Gossaín, el hombre que decidió dejar de ser el periodista más famoso

Gossaín, el hombre que decidió dejar de ser el periodista más famoso

A sus 67 años, escribe para el ELTIEMPO, da seminarios y vive tranquilo. Cartagena le sienta bien.

Juan Gossaín portada

Juan Gossaín estudió contabilidad pero llegó a ser el periodista más famoso de Colombia.

Foto:

Joaquín Sarmiento

06 de marzo 2017 , 05:32 p.m.

Juan Gossaín se levanta todos los días a las 4:30 de la mañana. A las 6:00 ve el amanecer. Luego se encierra en su estudio y se consagra a la escritura. A las 12:30 almuerza, come poco. En una época se alimentó únicamente con patilla y queso blanco. No come animales que nunca ha visto, ni mariscos ni crustáceos. El único bollo limpio que le gusta es el que hacen en Montería. Pesó 105 kilos y ahora está en 78. Cree que la gente pierde mucho tiempo comiendo. No sabe bailar ni nadar. No usa medias ni tampoco calzoncillos. No tiene radios. Hace quince años no prende un televisor. Ha resuelto entre cuatro mil y cinco mil crucigramas, y todos los días hace diez más. A las cinco de la tarde sale a caminar por la bahía de Cartagena y a las 5:45 p. m. se reúne con tres amigos a echar cuentos y a tomar jugo de patilla. A las nueve de la noche se acuesta y duerme a pedazos, pero asegura que no le hace falta el sueño.

La puerta de su apartamento siempre está abierta. Le fascinan los alcatraces y observar el mar en silencio. Posee quince marcos de gafas que cambia cada seis meses. En la mano izquierda tiene una pulsera con una pelota de béisbol que le regalaron sus hijos hace diez años y que, desde entonces, jamás se quita. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Las palabras del español que más le gustan son árbol y agua. Ha escrito versos que ha ido rompiendo para evitar que se salven y alguien los encuentre. Cuando murió Gabo, el presidente Santos lo invitó al sepelio y él respondió que no iba porque no le gusta viajar en avión ni asistir a los entierros de los amigos. Solo oye consejos de mujeres. No piensa volver a Bogotá porque le afecta la altura. Ante la insistencia de sus nietos, hace dos años realizó el que, asegura, fue su último viaje: un paseo a Disney World.

Tiene un cuadro de Rembrandt y otro de Dalí. Atesora una colección de 124 diccionarios. Fumó durante 40 años y hace cinco lo dejó. El último paquete de cigarrillos Marlboro que empezó permanece en el baño. Se siente incapaz de matar a una hormiga. Tiene dos perros shih tzu de 17 años: Zorba y Baileys. Quiso ser beisbolista, pero como todo jugador malo terminó de árbitro. Es hincha de los Yankees de Nueva York y del Junior de Barranquilla. Cubrió diez campañas presidenciales. No tiene Facebook ni Twitter. Creció escuchando a Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Leandro Díaz, Rafael Escalona y Emiliano Zuleta. “Elegía a Jaime Molina” es el vallenato que más le llega al alma. No bota revistas viejas. Está convencido de que un humilde catálogo de muebles merece que lo guarden. Está releyendo a Sófocles porque dice que es el escritor que mejor ha entendido el alma humana.

Juan Gossaín. Foto por Joaquín Sarmiento.

Juan Gossaín. Foto por Joaquín Sarmiento.

