualquier actividad en la vida ayuda mucho.

¿Cuál es la palabra que más repite?
Libertad. Es con la que más me identifico.

¿A qué hora se acuesta, cuántas horas de sueño son suficientes para usted?
Depende, pero trato de que sea antes de la medianoche. Lo ideal son siete horas, pero infortunadamente casi nunca me alcanza el tiempo.

¿Cree en el destino?
Creo en Dios.

Un lugar del mundo que quiera conocer.
El Parque Nacional de Utría, en el Pacífico, adonde por fortuna fui hace unos días. Me gustaría conocer el Polo Sur.

¿Qué le da miedo?
Me dan miedo muchas cosas. La traición, el fracaso, que llegue el día que piense que pude haber hecho más de lo que hice.

¿Y qué le duele?
Yo soy bastante pragmático y he desarrollado algunas defensas para que las cosas no me afecten, pero me duele la deslealtad y la mentira y en la política –como dijo alguien– uno conoce lo peor de la condición humana.

¿Cómo está de salud?, ¿es cierto que tiene dolores de la espalda?
Afortunadamente estoy bien. Soy disciplinadísimo y todos los días hago ejercicio y fisioterapia.

Como decía usted en la columna que tuvo en El Tiempo, ¿qué le da mucha pena?
Ja, ja… Me da mucha pena que a veces no pueda uno satisfacer las enormes necesidades que tiene la gente. Me da mucha pena cuando la gente cree que uno le puede solucionar los problemas ya y resulta que no.

¿Dónde está el verdadero poder del presidente?
El poder es muy relativo. El poder es poder firmar el decreto que dice: "Comuníquese y cúmplase". Pero nuevamente tengo que ser consciente de que el poder es relativo y uno no puede dejarse dominar por el poder.

¿En ocasiones no le dan ganas de escaparse de la parafernalia y la seguridad presidencial a tomarse por ahí un café?
Sí, y cuando quiero lo hago. Muy poco, pero sí me he volado por ahí. Sobre todo cuando viajo.

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Juan Manuel Santos. Foto: Sebastián Jaramillo.

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¿Piensa constantemente en su tío abuelo, el expresidente Eduardo Santos, o en su papá?
Pienso mucho en mi papá. Él tenía una forma de ser muy linda y siempre decía que a la gente había que tratar de ayudarle y había que hacer las cosas con amor y con decisión. Me acuerdo de eso y me pregunto si mi papá estará contento con lo que estoy haciendo, qué me diría y creo, modestia aparte, que sí, que estaría contento.

¿Cómo ha cambiado durante este año?
Soy una persona tímida y esta posición me ha quitado mucho la timidez, la ha disminuido. Ahora me siento más tranquilo. La verdad, ese ha sido un cambio importante.

El tamaño de las frustraciones es del mismo tamaño de las expectativas. ¿Cómo maneja usted las expectativas de este gobierno?
El manejo de las expectativas es fundamental en el arte de gobernar. Uno no puede crear demasiadas expectativas, pero al mismo tiempo uno no puede defraudar a la gente en cuanto a lo que siente y quiere. Hay que buscar un sano equilibro entre lo uno y lo otro.

Pero por ejemplo con la ley de víctimas el país tiene inmensas expectativas.
Sí, por eso he dicho que con la ley de víctimas y restitución de tierras la capacidad para satisfacer a las víctimas es muy limitada, y si hay demasiadas expectativas y uno no puede cumplirlas, la ley será un fracaso.

¿Cuál es el mayor problema de gestión que ha tenido este año?
La lentitud del Estado para ejecutar los recursos.

Usted dijo que no descarta la reelección. Dijo también que no la buscará si el trabajo está hecho en cuatro años. Concretamente, ¿qué es lo que tiene que quedar hecho para no repetir?
Todo está en el Plan de Desarrollo: “Prosperidad para todos”.

Curiosamente la oposición a su gobierno ha sido Álvaro Uribe.
Con Uribe solo sentimientos de gratitud y admiración.

¿Cómo sigue de salud su nuevo mejor amigo, Hugo Chávez?
La última vez que hablé con él, hace unas semanas, me dijo que iba bien.

En un año, ¿habrá TLC con Estados Unidos?
Eso espero.

En un año, ¿estará cerca la paz con las Farc y el Eln?
Eso está por verse.

¿Cree que al cumplir el segundo año su popularidad habrá subido, bajado o seguirá igual?
De pronto habrá bajado: el capital político es para gastarlo.

¿Le tiene miedo al fraude electoral en las elecciones de octubre?
No. Pero hay que estar vigilantes.

¿No cree que lo que ha pasado con los funcionarios que están detenidos y el nuevo estatuto anticorrupción manda el mensaje a los funcionarios de que es mejor no hacer nada?
Mensaje equivocado. Hay que hacer mucho, muchísimo, y los funcionarios honestos, que son la gran mayoría, no tienen nada que temer.

¿Qué lo hace soltar una buena carcajada?
Un buen chiste, por supuesto. Admiro mucho el humor fino. La vida sin humor es muy aburrida.

Nadie recomienda un expresidente desocupado. ¿Ha pensado en qué hacer cuando salga de aquí en cuatro o en ocho años?
Quisiera ser profesor. Fui profesor una vez, solo un semestre. Y creo que es importante transmitir la experiencia y el conocimiento que uno acumula.

¿Cómo quisiera morir?
Tranquilo, lleno de buenos recuerdos y posiblemente arrepentido de muchas cosas
que hice, pero ojalá no arrepentido de lo que dejé de hacer. Esto último fue un consejo de mi abuelo.


MARÍA ELVIRA ARANGO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 1
SEPTIEMBRE DE 2011

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