Foto:

Nació el 17 de enero de 1949 en San Bernardo del Viento, Córdoba. Sus padres, de origen libanés, tenían una tienda en donde vendían telas y libras de sal, arroz y café. Es el tercero de cinco hermanos (tres mujeres y dos hombres). A los diez años escribió “El ancón”, su primer cuento, y logró que lo publicaran en el suplemento de El Diario de la Costa. Estudió contabilidad, trabajó en un molino de arroz y a los veinte años empezó su carrera periodística en El Espectador. Fue jefe de redacción de El Heraldo y de la revista Cromos. Columnista de la revista Semana. Trabajó en la emisora Atlántico de Barranquilla y en Caracol Radio. En 1984 aceptó la dirección de noticias de RCN Radio, donde estuvo frente a los micrófonos 26 años. En 2006 regresó a Cartagena, la ciudad de sus querencias, y el 30 de junio de 2010 se despidió de sus oyentes.

Quería escribir y lo está haciendo. Ha publicado cuatro novelas: La mala hierba (1981), La balada de María Abdala (2003), Al final del sueño (2006) y La muerte de Bolatriste (2010); tres libros de crónicas: La nostalgia del alcatraz (1989), Crónica del día (2003) y La memoria del alcatraz (2015); un libro de apuntes sueltos: Etcétera (2008); y el libro de relatos Puro cuento (2004). En 1984 se casó con la periodista Margot Ricci. Su hijo Danilo es músico y productor musical, y su hija Isabella, artista. Ganó 23 veces el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En 2006 el Círculo de Periodistas de Bogotá le entregó el Premio a la Vida y Obra, y en 2010 la Embajada de España lo galardonó como periodista del año. Tiene una memoria prodigiosa. Cree en los milagros. Guarda 40.000 páginas de apuntes para una nueva novela. Escribe semanalmente para el diario El Tiempo. Se la pasa dando seminarios, conferencias y talleres. A los 67 años, se le ve tranquilo y contento. Cartagena le sienta bien.

Empecemos con la crónica que le abrió las puertas en el periodismo.

A San Bernardo del Viento comenzaron a llegar unas cajas que no tenían dirección. Y empezó a ponerse en movimiento el enigma caribe: “¿Qué será eso? ¡No toquen eso! ¡Puede ser peligroso!”.Todos miraban las cajas desde lejos. Una noche Roberto Luis Luna y yo nos metimos una parranda y decidimos abrir las cajas. Había sabanas, jeringas, paredes. Resultó ser un hospital prefabricado que habían enviado desde Inglaterra porque unas monjas misioneras que habían estado en el pueblo contaron que no había hospital. Dije: “Esto hay que contarlo”. Decidí dejar el cuento de las cajas para más adelante y empezar el texto contando dónde estaba San Bernardo del Viento y por qué se llamaba así. El único periódico que circulaba en el pueblo era El Espectador. Cogí uno, miré que el director era Guillermo Cano y mandé el texto. A los ocho días lo publicaron con el título “Cartas desde San Bernardo del Viento”. Siempre he sospechado que a Guillermo Cano lo que le gustó no fue el texto, que era bastante flojo, sino el nombre del pueblo.

¿Cuándo le ofrecieron un trabajo formal en El Espectador?

En los dos años siguientes les mandé ocho o diez crónicas más. Un día apareció Nicolás Chadid, el agente distribuidor de El Espectador en Sincelejo, con un télex que le había escrito Cano: “Querido Nicolás: ve a San Bernardo del Viento y averigua quién es. ¿Es un hombre decente? ¿Qué edad tiene? ¿Será que se quiere venir a Bogotá? Si le ves interés dale un pasaje de parte nuestra”. Chadid me dijo: “Yo no vine a preguntarte, aquí te traigo el pasaje”. Le dije que yo vivía feliz en el pueblo y que no me iba para ninguna parte. Pasó casi un año y mi mamá y mis hermanas me empezaron a decir: “Vete para Bogotá, ¡estamos tan orgullosas!”. Por eso yo siempre digo que si quieres atinar debes seguir el consejo de las mujeres. Fui a Bogotá por un mes y llevo 47 años en esto.

¿Cómo fue su llegada a Bogotá?

Bogotá me produjo dos de los mejores hallazgos de mi vida. Guillermo Cano, una cumbre moral, y José Salgar, el mejor jefe de redacción que yo he visto. Andaba con un lapicito rojo temible, todos decíamos: “Ahí viene el lápiz del Mono Salgar a tachar cosas”. Cuando le llevé mi primera crónica me preguntó: “¿Cuál es el párrafo más genial?”, le señalé uno y lo borró con el lápiz rojo. Me dijo que el periodismo no es para párrafos geniales, sino para contar las cosas. A los veinte años yo tuve el maestro de la ética y el maestro de la profesión. Así, por bruto que uno sea, algo se aprende.

Descríbame en una anécdota a Guillermo Cano.

Carlos Lleras Restrepo, presidente de la república, nombra a Alfonso López Michelsen canciller de Colombia. Un día me llama el doctor López y me dice que quiere hablar conmigo. Me cuenta que no iba a haber ninguna unión liberal y que había aceptado el cargo solo para colaborar. Era oro en polvo en materia periodística. Me voy a El Espectador a escribir mi nota. Como a las cuatro de la tarde me llama López y me dice: “Es bueno hacerle una advertencia, usted tiene que publicar la información como averiguada por usted, en boca mía no”. Le dije: “Lo que le da valor a la entrevista es la identificación. Entonces no publiquemos nada”. “Yo hablo con Guillermo Cano”, me responde López. Pensé: “Virgen santísima, me metí en la grande”. Voy donde Guillermo y me dice: “Llamó el canciller López y me pidió que publicáramos la entrevista que le dio a usted, pero sin mencionarlo a él. ¿Usted qué piensa?”. Le dije que era mejor no publicar nada, que no era ético. Se paró y me dijo: “Eso es exactamente lo que hay que decir. Nunca se deje manipular de un entrevistado”. Así nos daba lecciones diarias. La más grande que nos dio fue sacrificar su propia vida; cuando todos corríamos espantados ante el narcotráfico, Guillermo Cano asumió esa quijotesca tarea.

Cuénteme algún error que haya cometido por primíparo.

Guillermo Cano me mandó a entrevistar a Julio César Turbay. Yo era joven, impetuoso e irreverente. Había oído que a Turbay lo habían nombrado ministro de Minas en la Junta Militar de Gobierno del 57 porque la secretaria que redactó el decreto lo confundió con Juan José Turbay, que era el que sabía de minas. Le pregunté: “Oiga, ¿es verdad que a usted lo nombraron ministro de Minas sin proponérselo?”. Y aquel hombre que era tan sereno se sonríe y me dice: “¿Sabe una cosa joven? Yo creo que esa secretaria todavía está trabajando por ahí porque a mí me siguen nombrando en todo”. Cometí el primer error profesional que después aprendería a corregir: las preguntas que pueden crear conflicto las dejas para el final, así, si el entrevistado se ofende y te manda para la porra, ya tú tienes la entrevista. Aprendí mi lección y me dije: “La próxima vez averígualo mejor; no hagas una afirmación, mejor pregúntalo”.

Siendo jefe de redacción de El Heraldo le propusieron hacer un programa de radio. Tengo entendido que no le gustó mucho la idea.

Mi amigo Efraín Tejada me propuso hacer un programita en la emisora Atlántico. Le dije: “Yo creo que con la voz que Dios me dio lo mejor que puedo hacer es quedarme callado”. Nunca había hecho radio y en esa época los periodistas escritos mirábamos por encima del hombro a los analfabetos de la radio, los veíamos como periodistas que hacían sus noticieros con nuestras noticias. Acepté hacer un programita cívico de 10 minutos por la noche. A Tejada le fue tan bien que lo nombraron gerente de Caracol Barranquilla. Les dijo que aceptaba si Yamid, que era el director en Bogotá, me convencía a mí de dirigir el noticiero.

¿Cómo le fue con Yamid?

Estando en Caracol Barranquilla varios amigos y yo nos presentamos para una licitación de un programa deportivo los domingos, nos lo adjudicaron y me tocó devolverme para Bogotá. Voy donde Yamid a renunciar y me pregunta de qué voy a vivir. Le contesté que de las cuñas. Me dice: “Se ve que no tienes la menor idea de eso, las primeras cuñas te las pagan en tres o cuatro meses”. En un acto que nunca olvidaré de generosidad y de solidaridad me dijo: “Quédate trabajando aquí y simultáneamente haz tu programa de televisión. Además, vente a vivir a mi casa porque no vas a poder pagar un apartamento mientras te llegan los primeros ingresos”. Un día llegó en una camioneta de Caracol con un televisor y una cama. Me dice: “Te los compré porque el cuarto de huéspedes no tiene cama ni televisión”. Le contesté: “¿Voy a vivir en tu casa o nos vamos a casar?”.

El M-19 lo secuestró en 1982. ¿Qué recuerda de ese episodio?

Me secuestraron a finales de julio y me soltaron el 7 de agosto, el día que se posesionaba Belisario Betancur. Me tenían en la selva del Putumayo, en la frontera con Ecuador. Querían que me reuniera con Jaime Bateman para que le llevara unos mensajes al presidente electo, y me negué. Un día me acosté en una hamaca y no me paré más, les dije que no me sentía bien. Finalmente me dijeron: “Váyase”, y me mandaron para Pasto a que cogiera un avión.

En 1984 aceptó la dirección de noticias de RCN Radio. ¿Cómo fue ese momento?

Cuando el programa de televisión se acabó recibí una llamada de RCN en la que me ofrecían la dirección de noticias. Pero pensé: “¿Qué me voy a ir a eso, a competir con Caracol, a inventar noticieros?”. Ya estaba de novio con Margot y le conté la propuesta. Le dije que mi programa en Caracol era al mediodía, que no tenía que madrugar, que para qué me metía a eso. Y empieza la cantaleta de Margot: “Claro, tienes toda la razón, para qué aceptar un desafío, sigue ahí de segundón de Yamid toda la vida, durmiendo hasta tarde, no aceptes nada”. Ya le había dicho a Yamid que no me iba, pero al día siguiente le conté que Margot me había hecho unas reflexiones y que tenía dudas. Me dice Yamid: “Si tú te vas a RCN, dentro de dos meses eso fracasa y vuelves aquí a pedirme trabajo”. Le respondí: “Tú crees que yo voy a fracasar, pues ahora sí me voy”. Y me fui.

¿Cómo era con su equipo de trabajo? ¿Qué le sacaba la rabia?

Lo que me sacaba de casillas era la indisciplina. Tuve fama de malgeniado, pero no lo soy y jamás maltraté a nadie. Soy una persona de carácter. En Colombia hay tan poquito carácter que cuando uno lo tiene lo confunden con el mal genio.

¿Cuál fue su momento más glorioso en el periodismo?

Fueron muchísimos, pero me quedo con aquella mañana de octubre de 1982 cuando Gabriel García Márquez ganó el Premio Nobel de Literatura. Me honra recordar que fui yo quien dio la noticia. Yo sabía que el Nobel se entrega el primero o segundo jueves de octubre. Tenía turno al mediodía, pero ese jueves me fui a las 6:30 a. m. a Caracol y me subí al teletipo, que quedaba en el tercer piso. De pronto sonó el campanazo y miro: “García Márquez, Premio Nobel de Literatura”. Arranqué la hoja y salí corriendo al estudio que quedaba en el séptimo piso. Pesaba 105 kilos y cuando llegué no podía ni hablar. Eran las 7:05 a. m. cuando dije: “Atención: Gabriel García Márquez acaba de ganar el Premio Nobel”. Eso fue todo lo que pude decir.

¿Y el más doloroso?

La antítesis, el dolor en el fondo del corazón la noche en que mataron a Galán. En la muerte de él yo simbolizo toda la tragedia colombiana. Galán fue el mejor hombre de mi generación. Todavía estamos esperando que haya justicia, no solo en ese caso, en todos.

Debe tener muchas anécdotas con Luis Carlos Galán, cuénteme una.

Cuando llegué a Bogotá en 1969, al periódico El Tiempo acababan de entrar Galán, Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano. Nos hicimos muy amigos. Un día secuestraron un avión y Cano y Salgar me dicen: “Váyase para el aeropuerto y saque todas las historias que pueda. Hay un competidor de El Tiempo, Galán está allá”. Cuando llego, pensando que nos iban a pegar la chiviada del siglo, veo a Galán y me dice: “¡No maestro!, si yo soy comentarista económico, qué voy a saber del secuestro”. Al día siguiente El Tiempo abrió con toda la información; Galán lo tenía todo: las fotos, los familiares de los secuestrados... Me pegó una chiviada, pero era lo que tenía que hacer.

También es muy amigo de Daniel Samper Pizano. ¿Le costó cubrir el Proceso 8.000?

Fue muy difícil para mí, pero el periodismo está por encima de todo. Yo di las primeras noticias sobre el Proceso 8.000 y pensaba en Daniel todos los días. Pero me llevé la inmensa alegría de descubrir que respetó mi trabajo, nunca me dijo “ayúdale a mi hermano” ni me hizo la más mínima insinuación. Fue una lección de respeto a la que le doy un valor extraordinario, hasta el día de hoy nunca hemos hablado del tema.

Es cierto que Pastrana quería nombrarlo vicepresidente.

Algunos allegados a Pastrana me hicieron una trampa amable. Me dijeron: “Oye, recomiéndanos un candidato costeño para vicepresidente, pero que sea conocido, que sea un tipo al que el país le crea”. Les dije que yo no sabía y me responden: “Pues tú”. Les dije: “No, a mí no me metan en eso”. Al día siguiente, como suele suceder, alguien se lo contó a El Tiempo y alcanzó a salir en la edición nacional: “Juan Gossaín, candidato a vicepresidente”. Aquí me llamaron mis amigos con el periódico en la mano. Pero yo no acepto eso.

¿Y la Alcaldía de Cartagena?

Eso es de todos los días, pero es la gente la que me lo pide. A mis amigos ya les advertí: “El que me vuelva a ofrecer eso no vuelve más a mi casa”.

Como director de noticias de RCN Radio conoció muy bien al país. ¿Qué es lo mejor y lo peor del pueblo colombiano?

Lo mejor, sin duda alguna, es su capacidad de superar todas sus angustias. El colombiano es invencible. A mí me emocionan muchísimo los recursos que usa para superar la adversidad: qué tal el humor, qué tal la ternura. Lo peor es la creencia, además justificada con un proverbio: “Miente, que de la mentira algo queda”. El colombiano cree que hay cosas que justifican mentir.

¿Cómo vio el resultado del plebiscito?

Creo que pasó lo mejor que podía pasar. Lo que el país les mandó decir a los dos bandos es: “Hagan el favor de sentarse civilizadamente, no polaricen más el país, no hagan que la gente se ponga más agresiva de lo que está, pero, sobre todo, respeten a los demás”. Yo sé que el país sale adelante, entre otras cosas porque no tenemos más alternativa.

Una vez dejó la radio usted se dedicó a la escritura. ¿Cuándo supo que quería ser escritor?

Canabal, el profesor que nos enseñó a leer, un día se dio cuenta de que no aprendíamos y se puso a averiguar por qué. Se dio cuenta de que ninguno miraba el libro de lectura, La alegría de leer. Todo el día leíamos paquitos. Entonces nos dijo: “Vamos a leer eso: Para mañana, de la página uno a la diez de Supermán”. Y al día siguiente nos tomaba la tarea: “¿Qué le dijo Supermán a Luisa Lane?”. Los niños del pueblo terminamos hablando como los cómics: ¡Zambomba! ¡Cáspita! ¡Repámpanos! Además, en San Bernardo del Viento vivía un señor italiano llamado don Angel Roenini, que tenía la única biblioteca verdadera que había en el pueblo. Ahí leí mis primeros libros. Descubrí El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. A los ocho años me senté a leer Los miserables, y un día encontré Los funerales de la Mamá Grande. Así me dieron ganas de ser escritor.

Juan Gossaín. Foto por Joaquín Sarmiento.

Juan Gossaín. Foto por Joaquín Sarmiento.

Foto:

¿Es cierto que antes de la escritura soñó con el béisbol y el acordeón?

Yo quería ir de pueblo en pueblo, como los viejos juglares, y trabajar en los prostíbulos con un corbatín de raso azul tocando el acordeón, pero no pude. Narciso Barrios y Alfonso Álvarez intentaron enseñarme, pero tengo oído de artillero ruso. Hubiera cambiado cualquier cosa, hasta el periodismo, por ser beisbolista o acordeonista vallenato.

De la escuelita de San Bernardo del Viento salió para el Colegio de la Esperanza en Cartagena. ¿Cómo era la vida en el internado?

Éramos 1.500 muchachos que veníamos de todos los pueblos más otros 1.000 o 1.500 estudiantes externos. Dormíamos en dormitorios enormes, a las cinco de la mañana debíamos estar en pie, a las cinco y media teníamos que estar bañados y a las seis en el comedor, ¡donde servían una comida de un ascetismo! Yo tuve la fortuna, aunque en aquellos días me parecía la peor desgracia, de que nos educaran a punta de garrote. Allá aprendí que el talento sin disciplina es un desperdicio y que la cosa es trabajando.

Su primer trabajo fue en un molino de arroz, ¿cómo fue eso?

Lo que te voy a decir es un secreto profesional. Yo quería estudiar Derecho, tal vez porque era la única carrera humanística en esa época. No pude porque mi papá, que le llevaba treinta años a mi madre, se enfermó y yo tenía que ayudar en la casa. La única industria en San Bernardo del Viento son los molinos de arroz. Un primo, dueño de un molino, me pagó durante seis meses estudios de auxiliar de contabilidad en Cartagena para que pudiera llevar los libros de contabilidad del molino de arroz.

La mala hierba, su primera novela, iba a ser un libro de crónicas y terminó convertido en una novela. ¿Por qué?

Pensé hacer unas crónicas, pero a medida que iba investigando me di cuenta de que nadie me iba a creer esas historias tan insólitas y resolví escribir una novela, que luego se volvió telenovela sin que yo lo supiera. Diego Fernando Londoño, gerente de Caracol, me llevó un día al estudio. De repente, soltó una grabación: “Caracol Televisión anuncia La mala hierba, la novela de Juan Gossaín”. Fue una sorpresa.

Pasaron más de veinte años antes de que publicara otra novela, La balada de María Abdala. Fernando Botero ilustró la caratula del libro. ¿Cómo lo convenció?

El periodismo lo absorbe a uno, pero además te confieso una verdad muy personal: duré todos esos años pensando cómo escribir esa historia, que es la historia de mi familia, de mi pueblo. La revista Diners decidió celebrar su cumpleaños con mi novela y Germán Santamaría le pidió a Botero que la ilustrara. Como él es un hombre serio dijo: “Mándenme el original y si me gusta lo hago.” Mandó cinco cuadros y pidió que me regalaran uno. Escogí el de la madre muerta. Lo llamé a París y le dije: “Hombre, maestro, quiero agradecerle: ¿Sabe por qué escogí el cuadro de la madre muerta? Porque es exacta a la madre de la vida real, cómo será usted de genio”. ¿Y sabes qué me contestó?: “No, eso lo que demuestra es lo bien descrita que está en su novela”.

Usted fue muy cercano a Gabo, ¿cuándo lo conoció?

Cuando estaba en el internado presentaron en el Circo Teatro la película Tiempo de morir. Hacía poco había leído La mala hora y decidí volarme del internado para ver la película. De pronto Juan Sáyago, el protagonista, regresa a su pueblo después de estar en la cárcel y le reclama a su novia que nunca le escribió. Ella le dice: “Sí, te escribí a la cárcel de San Miguel el Alto y me la devolvieron diciendo que ya no estabas ahí, que te habían trasladado a la cárcel de San Bernardo del Viento”. Yo oí eso y casi me desmayo. Cuando voy saliendo veo en la puerta a Gabo. “¿Usted es García Márquez?”, le pregunté. Me dijo: “Sí, a la orden”. “Yo soy de San Bernardo del Viento y quiero saber por qué lo menciona”. Me dice: “Te voy a decir la verdad, porque siempre me pareció un nombre bellísimo”. Pasaron cuarenta años, un día estábamos almorzando y le digo: “Oye, Gabo, yo toda la vida he querido preguntarte por qué en Tiempo de morir tú mencionas a San Bernardo del Viento”. Y me responde: “¿Me vas a hacer la misma pregunta de la puerta del Circo Teatro?”.

También fue muy cercano a Escalona, ¿cómo fue su encuentro con él?

Yo estaba cubriendo el segundo Festival Vallenato para El Espectador. Estando en Valledupar me tocan a la puerta de la habitación del hotel a las cinco de la mañana, abro y veo a un tipo con dos whiskys en la mano. Me dice: “Buenas, yo soy Rafael Escalona. Vengo a traerle este whisky para que nos vayamos a caminar por ahí”. Desde ese día fuimos los mejores amigos del mundo.

¿Cómo es la historia de amor con Margot?

Ella vivía en las Torres del Parque y, cada vez que peleábamos, me echaba del apartamento. Me tocaba salir con dos maletas a la 26 con 5. El sábado 24 de marzo de 1984 la llamé a las cinco de la tarde. Teníamos cinco días de no hablarnos y le dije: “Bueno, te estoy llamando para proponerte que te cases conmigo”, y Margot me dice con un tono triunfal: “Si me caso, nos casamos hoy o nunca”. Lo que me estaba diciendo era “no” decentemente, tomándome el pelo. Le dije: “Perfecto, nos casamos hoy”. Fuimos a la iglesia de San Diego, pero el párroco nos dijo que no nos podía casar porque teníamos que hacer un curso prematrimonial, entonces Margot le pidió ayuda a una benefactora de una iglesia en el centro, que tenía el nombre más apropiado en aquellas correndillas, Nuestra Señora de las Angustias. A las siete de la noche nos casamos. Es la mejor decisión que he tomado en mi vida.

Sus padres lo marcaron muchísimo. Hábleme de ellos.

Mi padre es mi personaje inolvidable. Nunca salió de su casa, ahí estaba su mundo. Sembraba matas todo el día y tenía vocación de astrónomo. Pero no solo eso, en la vejez andaba por ese caserón recitando El Quijote. Terminó convertido en el patriarca del pueblo. Todo el pueblo lo ponía de padrino, pero como él no salía de la casa encontró la fórmula perfecta. “Mandemos a mi hijo, que como se llama Juan es lo mismo que yo”, decía. A los ocho años bauticé a medio pueblo. Un hombre le dejó a guardar una caja de dientes, la gente sacaba plata del banco y le decían: “Don Juan, yo no sé contar. Saqué 200 pesos, vengo a que me diga si es verdad que hay 200”. Esa es la lección de periodismo más grande que yo recibí en la vida: nada vale más para un periodista que la confianza ajena. La credibilidad y la confianza primero suscitan respeto y luego cariño. Eso lo aprendí con mi padre.

¿Y su madre?

Mi madre fue siempre, básicamente, dos cosas: una mujer de la casa y una mujer piadosa. Se sentaba a las siete de la mañana frente a su altar a rezar sus novenas y rosarios hasta las cinco de la tarde. Ella era el sentido común.

¿Cómo es el cuento de su madre y el baño?

Lo del baño es muy curioso. Mi madre pasaba cinco horas diarias en el baño. Se lavaba ceremoniosamente las manos 400 veces, se bañaba tres veces al día, cada baño duraba hora y media. Al final puso una mecedora en el baño y se sentaba a rezar, a hacer una siesta. En una de sus incontables entradas al baño se resbaló, se fracturó y un trombo la mató. Murió en su ley, murió en su baño.

Cuénteme de su colección de diccionarios. ¿Por qué son tan importantes?

Mi padre llegó aquí en 1923 sin saber una palabra de español. Se sentaba a leer el diccionario como si fuera una novela, emocionado, descubriendo un mundo nuevo. Mi amor por el diccionario nace ahí. Tenía 125, los volví a contar y me quedan 124, alguien se llevó uno y sospecho que fue alguno de los periodistas o camarógrafos que vino a hacerme una entrevista. Me alegra si le va a servir de provecho, pero lo que sospecho, por el diccionario que se llevó, que es de papel cebolla, es que lo está usando para envolver marihuana. Aprovecho para decirle al que se lo robó que yo le pago toda la marihuana, pero que me devuelva mi diccionario.

Sé que usted es un hombre religioso. ¿De qué le ha servido la religión?

Los domingos voy a misa a las seis de la tarde y comulgo, pero no soy una vieja beata fanática ni un loco delirante. Las mejores lecciones de periodismo las encontré en la Biblia. A los estudiantes de periodismo les digo que si quieren aprender algo lean el relato de la resurrección de Lázaro escrito por San Juan. La ética también la encontré en San Juan: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Para conocer la verdad se necesita que alguien se la cuente. El periodismo es la verdad por encima de todo, pero también hay una estética de la verdad. Es decir, la verdad bien contada.

De los pecados capitales, ¿cuál es el suyo?

Voy a permitirme decir una travesura: la lujuria.

Dicen que usted tiene algo de hipocondriaco. ¿Es cierto?

Cuando yo vivía en Bogotá y salía madrugado para RCN paraba primero en la clínica a que me miraran; cuando regresaba en la noche, volvía a parar para que me miraran de nuevo. Entonces los médicos comenzaron a decir que yo veía enfermedades imaginarias. Ahora soy menos hipocondriaco, tal vez porque me siento más a gusto con la vida.

Hace 47 años se fue de San Bernardo del Viento y ha dicho que no piensa volver. ¿Por qué?

Porque la nostalgia desordena los recuerdos. Un día me hicieron una trampa mis amigos. Estábamos a una hora en lancha de San Bernardo del Viento, cuando vi que habíamos llegado al pueblo me negué a bajarme, pero no solo eso, di la espalda para no ver lo que estaba viendo. No voy a someter mis recuerdos a un careo judicial con la realidad, me niego a eso.

¿Piensa en la muerte?

Todos los santos días. A mí no me gustaría morirme nunca. La única muerte verdadera es el olvido, mientras alguien se acuerde de ti estás vivo. Yo espero que alguien se acuerde de mí.

Hace unos años le oí decir que el objetivo de la vida es sentirse satisfecho con uno mismo. ¿Está satisfecho?

Lo estoy, pero debo hacer una aclaración. El objetivo en la vida es sentirse satisfecho con uno mismo, pero cada día. La gracia de vivir consiste en esperar que mañana sea mejor.

MARÍA ALEXANDRA CABRERA
FOTOS: JOAQUÍN SARMIENTO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 57 - OCTUBRE 2016

Sigue bajando para encontrar más contenido

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA